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La ciudad vuelve a descubrir la huerta

Reseña y fotos de Fernando Bellón

L’Alquería de Vicent Martí (Alboraya, Valencia) celebró el sábado 29 de marzo una jornada de concienciación festiva. Organizaba CERAI, Centro de Estudios Rurales y de Agricultura Internacional, con la participación de Multiversidad de Agroecología, Biodiversidad y Culturas, y la Sociedad Española de Agricultura Ecológica.

La ciutat es retroba amb l’horta, la ciudad se vuelve a encontrar con la huerta, era el título de este “Encuentro de Consumo Consciente, Responsable y Local”. Ha sido el último (hasta ahora) de una serie iniciada por el agricultor ecológico Vicent Martí, en los que reúne ciudadanos de Valencia y alrededores, muchos de los cuales son consumidores de la producción hortofrutícola de Vicent, en torno a unos ponentes, a una mesa redonda y, el día 29, también en torno a la música y el baile.

El segundo título del encuentro resume su contenido y su enfoque: “Las implicaciones de nuestras decisiones diarias de consumo; repensar la ciudad y la huerta a partir de los nuevos canales cortos de comercialización”. Digo que el acto “se celebró” en todas sus implicaciones, porque fue una fiesta en la que participaron los más de ciento cincuenta asistentes. Escucharon a los ponentes, Gustavo Duch, director de la revista Soberanía Alimentaria, Lola Raigón, presidenta de SEAE, y Ruth González, disfrutaron de las interpretaciones de los cantantes iberoamericanos Lucho y Armando, del valenciano Pep Gimeno “Botifarra”, y de la exhibición de tango y salsa, en la que participaron maestros de estos géneros, haciendo de sparring el propio Vicent Martí.

El almacén de la alquería acogió gratamente a la pequeña multitud en un día desapacible y ventoso. Los asistentes eran amigos y clientes de Vicent, vecinos de la ciudad de Valencia y la Huerta, familias a las que no hay que convencer de las virtudes de la agroecología; también estuvieron presentes agricultores de la zona, muchos de ellos jóvenes, becarias internacionales de Cerai, consumidores asociados de diversos barrios de Valencia, y visitantes diversos.

Se percibía en la Alquería de Vicent Martí el antiguo sentido de la ceremonia, en la que la población confirma su identidad y su participación en una representación colectiva. Vicent subrayó en la apertura que el hecho de haber incluido música, baile, poesía y la lectura de cortas narraciones era un acto cultural deliberado. Se trataba de reafirmar el valor del cultivo agroecológico, que va más allá del trabajo en la tierra, e implica una suerte de comunión de ideas y propósitos prácticos en beneficio de la comunidad. Beneficios que se obtienen, por ejemplo, evitando los supermercados y los centros comerciales, y asumiendo la responsabilidad de cada uno en asegurar el futuro del trozo de la humanidad en el que le ha tocado vivir.

Gustavo Duch, director de Soberanía Alimentaria, resumió en su intervención estos principios, en un tono moral y apocalíptico con sentido del humor. La agricultura industrial, el capitalismo de supermercado, dijo, tiene los días contados.Esta circunstancia nos permite construir el modelo que le sustituirá y hará la vida humana mejor y sin daños estructurales al planeta.

Con argumentos sólidos y contundentes, Duch precisó que en el plazo de 30 ó 40 años se producirá un colapso alimentario en los países industrializados, que afectará, sobre todo, a los habitantes de las grandes ciudades, dependientes por completo de lo que se cultiva fuera y a veces lejos de ellas. Pronosticó la quiebra de las grandes multinacionales de la alimentación y de la energía, pero aseguró que el panorama catastrófico beneficiará a quienes trabajan ya por un modelo sostenible y basado en el bien común.

Prueba de ello es el interés creciente de muchos jóvenes por el trabajo en el campo. Se producirá una “revuelta” de la ciudad al campo, las grandes urbes, saturadas, abrumadas, intoxicadas, se irán vaciando. Y a la vez, el modelo de gobierno (“gobernanza”, se dice ahora) cambiará hacia uno verdaderamente participativo. El papel de la mujer en este movimiento es clave, porque la mujer tiene en su naturaleza un básico elemento contrario al modelo de crecimiento perpetuo enarbolado por el capitalismo, obsesionado por la producción. La mujer, dijo, Duch, no produce, reproduce, y será la protagonista de una “revolución de los afectos” que llegará a todos los ámbitos de la vida colectiva y personal.

En el turno de preguntas y en la posterior mesa redonda se manifestaron interesantes cuestiones. Por ejemplo, el conflicto entre el secular individualismo del labrador con tierra propia y la solución colectivista. Dos ex alumnos de la Escuela de Capataces Agrícolas de Catarroja revelaron que en los dos años de paso por ella se habían limitado a digerir toneladas de argumentos teóricos, pero casi ninguna práctica, defectos que se pusieron en evidencia al ponerse a trabajar en la tierra. Dijeron que la mayoría de sus profesores carecían de motivación y de interés, y que había que sustituirlos por agricultores con experiencia o intentar crear una escuela agrícola alternativa, donde se enseñara como es debido. Una ex-alumna de la misma escuela de una generación anterior aseguró que en su época el panorama no era tan catastrófico, y, aun admitiendo que la enseñanza estaba enfocada a la agricultura intensiva, afirmó que era más práctica y con un profesorado competente.

La formación de los agricultores y de la conciencia del consumidor fue el tema más debatido desde todos los puntos de vista. También la organización de los labradores ecológicos y su relación institucionalizada con los consumidores fue motivo de discusión. Se hicieron públicos diversos modelos y experiencias.

Un consumidor de Borbotó subrayó que era muy importante la planificación del trabajo y de la distribución, y que no siempre se tiene en cuenta. Apuntó que él observa en el movimiento agroecológico una tendencia a considerarse en posesión de una exclusiva que hace a sus miembros diferentes del resto de los ciudadanos, y que es preciso que los agricultores y los consumidores ecológicos abandonen esta concepción de ghetto para que la idea cale en la mayoría de la población.

Tras la comida, que cada asistente o familia aportó para compartir con los demás, un acto de verdadera comunión, intervinieron Lola Raigón y Ruth González. De las palabras de estas dos mujeres implicadas en la acción agroecológica no puedo dejar constancia, porque abandoné la jornada después de comer.

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Autor: Redacción

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