Israel desde el punto de vista crítico de un judeo-árabe
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Tres Mundos, memorias de un judío-árabe
Escritas por Avi Shlaim, profesor de Relaciones Internacionales en la universidad de Reading, Inglaterra, entre 1970 a 1987, y posteriormente en St Anthony’s College de Oxford. Editorial ALMED, Granada. 2025.
Fernando Bellón
(La fotografía de presentación es de Juan Villarino, tomada de su estupenda red acrobatadelcamino.com)
Avi Shlaim, perteneciente a los “Nuevos Historiadores” del judaísmo moderno, nacido y criado en Irak, revisa la historia del Estado de Israel a través de sus peripecias vitales. Parte de la base, que razona y documenta, de que Israel es un estado creado y dirigido por sionistas de mayoría asquenazí, que diseñaron una democracia occidental, en la que los judíos sefardíes como él mismo (turcos, libaneses, iraquíes, sirios, persas, egipcios y del Magreb) fueron menospreciados y menoscabados, por considerárseles una excrecencia de los tribales países en los que habían nacido. La segunda conclusión del autor es que el presente conflicto entre árabes y judíos es algo fabricado por el sionismo y el colonialismo británico, reforzado luego por los intereses de las grandes potencias a las que le viene bien la inestabilidad en la zona.
Con estas premisas se opone a la visión dominante en Israel y sus aliados occidentales de que los árabes y los judíos son incompatibles. Lo combate con su propia experiencia y sus conocimientos como historiador, que conviene sopesar bien, para que el lector no avisado no confunda el culo con las témporas.
Es un libro recomendable para quienes estén interesados en los conflictos en Oriente Medio. Ofrece una amplia bibliografía a favor y en contra de su posición, que resultará útil al que quiera adentrarse bien pertrechado en ese nido de avispas.
El libro ha llegado a mis manos gracias a sus traductores del inglés al español, Andrés Arenas y Enrique Girón, magníficos profesionales y mejores amigos, de quienes los lectores de esta publicación tienen noticia.
La editorial granadina que publica este libro tiene en su biblioteca El muro de hierro. Israel y el mundo árabe, del mismo autor. No lo he leído, pero tengo la impresión de que es un estudio ampliado sobre el avispero de Palestina. La solución que Avi Shlaim propone “es la de un Estado democrático entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, con iguales derechos para todos sus ciudadanos, independientemente de su raza y su religión”. Admite que “en el lado israelí, el apoyo a la idea de un solo Estado se circunscribe a un sector minoritario de la izquierda”. Y teme que si se preguntara a los israelíes si preferían un estado judío “o que se convierta en un Estado democrático, la mayoría de los israelíes optarían por lo primero”. De esto se deduce que Shlaim no considera a Israel un estado democrático.
Vuelvo a decir que quien quiera saber más del Israel de hoy tiene en estas memorias un documento ilustrativo. Y a la vez se puede enterar de cómo era el mundo en el que Avi Schlaim nació, su desahogada niñez en Bagdad, el traslado de la familia a Israel, donde vivieron en la penuria, su formación en el país, el menosprecio que sufrió (al menos el que sintió) debido a que llegó llegó sin hablar hebreo (en Bagdad la familia se entendía en árabe y su padre jamás llegó a dominar el hebreo), su desplazamiento a Inglaterra donde se formó académicamente, su servicio militar y su paso de la defensa incondicional del Estado de Israel a una crítica radical del mismo.
He aquí la conclusión de sus memorias: “El sionismo ha socavado la figura mixta del judío-árabe. El movimiento sionista era en su origen y en su esencia un movimiento europeo liderado por judíos europeos que querían crear un Estado judío para los judíos de Europa. Aspiraba a estar en el Oriente Próximo, pero no en el Oriente Medio. No buscaba la fusión de culturas, sino la sustitución de la cultura local por otra europea. Atendiendo a su propia naturaleza, el sionismo agrandó la división entre el judaísmo y el islam, entre el hebreo y el árabe. El movimiento sionista y el Estado de Israel han trabajado con ahínco para borrar nuestro pasado común, nuestras historias entrelazadas y nuestro legado centenario de pluralismo, tolerancia religiosa, cosmopolitismo y coexistencia. Sobre todo, el sionismo ha tratado de impedir que todos nos tratemos como seres humanos.”
