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LA FLORENTINA, EN L’ALCÚDIA DE VALENCIA, DE VICENT BORRÀS

Una libélula en una de las charcas artificiales construidas para enriquecer el ecosistema.

Una libélula en una de las charcas artificiales construidas para enriquecer el ecosistema.

17 hectáreas de frutales ecológicos envueltas en bosque mediterráneo.

Vicent Borràs cumple este mes de julio 68 años. Nacido en una familia de agricultores de la población de Carlet, en la Ribera Alta de Valencia, estudió ingeniero técnico agrícola en la Universitat Politècnica de València.  Ejerció durante décadas de profesor  y, algo menos, de director en los mejores años de la Escuela de Capataces Agrícolas de Catarroja. Y en 1986 emprendió al aventura de una finca de frutales en el municipio de l’Alcudia, que hoy es una de las explotaciones ecológicas de fruta más sólidas del territorio español. Hoy La Florentina son 17 hectáreas de árboles frutales de invierno y de verano, con riego gota a gota, protegidos por cercas de arbustos y árboles, que en algunos lugares forman un tupido bosque mediterráneo.

Entrevista y fotos realizadas por Fernando Bellón

Es el sueño de Vicent Borràs, que asegura que “fincas ecológicas como esta las hay, pero  no mejores. Es una finca con karma, todo el que la visita se siente muy a gusto en ella. Yo cuido mucho el agrosistema, la fauna, el medio. No me conformo en hacer fruta ecológica. Hay 65 especies de pájaros, anfibios, una barbaridad de insectos útiles, murciélagos, colmenas con abejas, de todo. He plantado 165 especies botánicas diferentes. Todo eso en 17 hectáreas.”

Vicent se ha formado en una época privilegiada, si la comparamos con el desierto que ha recorrido la agricultura valenciana practicada por los pequeños y medianos agricultores, en especial los orgánicos, hasta 2015

De cuando los jóvenes agricultores valencianos se formaban en el extranjero.

Asegura que en los años 80, en los primeros años del gobierno autónomo en la C. Valenciana, el útil Servicio de Extensión Agraria fue sustituido por una acción política de igual o mayor utilidad. La paternidad de este trabajo reconstructivo es de  José Moratal Sastre, señala Vicent Borrás, que creó la Direcció General de Cooperativisme, hoy Subsecretario de la Conselleria d’Agricultura y áreas aledañas, el segundo de abordo.

El gran mérito de Moratal, dice Borràs, es su convicción de que la formación profesional del agricultor es su mayor capital. Esto le dio la idea de crear becas para que jóvenes estudiantes de diversos centros valencianos, universitarios o de nivel inferior, pudieran viajar al extranjero y formarse en una serie de disciplinas útiles para el campo valenciano. La mayoría de quienes salieron no eran universitarios, sino personas con los pies en los surcos y en las acequias. Eran técnicos de Castellón, Alicante y Valencia titulados en horticultura y fruticultura, en jardinería y medio ambiente. Las becas las otorgaba un tribunal riguroso e independiente.

La primera carencia del campo valenciano, prosigue Vicente Borrás, eran las tecnologías modernas, el riego localizado, el cultivo hidropónico, la jardinería, y también los técnicos comerciales de productos agrarios valencianos, en especial, los que representaban a las cooperativas. Durante cuatro años se enviaron jóvenes a Perpignan para formarse en comercio internacional, a una escuela diseñada a propósito para estos alumnos en el Mercado de Saint Charles, el mercado de distribución de productos agrícolas mayor de Europa. “Enviábamos entre 15 y 20 jóvenes cada año. A su vuelta, la mayoría se ponía a trabajar en las cooperativas, y algunos se quedaban en el sector privado. Se pedía que supieran francés, y si solo tenían nociones, al cabo del año ya lo dominaban”.

A parte de los técnicos comerciales, enviaban a otros jóvenes a Holanda, a estudiar tecnología de riego localizado, manejo de cabezales de riego y riego hidropónico. A Suiza iban los interesados en jardinería. “Otra experiencia de vida importante”, dice Borràs, “es la que adquirieron decenas de valencianos en los Kibutzin israelíes. Cada año enviábamos casi un avión lleno de estudiantes. Al llegar a Tel Aviv los metíamos en autobuses y los repartíamos por los Kibutz. Allí adquirían experiencia profesional y una visión práctica del socialismo cooperativista judío. Estaban tres meses y regresaban”.

