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Premio CHAMAN para la escritora argentina María Teresa Andruetto

La escritora argentina María Teresa Andruetto ha sido galardonada con el Premio Iberoamericano Extraordinario “Chamán” de Comunicación, Cultura, Oralidad y Oralidad Escénica 2014. Este premio lo otorga, desde 1989, la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE), por medio de un jurado internacional.

María TeresaAndruetto (Arroyo Cabral, Argentina, 1954) se crió en Oliva, un pueblo de la llanura cerealera, en las proximidades de un asilo de enfermos mentales que en tiempos de su infancia era considerado el más grande de Sudamérica. Estudió Letras en los años setenta, en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Luego de años de exilio interno, terminada la dictadura en su país, fundó con un grupo de colegas CEDILIJ, un centro especializado en literatura para niños. Trabajó en la docencia, en la formación de mediadores de lectura y en talleres de escritura para adultos, niños y jóvenes, y realiza habitualmente colaboraciones en diarios y revistas de su país y el extranjero. Ha publicado novelas, libros de cuentos, poemarios, ensayos y obras de teatro para adultos, niños y jóvenes.

El Premio Iberoamericano “Chamán” ha sido otorgado en España a instituciones tan prestigiosas como la Sociedad Estatal Quinto Centenario, la Fundación Municipal de Cultura de Valladolid, el Centro Cultural de la Villa del Ayuntamiento de Madrid, la Fundación “Germán Sánchez Ruipérez”, el Círculo De Bellas Artes De Madrid o el Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz, además de a destacadas personalidades de las letras.

En América Latina y el Caribe, el Premio Iberoamericano Chamán ha sido otorgado, entre otras instituciones, al Ministerio de Cultura de Costa Rica, el Centro Nacional de Promoción e Información de la Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes de México, la Universidad Centro Occidental “Lisandro Alvarado” de Venezuela, y a eventos como el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá (Colombia).

María Teresa Andruetto publica regularmente en su propio blog.

 Perinquiets se honra con la publicación de la entrevista realizada por Francisco Garzón Céspedes a María Teresa Andruetto, publicada en la colección Los Libros de las Gaviotas de Ediciones COMOARTES.

Los Libros de las Gaviotas es una editorial digital de la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE), que publica regularmente obra de notables escritores iberoamericanos, así como entrevistas realizadas con muchos de ellos por Francisco Garzón Céspedes.

Su espacio en la red es https://sites.google.com/site/edicionescomoartessinparalelos/

María Teresa Andruetto responde a Francisco Garzón Céspedes

HACEN FALTA MUCHOS RELATOS PARA CONSTRUIR UN RELATO”

¿Cuál es su personal definición de la narrativa como arte, como literatura? Su definición en general y/o en específico del cuento y/o de la novela. Por favor explique por qué elige hablar de la narrativa en general o, por ejemplo, sólo elige referirse al cuento o sólo a la novela. Si ha r-flexionado respecto al escribir narrativa para la niñez, ¿añadiría algo en específico a su respuesta, a su definición o definiciones?

Considero que la narrativa –el arte de contar– está presente en (casi) todas las expresiones artísticas, desde ya que lo está en la novela y en el cuento, donde constituye su columna, esencia y razón de ser, pero también lo está –en diversas combinaciones y grados– en el cine, en el teatro, en el videoclip, en la historieta, en los espectáculo de danza, de mimo, de títeres, de circo, en la ópera, en las artes plásticas, en prácticamente toda la historia de la pintura, en mu-chas composiciones musicales. En lo que respecta más específicamente a las artes de la palabra, la narración no sólo está presente en la novela y en el cuento, en los textos teatrales y en los guiones cinematográficos, como es por demás visible, sino también en la poesía. Por muy experimental que sea un poema, y aunque se trate de poesía concreta, conceptual o de casi pura exploración sonora, siempre encuentro un núcleo narrativo, aunque algunas veces ese núcleo esté muy soterrado. Creo que todo el arte de este mundo proviene de la necesidad de contar/de dar cuenta de lo que nos sucede, necesidad de trasmitir hechos de los que hemos sido protagonistas, imagineros fabulosos, partícipes secundarios o testigos; la historia del arte es también la historia de la subjetividad humana, la expresión –a lo largo de siglos y a través de distintas culturas– de nuestra necesidad de compartir experiencias, dolores, alegrías o asombros con otros contemporáneos o futuros. Pequeños relatos que nuestras bocas depositan en oídos ajenos, intentando agregar algunas palabras al gran relato del mundo.

