Conquistar desde el aire
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A la publicación de este artículo, la Guerra de EEUU e Israel contra Irán o Persia dura ya tres semanas. La estrategia de los atacantes es tema de polémica en los medios. La resistencia de los persas es desconcertante para los observadores. Las especulaciones dominan sobre las certezas, como suele ocurrir en las guerras.
Gaspar Oliver
Hay un aspecto bélico que se trata poco, como no sea para exagerarlo: las víctimas, muertos y heridos. El intercambio de misiles, bombas dirigidas desde aviones y drones o moscardones ha sido formidable. Irán lleva las de perder, porque se le acabará el arsenal tarde o temprano.
Lo sorprendente es el contenido número de bajas. En el día duodécimo, según la BBC, habían muerto en los “frentes”, casi siempre urbanos o cuarteles e instalaciones militares, unas 1.800 personas: en Irán (1.200), Líbano (634) e Israel (doce), más los siete soldados norteamericanos en una base de la costa árabe del Golfo Pérsico.
A domingo, 22 de marzo, las víctimas se resumen así según compendio de la agencia France Press, que se reconoce incapaz de confirmarlas:
Iran. 3.220 muertos, de los cuales 1.398 civiles, y entre ellos 210 niños. La información de AFP añade, ignoro si dentro de las cifras anteriores, 1.165 muertos entre personal militar y 657 sin clasificar
Líbano. 1.024 muertos y 2.760 heridos, sin precisar categoría
Israel. 15 muertos y 260 heridos.
Países del Golfo. 28 muertos.
Irak. 68 muertos.
Soldados norteamericanos. 7 muertos y sobre 200 heridos.
Casi todas estas víctimas lo han sido de bombardeos. Muy pocos de ellos en combate, posiblemente algunos soldados israelíes y milicianos de Hizbolá en territorio libanés.
Una guerra no se cancela con palabras
Las polémicas en torno a la moralidad de la guerra ocultan datos que son importantes para calibrar el conflicto. El afán de las tertulias y de los corresponsales, casi ninguno de los cuales tiene información auténtica y válida, es muestra de las ganas de despistar o la ignorancia de los mediadores. Pierden el tiempo en especular sobre el impacto económico imprevisto por EEUU e Israel (esto no se lo cree nadie con sentido común), y en ese mogollón de asuntos retorcidos que se basan en noticias gaseosas e imprecisas.
Tan sólo los militares que aparecen de vez en cuando en los estudios o escriben columnas valoran con razonamientos propios de su oficio el desarrollo de la guerra, y lo hacen advirtiendo que sus declaraciones son más especulativas que consistentes, por falta de información fiable. Es una prueba de que la milicia española está dirigida por profesionales competentes. De la milicia yanqui no se puede decir lo mismo, porque hacen declaraciones sacadas de un guión de Hollywood escrito por Donald Trump. Pero esto es también algo relativo, no es posible que el Estado Mayor del pentágono lo formen bocazas como su comandante en jefe.
Este asunto de las bajas me ha llamado la atención. Y se me ha ocurrido bucear en portales históricos solventes las cifras de las víctimas británicas y alemanas de bombardeos aéreos en la Segunda Guerra Mundial, sólo bombardeos aéreos, el equivalente a los misiles de hoy.
Hubo dos episodios históricos en aquella guerra en las que se produjeron bombardeos masivos, al inicio y al final del conflicto. El primero castigó sobre todo al Reino Unido. Hitler esperaba que Churchill se rindiera. La Batalla de Inglaterra la combatieron aviadores aliados y aviadores alemanes. Entre septiembre de 1940 y enero de 1941 murieron casi 40.000 personas en los bombardeos de Londres, Coventry, Bristol, Shefield, Cardiff y otras ciudades industriales. Se trató del llamado Blitz. De él aprendieron ingleses y alemanes. Del mismo modo puede suponerse que los iraníes habrán aprendido a protegerse y a disparar con precisión mayor.
El segundo episodio fue en el invierno de 1945, realizado por los aliados para castigar a Alemania y forzar el armisticio. Machacó ciudades enteras. El castigo más duro lo sufrió Dresde, atacada por bombarderos ingleses y norteamericanos en tres noches de febrero de 1945. Murieron decenas de miles de ciudadanos y tropa. Hay una novela magnífica de Kurt Vonnegut sobre la catástrofe, Matadero 5. Es una memoria personal, porque Vonnegut, fue soldado del ejército norteamericano capturado en la batalla de las Ardenas y trasladado a un campo de prisioneros en la ciudad de Dresde. Se salvó porque trabajaba en un matadero subterráneo. Era la segunda vez en pocos días que se libraba de la muerte, porque durante el viaje en tren a Dresde, el convoy, lleno de prisioneros, fue bombardeado por la aviación inglesa, y mató a ciento cincuenta de ellos.
Otras ciudades alemanas bombardeadas fueron Berlín, la que más sufrió, Hamburgo, Kassel, Maguncia, Lúbec, y tantas otras. Una suma a groso modo de las víctimas nos da decenas de miles de víctimas también, la mayoría civiles.
Paradojas de la guerra
¿Qué se desprende de estas colecciones de datos?
En primer lugar, la dimensión humana de la guerra es paradójica. Las bajas, en especial muertos, son pequeñas en el presente en relación con las guerras “clásicas”. En la operación Tormenta del Desierto contra Irak de 1991-92, murieron como máximo 50.000 soldados iraquíes y 200 soldados aliados, según la Enciclopedia Británica. En la segunda guerra contra Irak de 2001, cifras similares, pero durante un periodo de tiempo más largo, hasta 2006; cabe señalar que las bajas aliadas en este segundo episodio fueron superiores a los mil soldados.