Cuando pregunto por qué se abandonó este fantástico programa, Borrás se encoge de hombros con cierta frustración. “Porque se acabó la subvención, destituyeron a Moratal, cerraron el Instituto de Cooperativismo Valenciano…” ¿Coincidiendo con la entrada en el gobierno autonómico del Partido Popular?, pregunto. “Posiblemente.”

Hace 20 años este bosque mediterráneo no existía en La Florentina. En el "hotel para insectos" se crían los que combaten las plagas de la fruta.

Hace 20 años este bosque mediterráneo no existía en La Florentina. En el “hotel para insectos” se crían los que combaten las plagas de la fruta.

Vicente Borràs. Estamos en el culo de la agricultura europea. Producimos muy bien, vale. Pero no vendemos nada bien. Aquella iniciativa era una plataforma de apoyo soberbia para que la gente pudiera vender en destino. En la agricultura ha pasado como en los bancos. Una concentración de grandes comerciantes, y cada día menos comerciantes medianos y pequeños. Se han quedado ocho o diez grandes, y son los que dominan el mercado europeo. Yo sobrevivo porque soy un agricultor con el atrevimiento de vender en Europa su fruta. Pero con muchas dificultades. Esta campaña ha sido horrible.

¿Cuándo empezó tu aventura de estos jardines frutales rodeados de bosque mediterráneo?

V.B. Yo empecé en el año 86. Y en ecológico, desde el año 2000. Yo heredé de mi padre unos cuantos campitos en el término de Carlet. Yo le dije a mi padre que no me interesaba hacer agricultura en tierra desperdigada. Él no estaba de acuerdo en que vendiéramos las propiedades para comprar otras concentradas. Sus razones eran sentimentales, tierras de los bisabuelos… Pasaron dos o tres años, y el hombre no podía seguir trabajando en esos campos.

Un día me telefoneó mi madre y me dijo que el padre estaba por fin de acuerdo. Entonces me puse a buscar una finca. Pasé dos años. Entre Játiva y Real de Montroy, cuarenta kilómetros. No encontraba ninguna. Y un día, en una partida en el trinquet de Carlet, entra un amigo y me dice: “He encontrado la finca que quieres”. “¡Che!” “Ahora mismo la vamos a ver”. Au, agarramos el coche y nos vinimos aquí, a cinco minutos del pueblo. Me gustó.

Era una finca abandonada, de una familia de Valencia que no tenía interés en ella porque los que la fundaron habían muerto y los herederos no estaban interesado en la producción de naranjas, que es lo que había. Me la quedé.  Y aquí empezó mi visión particular de la “concentración parcelaria”. Fue una reforma agraria personal.  No todo el mundo la puede hacer, lo entiendo.

Sabrosas y ecológicas granadas.

Sabrosas y ecológicas granadas.

Tenías formación y experiencia.

V.B. Sí, pero me ha costado muchísimo. Esto era una finca medio de regadío, medio de secano y de montaña, con naranjos, algarrobos y viñas. Cuando empecé la transformación de la finca tenía un criterio, y si tuviera que empezar ahora del mismo punto lo haría de otra manera. Hoy estoy convencido de que las transformaciones tienen que ser menos impactantes en el medio ambiente, menos costosas energéticamente, con mejores aplicaciones técnicas para transformar el secano en regadío para frutal.

Lo que se estilaba en aquella época era transformar en terrazas y hacer márgenes de hormigón. Esa era la idea de mi padre, que al principio me estuvo ayudando. Una parte de la finca está hecha según este criterio. Le quité de la cabeza lo de los márgenes de hormigón, porque tenían un coste brutal, además del impacto medioambiental. Es fama que las terrazas con desniveles de hormigón que se ven desde la autopista hacia Alicante están hechas a base de dinero negro. Yo siempre lo he hecho a lo legal.

Además, al principio yo vendí los campos muy bien. Pero cuando la gente empezó a darse cuenta de que yo vendía para invertir aquí, empecé a tener dificultades. Me atacaron los cuervos, especuladores de tierra y de propiedades inmobiliarias que se aprovechan de las necesidades de capitalización de las personas, y me forzaron a bajar los precios. Recuerdo haber empezado a  vender una fanegada a 830.000 pesetas, y acabé en 450.000.

Resto de los márgenes de hormigón de la primera operación. Vicent ha plantado arbustos que en poco tiempo cubrirán el desnivel y protegeránlos cultivos. Los palos son perchas para las aves rapaces, también útiles en el ecosistema.