¿Mi definición en general y/o en específico del cuento y/o de la novela?” De entre todas las artes del narrar, el cuento y la novela tienen la particularidad de necesitar –como condición indispensable para ser– de la figura del narrador. Como lectores, olvidamos muchas veces –aunque un buen escritor lo tiene siempre presente– que un cuento o una novela no muestran una historia, unos sucesos ni unos hechos sino que construyen una voz que nos habla acerca de unos sucesos, unas historias, unos personajes, unos hechos. Así, como lectores, nada vemos sino que oímos esa voz del texto –la voz del narrador– y de ese modo –por ese camino– imaginamos. Lo que leemos está entonces teñido de la subjetividad de la voz que narra –ésa que el escritor construye como un castillo de naipes–, de sus intenciones, adhesiones o engaños, tal como sucede en la vida misma, cuando cada quien nos cuenta lo que le sucede. La intensidad de un escritor se mide por la calidad de narrador que es capaz de construir en su cuento o en su novela, el refinamiento del punto de vista que elija (hecho siempre de selección y renuncia) para narrar esa historia, y el modo en que esa construcción alcanza una credibilidad, coherencia y verosimilitud ca-paces de deslizarnos sin reparos hacia el pacto de ficción. De ese modo, al leer, leemos al mismo tiempo que ciertos sucesos, las intenciones e impresiones de una subjetividad que los trasmite. Ésa es para mí una de las razones más fascinantes de escribir: ser otro, mirar el mundo desde ojos ajenos, intento de adentrarnos en otras condiciones de vida para comprender un poco más de la condición humana.

En cuanto a la narrativa para la niñez: He escrito varios libros para niños (aunque pocos para lectores de edad muy pequeña) y no encuentro –sobre este punto– mayores diferencias entre narrar para niños y narrar para adultos, salvo –en el primero de los casos– la necesidad de mayor sencillez y definición en la estructura, y la necesidad de mayor condensación, selección, depuración de artificios en el lenguaje.

V¿Por qué escribe narrativa?

Siempre hay múltiples razones –y también muchas cuestiones que no se pueden explicar por la razón– que nos llevan a hacer lo que hacemos. Pero una de ellas es, sin duda, el deseo de comprender a los demás y también el deseo de comprenderme a mí misma (el propio yo como un campo de exploración, una muestra gratis de “la condición humana”), la escritura como un cami-no de conocimiento. Otra es el haber sido alimentada a relatos, criada por una madre que deseaba escribir y a la que le gustaba inventar historias, y por un padre inmigrante que había dejado atrás todo lo que era suyo y –como necesitaba mantenerlo vivo– reconstruía al infinito su historia familiar, el largo viaje a Argentina, el encuentro con mi madre.

¿Cuándo escuchó un cuento por primera vez?¿O cuál es el primer

cuento que recuerda haber escuchado? ¿Dónde? ¿Se lo contaron oral-mente o se lo leyeron? ¿Quién? ¿Tuvo una relevancia especial para usted? ¿En su infancia le contaban otras formas de narrativa? ¿Cuál fue o cuáles fueron las primeras?