Recordemos que ahora estamos hablando de batallas terrestres, y de bajas en general.
Si comparamos estas cifras con las que proporciona la Watson School of International and Public Affairs para las consecuencias directas e indirectas de los ataques del 11 S de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York, las cifras son espeluznantes. Afectan a países musulmanes del Golfo Pérsico y más alejados de él. Se estima que entre 2001 y 2023 murieron en torno a 940.000 directamente a consecuencia del 11S en Irak, Siria, Yemen y Pakistan, entre ellas 432.000 civiles. Y se suman a esta cifra otras muertes indirectas debidas a heridas, enfermedades o hambrunas: entre 3,6 millones y 3,8 millones de seres humanos
Es evidente que el costo de la violencia bélica en Occidente es muy muy inferior al precio humano que pagan los países musulmanes y próximos a la zona de conflicto.
Podemos sumar a estas cifras terribles los ochocientos mil muertos en Ruanda en el genocidio de 1997. El Congo ha perdido seis millones de personas en las guerras que se han sucedido en su territorio desde su independencia. Cifras menores pero de similar significación constan en las guerras civiles de África Occidental, en las guerras coloniales de Angola y Mozambique. Por no entrar en otras guerras de gran envergadura, la de Vietnam, que produjo casi 50.000 bajas al ejército yanqui, e innumerables a los vietnamitas del norte y del sur. La guerra de Camboya, con una barbaridad de muertos a manos de los kemeres rojos. Y así podíamos seguir.
Pero lo que interesa concluir de todo esto es, primero, que las bajas de las guerras del presente son menores que las de las guerras convencionales de ayer y antes de ayer; y segundo, que los escenarios bélicos están lejos del territorio europeo, y afectan a países inestables desde antes de la Segunda Guerra Mundial. No entramos en las razones de este hecho.
La invasión rusa de territorio ucraniano, justificada por el Kremlin como una prueba de la determinación en defender la seguridad rusa, y de su propósito de recuperar provincias de dominio lingüístico ruso, es una suerte de excepción. Pero no tan grande. Los muertos por bombardeos de misiles y drones son mínimos comparados con los que pelean en los frentes
Vamos a dejarnos de hipocresías “humanitarias”. “No a la guerra” es muy fácil de pronunciar. ¿Quién va a estar a favor de la guerra sin más? Incluso quienes empiezan una guerra con el propósito de ganarla, lo hacen porque han calculado que lo harán, no por amor a la violencia. Otra cosa es que haya dirigentes y militares a quienes la violencia les produzca éxtasis. Son tan excepcionales como los bandidos, los mafiosos, los narcos o los asesinos en serie, personajes de película, pero en la vida real dudo que se trate de psicópatas, son individuos arrastrados por el miedo o la codicia.
Otro fenómeno señalado es el de los refugiados. Las guerras mundiales del siglo XX obligaron a miles de familias a trasladarse a sitios más seguros. En relación con las cifras de desplazados de la segunda mitad del siglo XX y de la que llevamos de XXI, esos números resultan insignificantes. Ahora, las ofensivas, las invasiones, los golpes de estado, y los enfrentamientos internos o entre naciones producen cientos de miles de refugiados, y en ocasiones, millones de ellos en cosa de meses.
En resumen, las guerras tecnológicas de hoy, provocadas por potencias capaces de sostenerlas, han cambiado de táctica, posiblemente aleccionadas por los combates terrestres de las dos guerras de Irak. Entrar en territorio hostil con tropas motorizadas causa un exceso de bajas del invasor. Los dos ejemplos de Afganistán, soviéticos y norteamericanos, fueron definitivos. Y el caso de Vietnam fue una lección de lo inútil y costoso que resulta desembarcar decenas de miles de tropas. Tanto en la selva como en el desierto o en las montañas de territorios habitados por gentes animosas y acostumbradas a combatir, la invasión terrestre es un riesgo incalculable.
De todas las guerras emprendidas por Alejandro Magno, sólo sirvieron para conservar la civilización griega (y luego romana) las que se combatieron en el continente europeo, en el anatolio en Egipto, en Siria o en Persia, con fuertes civilizaciones propias. Vencer a los persas costó siglos después a los guerreros de Mahoma décadas, y la victoria final la impuso la religión. Los romanos tardaron siglos en establecer su cultura y su imperio en Galia, en Hispania, en Iliria y parte de Germania. Creer que la sumisión de una nación milenaria se conseguirá con misiles y bombardeos es un error o una fantasía. Lo más que se puede lograr es el arrasamiento y exterminio del país, algo que no cabe en cabeza humana, incluida la de Trump, que parece más infantil que adulta.
Un examen de aquellas viejas batallas muestra que fueros conquistas lentas y no tan feroces, como hacen pensar Sagunto (ocupada por los Cartagineses) o Numancia, por poner dos ejemplos españoles. La historia militar antigua y media ofrece grandes batallas campales que fueron en su mayoría pírricas, pero las guerras de entonces eran enfrentamientos localizados y breves, como fueron la conquista musulmana de la Hispania visigoda, y su contravuelta, la Reconquista, que si dicen que duró ocho siglos fue por algo más (o menos) que potencia militar.
(La imagen de presentación es el mosaico pompeyano de la batalla de Isos, entre Alejandro el Grande y Darío de Persia)