Resto de los márgenes de hormigón de la primera operación. Vicent ha plantado arbustos que en poco tiempo cubrirán el desnivel y protegerán los cultivos. Los palos son perchas para las aves rapaces, también útiles en el ecosistema.

Así que tuviste un curso acelerado de tecnología agrícola y de economía.

V.B. Sí. Por ejemplo, no se pueden hacer terrazas muy amplias, porque el movimiento de tierra es tremendo, tocas la roca madre y tienes que utilizar barrenos; sale carísimo. La segunda fase (la primera eran los márgenes de hormigón) era no seguir por ahí, hacer los márgenes sin hormigón. Y la tercera fue adaptarnos a las curvas de nivel del terreno. Es más barata y la pendiente no produce erosión, y paisajísticamente es más estética.

Era una época en la que si hacías una operación la tenías que multiplicar tanto como pudieras para que te resultara económica. Por ejemplo, vamos a pulverizar, vamos a labrar, tengo que rotovatar, tirar herbicida, y se hace todo a la vez, en una gran extensión, en una finca monovarietal. El problema es que así te lo juegas todo a una carta. Hay gente que lo ha hecho y le ha salido bien. Hay fincas que son todo clementina-nules, o nadorcor, en fin… Esta finca era toda de naranja arrufatina, una variedad de clementina original de Castellón. Las faenas agrícolas las adaptas a la variedad plantada en toda la finca, pero no tienes capacidad de respuesta si encuentras alguna enfermedad.

En el año 2001-2002 decido arrancar toda la finca. Lo hice en tres fases. Y entonces me planteé lo contrario. Diversidad varietal y de cultivos. Lo que yo pretendía era abastecer a un mercado de consumidores, con la idea de que podría llegar al consumidor final a través de las asociaciones europeas de consumidores, ofrecerles fruta, albaricoques, paraguayos, melocotones; todo ello en diferentes variedades, para que llegaran escalonadas. Luego empezaría con las brevas, después de San Juan, después los higos, luego los kiwis, las granadas y el caqui, y tener fruta todo el año, desde abril a diciembre. Y es lo que estoy desarrollando.

¿Cuántas hectáreas tienes en La Florentina? 

V.B. Aquí hay 17 hectáreas, doscientas y pico hanegadas. Funciono como empresa personal, con tres personas fijas, y servicios externos de poda, recogida, almacenamiento yembalaje… Y todo cultivado en ecológico, con certificado del CAECV. También tengo certificación Biosuisse, y estamos en transición a certificado Demeter.

¿Y los mercados?

V.B. Francia y Alemania. Y muy poco, España.

Los pinos y los cipreses abrazan el contorno de La Florentina, protegiéndola de la contaminación  quimica de las fincas aledañas.

Los pinos y los cipreses abrazan el contorno de La Florentina, protegiéndola de la contaminación quimica de las fincas aledañas.

¿Estás satisfecho de los resultados?

V.B. No. Porque la fruta de verano no funciona bien. La fruta de verano es de hoy para mañana. No puedo cosechar hoy, guardarla en cámara y servir dentro de seis días. Con el albaricoque, el melocotón y el paraguayo estoy muy disgustado. Tendría que estar en mis manos la decisión de enviar. Recojo y envío. Y el consumidor consume en el momento óptimo de la fruta. Pero el mecanismo es que los distribuidores me piden, y yo les tengo que servir en ese momento lo que ellos necesitan, con la confección requerida por ellos y al precio que ellos me ponen.

¿Y qué hace con la fruta que no puedes colocar?

V.B. Pues si me sobran paraguayos, los tiro a las ovejas. Este año he tirado el 30 por ciento de la cosecha de paraguayos. Es el problema de no poder enviar la fruta cuando está a punto, sino cuando me la demandan. Un paraguayo no aguanta en cámara más de tres días. La cosa mejoraría si las asociaciones de consumidores europeas crearan una central de compras, se interesan por la producción, vienen a vernos a los agricultores…

Yo pensaba que eso existía en Europa.

V.B. No, no existe. Hay mucha venta ecológica en las grandes superficies alemanas, Rewe, Aldi, Lidl… Pero a mí las grandes superficies me dan miedo. Te aprietan mucho. Te piden la fruta de acuerdo a su planificación de ventas, haya o no haya. Los que me compran a mí habitualmente, son distribuidores de Francia y Alemania. Reparten la fruta en las tiendas ecológicas, no en las grandes superficies. En Francia les llaman “grossistes”.

