La avalancha de la razón

Una pared de Madrid. (Foto F.B.)

Un artículo de Fernando Bellón

La sociedad española, como la del resto de Europa, tiene un problema que resolver por encima de todos los demás, que no son pocos ni insignificantes, para evitar una catástrofe.

Este problema es el cambio de actitud de la casta política y financiera. En rigor deberíamos decir la desaparición de la clase política y financiera dominante, pero esto es algo inconcebible si la condición para que tal cosa se realice es la exclusión total de la violencia. Así pues, vale confiar como idiotas, a falta de otra solución mejor, en que los apuros y trances que vivimos ahora terminen convenciendo a nuestros gobernantes y poderosos financieros, y les lleven a cambiar su forma de plantearse su propio futuro, que arrastra, como un cometa su estela, el nuestro.

Por eso produce risa o irritación que se ofrezcan como problemas ineludibles interesadas quimeras. Verbi gratia, la independencia de Cataluña.

Los segregacionistas catalanes están gastando ríos de tinta y de kilowatios en justificar sus razones para querer ser libres.

Una explicación plausible de semejante disparate es que el ser humano ha llegado al temerario convencimiento de que es superior a la naturaleza, y por tanto, distinto de ella. El imperio de la diosa Razón.

La naturaleza establece desde el principio de los tiempos un orden evolutivo que desgaja lo que estaba unido o une lo que estaba separado, de acuerdo con leyes inexplicables pero inexpugnables.

Pero el ser humano se ha esforzado siempre mucho en distanciarse de la naturaleza, se ha empeñado en dominarla (esto se decía antes, ahora como suena poco ecológico, se habla de perfeccionarla o de anticiparse a ella). El ser humano es humano porque se organiza por su cuenta, oponiéndose a los ritmos y a los dictados de la naturaleza. La razón es el instrumento definitivo del ser humano, y con ella lleva siglos labrándose un futuro mejor.

Es verdad que hoy más individuos viven más tiempo y más cómodamente que jamás antes. Pero este testimonio, que nadie puede negar, se vuelve en contra de los optimistas históricos, y hace dudar de la razón. Porque, si el ser humano ha conseguido prolongar su vida y mejorar tan evidentemente su existencia, ¿por qué lo ha hecho a expensas de muchísimos más de sus congéneres que viven como perros sarnosos? Y ¿cómo es posible que el ser humano haya alcanzado tal perfeccionamiento tecnológico y ningún mejoramiento político, incluyendo en esta nómina la economía, la educación, y las relaciones humanas? Esto sí que es un problema de verdad.

Hoy más que nunca, en esta coyuntura crítica que atravesamos, las deficiencias, los errores y los abusos del llamado sistema democrático son especialmente notorios. Tan notorios que pocos son los que se atreven a decir que no merece la pena cambiar nada. Dudo incluso que sea un número significativo el de los que se atrevan a pensarlo, aunque callen. Es de suponer que actúan de un modo razonable.

La gran dificultad está en quién efectúa ese giro necesario, cómo y en qué dirección. Sin embargo es una dificultad asumible y superable, siempre y cuando encontremos una plataforma común de acción, y se aparten problemas accesorios o artificiales. En palabras al uso, siempre que actuemos razonablemente.

Por ejemplo, la independencia de Cataluña.

Cataluña es una nación y necesita un estado, predican los segregacionistas, y exhiben un saco sin fondo de razones históricas, económicas, sociológicas, filosóficas, religiosas, científicas, raciales, etc, en apoyo de su reclamación.

Toda polémica centrada en cualquiera de estas razones es estéril. Siempre aparecerá una retórica nueva, cautivadora, aplastante. Siempre quiere decir que nunca habrá una última palabra. Se acabaría el mundo y la humanidad antes que el saco de razones de los que reclaman la independencia de Cataluña y de los que la rechazan.

Este dilema sólo cabe solucionarlo en el marco de uno superior. Por ejemplo, la reforma constitucional. Algo que los políticos españoles en ejercicio (sobre todo en ejercicio de poder) ignoran o demoran. Por tanto, algo inalcanzable siempre que dependa de la voluntad de estas personas.

Como ciudadano censado expondré lo que me parece una propuesta razonable.

Modifíquese la Ley Electoral. Disuélvanse las Cortes. Convóquense elecciones de acuerdo con la nueva normativa que permita el acceso al Parlamento de personas independientes. Ábrase un proceso constituyente. Decídase en él la forma del estado (Monarquía, República) y su composición territorial: autorícense consultas ciudadanas sobre la segregación de todos los territorios que lo deseen, permítase la separación de quienes concluyan irse (de paso, sugiero, háblese oficial y públicamente con Portugal, para sondear la posibilidad de recrear un estado unitario), establézcanse nuevas fronteras, nuevos pasaportes, nuevas gavelas, legaciones y todas las insensateces que acompañan las relaciones entre dos estados soberanos. Póngase en funcionamiento el nuevo rompecabezas. Déjese pasar un tiempo razonable, y al cabo del mismo, vuélvase a preguntar a unos y a otros si están contentos. Y en el caso muy probable de que no sea así, renuévese el proceso constituyente.

Lo curioso es que semejante propuesta suena a utópica, aunque garantiza el orden, la paz y el entendimiento. Lo hiriente es que, como no se realizará ni esta propuesta ni ninguna parecida, tarde o temprano entraremos en un periodo de caos y puede que también de violencia.

La única posibilidad de que no seamos protagonistas de tan triste escenario es que Europa nos meta antes en otro, y el caos se precipite sobre nosotros como un alud y se lleve por delante toda la porquería acumulada por la casta política, y también su buenas y secretas intenciones.

¡Oh, la razón! ¡Que palabra tan bonita y qué huero concepto!

 

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Autor: Redacción

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