Renuncio a hacer una reseña más amplia, porque lo que he resumido es suficiente para conocer las propuestas de un judío rebelde que acusa a su país de crímenes contra la humanidad. Llama la atención de Avi Shlaim la rotundidad de sus afirmaciones, a pesar de lo cual, puede visitar Israel cuando le apetezca sin que su integridad física sufra. Cualquier musulmán de los países de Oriente Medio que dijera la centésima parte sobre su país, se cuidaría bien de no hacerlo en público o de entrar en su tierra si las había hecho fuera de ella.
Así que voy a repasar la vida de este hombre con quien comparto algunas anécdotas. Ambos somos mediterráneos con experiencia de las tres culturas, más las que se sustentan nuestra civilización, la griega, la romana, la babilónica, la persa o la egipcia. Y dejo para el final una reflexión personal sobre las visión respetable de Avi Shlaim, que encuentro más airada que de historiador.
La mayor diferencia entre el Avi de cinco años que juega en las calles de Bagdad entendiéndose en árabe con los otros niños, y el Fernandito de la misma edad que juega en el paseo de Cervantes de Alcoy y habla en valenciano con los otros niños, la gran diferencia, digo, es que su padre era uno de los comerciantes más ricos de Irak, que vivía en un barrio distinguido de Bagdad, y le llevaban a un colegio maternal exclusivo; mientras que mi padre era un sencillo apoderado de banca, que trabajaba mucho y bien para construir una familia y sacarla del escalón bajo de la sociedad a la que pertenecía.
La vida de Avi sufrió un brusco cambio de nivel de vida, de niño rico a niño pobre, mientras que la mía fue ir subiendo en la escala social: mi padre llegó a ser uno de los directores generales de un departamento del Banco Hispano Americano con eminente esfuerzo y competencia profesional sin siquiera tener el certificado de estudios primarios porque la Guerra Cicil se cruzó en su camino, aunque su biblioteca fue un gran tesoro, que hemos heredado sus hijos. El fondo del escenario también era una guerra, un país destrozado, una Europa que se reconstruía. Israel acababa de nacer en 1948, y sostuvo una guerra destructiva con los países árabes de su entorno.
También me identifico con el Avi mal estudiante (yo lo fui mediano o mediocre), con sus convicciones conservadoras y nacionalistas, y su servicio militar en la frontera con Jordania que le inclinó hacia la izquierda. El mío fue en un desaliñado cuartel de artillería de Ciudad Real, al que me destinaron por tener archivo policial. A Avi casi le pillan durmiendo en una guardia, a mí me pilló un sargento leyendo a Proust (¡a Proust!) en el puesto de guardia del polvorín, y me pasé un mes en el calabozo. Mi experiencia militar no fue ni patriótica ni aleccionadora. La de Avi, todo lo contrario: “la disciplina era estricta y la comida incomestible, pero había un espíritu de cuerpo, un propósito y una creencia universal en lo justo de nuestra causa… servíamos en un ejército básicamente honesto, ético e igualitario, en resumen, un ejército del pueblo”. Al terminar su mili, Avi volvió a Inglaterra, y al desembarcar había estallado la guerra de los Seis Días. Fue a la embajada para solicitar volver a filas. Pero como duró menos de una semana, en la que el ejército israelí deshizo los ejércitos de varios países y conquistó territorio, no necesitó regresar.
También me identifico con el joven Avi haciendo autostop por Europa, y teniendo una mala experiencia con un pederasta, yo la tuve con otro, un holandés del que me escapé por los pelos. Recuerdo haber visto en los Youth Hostel de Alemania y Holanda a judíos y a australianos de viaje como yo. Eran chavales accesibles a pesar de la dificultad de entendernos. Aprovecho para añadir algo significativo, en Amsterdam coincidí con chico un catalán que me dijo en la cara y con desprecio, en español, que él no era español. Hablo de 1968.
