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El primer fracaso de un mariscal napoleónico fue en Valencia


Combate de San Onofre, según aparece en la obra de COLOMER,
(Op. Cit.), ilustración fuera de texto entre las pp 72 y 73.

Segunda Parte de La expedición de Moncey sobre Valencia

Primera Parte, aquí. (Ilustración de portada “Asesinato de franceses en Valencia”)

Un ensayo de José Ramón Cumplido

Durante la mañana del día 27 de junio el ejército de Moncey apareció organizado en dos columnas. El ataque comenzó por la tarde con una escaramuza de los exploradores a caballo franceses que fueron rechazados en el camino de Quart. Mientras la artillería francesa se cebaba con el centro español, cada columna francesa arremetió contra una de las alas españolas. La caballería francesa encontró el extremo izquierdo del despliegue español en Aldaia y, rebasándolo se situó a la espalda de la línea española; tal y como sucediera en El Pajazo y Las Cabrillas, los paisanos abandonaron sus posiciones en cuanto vieron a los jinetes franceses.

 Los soldados veteranos se encontraron en absoluta inferioridad numérica y se replegaron hacia Quart, donde Saint Marc y Caro habían acordado una segunda línea. En menos de una hora, los franceses habían desorganizado el despliegue español capturando una bandera y cinco cañones. Saint Marc aprovechó oscuridad de la noche para abandonar Quart y, atravesando el Túria, unirse al teniente coronel Miranda en la orilla norte del río, mientras que Caro se dirigía hacia Llombai en busca de Cervellón al que suponía en las inmediaciones de Alzira.

 En aquel entonces Valencia contaba con unos 100.000 habitantes (1), mientras que las poblaciones circundantes sumaban otros 60.000. Las únicas defensas con las que contaba la ciudad eran una vieja Ciudadela en el lado noreste y una muralla de origen medieval, más bien un muro de mampostería, flanqueada por torres semicirculares. Varias puertas se abrían en la muralla, guardadas por torres de factura sólida. La falta de preparación de la ciudad para hacer frente a un asedio era notable pues se carecía de la dotación correspondiente de artillería, sin más baterías que un corto número de espaldones de sacos y de faginas, formados en ocho días con la precipitación y defectos consiguientes á la necesidad de rechazar una invasión repentina, sinuosos, y sin mas almenas en la mayor parte de su murallas que los nobles pechos de sus valerosos habitantes. (2)

Las defensas que se levantaron fueron dirigidas por el brigadier Miguel de Sarachaga y no consistían más que en parapetos, trincheras, barricadas y algunos puntos fuertes donde instalar la artillería disponible que fue enviada desde el fuerte de El Grao a defender las puertas de acceso en la muralla. En las torres que guardaban la Puerta de Quart se cavó una gran zanja y se montaron un cañón de 4 libras en las mismas torres y otro de 24 libras en la calle tras las puertas. La Puerta de San Vicente se protegió con un foso y se instaló una batería de tres cañones tras la puerta. En la Puerta de Ruzafa se instalaron tres cañones, y en las puertas del Real, de la Trinidad, del Temple, de los Serranos y de San José se emplazaron diversos cañones que iban desde las 4 y 8 libras hasta las 24. Por último, entre las puertas de San José y de Quart, donde anteriormente se levantaba la torre de Santa Catalina se levantó un baluarte improvisado donde se instaló un cañón de 12 libras y dos de 8. Las fuerzas que defendían la ciudad totalizaban unos 20.000 hombres, de los que unos 8.000 podían considerarse tropas de una u otra clase.

 A las 8 de la mañana del día 28 de junio una columna francesa se situó a la vista de los habitantes de la ciudad. Poco después se aproximó una segunda columna en la que iba el mariscal Moncey con todo su Estado Mayor los cuales se instalaron en una alquería. Desde allí se envió a un oficial español prisionero, el coronel Solano, con un mensaje que conminaba a la rendición. Aunque la mayoría de la Junta se mostró dispuesta a capitular debido a la falta de recursos militares, el padre Rico tuvo la sagaz idea de someter la oferta a la población. Las autoridades asomadas a un balcón escucharon como respuesta los gritos de guerra, guerra, morir antes de rendirse (3). La vacilante Junta se inclinó de nuevo por la resistencia y envió la siguiente contestación:

 El pueblo prefiere la muerte en su defensa a todo acomodamiento. Así lo ha hecho entender a la Junta, y ésta lo traslada a V.E. para su gobierno  (4).

