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Según la hermosa leyenda cristiana, José, María y el Niño Dios se vieron obligados a escapar de Belén, donde el rey Herodes había tenido noticia del nacimiento de una criatura que le quitaría el trono de Judea. La matanza de inocentes es un capítulo corriente en la historia de los pueblos. El cristianismo, una versión mejorada del Judaísmo, pero sin distingos de raza, género, color y origen, se opuso a semejantes disparates, y predicó el amor, la paz y la concordia. Ese fue su gran éxito en el Mediterráneo.

El Islam es otra derivada del Judaísmo, con la terrible diferencia de que sólo ofrece paz, amor y concordia a los elegidos por Dios o a los conversos. Se expandió mediante las guerra al infiel, no mediante la prédica.

En la reciente visita a Egipto que hemos realizado Antonia y yo, hemos podido comprobar in situ que Judaísmo, Cristianismo e Islam tienen sus raíces en Egipto. También en las religiones mesopotámicas, que no son muy disparejas entre sí y con el panteón egipcio.

En El Cairo, los coptos muestran una losa en su iglesia principal, en la que aseguran reposó la Sagrada Familia tras su huída de Judea a Egipto. Es una forma de relacionar el cristianismo con ese inmenso y fértil país de religiones. Según algunas hipótesis, las tribus hebreas que salieron de Egipto encabezadas por Moisés, no eran sino unas de las muchas que formaban el imperio faraónico. Se llevaron en ellos la idea de un dios solo y verdadero. Y en verdad fue una feliz idea.

El nacimiento de un Niño Salvador, Redentor y con una doctrina basada en el amor, la paz y la concordia es la base de una teología formidable, que ha resistido más de dos mil años. No sé ni me importa saberlo, el futuro que le espera a las iglesias cristianas. Pero su base religiosa, que se conserva intacta en el Catolicismo, es perdurable, y quizá vuelva a desempeñar un papel decisivo en la conciencia de quienes como  yo y mis descendientes (curiosamente luteranos) han sido educados en la idea de un Redentor y Salvador que no pide nada a cambio, sino la voluntad de ser mejores en este mundo. Lo que venga después quizá sea otra vida, quizá un vacío, quizá un regreso a cierto origen cósmico. No hay más que una forma de averiguarlo, y nos costará a todos la vida. Así que no tengamos prisa.

De momento celebremos el Nacimiento del Niño Dios con satisfacción y alegría. Acojamos el perfume maravilloso de la leyenda. Hagámonos regalos. Comamos y cenemos juntos. Deseémonos felicidad para el incierto año que se nos echa encima. Amén.

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