Me crié en una casa donde había mucha palabra, mucho relato, una casa en la que se contaba de mil maneras, con muchos detalles, el pasado de los que habían estado antes, episodios de vida de padres, tíos, abuelos, bisabuelos, antiguos vecinos, muchos de ellos personas que no conocí pero quedaron en mí como personajes de la novela familiar. Todo lo que les había sucedido encontraba forma en las palabras, tanto que a veces el presente perdía importancia ante la persistente revisita del pasado. Desde que recuerdo y seguramente también desde antes, escuché contar esos episodios, historias de personas que habían vivido en pueblos lejanos o habían venido hacía muchos años a América, personas que habían llegado sin nada, o habían perdido o ganado o arriesgado todo. Se trataba de personas comunes, cuyos modestos episodios adquirían relevancia en el relato, en el interés narrativo que (me) suscitaban. Lo cierto es que desde siempre me apasionaron las historias de las personas comunes y corrientes, lo extraordinario que habita en la vida de cada uno de nosotros, lo extraordinario de la vida en sí misma, siempre tuve mucho interés por escuchar acerca de esas vidas, se trata de un vicio, una costumbre que todavía persiste, guardo en la memoria relatos que me contó alguna vez un taxista, o alguien que viajaba junto a mí en un ómnibus, o un alumno de hace años, o un paciente en la antesala de un dentista. A su vez, mi mamá solía decir poemas que sabía de memoria y que yo escuchaba como historias, la del árbol que no da frutos, la de la mujer que no puede ser madre, la del jardinero enamorado de la reina…, tengo también recuerdos muy antiguos de mi madre cantando canciones populares, relatos musicaliza-dos, como “Una linda mañana/ en el mes de abril/ yo encontré a mamita/ regando el jardín …” O Papá Baltasar, la esplendorosa milonga de Homero Manzi y Sebastián Piana que ella adoraba: “Dormite mi niño Pedro/que está por llegar,/envuelto de nube y cielo,/Papá Baltasar./Llenita su alforja blanca/con cien matracas,/con un tambor/y un trompo de cuerda larga/y un tren de carga y un carretón./Dormite mi niño Pedro/que está por llegar,/al tranco de su camello/Papá Baltasar…”

Y estaban también las canciones que mi papá cantaba acompañado del mandolín, letras y música manuscritas a lo largo de años en una libreta de tapa negra que sacaba a relucir los domingos, habaneras, polcas pero sobre todo canciones populares italianas de amor y desarraigo, todas ellas relatos perfectos de gran intensidad: el hombre que regresa a su casa de Trastevere, la canción de la biondina in gondoletta, o la del napolitano que va a trabajar a Milán y extraña su tierra… en fin, que desde temprano entendí –lo estoy advirtiendo ahora, mientras contesto estas preguntas– que el mundo estaba hecho de palabras, no tanto de cosas, circunstancias y personas, sino de relatos sobre esos hechos y esas personas, y tuve pronto también yo la necesidad y el deseo de darle sentido a lo que veía y vivía a través de las palabras.

¿Cuál es el cuento o la novela cuya lectura más le ha impresiona-do? ¿Por qué? ¿Cuándo leyó narrativa por primera vez y que recuerda al respecto?

Muchos cuentos, muchas novelas me han impresionado fuertemente, libros que me han impactado por ellos mismos y/o también por el momento en que los encontré, porque hay lecturas que son más afortunadas en un momento de la vida que en otro. En ese camino que lleva más de cincuenta años, algunos hitos son Ficciones, Bestiario, Final de juego, leídos por primera vez hacia los trece años; La bastarda, de Violete Leduc caído a mis manos por ignorancia o azar hacia los quince; las memorias de Simone de Beauvoir leídas hacia los diecisiete; el descubrimiento desaforado de Pavese, Böll, Canetti, los neorrealistas italianos; los latinoamericanos (Rulfo sobre todo), Arlt, Onetti, Di Benedetto, a mi llegada a Córdoba a estudiar literatura en la Universidad, entre mis diecisiete y mis veintiún años; la relectura al infinito de la obra de Borges durante el año 76, plena dictadura en Argentina, en una suerte de escondite en el que habitaba. Más tarde, el descubrimiento y revalorización de los narradores argentinos de la generación post Borges que entraron en escena hacia los años sesenta, narradores de las provincias argentinas que trabajaron el realismo alejándolo de lo pintoresco y que –me parece– me han influido mucho; y en estas últimas décadas, la obra de Duras y Lispector; el descubrimiento de Chejov, de Katherine Mansfield, de las narradoras del sur norteamericano, especialmente Flannery O´Connors y Carson Mc Cullers, de quien había leído en la primera adolescencia El corazón es un cazador solitario; la lectura de Carver, la de Sebald; y muy especialmente la búsqueda y valorización de esplendorosas narradoras de mi país, muchas de ellas todavía desconocidas para el gran público, cuyos textos y circunstancias biográficas voy subiendo a mi blog sobre Narradoras Argentinas.

