Cartas que nunca leí

La hierba me acaricia los labios y siento un cosquilleo que me despierta de un sueño aletargado. ¿Ha sido tanto tiempo? He vivido muchas cosas, he percibido infinitas sensaciones; no sabría describirlas; y ahora todo ha terminado.
De repente escucho una voz lejana. Palabras intrusas que se dirigen a mí y me arrastran a otro lugar. ¿Adónde me llevan? Me duelen las piernas, los huesos. Me hacen daño las entrañas. Ya no tengo ganas. Ya no tengo ganas de nada desde que tú te marchaste de mí.
Me dejan en una habitación de arena donde el tiempo no corre. Todo está en su sitio, no falta nada y tampoco nada me hace falta. No quiero libros, ni música, ni los álbumes viejos con los que solíamos pasar las tardes la melancolía y yo. Ya no. Sólo quiero recordarte con mi mente, con mis ojos, con mis manos. Pronto me iré contigo.
Un enfermero me ha dicho que Anita vendrá a verme hoy. Se ha hecho tan mayor…Ella se cree que no lo sé, pero tiene ya 38 años y 19 días. Cuento cada amanecer como uno más que ella sigue en este mundo, a mi lado. Está igual de preciosa y dulce y atenta conmigo. Sí, ya sé que lo sabes. Pero déjame que te diga que ha sido una hija perfecta. Nuestra pequeña “ratita presumida”, como la llamabas cuando no levantaba ni un palmo del suelo. Aquella “ratita” está hecha toda una mujer.
En el fondo del armario guardo una caja de cartón con flores pintadas. Las pintó Anita. Allí están todas tus cartas. Una tras otra, como un montón de ausencias apiladas. No he leído ninguna. No quise hacerlo. Prefería quererte desde lejos.
“Querida Leonor, sé que no tengo ningún derecho a escribirte después de lo que pasó entre nosotros. Pero, por favor, sigo queriendo saber de ti y de la niña. No quiero perder a mi pequeña ratita. Escríbeme”.
Esas palabras nadan ahora en mi disipada memoria como carpas voraces. Se repiten tus frases, tus súplicas, tus gritos escritos con el dolor de la distancia.
“Escríbeme, escríbeme, escríbeme. ¿Por qué no me escribes, Leonor? ¿Tan poco significo para ti? ¿No te basta con tenerme lejos? ¿No fue suficiente que os apartarais de mi lado? No me condenes también a no tener tus palabras. Déjame el pequeño consuelo de acariciar el papel en el que tu mano ha escrito.
Aún te quiere como el primer día, y siempre tuyo,
Miguel”

No, no, no, no. Eso no fue así. Yo no te obligué a que te fueras, solo te dejé marchar… ¿Qué nos pasó, Miguel? Me fallaste. Te encaprichaste de aquella chica de la panadería. Sí, siempre pensé que yo no te gustaba suficiente. Que vendría otra y te apartaría de mi lado. Te fugaste con ella, ya lo recuerdo. Te fugaste y formaste una nueva familia. ¿Cómo pretendías que encima contestara a tus cartas? Nos dejaste solas con él, Miguel. Y eso nunca te lo perdonaré.
Al principio fue bien, pero pronto, él sacó su monstruo. Comenzó a pegarme, ¿sabes? Me pegaba todas las noches. Cuando volvía del bar; borracho, sucio por fuera y por dentro. No me acuerdo de su nombre, no logro ver su cara. Solo sé que cada día quería morirme o que muriera él. No había sitio para los dos en la Tierra.
¿De verdad no volviste a saber nada de mí, Miguel? ¿Nunca te escribí?
Llaman a la puerta. ¿Será Anita? Tengo ganas de sentir su abrazo.
-Mamá, te he dicho mil veces que no arrugues las cartas de papá. Es lo único que nos queda de él. Por favor, vamos a volver a ponerlas en la caja.
-Tu padre fue un traidor. ¿Cómo hablas así de él? Nos abandonó…
-No mamá…ya estás otra vez con lo mismo. Fuiste tú la que lo abandonaste. Fuimos nosotras. Nos marchamos con Esteban, con aquel indeseable, el panadero. Y luego también lo abandonamos después de que te ingresaran por aquella paliza…Poco después murió papá…No tuvimos ocasión de despedirnos de él. Pero no destapemos lo ya enterrado hace tanto. Venga, mamá, es hora de acostarse. Ahora te traigo las pastillas y a dormir con un bebé. Los fantasmas del pasado han de quedarse donde quiera que estén.
-¿Quién eres, guapa? ¿Eres la nueva enfermera? Mi hija me había dicho que iba a venir hoy…
Miguel, una enfermera nueva que se parece a ti se empeña en que me vaya a la cama. Pero antes déjame decirte una cosa; escúchame bien: esas cartas, tus cartas, nunca las leeré. Porque he decidido borrar de mi memoria que un día las leí. Porque creo que vuelvo a recordarte, y a amarte. Porque quizás nunca haya dejado de hacerlo. Perdóname, amor. Vuelve conmigo esta noche. Ahora sé que por fin, después de tanto tiempo, voy a encontrarme contigo en algún refugio de los sentimientos.

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Autor: Redacción

2 comentarios para “Cartas que nunca leí

  1. 24 marzo, 2013 a las 13:18

    Enternecedor y con mucho sentimiento. Me ha encantado. Saludos.

    • Rebeca
      24 marzo, 2013 a las 20:58

      Gracias Miguel por leernos, y gracias por tus buenas palabras.

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