  En aquella época la ciudad de Valencia estaba rodeada casi en su totalidad por su famosa Huerta, centenares de pequeños campos de cultivo regados por una intrincada red de canales y acequias los cuales se mandaron abrir para inundar los campos, creando así un terreno impracticable para cualquier ejército. El río Túria circundaba el pie de la ciudad por el norte, por lo que los puntos de ataque quedaban reducidos al sur y sureste de la ciudad, a los que únicamente era posible aproximarse desde las carreteras que acababan en las puertas de acceso en la muralla. Así pues, se ordenó atacar las puertas de Quart y de San José. Una batería de artillería formada por seis piezas debería seguir a cada una de las dos columnas de asalto que, a su vez, estarían precedidas por cuatro compañías de élite desplegadas en orden abierto con la misión de rechazar a los tiradores enemigos y preparar el camino al grueso de la columna. A las 10 de la mañana el campo frente a las puertas había sido despejado y los infantes se cobijaron al amparo de los conventos de S. Sebastián y del Socorro.

 Hacia las 11 la artillería francesa comenzó a batir los aledaños de la puerta de Quart, causando pocos daños debido al pequeño calibre de las piezas. Sobre las 12 avanzaron las dos columnas de ataque francesas; la columna derecha tenía como objetivo la puerta de Quart, consiguiendo llegar hasta las empalizadas y el foso que la protegían. Sin embargo, allí fue repelida por el nutrido fuego de fusilería que desde las torres les dirigían los defensores al mando del brigadier Sarachaga. Los dos cañones allí emplazados estaban manejados por los artilleros José Ruiz de Alcalá, que dirigía el fuego del cañón del primer piso, y por Pedro de Soto que dirigía el cañón situado tras la puerta, la cual ordenaba abrir para disparar y cerrar nuevamente para proceder a cargar.

Jean Laurent y cía.: “Puerta de Cuarte”, (hacia 1860). Dentro de la numerosa serie de fotografías que realizara este fotógrafo francés afincado en España, Jean (ó Juan) Laurent recogía la imagen de las Torres de Quart (que muestran los impactos dejados por la artillería francesa), vista desde la calle que atravesaba el arrabal de ese mismo nombre, proporcionando una fidedigna descripción visual del angosto espacio por el que hubieron de moverse las tropas de Moncey en sus infructuosos intentos de tomar la Puerta de Quart.

La columna izquierda se dirigió hacia la puerta de San José, pero el camino que llevaba hasta ésta y que bordeaba la orilla derecha del Túria, estaba defendido por el fuerte de Santa Catalina, al mando de los tenientes coroneles Fermín Vallés y Manuel Velasco. Los franceses también llegaron hasta el foso que se había excavado, pero el fuego que se les hizo desde el fuerte también acabó por hacer retroceder a los atacantes. Tras dos horas de combate, los franceses no habían logrado ningún avance y víanse ante las puertas sobredichas dos horribles montones de cadáveres (5) . De nuevo se llamó a la artillería para hacer fuego contra las torres de Quart, aunque su pequeño calibre tampoco iba a resolver ahora la situación.

 En este momento, las fuerzas españolas que se hallaban en la huerta de Campanar situada en la orilla izquierda del Turia, al mando del coronel José Miranda y del Conde de Romrée y que incluían las tropas de Saint-Marc que habían sido dispersadas el día anterior, atravesaron el río gracias al bajo nivel de las aguas en aquella época del año, consiguiendo amenazar el flanco izquierdo francés. Los artilleros abandonaron sus cañones y la columna enzarzada en el fuerte de Santa Catalina fue obligada a renunciar a su asalto para hacer frente al inesperado ataque; Moncey ordenó a la caballería y a la reserva de infantería entrar en acción para repeler al otro lado del río a los asaltantes.

