El hervidero tecnológico de Cofrentes y el valle de Ayora
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Una central nuclear, una central hidráulica, decenas de molinos generadores de electricidad y multitud de campos de placas solares. Y al tiempo, bosques de pinos, carrascas y algunos eucaliptos, extensiones de mies, de vid y de variados frutales, todas ellas cuidadas para una producción rentable, con riego y tecnología agronómica. Y además, un balneario excelente, casas rurales por doquier, parajes valiosos para excursionistas, desfiladeros, un poblado íbero fascinante, cuevas con restos de pinturas neolíticas, pueblos (en realidad, pequeñas ciudades: Cofrentes, Jalance, Jarafuel, Ayora) prósperos y pulcros. El valle de Ayora es una isla del tesoro que sus montañas tupidas animan a recorrer.
Fernando Bellón
Como está a trasmano de las rutas nacionales, lo visita poca gente fuera de las épocas turísticas, cosa que lo hace más atractivo. En primavera resplandece de verdura y de plantas silvestres por lomas, cerros, cultivos y terrazas. Merece la pena un recorrido por sus vallejos y muelas aledañas.
En esta crónica me voy a centrar en la mayor riqueza de la zona, la explotación, que yo veo racional y razonable, de la energía de la naturaleza, la nuclear, la eléctrica, la solar y la agrícola.






La central termonuclear de Cofrentes es un hito visible desde casi cualquier punto del valle y los vallejos serpenteantes. Dos torres gigantescas expulsan vapor de agua a todas horas. A veces, cuando el cielo está nublado los chorros se confunden con las nubes, y da la impresión de que salen de las chimeneas. Según datos de su página, abastece de luz a dos millones de hogares, crea el 2,9 por ciento de la producción eléctrica española y el 38 por ciento de la energía producida en la Comunidad Valenciana. Quieren decir con estas gruesas cifras que la central nuclear es necesaria. Y no me parece una falsedad. Yo agradezco al ingenio humano los frutos del aprovechamiento de esta industria limpia. Y me parece una irresponsabilidad que se pretenda cancelar esta producción. Tengo la impresión que la prosperidad de Cofrentes, Jalance y Jarafuel debe mucho a la central, que proporciona trabajo y un lugar donde los técnicos en esta industria formidable pueden formarse, la mayoría, entiendo, de la zona.
Dicho esto, paso a las fotografías del complejo tomadas a distancia. En ellas se muestra cómo una tecnología complejísima interviene en el paisaje y penetra en él. Me atrevo a decir que lo fecunda y lo enriquece. No comparto el rechazo estético (el científico es pueril) de quienes lamentan que estas construcciones afeen la natura. Tampoco me turban los molinos en las crestas de las montañas ni las extensiones de placas solares en medio de trigales o rodeadas de bosques. Desde antiguo el ser humano ha construido templos, pirámides, castillos, ciudades conn edificaciones espantosas y pco habitables, y complejos de torres de distribución eléctrica de cuya utilidad nos servimos millones de seres humanos y no tan humanos. Pero no se trata del conflicto entre lo útil y lo estético, que se va resolviendo con el paso del tiempo, sino que cada época deja una impronta en la naturaleza, y la nuestra es la mencionada, más las carreteras, los ferrocarriles, los aeroplanos… ¿Que es un exceso? Pues bienvenido sea. Las soluciones van apareciendo, y benefician más que la eliminación de las fuentes de energía.










La energía hidráulica es de las más antiguas en la historia de la humanidad en todas las geografías. Y es la más limpia. En Cofrentes confluyen dos ríos caudalosos, Júcar y Cabriel, aprovechados por la tecnología humana con enormes beneficios, sobre todo para las empresas hidroeléctricas que, al fin y al cabo, han invertido con ese propósito, vender luz al por menor. Júcar y Cabriel vienen de Cuenca y de Teruel, es decir, del norte, y se abren paso desde la cordillera Ibérica y sus derivaciones meridionales, en un curso titánico, porque los cañones abiertos por el agua dan esa impresión. El Júcar se dirige a Cuenca haciendo una deriva hacia el sur y luego hacia el norte. El Cabriel va a Teruel. En realidad es al revés, claro. Recomiendo está página de la Confederación Hidrográfica de Júcar para obtener una información ajustada. Los primeros grandes embalses que someten a esta pareja feliz son el de Alarcón, que retiene las aguas del Cabriel, y el de Contreras, las del Júcar. En Cofrentes, el Cabriel se vierte al Júcar, según afirman los sabios geógrafos, aunque a quien lo mire en el mapa o desde una avioneta, podría creer que es al revés. El caso es que desde allí el río se llama Júcar a secas. Parece una broma, porque en su desembocadura es un vulgar y estrecho curso de agua. El embudo es el embalse de Tous, de temible memoria, que deja pasar un hilo de agua (es una hipérbole periodística) que fluye por Alcira y Sueca y muere en Cullera. No hay que olvidar que el Júcar, como el Turia y ciertos barrancos valencianos famosos se vuelven furiosos en el otoño y ocasionan riadas mortales. De no estar apresados, serían armas de destrucción masiva.
En lo que afecta a esta crónica, vamos centrarnos en el Cabriel. Si bien en cosa de trece quilómetros en línea recta, posiblemente el doble con las revueltas, los dos ríos juntos se convierten en el largo y ancho embalse de Cortes de Pallás, que recibe su nombre de la muela de Pallás, antaño habitada por dinosaurios y en la Edad Moderna refugio de moriscos que resistían su expulsión del reino de Valencia. Pasa el río por cañones famosos y navegables, entre masas pétreas que son una fortaleza de la natura.






