El Naufragio de la Razón

Una conspiración de poderosas mentes y fortunas se ha propuesto cavar un abismo entre ellos y el resto del mundo. El regreso a la Edad Media. Más todavía, el gran salto atrás hasta el auge del esclavismo. ¿Puede ser esto cierto?
De este modo cabe interpretar las medidas que toman gobiernos como el nuestro (eso de que no manda nada y de que las autonomías le han robado poder es una memez) y aledaños en lo que afecta al sistema financiero, a las leyes laborales, a la racionalización (dicen) del sector público en sanidad, educación, medios de comunicación y funcionarios en general.
Otra explicación distinta es: políticos y financieros se han vuelto locos y dan palos de ciego.
Contertulios y articulistas liberales bien informados sostienen tal hipótesis. Creen que el mercado tiene leyes que terminan imponiéndose.
Estas leyes misteriosas parecen un reflejo de la vieja Ilustración: la Razón es el antídoto del Caos y el desgobierno. Una Razón que se diría inscrita en la Naturaleza. En otras palabras, la Naturaleza razona. Es la forma moderna de decir que Dios rige la Naturaleza, según la tradición occidental, o que la Naturaleza y sus criaturas se disuelven en el Todo, según la tradición oriental.
La teoría conspirativa se corresponde al materialismo histórico, que cifra en la lucha de clases el motor de los cambios en la especie humana.
¿El mercado? ¿El buen gobierno (la división de poderes, la representación por vía electiva, las libertades públicas)? ¿La revolución que pone patas arriba el orden establecido y lo sustituye por otro tan arbitrario como el cercenado?
Con el debido respeto a los intelectuales de oficio, desconfío de todo lo que las mentes más lúcidas han vertido en libros y en discursos para mejorar el mundo. Todo ha fallado, desde que los Ilustrados creyeron descubrir el remedio a las aflicciones humanas y sociales: el uso de la razón que sacaría para siempre a la Humanidad de la minoría de edad. Una razón tan poderosa que se situaba más allá de los cerebros.
A nadie le consta fehacientemente que la Naturaleza razone, ni siquiera a aquellos que la deifican. Es un eficaz supuesto: existe un patrón, un destino, una hoja de ruta, un diseño inteligente.
Que la Naturaleza y sus criaturas cambian lo constataron ya los sabios de Grecia. Pero los intentos que se han hecho hasta el presente para conocer los mecanismos de la evolución se han quedado cortos. Ahora bien, lo que nunca se ha demostrado es que la razón intervenga en ese progreso. ¿Qué razón? ¿La Razón?
Si la razón (o la Razón) tuviera un papel importante en el decurso de la especie humana disfrutaríamos desde hace siglos de una de las variadas utopías generadas por la imaginación del antropoide parlanchín. La fuerza, la violencia, las catástrofes, las guerras, la lucha de clases, todo eso tiene mucho que ver en el camino de los antropoides parlanchines hacia … ¡dónde?
¡Qué importa! Dejémonos de especulaciones ideológicas y religiosas. La especie humana evoluciona igual que evolucionaron los lagartos.
Así que, si la razón no nos guía, ni a nosotros ni a los poderosos, si éstos no son capaces de dominar definitivamente el planeta por mucho que lo intenten, ¿qué podemos esperar del futuro? Ni Dios lo sabe.
Lo evidente es que el fracaso de la Razón ha desarmado a intelectuales y académicos. Se constata un hecho hilarante: los políticos ya no sirven para hacer el trabajo sucio de los dueños del mundo sin que se les note; dicho de otra manera, los filósofos que construían sistemas estabilizadores de los que se aprovechaban los dueños del mundo (incluidos bolcheviques y estalinistas de ojos rasgados) se han quedado sin fuerza, sin credibilidad, sin razones.
¿Nos espera el reino de la sinrazón?
No sé lo que nos espera, nadie lo sabe. Sólo hay una certeza, todo lo que hasta ahora ha sido utilizado como argumento convincente se está disolviendo en el aire. Los poderosos tienen estudiada su estrategia. La están ejecutando. De quienes no somos poderosos depende que triunfe y nos someta un par de siglos más. Sólo hemos de hacer una cosa: dejar de someternos a las leyes del mercado y a las leyes de la Superconciencia Universal. Poner en práctica lo que sabemos hacer en beneficio del bien común, y huir de la competitividad, el crecimiento y de otras zarandajas.

Fernando Bellón

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Autor: Redacción

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