Descomposición

Un artículo de José Torné-Dombidau y Jiménez. (Profesor de Derecho Administrativo de la Universidad de Granada)

A la memoria del Prof. Nicolás Mª López Calera

No hay que tener una sensibilidad exacerbada ni poseer dotes excepcionales de observación crítica para alcanzar la reflexión de que España está viviendo uno de los momentos históricos más graves y delicados del sistema político instaurado tras la desaparición del Estado del 18 de julio.

Desde luego, los patrocinadores de la Transición, que representaban un amplísimo espectro político -desde la izquierda radical a la derecha montaraz- no pudieron imaginar, en la hora de la fundación del nuevo marco político de convivencia, que la vida pública iba a deteriorarse en el grado del que hoy somos testigos.

Estoy seguro de la profunda creencia de los líderes políticos centristas -y de los demás que les acompañaron en el acuerdo constitucional de 1978- en el sentido de que los españoles iniciaban, por fin, una senda política de normalidad, de estabilidad, de libertad y democracia, reflejo homologado de los países que constituyen hoy la Unión Europea. Éstos son democracias parlamentarias asentadas y maduras, sistemas políticos capaces de digerir y satisfacer las demandas de los ciudadanos en un envidiable marco de libertades, como el que ofreció el instrumento fundamental de la organización comunitaria, el Tratado de Roma (1957).

Hoy, los protagonistas supervivientes de la Transición, los hombres y mujeres que pusieron los cimientos de una vida pública en libertad y democracia para los españoles de toda ideología, seguro estoy de su tristeza y alarma: la gran obra de arquitectura política y el fruto constitucional que dio, la ‘Constitución de la libertad’, los están viendo hundirse.

Todos nos preguntamos cómo hemos podido llegar a este punto de desastre y caos en el que, lamentablemente, no hay institución española que se salve del naufragio de miseria y podredumbre circundante. Pocas instituciones y poderes pueden salvarse de este maremágnum caótico y degradado. Los pocos que pueden encontrarse ‘limpios’ no tienen las atribuciones específicas ni la proyección política para servir de contrapeso al hundimiento generalizado del sistema. Incluso la institución que podría tener la tentación de la gobernación debe estar sometida al poder civil.

Atónitos, desmoralizados, asistimos a la descomposición institucional. Destacamos así una partitocracia feroz, que patrimonializa cualquier órgano o ámbito público (y hasta privado), adulterando el funcionamiento, los fines y la adopción de acuerdos que, en teoría, deberían satisfacer el interés general. Ya lo avisó Aristóteles con su teoría de las formas ‘puras’ de gobierno (monarquía; aristocracia; democracia) y las correlativas ‘impuras’: tiranía; oligarquía; demagogia. Hace siglos que el filósofo situó la causa de la degradación de las formas puras de gobierno en que ellas no persiguieran el interés general (el ‘bien común’ de la doctrina clásica) y sí el particular o partidista. Hoy nuestra democracia, con arreglo a la doctrina aristotélica, es demagogia. Más aún: ante las protestas violentas, revueltas callejeras y manifestaciones ilegales, parece que estamos en la fase siguiente de la demagogia: la que el profesor Fernández-Carvajal llamaba ‘oclocracia’, el gobierno de la turba, de la muchedumbre desatada, que engendraba la siguiente forma cíclica de gobierno, la dictadura.

La corrupción política, en sus variadas figuras, constituye otra causa directa de inestabilidad sistémica. En los momentos en que escribo estas líneas, se ha disparado una auténtica traca de escándalos e irregularidades de monta cuyo trueno final todavía está por estallar, desconociéndose su magnitud, aunque por las trazas que lleva el ‘artilugio pirotécnico’ todo hace pensar que todavía le queda mecha y que la carcasa final contendrá muchos kilos de pólvora política.

A estos detonantes súmase el problema territorial independentista iniciado por ciertos partidos catalanes que abiertamente cuestionan su integración en la nación española y no les importa fracturarla. Aunque para lograrlo desencadenen altos costes para todos y el riesgo de involución impuesta y consiguiente pérdida de libertades.

Para completar el ‘plato combinado’ del desaguisado, hay que agregar otros enormes problemas que tiene España en el terreno político (fragmentación territorial), económico (recesión prolongada), en el social (insostenible desempleo) y, en la geoestrategia del terrorismo, la amenaza del yihadismo, que avanza.

¿Qué hacer ante tanta crisis, tanto desequilibrio y tanta insensatez? ¿Cómo recomponer la convivencia? ¿Cómo recuperar la regeneración institucional? ¿Cómo normalizar la vida y la acción políticas en España hoy? ¿Alumbraremos otro régimen político? ¿Sufrirá la libertad? ¿Quién liderará el cambio? ¿Hacia dónde? ¿Está definitivamente agotada la monarquía parlamentaria juancarlista? ¿Complicaremos la paz social con el sempiterno debate español de monarquía o república?

En fin, vivimos en un ambiente irrespirable, desagradable, estéril, desesperanzador,

Como comprueba usted, estimado lector, esta tribuna de opinión no contiene ninguna solución (no puede contenerla), aunque el autor propone sensatez, respeto del Derecho, diálogo, abandonar el sectarismo, altura de miras…

Estas líneas son un lamento por una España en pura descomposición, constitucional y políticamente. Y no es pesimismo. Es realismo.

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Autor: Redacción

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