¿No hay ningún estudio sobre el asunto? Si hubiera becas como antes, se podría enviar a personas especializadas en el comercio para que recorrieran los mercados minoristas de Europa, y hablaran con las asociaciones de consumidores.

V.B. Sí. Se podría hacer. Pero no se hace. A mí me vendría de categoría. Yo lo que busco primero es el canal corto. Me gustaría poder vender la producción en el canal corto, Valencia, Barcelona, Euskadi y Madrid. Pero la mayoría de la fruta va a Perpiñán, y de allí irá a París, a toda Francia y a Alemania.

Desbrozando un cultivo de granadas todavía en flor.

Desbrozando un cultivo de granadas todavía en flor.

A parte de estas dificultades de venta y distribución, ¿cuáles han sido o son los problemas técnicos, agrícolas, que tienes?

V.B. Las exigencias en agricultura ecológica en cuanto a tamaño y calidad aparente de la fruta son las mismas que en agricultura convencional.  Clasificación por calibre: triple A, doble A, A, B, C, D. Por debajo de D, no aceptan nada. En la agricultura convencional este método se fácil. Echan nitrógeno, y salen frutas triple A, doble A, que son las frutas que tienen precio. Yo me pregunto por qué en el mercado ecológico, el consumidor cae en la trampa, y considera que esos grandes calibres son los mejores. Se trata de fruta “obesa”, engordada a base de agua y nitrógeno. Además, estamos contaminando los acuíferos, en definitiva, engañando al consumidor, y ofreciéndole fruta con productos cancerígenos. Es lo que se hace en la agricultura convencional, y es lo que se paga. En ecológico a mí me exigen la misma calidad, la misma confección, el mismo tamaño. Nadie compra por piezas, sino por kilos. ¿Qué más dará que un kilo de paraguayos sea de C o de triple A? Además, normalmente está reñida la calidad y el sabor con el tamaño, cuanto más grande, menos sabroso.

En cuanto a los defectos de la fruta, lo mismo. A una fruta que tenga algo, lo que sea, una raya, va a destrío. Eso, sobre todo en ecológico, es tirar mucha fruta. Te planteas, ¿qué hago con esa fruta? No puedo guardarla. ¿La regalo a un pastor para que alimente a sus ovejas con paraguayos ecológico, que tanto han costado de producir? ¿Creo una fábrica de mermeladas, que no es mi especialidad, y empezar a investigar una nueva línea de trabajo? No sé.

Y luego hay los problemas del cultivo. Este año he tenido un ataque de criva, fusicocum, un hongo que me ha hecho polvo algunas de las variedades de paraguayos.He tenido defoliaciones importantes. No puedo utilizar el cobre, que está autorizado en agricultura ecológica, porque  marca la fruta de azul, y hay que lavarla para consumirla. Otro problema es el de la mosca de la fruta, la seratitis capiatta. En las variedades tardías de la fruta es un problema difícil de erradicar. Ya puedes poner trampas, parchear… A la mosca le gusta más un melocotón maduro que ninguna de las cosas que se le ponen para engañarla.

La mecanización la tengo bien apañada. Poco a poco me he ido haciendo con la maquinaria adecuada para las faenas del campo.

¿Qué porcentajes tienes de fruta de verano en relación a la otra fruta?

V.B. Entre el 25 y el 30  por ciento es fruta de verano. Es que hacer fruta de verano en ecológico es un riesgo muy alto.

¿Recibes ayudas de la Administración, de la PAC?

V.B. Yo para la Conselleria soy un dinosaurio. En cuanto tienen que quitar alguna subvención, me toca a mí. Todos los labradores tienen algún tipo de subvención. Pero como no hay suficiente presupuesto, han hecho unos baremos, y yo estoy afectado por ellos, porque tengo 67 años. Hasta los cuarenta años te consideran agricultor joven. Yo no recibo ninguna subvención.

¿Y el futuro de La Florentina está asegurado?

V.B. Tengo una hija de 15 años. No sé qué pasará cuando me toque retirarme. Aunque estoy pensando cosas. Daré con algo. Hay personas involucradas en la finca que no hace falta que yo esté encima de ellas, un técnico que me ayuda, Vicent Morató, un tío buenísimo. Yo esto lo tengo que dejar arreglado. Una fundación, lo que sea. Estoy dándole vueltas.

Los kiwis estarán listos en el otoño.

Los kiwis estarán listos en el otoño.

 

 

 

 

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Autor: Redacción

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