Defensa de la Puerta de Quart y sus Torres, según aparece en la obra de COLOMER, (Op. Cit.), ilustración fuera de texto entre las pp 86 y 87.

Tras haber conjurado el peligro, se reemprendieron los ataques. El general Louis Joseph Cazals, comandante de los Ingenieros, realizó una inspección en persona para elegir el lugar de un nuevo ataque. La causa principal de los fracasos anteriores fue la debilidad de la artillería, asunto contra el cual Moncey no podía hacer mucho, por lo que no le quedaba más alternativa que la de reforzar las columnas de asalto. Se eligió atacar el lienzo de muralla comprendido entre las puertas de Santa Lucía, que estaba tapiada y la de San Vicente, situadas más al sur de la de Quart. Allí dirigía la defensa el coronel Bruno Barrera y la artillería estaba a cargo de los oficiales Francisco Cano y Luís Almela. El ataque comenzó hacia las 5 de la tarde sin mejor suerte que los anteriores ya que el fuego de artillería de los defensores, de superior calibre, consiguió desmontar los cañones franceses. Las pérdidas fueron elevadas, entre las que se encontraba el mismo Cazals, herido por fragmentos de metralla en el pie y por un proyectil que le atravesó un muslo.

Aprovechando lo que parecía el descalabro del enemigo, los sitiados efectuaron una salida desde la puerta de Quart que fue rechazada sin dificultad por los franceses. Si los valencianos parecían inconquistables tras las murallas de la ciudad, eran sistemáticamente batidos en campo abierto. Hacia las 8 de la tarde Moncey dio orden de cesar el combate y evacuar el campo de Valencia para regresar a las posiciones del día anterior situadas entre Quart y Mislata y vivaquear durante la noche.

Moncey calificó sus pérdidas como “numerosas” y el Gral. Musnier de “terribles”. El Gral. Maximilien Foy da un totalde 2.000 bajas (6), cifra que supone la cuarta parte de efectivos y que recogen también el conde de Toreno (7) y otros (8) . El historiador británico William Napier menciona un número de heridos comprendido entre 700 y 800 (9), mientras que Charles Oman cifra las bajas en 1200 (10). Thiers, por su parte, reduce la cifra a 300 entre muertos y heridos, aunque reconoce que en el camino se habían dejado mil hombres enfermos o fuera de combate (11). Sea como fuere, las pérdidas debieron ser suficientes para disuadir a Moncey la continuación de los ataques.

Durante la noche Moncey tuvo que hacer frente a las opciones que se le presentaban. Sus tropas se encontraban desmoralizadas por el inesperado fracaso y, carente de verdadera artillería de asedio no parecía lógico continuar el ataque al igual que tampoco parecía viable esperar la llegada de unos refuerzos de los que se carecía de noticias. Se desconocía la localización exacta tanto de Chabran, todavía a la espera en Tortosa, como de Frére. Moncey sabía de los movimientos en su retaguardia y ante la necesidad de tomar una decisión con rapidez, y para consternación de su Estado Mayor, eligió la retirada.

 La ruta hacia Tortosa se presentaba peligrosa, mientras que si regresaba sobre sus pasos tendría que atravesar de nuevo el paso de Las Cabrillas donde se había apostado el general Llamas, por lo que finalmente se decidió por el regreso a través de Almansa. Para ocultar el itinerario, Moncey se situó en Torrent el día 29 de junio, localidad desde la que podía tomar tanto la ruta a Madrid atravesando Almansa o bien la que había seguido anteriormente atravesando las montañas.

La Junta de Valencia, en plena euforia, planeaba encerrar a la división de Moncey entre los difíciles campos de la Huerta. Cervellón recibió órdenes de impedir que los franceses atravesaran el Júcar, mientras que el Conde de Romrée partió tras Moncey con un contingente de 3.000 paisanos que fueron dispersados por la caballería de Wathier.