En lo que respecta a qué libro habrá sido el primero, me es difícil precisarlo porque en mi casa –una familia de modestos recursos, en un pueblo de la llanura argentina, pero con mucha apetencia de saber, de lecturas– siempre hubo libros. No se trataba de libros para niños, esa categoría de “lo infantil” me parece que no estaba presente, compartíamos más bien o tomábamos lo que había a mano, sin demasiadas restricciones ni muchos miramientos. Escuchábamos en la radio un programa que se llamaba “El cuento leído para usted”, también los radioteatros que le gustaban a mi abuela, leía revistas de crímenes, fotonovelas, diccionarios, enciclopedias y también cuentos y novelas del circuito literario “alto”. Dentro de esa familiaridad con los relatos y los libros (había sobre todo libros “para saber”, más que ficción, la idea enciclopédica de que había que saber un poco de todo para poder habitar en el mundo), recuerdo el momento de (auto) alfabetizarme, en la cocina de casa, mi mamá a la máquina de coser y yo en el suelo –bastante antes de ir a la escuela, a los cuatro años o quizás menos, porque a los cinco, cuando ingresé a la escuela, ya sabía leer– descubriendo, en un libro muy popular de la época, que se llamaba Upa, que esos dibujos llamados letras podían unirse y formar palabras, y que esas palabras ahí escritas eran los nombres de las cosas. También tengo recuerdos imborrables de las noches de los lunes, cuando mi padre tenía reunión en la cooperativa eléctrica donde trabajaba, y con mi hermana, cada una bajo cada brazo de nuestra madre, las tres en la cama grande, la escuchábamos leer hasta quedar dormidas. A veces las lecturas eran episodios de Las aventuras de Tom Sawyer, La cabaña del tío Tom, La isla del tesoro, Corazón, Heidi, pero muchas otras eran fragmentos de novelas para grandes, o poemas o biografías que mi madre estaba leyendo. Mi hermana y yo éramos todavía muy pequeñas para esos libros, de modo que pienso que tal vez era un modo de poder leer ella lo que le gustaba y al mismo tiempo estar con nosotras, lo cierto es que se trataba de un momento especial, donde la fascinación estaba sobre todo en la voz de quien nos leía. Sin embargo, toda esa abundancia de relatos, no era todavía para mí literatura, era la vida misma que –suponía yo– se presentaba de ese modo para todos, en todas las casas y en todas las familias. Recién más tarde, hacia la adolescencia, empecé a leer de otro modo, consciente de que estaba leyendo literatura, y eso me produjo una nueva fascinación. Esa conciencia se inició con mi ingreso al colegio secundario, cuando tenía doce años y descubrí en la biblioteca escolar la literatura contemporánea argentina: Borges, Cortázar, Sábato, Denevi, Mallea, Quiroga, desde ese momento las lecturas, los libros, los autores, las editoriales, comenzaron a ordenarse en mi cabeza en un sistema –el sistema literario–, ya después, todo lo que he ido leyendo a lo largo de la vida se ha insertado en esa matriz.

MTA¿Cuál es la representación en específico escénica de una obra originalmente narrativa, una no teatral, que más le ha fascinado? ¿Por qué? ¿O cuál la película sobre una historia que en su origen es un cuento o una novela?

Trato de ver las películas u obras de teatro como autónomas, más allá de que estén o no basadas en textos preexistentes. Entiendo que se trata de otra cosa, de otro arte y por lo tanto necesita independizarse para alcanzar plenitud. En el cine las adaptaciones demasiado fieles, suelen decepcionar-me, porque creo que no se trata de hacer una copia sino de hacer otra cosa. En cambio si el director se toma todas las libertades, puede ocurrir algo excepcional. En materia de películas, no puedo olvidar La fiesta de Babette, basada en un cuento de Isak Dinesen, que dirigió Gabriel Axel en los años ochenta.

Si tuviera que indicar siete puntos indispensables a los que debe responder como arte literario una obra narrativa, ¿cuáles señalaría? ¿Señalaría unos para el cuento y otros para la novela?

Escribir un relato (cuento o novela) implica, de entrada, tomar una decisión sobre el punto de vista, inventar un sujeto narrador y adoptar un ángulo de observación de los hechos. Para poder acceder a lo que se nos cuenta, es indispensable esa figura literaria, pero un narrador es, mucho más que la persona verbal a través de la cual se ejerce el acto de contar, es –por sobre todo– una conciencia a través de la cual pasan los hechos contados: la conciencia del relato. Así, en el cuento y en la novela, el narrador cuenta/da cuenta de su particular modo de ver esos hechos, ya que las cosas nunca son lo que son de un modo absoluto sino, como dice el refrán, “según el cristal con que se miran”. Un narrador es entonces la ideología (ideas, sentimientos, experiencias) por la que pasan los hechos narrados. Esta necesidad de un narrador interno al relato, es algo que el cuento y la novela comparten. Luego hay generalidades que también comparten, como que en ambos casos importa mucho la información (la cantidad y el modo en que está suministrada) que el narrador le da al lector, porque si se informa de más, el lector no trabaja, y si se informa de menos, el lector queda fuera del texto. Otro punto que a mi juicio comparten ambos géneros es la necesidad de dotar de gran visibilidad al texto (Todo lo que decimos debe poder verse, dice Chejov).

