“Las máscaras del héroe” y J.M. de Prada
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Unas divagaciones sobre la novela escrita por un publicista enragé y polémico, dueño de un estilo brillante que le absuelve de su sordidez.
Segismundo Bombardier
(La fotografía de presentación se publicó en L’Illustration, número 5006. 11 de febrero de 1939, encabezando un reportaje titulado “L’occupation de la Catalogne et l’arrivée en France des Réfugiés”)
Llevaba tiempo detrás de esta novela de Juan Manuel de Prada, y la he encontrado en un intercambio de libros. Es una historia sórdida, cenicienta y amarga escrita con mucha gracia. Prada, como Trapiello y pocos novelistas más, conoce a fondo la literatura española, y la usa con aprovechamiento. A mí me parece que es un meteorito de la estela de Camilo José Cela y de Francisco Umbral, por sus obscenidades, sus metáforas, su dominio de las figuras de lenguaje y el pozo inagotable de adjetivos. Pocos novelistas son capaces de mantener la fuerza literaria a lo largo de seiscientas páginas de apretada letra. Dostoyevski lo fue, porque estaba medio loco y usaba los recursos de sus adicciones. Balzac también estaba dotado, y creo que también le daba al licor y a los estimulantes. Ambos se ganaron la vida con sus novelas y trabajaron como galeotes. De los escritores españoles, Galdós y Baroja fueron de los más feraces, pero no tan contundentes como el ruso y el francés. De Prada también se gana la vida escribiendo y haciendo uso de su ingenio literario en programas de radio y de televisión, conferencias, seminarios, y artículos en el ABC, y ha sido capaz de escribir bastantes novelas, un género que precisa toneladas de ingenio y de arte.
Debe de haber cumplido cincuenta y cinco o cincuenta y seis años, y merece un sillón en la Academia más que bastantes de quienes la integran, algunos falsarios de la creación literaria e inventores con poco tino de héroes-villanos.
En el capítulo II de la Tercera parte de Las máscaras del héroe, el protagonista, Fernando Navales, da una explicación muy cumplida sobre el plagio, una licencia que el autor se la aplica a sí mismo. Para plagiar hay que conocer bien los anaqueles de los que uno extrae personajes e ideas. En literatura, como en pintura, en música y en otras disciplinas artísticas, no hay a estas alturas ninguna posibilidad de crear algo completamente nuevo. “La literatura ha explorado y profanado las infinitas combinaciones del idioma… todas las metáforas esenciales (e incluso las decorativas) han sido descubiertas”, dice Navales.
De Prada explota el filón de la generación del 98 y las que la sucedieron hasta la Guerra Civil. Utiliza a políticos y militares, a autores de primera fila y a los de segunda y tercera como personajes. Al final del libro advierte “Ésta es una obra de ficción: incluso los personajes históricos que aparecen en ella están tratados en forma ficticia”. Lo cierto es que su enmascaramiento es magnífico. Pero a mí se me hace pesado, aunque no cadencioso. He leído el libro a trompicones, saltándome decenas de páginas.
En la reseña de la cubierta se explica quién es y qué ha hecho Prada. Publica su primer libro de relatos, Coños, en 1996, inspirado en el libro Senos de Gómez de la Serna. El mismo año, otra colección de cuentos, El silencio del patinador. Y en 1996, Las máscaras del héroe. Un año después le dieron el premio Planeta por La tempestad. Según ha explicado alguien, los dos únicos autores que rehusaron escribir una novela a petición de Planeta fueron Delibes y otro o quizá otra que no recuerdo. O sea que Prada, escribió por encargo su novela premiada, encarnando la abyección de sus personajes, la descripción de cuyos caracteres es demasiado real para haberla hecho un autor de invenciones rastreras.
Siendo un tipo religioso confeso, quizá sea uno de esos católicos que no pueden contener su inclinación al vicio, y se sacuden la roña moral confesando sus vilezas en público y buscando el perdón de Dios y de su Hijo Jesucristo.
Juan Manuel de Prada, ha publicado en 2025 la segunda parte de Mil ojos esconde la noche, titulada Cárcel de tinieblas. La anterior fue Me hallará la muerte. Ambas se centran en personajes oscuros y supongo que siniestros de la España de Franco.
En una entrevista con él publicada en “El Diario”, dice que es un escritor premoderno, y le entiendo muy bien, porque yo tengo esas tendencia, aunque carezco de la laboriosidad de de Pradas. También explica lo siguiente en esa entrevista sobre Me hallará la muerte.