 La situación de Moncey no era muy grata, pues había perdido la iniciativa y era él el acosado. Tras él y en rápida persecución iba el general Llamas que el día 30 había pasado Chiva y Turís, situándose detrás y a su derecha, tan sólo a una jornada de distancia; mientras que en una posición idónea para cercar al contingente francés, se situaba frente a él y a su izquierda el conde de Cervellón. Éste, sin embargo, en una timorata actitud se limitó a instalar seis cañones sobre el río Júcar e inutilizar el puente de Alzira mientras enviaba al general Roca para impedir que los franceses cruzaran por Antella.

 Moncey apareció ante este vado el día 1 de julio y mediante la acción de su artillería consiguió dispersar las tropas de Roca que, imprudentemente, habían ocupado las dos orillas del río. Los franceses cruzaron el Júcar sin más problemas, consiguiendo escapar así del cerco. Cervellón se retiró a Alzira, desde donde dominaba la carretera principal que conducía a Almansa. Aunque esa misma tarde llegaron las tropas de Llamas, era ya demasiado tarde para detener a los franceses que se escabulleron utilizando caminos secundarios completando una marcha de 50 km durante la jornada.

 Moncey llegó durante la noche del día 2 de julio ante el puerto de Almansa, bloqueado por unos 3000 paisanos armados que, además de estar desprevenidos, permanecieron en sus posiciones sin reaccionar. Moncey ordenó el ataque con las primeras luces del amanecer del 3 de julio, dispersando sin dificultad a los oponentes a los que además consiguió capturar un cañón.

 El 6 de julio Moncey entró en Albacete y el 10 de julio llegó a San Clemente, donde se le unió Caulaincourt y supo que Védel y Gobert habían sido enviados a Andalucía (cuyo destino se sellaría en Bailén). Moncey había atravesado más de 500 km de territorio hostil, derrotando y dispersando sistemáticamente todas las fuerzas que se le opusieron en terreno abierto, mientras que no consiguió superar la defensa improvisada que realizaron los habitantes de Valencia, cuya única oportunidad consistía en lograr una defensa efectiva parapetados tras un viejo muro de origen medieval.

Moncey había gozado de una fortuna extraordinaria, ya que cualquier oponente más decidido que el Conde de Cervellón, hubiera podido bloquear con facilidad tanto El Pajazo como Las Cabrillas. En lugar de ello, Cervellón dispersó tropas por toda la región mientras que el grueso de su ejército permaneció alejado de los combates sin efectuar un solo disparo. Ni siquiera aprovechó la ocasión de atacar a Moncey por la retaguardia cuando éste se encontraba atascado frente a los muros de Valencia. Sin duda, un comandante menos pusilánime hubiera hecho que la expedición de Moncey concluyera de modo similar a la de Dupont en Bailén.

 En lo que se refiera a la defensa de Valencia, es cierto que aunque de corta duración, tuvo visos de maravillosa. No tenía soldados que la defendiesen, habiendo salido á diversos puntos los que antes la guarnecían, ni otros jefes entendidos sino oficiales subalternos, que guiaron el denuedo de los paisanos (12). Sin embargo, también tuvo mucho de afortunada y algo de inconsciente, pues una ciudad defendida casi en exclusiva por paisanos se enfrentó a un ejército que llevaba una década invicto por toda Europa. Este primer fracaso, que no derrota, de un mariscal de Napoleón fue debido más a la carencia de artillería de gran calibre y a la urgencia con la que se preparó una expedición, cuyo objetivo estaba más cercano a la labor policial que a la militar. También se ha achacado este fracaso a la bisoñez de las tropas de Moncey, aunque sistemáticamente se olvida que resolvieron con éxito cinco combates en su periplo frente a unas tropas que, de igual modo, estaban formadas mayoritariamente por unidades recién formadas o bien por paisanos armados.