Lo demás es –me parece–, particularidad y diferencia. La novela admite todo o casi todo, desde las formas más clásicas hasta la más pura experimentación y puede incluir muchas variantes (de estructura, temas, recursos, len-guaje, varios narradores), es como una casa, que tanto lo es si tiene dos ambientes como si se trata de un palacete lleno de alcobas y salones.

En cuanto al cuento, lo primero que habría que decir es que hay muchos tipos de cuento, algunos de forma y estructura más lineal y sencilla, como los cuentos populares, los relatos maravillosos, las parábolas, por dar algunos ejemplos, pero si hablamos del cuento contemporáneo, diría que exige un re-corte temporal y espacial estrecho, acotado, en una situación condensadora de lo dramático de un modo similar a lo que sucede con las escenas de teatro. Como mirar lo que sucede tras un marco de cuadro vacío y ver sólo lo que entra en el marco, y dejar afuera el resto. La mirilla por donde vemos pasar una historia. Es un género más austero, más sujeto a reglas, de algún modo más exigente que la novela, y demanda fuerte unidad en todos sus aspectos. Aunque puede seguir derroteros muy diversos, siempre muestra una escena que funciona como cuello de botella. Por mi parte, adhiero a la idea de Hemingway de que un cuento relata al mismo tiempo dos historias, una en la superficie y otra escondida, más secreta, que el lector lee entre líneas, a través de indicios que cada tanto “van cayendo al relato”. La habilidad de un escritor, está en saber esconder con astucia una historia en los intersticios de otra. Se podría decir que el cuento es un género metafórico, que da “la parte por el todo”: nos ofrece una escena para que leamos en esa escena una vida.

¿Cómo describiría los pasos más presentes en su proceso creador de una obra narrativa? ¿Serían diferentes para un cuento que para una novela? ¿Método de creación?

Todo lo que escribo comienza de un modo no buscado, casual: una imagen que veo, un recuerdo que aparece de pronto, una frase que escucho… En líneas generales, cuando aparece, aparece ya presintiendo el género (qué buena escena para un cuento, qué frase para un poema, etc.). Aunque cada vez es distinto, si la intuición dice que se trata de un novela, el procedimiento tiene más que ver con extender, extenderse, acumular material, textos, ideas, comienzos de relatos, en un archivo depósito que voy almacenando mientras escribo o hago otras cosas, hasta que en algún momento empiezo a revisar, limpiar, desarrollar ciertos fragmentos, imprimir, limpiar, reescribir, siempre de un modo muy desordenado, a veces por años, hasta que voy descubriendo en esa masa informe una estructura. Si la intuición dice que se trata de un cuento, guardo en mi cabeza o anoto brevemente la imagen que vi (un viejo que renguea en un semáforo; una mujer que se topa con un muerto en una ruta, una escena entre dos mujeres en una peluquería, un pianista que vuelve al piano después de años) y ella sola se va alimentando a su modo y a su tiempo, hasta que reclama ser escrita. Lo archivo como “Cuento del pianista”, “Cuento del viejo que renguea” y así…, en algún momento tal vez decida hacer con eso un cuento y entonces comienzo a trabajar, en sucesivas idas y vueltas recorto/elijo la escena, decido el narrador, el tono, el lenguaje…soy bastante consciente del oficio, racionalizo muchas cosas, estoy muy acostumbrada a corregir, revisar, repensar lo hecho, pero tan-to en el caso del cuento como en el de la novela, jamás parto de algo que pensé sino de algo que me conmovió genuinamente y –tal como decía– de un modo inesperado, azaroso, casual.

En cuanto a su trabajo narrativo: ¿Privilegia la categoría dramática o la humorística? Y de los géneros: ¿Cuál prefiere? En los dos casos: ¿Por qué? ¿Cree que su obra se enmarca en un estilo o en varios estilos determinados?