La energía eólica se ha puesto en discusión, pero con argumentos políticos e ideológicos, no científicos. Según quien la ataque, se sirve de supuestos datos de dudosa objetividad. Un molino de viento no es un fracking, ese reventar las bolsas subterráneas de gas y de petróleo que ha doblado la producción de esos bienes en los EEUU, gracias a la retirada de las restricciones. Ahora ha dejado de ser una polémica desde que la Arabia feliz y el fabuloso Irán andan a cañonazos, merced a la soberbia estúpida de Netanyahu y Trump. Hace falta, y se silencia la discusión.
La energía, toda la energía, es necesaria. Sin ella viviríamos hoy como en 1949, el año de mi nacimiento. La explotación de las fuente energéticas es un progreso. Y la mayoría de las críticas medioambientales, no todas, son tiros al aire. Hace unos diez años escuché a un sesudo matemático predecir para estas fechas el final del petróleo y la invasión de los mares en las costas. Salí muy irritado de la conferencia, hecha en el marco apocalíptico de un encuentro de ecologismo dogmático. Me sentí engañado, amenazado. ¿Es todo lo que se les ocurre a los fanáticos de la naturaleza sin arneses?
Así que ni las torres de alta tensión que cruzan las montañas de Cofrentes y Ayora, ni los molinos energéticos ni los campos de placas solares, que conviven con variados cultivos de cereales y frutales, me alteran, me apenan o me asustan. Mi infancia fue hermosa, y mis padres trabajaron duro, muy duro, para que ni a mí ni a mis hermanos nos faltara nada. La infancia de hoy, al margen de mimos y de conjuros digitales, vive infinitamente mejor, gracias a la energía de todos los orígenes, a una agricultura hecha con sudor y tecnología, y a pesar del vocerío catastrofista. En estos momentos la única amenaza a la vida del planeta está en las ojivas nucleares y en sus guardianes incompetentes, no en las centrales atómicas ni en los paneles ni en los molinillos ni en el agotamiento del petróleo, que llegará, pero ya dispondremos de otros recursos energéticos.
Así que pasear en primavera por los senderos del entorno de Cofrentes y el valle de Ayora, con sus moles montañosas a un lado y a otro, es un gozo que no afea nada.






Debajo de este párrafo vea sin gafas, curioso lector, el efecto de los campos de paneles solares al costado de campos de cultivo. Perdóneme mi entusiasmo. Yo encuentro las estampas bellas, testimonio de una labor que acumula siglos de tecnología y experiencia. Es nuestro mundo, el que hemos hecho los seres humanos.




Se habrá notado la alegría que me produce la alianza de la naturaleza con el ser humano. Es tan vieja como la guerra. La vida está llena de conflictos, de dolorosas peripecias, de desengaños. Todo cuanto crea el ser humano procede de un hervidero de contradicciones. Algunas de ellas hemos logrado entenderlas. La reiteración de otras nos desespera y a algunos les hace pensar que el hombre y la mujer son malos y es preciso someterlos y enjaularlos. La filosofía tiene eso, busca la verdad y cuando cree haberla encontrado, se cae por un barranco. A mí casi me pasa en la subida al poblado íbero de Castellar de Meca, en la sierra del Mugrón, que en valenciano significa pezón (mugró, sin la n final). Se me acercó otro paseante menos viejo que yo, me echó una mano y pude salir del aprieto. Es lo que suele pasar, llega alguien y te ayuda. Podía haberle preguntado antes si era de izquierdas o de derechas, ecologista dogmático, inmigrante ilegal o escéptico con sentido común. Habría sido gracioso, verdad, y me habría pasado tumbado entre cardos hasta que hubiera aterrizado un helicóptero alientado por queroseno.
A continuación unos testimonios gráficos de la vida como es o como la captó mi Sony A7.
