 El Mariscal Moncey, un hombre honesto, había dirigido con prudencia sus tropas a lo largo de 500 kilómetros de territorio hostil y, aunque muy mermado en efectivos, había mantenido la integridad del contingente que mandó. Este Mariscal del Imperio, que bien hubiera querido nacer español (13), se mostró en todo momento una sincera preocupación por evitar la confrontación con los españoles y el derramamiento inútil de sangre. Así lo muestran sus repetidos mensajes dirigidos a la Junta de Valencia y las órdenes dirigidas a sus soldados para que se comportaran con corrección. En definitiva, hacemos nuestra la afirmación de que …Moncey en esta espedicion condújose de otro modo y no se señaló por los actos de inhumanidad que afeaban la conducta de otros generales franceses…(14).

La misión que se le asignó para someter a Valencia, fue el primer fracaso en su ya larga carrera militar y se convirtió al mismo tiempo en el primer fracaso, que no derrota, de un Mariscal de Napoleón. Al referirse a la expedición de Moncey a Valencia, el General Caulaincourt escribía procurando acentuar la adversidad a la que tuvo que hacer frente el Mariscal:

…La historia conservará el recuerdo del general francés, que con seis mil hombres solamente, atravesó cien leguas de país defendido por sesenta mil furiosos y (fue) insultado durante siete horas (delante de) su capital, a pesar de todos sus esfuerzos…(15).

 La decepción sufrida ante los muros de Valencia, antes que a decisiones erróneas de Moncey, fue debida a la carencia de artillería de asedio de gran calibre y a la urgencia con la que se preparó una expedición, cuyo objetivo estaba más cercano a la labor policial que a la militar. En todo caso, los preparativos iniciales parecían suficientes, pues se ha sugerido que se esperaba un cierto entendimiento secreto con algunos elementos en el interior de la ciudad (16), algo que parecía sugerir el informe del Real Acuerdo y firmado por el Conde de la Conquista la noche del 23 de mayo en el que, dirigido a Murat solicitaba un contingente de tropas francesas para restablecer el orden. Existiera o no esa connivencia con el interior de la ciudad, Moncey no pudo sacar provecho de ella.

Se ha achacado también el fracaso de la expedición contra Valencia a la bisoñez de las tropas que formaban el contingente de Moncey, aunque sistemáticamente se olvida que estas mismas tropas resolvieron con éxito cinco combates en su periplo de ida y vuelta. En todo caso, cabe considerar que del mismo modo las tropas que se les opusieron estaban formadas mayoritariamente por unidades recién formadas o bien por paisanos armados. Así pues, los Regimientos Provisionales de Infantería y de Húsares, a pesar de su carácter improvisado, fueron capaces de derrotar y dispersar sistemáticamente todas las fuerzas que se les opusieron en terreno abierto. El escollo insuperable para estas tropas fue la defensa improvisada que realizaron los habitantes de Valencia.

 Napoleón no debió considerar de importancia el fracaso ante Valencia, ya que el 25 de julio otorgó a Moncey el título de Duque de Conegliano. En una nota enviada a Savary el 13 de julio el Emperador restaba importancia al fracaso de Moncey: …El asunto de Valencia nunca ha sido de consideración..(17)

La afirmación de Napoleón que el fracaso ante Valencia no era de consideración fue realizada con posterioridad a los acontecimientos y estaba destinada sin duda a minimizar la importancia del fracaso en sí, y no de la misión encomendada. De hecho, la correspondencia emitida por el Emperador durante el mes de junio y los primeros días de julio, muestran que la insurrección en Valencia sí era efectivamente un asunto que, al menos, ocupaba la atención del Emperador. El 7 de septiembre Napoleón emitió un Decreto por el que reformaba la composición del Ejército Imperial en España. El Cuerpo de Observación de las Costas del Océano del Mariscal Moncey pasaría a ser desde entonces el 3er. Cuerpo de Ejército, con el que participaría en las operaciones del segundo asedio contra Zaragoza. Después de esto fue reclamado en Francia, entrando en una suerte de retiro dorado, ya que desde entonces el Emperador no volvió a asignarle ninguna misión de importancia estratégica.