Me gustaría haber escrito más relatos humorísticos, pero la verdad es que tiendo más al drama. Aunque la ironía, que es una cierta forma del humor, me visita –ella sí– más a menudo. Transito diversos géneros, me gusta el desafío de probar/probarme con los géneros, con las posibilidades y los obstáculos que presentan las formas. De todos modos, mi vinculación con ellos es diferente en cada caso: el ensayo está ligado a la idea de trabajo, a lo profesional; el teatro es algo que he escrito casi siempre en relación con otros, en grupo o por demanda de un grupo; la poesía está ligada a las emociones y se va escribiendo sola (y muy poco) a lo largo de los años, de la vida. Mis proyectos de escritura, mis planes y mis pasiones, tienen siempre más que ver con la narrativa, ya se trate de cuentos o de novelas.

¿Cuál es, o sería, su postura frente a un director que plantea dirigir una de sus obras narrativas en el teatro o en el cine? ¿Espera que argumentalmente el texto de principio a fin, sus características esenciales y sus intenciones más expresas sean respetados en su totalidad?

Si yo no participo en la adaptación, deseo que el director se tome todas las libertades posibles, considero que se trata de otra creación, que no me compete a mí controlar, aunque por supuesto que los resultados pueden gustarme más o menos. Tengo algunas experiencias sobre eso, se han hecho cortos sobre algunos cuentos míos, muchos espectáculos de narración, puestas teatrales de mis obras y adaptaciones teatrales de cuentos y novelas y siempre los he vivido de ese modo, me halaga que los tomen, que haya personas interesadas en esas obras mías y me dispongo, como espectadora, abierta a ver qué ha sucedido con ellos, qué han provocado en esos lectores. Incluso tengo también experiencia de haber adaptado, en equipo, para teatro mi novela La mujer en cuestión y me asombró comprobar cómo yo misma me independizaba de mi novela, llevada por las necesidades internas de la obra que estábamos escribiendo. Es que la escritura se va construyendo a partir de las condiciones que proponen los géneros y las formas. Si cambia el género, es inevitable que el contenido se modifique y es a la vez deseable que la pesada materia heredada tome vuelo por sí misma.

¿Qué clase de crítica desearía recibir respecto a su creación narrativa? ¿Considera que es la que usted en lo fundamental ejerce, en público o con usted a solas, al valorar la obra de otro? ¿Qué le gustaría expresar del público lector? ¿Y a los lectores de narrativa, algo en especial?

Toda crítica, positiva o negativa, si está fundamentada, me interesa, me ayuda a construir la obra. Si se valora positivamente lo que he escrito, me halaga por supuesto, pero no me interesa el halago vacío sino el que está fundamentado. Respeto mucho la actividad del crítico, no soy de los que consideran que el crítico antes que hablar mal de una obra, mejor vaya a escribir él. Creo que cada uno tiene su lugar en el campo y que todos esos lugares son necesarios para la literatura de un país, de una lengua, porque la literatura de un país es mucho más que sus escritores, es una construcción social que hacen muchos protagonistas. De cualquier modo debo decir que me siento muy afortunada por la respuesta que mis libros tienen en críticos, investigadores, docentes y lectores a secas. Con respecto a qué me gustaría expresar a los lectores, me gustaría tocar el corazón del que lee y también hacerlo pensar, ponerlo en cuestión.

Si tuviera que formular un reclamo para argumentar la necesidad de la narrativa en la vida humana, de la literatura que asume como género el cuento o la novela, ¿qué sería lo esencial que expresaría?

Cada uno de nosotros construye (para sí, para otros) a lo largo de la vida una historia que constituye nuestra identidad: una narración singular, que nos vuelve únicos. Necesitamos de esa narración para mantener la unidad de nuestro yo, para amalgamarlo y sostenerlo a lo largo de la vida. Si no tenemos eso, si no logramos construirlo, no nos tenemos a nosotros mismos. Y a su vez ese relato que somos se alimenta de innumerables relatos que vamos recibiendo –heredando, escuchando, leyendo– de tantos otros a lo largo de la vida, porque hacen falta muchos relatos para construir un relato.

 Las fotografías que ilustran la publicación han sido tomadas de La Voz, revista digital argentina, y la Institución Diocesana Alexis Carrel.

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Autor: perinquiets

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