Iba a escribir otra novela, e ignoro por qué –quizá porque leí o vi algún documental sobre la División Azul– ahora mismo soy incapaz de decirte por qué, pero de repente se me ocurrió esta novela. No, bueno, creo que es mi novela más narrativa, que es lo que siempre me impuse desde el comienzo, es decir, yo desde el comienzo sé cuál es mi carencia fundamental, yo tenía un poco, como pudiera ser el caso de Cela o Umbral, una gran facilidad verbal, ¿no?, capacidad para las imágenes, para los epítetos, para las metáforas… Entonces me di cuenta de que mi carencia era la arquitectura, la narratividad, los diálogos… Entonces, la verdad es que desde La tempestad me esforcé por darle a las novelas plot, digámoslo así (risas). Esto en La tempestad se resuelve de forma original creo, pero muy disparatada, que es hacer una novela con una trama detectivesca pero con un tono de novela lírica, con lo cual queda absolutamente extraño, y luego pues lo he intentado aquilatar, mejorar y en ese sentido sí, con Me hallará la muerte estoy más contento porque he dicho “Joder, sí soy capaz de escribir una novela con un argumento bien dosificado y demás, y sin tomar notas…”, porque normalmente yo soy un escritor que no toma notas, ¿no? Pero antes me costaba mucho más desarrollar una acción. O sea, yo ponía a los personajes y los personajes iban haciendo lo que les parecía.
Entiendo muy bien esta confesión de de Prada. Mi forma de escribir ficción es dejar que los personajes vayan haciendo lo que les parece. Soy incapaz de urdir una trama y ceñirme a ella. Pertenezco a la escuela de Baroja.
La parte IV de Las máscaras del héroe se desarrolla desde poco antes del inicio de la República hasta el final de la Guerra Civil. No he leído casi nada de los novelistas españoles que han encontrado materia en esos escenarios tremebundos. Conozco las de Wenceslao Fernández Flórez, las de Pío Baroja, las de Gironella, y me parece que son bastante equilibradas y fieles a los hechos terribles que sucedieron en España. Los relatos de los pocos episodios vividos por mi padre en el final de su infancia, de mi tío Juan José, que estuvo en las dos trincheras, las estupendas memorias de mi madre, que conservo a medias, y los relatos de mi tita Pepi y mi tito Emilio, me permiten tener una visión de primera mano. También los dos abuelos de mi mujer dejaron textos escritos, y su padre habló largo y tendido con ella. Ese material es más valioso que la mejor novela del asunto, porque no son ficción, sino vivencias.
La novela de de Prada se ajusta a esta tragedia brutal con un tinte sucio y venenoso.
He encontrado una reseña sobre Las máscaras del héroe firmada por Santos Sanz Villanueva que me parece una crítica ajustada a ella. Sanz de Villanueva es un crítico reputado, con una extensa bibliografía sobre la novela española contemporánea. Dice que es una ambición de relato caudaloso y unas ganas de escritura brillante que se convierten en inconveniencia, desmesura o gratuidad. Pecados éstos que vienen de un autor primerizo, bien dotado, pero poco comedido y hasta inocentemente pagado de sí mismo y de su capacidad. Ese exhibicionismo juvenil de querer deslumbrar provoca un puro acarreo de materiales que van a parar a una especie de novela río histórica en la que cabe todo, pero en la que podría haber menos o más y, en ambos casos, daría igual. Uno tiene la impresión, defecto bien patente y frecuente en la opera prima de los cineastas, de que ahí va a parar todo lo que se sabe y se ha aprendido como una galería de conocimientos que pueden ser valiosos, pero no siempre necesarios u oportunos.
Estoy de acuerdo con él. Y también en esta otra valoración.
El ingente acopio de materiales que acumula prueba su enorme capacidad para hacer una literatura de segundo grado: novela de la literatura más que de la vida; novela de la pasión de la escritura, de sus afanes y miserias. Las anécdotas –reales, apócrifas o inventadas- se agolpan bajo el dictado de un profundo gusto por contar y producen una línea argumental llena de situaciones interesantes, en general amenas, algunas escalofriantes y en algún momento algo fatigosas por su exceso. El problema de esta materia excelente en sí misma (y olvidando algún anacronismo) está en su carácter tributario de unas fuentes que no se citan, pero que resultan claras a cualquier mediano conocedor del momento.
Por último, me parece acertado esto.
La prosa requiere fluidez y cierta naturalidad que están reñidas con el incesante ejercicio retórico del narrador. Así, el estilo de la novela, siendo aislado ejemplo de la creatividad y de hallazgos expresivos, llega a acartonarse por preciosismo.
La reseña la escribió Sanz Villanueva en diciembre de 1996, probablemente al poco de la publicación del libro.
Es de un academicismo riguroso, y aunque reconoce las cualidades del autor, le deja temblando. No me gustaría que Sanz Villanueva reseñara ninguna novela mía, porque no iba a dejar títere con cabeza.