 El fracaso de Moncey ante Valencia fue el primer indicio que mostraba que los españoles habrían de mostrar gran resolución y tenacidad en la defensa de puntos fortificados, algo que la ciudad de Zaragoza iba a corroborar poco tiempo después. En todo caso, lo que fue el primer fracaso de un Mariscal del Imperio quedaría disminuido por el desastre de Dupont en Bailén el 19 de julio, cuando todo un Cuerpo de Ejército francés capituló tras duros combates en campo abierto. Ante esta noticia, el recién llegado rey José Bonaparte se vio obligado a evacuar Madrid y en el mes de agosto, tropas valencianas obligaban al General Verdier a levantar el asedio de Zaragoza; en Portugal, tras las derrotas en Roliça y Vimeiro, el General Junot firmaba con los británicos el convenio de Sintra el 30 de agosto, por el que todo su Cuerpo de Ejército evacuaría Portugal en buques británicos. Semejante cadena de reveses alejaban toda esperanza francesa de una rápida resolución en la Península Ibérica, abriendo en aquel territorio lo que iba a convertirse en una cruenta guerra durante los siguientes cinco años.

 Tras haber rechazado a Moncey, la Junta de Valencia pasó a la iniciativa y ordenó a las diferentes Divisiones del Ejército de Valencia que se hallaban desperdigadas que pasaran a la acción. La División del General Salinas que guardaba el paso del Coll de Balaguer, ocupó Tortosa permaneciendo allí durante el mes de julio para pasar el Ebro en agosto y sumarse al Ejército de Aragón. Con las tropas que habían participado en la defensa de Valencia se organizó una nueva División que fue confiada al Brigadier Saint-Marcq en auxilio de Zaragoza. La División del Teniente General González Llamas pudo aprovechar la retirada general de las tropas francesas tras la capitulación de Dupont en Bailén, entrando en Madrid en el mes de agosto.

 Durante los siguientes tres años, el Reino de Valencia estuvo libre de tropas francesas, En 1811, Napoleón encargó al Mariscal Suchet, quien estaba precedido por un notable éxito en Aragón, la misión de apoderarse de la ciudad de Valencia y su Reino. A finales de febrero de 1810, al mando de unos 9.000 hombres, Suchet pudo llegar hasta las mismas puertas de Valencia. Sin embargo, carente al igual que Moncey de artillería de asedio, se retiró hacia Aragón al cabo de seis días. Sin embargo, en septiembre de 1811 Suchet realizó una nueva intentona sobre Valencia. Antes de acometer contra la ciudad, hubo de vencer la resistencia de la guarnición española que se hallaba en el castillo de Sagunto. La fortaleza consiguió resistir el asalto de Suchet durante un mes y, cuando se encontraba al límite de su resistencia, se presentó el General Blake al mando del Ejército de Valencia y Murcia con la intención de levantar el asedio. Sin embargo Blake fue derrotado el 25 de octubre de 1811 y el castillo de Sagunto se rindió poco después. Libre de obstáculos, Suchet pudo situarse ante el campo atrincherado que protegía Valencia. Las obras de fortificación eran en este momento infinitamente superiores a las improvisadas defensas que se levantaron ante Moncey, pues se contaba con un amplio perímetro que protegía Valencia con numerosos baluartes, un gran foso que podía inundarse con agua, numerosa artillería e infantería de línea. Sin embargo, el campo atrincherado fue tomado en el mes de diciembre y Valencia quedó al alcance de la artillería francesa, que pudo bombardear a placer la ciudad. El general Blake optó por la capitulación el 9 de enero y Suchet pudo entrar en Valencia seis días más tarde.

 La defensa que hicieron los ciudadanos de Valencia el 28 de junio de 1808 bien merece un lugar en la historia, no sólo por haber rechazado a un Mariscal del Imperio. Corta en el tiempo e intensa en las emociones, casi sin medios materiales y con fortificaciones improvisadas, fue también afortunada y, porqué no, inconsciente. Aquellos paisanos que se encaramaron en sus murallas no se pararon a pensar que frente a ellos se situaba un ejército que llevaba una década invicto por toda Europa. Atendiendo a lo anterior, el siguiente texto laudatorio aparecido en la Gaceta de Valencia no se nos antoja exagerado:

 …Ciudad de Valencia, alza tu frente de corona de lauro inmortal, teñido en la sangre pérfida de los negociadores de la esclavitud y del oprobio, muestra al universo que 18 años de silencio no han debilitado la dignidad y tu entereza y dile que el Señor de los Exércitos armó tu diestra el dia 28 de junio y aterró al pie de tus murallas á los vencedores de Austerlitz y de Marengo y á los amedrentadores del mundo…

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NOTAS

(1) La ciudad de Valencia era entonces la segunda más poblada de España, no siendo superada en población por Barcelona hasta la década de 1820; Joan Serafí Bernat i Martí y Miquel Angel Badenes Martín dan la cifra de 103.918 habitantes citando el censo de Floridablanca de 1787 en: “Crecimiento de la población valenciana. Análisis y prevención de los censos demográficos (1609-1857)”, Ed. Alfons el Magnànim, Valencia 1994; por su parte David-Sven Reher cifra en 100.687 los habitantes de Valencia en 1787 en “Ciudades, procesos de urbanización y sistemas urbanos en la península ibérica (1550-1991)”, en VV.AA.: “Atlas histórico de las ciudades europeas. Vol. I. Península Ibérica”, Centro de Cultura Contemporània de Barcelona y Salvat Editores, Barcelona 1994, pp. 1-29.

( 2) ANÓNIMO: “ Manifiesto que hace la Junta Superior…” (Op. Cit.), pp 21 y 22.

(3) ANÓNIMO: “ Manifiesto que hace la Junta Superior…” (Op. Cit.), p 7.

(4) GENOVÉS, (Op.Cit.), p 87.

(5) AGUSTÍN PRÍNCIPE, Miguel : “Guerra de la Independencia. Narración histórica de los acontecimientos de aquella época”, (3 vols.), Imp. del Siglo a cargo de Ivo Biosca, Madrid 1846, Vol. 2, p 212.

(6) FOY, Maximilien Sebastien: “Histoire de la guerre de la Peninsule sous Napoleon, précédé d’un tableau politique et militaire des puissances belligérantes”, Baudouin Frères Éditeurs, París 1827, Tomo III, p 259.

(7) TORENO, José María Queipo de Llano, Conde de: “Historia del levantamiento, Guerra y Revolución de España por el excmo. Sr. Conde de Toreno precedida de la biografía del autor escrita por el excmo. Sr. D. Leopoldo Augusto de Cueto”, Ediciones Atlas, Madrid 1953, Vol. LXIV, p 97.

(8) AGUSTÍN (Op. Cit.), p 212.

(9) NAPIER, William: “History of the War in the Peninsula and in the South of France; from the year 1807 to the year 1814”, (4 vol.), Carey and Hart, Philadelphia 1842, Vol. I, p 58.

(10) OMAN (Op. Cit.), p 136.

(11) THIERS, Louis Adolphe : “History of the Consulate and the Empire of France Under Napoleon”, Henry Colbrun, Londres 1850, Vol. IX, p 69.

(12) TORENO, Op.Cit., p 97.

(13) (Op. Cit.), ver nota al pie nº 171 en la página 146.

(14) LAFUENTE, (Op.Cit.), p 338.

(15) Recogido por PIGEARD, Alain en: “La expéditión de Moncey à Valence”, en Gloire et Empire nº14 (sept. 2007), p 34 (la traducción del francés es nuestra).

(16) NAPIER, (Op.Cit.), pp 57 y 58.

(17) Nota de Napoleón al General Savary, en PLON, Henry (ed.): “Correspondance de Napoléon 1er, publiée par ordre de l’Empereur Napoléon III”, Imprimerie impériale, París 1865, (Tomo XVII), nº 14.192 p 379 a 383 (ver Anexo Documental).

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Autor: Redacción

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