Las memorias de Avi concluyen con su entrada en el Jesus College de Cambridge. Y cierra su libro con una nueva andanada contra el sionismo asquenazi, el estado genocida israelí y el menosprecio a los judíos árabes que habían vivido en paz y tolerancia en Mesopotamia desde el exilio babilónico, del que nunca regresaron porque se encontraron a gusto entre los herejes cristianos, y luego entre los simpáticos musulmanes.
Esto es sencillamente una falsedad. No hace falta ser un experto conocedor de la historia de Oriente Medio. La mala relación entre judíos y musulmanes se inicia en el siglo VII en la batalla de Jaybar, en la que Mahoma somete a tribus judías de Medina (en realidad eran “árabes”, pero de fe hebrea). La Meca estaba constituida por dos tribus yemeníes y por tres judías. La fe islámica está construida sobre la judía, con algo de la Biblia cristiana. Todo esto lo conozco gracias al libro “Espada, hambre y cautiverio”, de Yeyo Balbás, reseñado y resumido en esta revista. El título se refiere a la expansión del Islam en oriente y occidente, venciendo a sangre y fuego, sometiendo y convirtiendo al Islam a los vencidos que querían vivir mejor. Los enfrentamientos entre poderes cristiano y musulmán a lo largo de los siglos, sean turcos, sirios, persas o iraquíes están bien documentados. Desde luego los cristianos no eran hermanos de la caridad, y se enfrentaban a los musulmanes con la peor intención, quitárselos del medio para que les dejaran en paz, para echarles de los territorios ocupados (caso de la Reconquista, fuera reconquista o ambición ese fenómeno), y apropiarse de ellos.
¿Dónde estaban los judíos? Formaron parte de los ejércitos, las elites y la cultura musulmanas, igual que célebres cristianos se aliaron con los islamistas hasta que pudieron enfrentarse a ellos (por ejemplo Rodrigo Díaz de Vivar). Como ignoro la historia de los judíos en la hoy llamada Palestina, antes Judea, no quiero hacer suposiciones. Es posible que, teniendo tantas cosas en común en su doctrina y en sus imposiciones culinarias (los judíos fueron más listos y no prohibieron el vino), árabes y judíos convivieran sin mayores problemas. No resulta raro, porque desde un punto de vista étnico eran exactamente iguales, lo mismo que los castellanos, los portugueses o los aragoneses no se distinguían en casi nada, como hoy. Pero apostaría a que los conflictos entre ellos no fueron pocos.
¿Podría Israel haber prosperado si hubiera convenido acuerdos con árabes (se les suele llamar palestinos) para hacer una república de ciudadanos sin distinción?
La respuesta de judíos como Avi Shlaim es que sí. Pero me parece algo improbable. En la fecha de su creación, mayo de 1948, el Estado de Israel estaba rodeado de monarquías árabes (salvo Líbano), que en la década de los cincuenta el siglo XX se desmoronaron, y dieron lugar a repúblicas laicas que aspiraban a ser regímenes a la europea, pero que acabaron transformándose en dictaduras fundamentalistas, salvo Siria s Irak, que fueron dictaduras sangrienta, pero no impusieron la ley islámica. Todas ellas acusaron a Israel de apartheid y genocidio con los árabes palestinos, e hicieron lo posible para acabar con los hebreos.
Los reproches de los árabes palestinos y de Avi Shlaim a los abusos de Israel en general son ciertos. Las conclusiones a este diagnóstico, destruir al Estado de Israel, es lo que obligó a los gobernantes hebreos a transformar su estado en una fortaleza. El Knesset, el parlamento israelí, fue concebido para recoger en él una variedad de partidos, a hoy en día catorce. Uno de ellos, Ra’am, Lista Árabe Unida tiene cinco escaños. Como referencia, el Likud de Netanyahu cuenta con treinta y dos. Los árabes tienen una representación proporcional que no les hace justicia. Pero Israel es una democracia equiparable a las occidentales, tiene libertad de expresión, de reunión y un cuerpo judicial independiente. Todo esto ha de ser observado con la mirada escéptica de cualquier demócrata europeo o norteamericano, porque una cosa son las leyes constitutivas y otra su plasmación social y política.
¿Pudo haber constituido Israel un estado judeo-árabe?
Consideró que si lo hacía corría peligro. Así que se empeño literalmente en defender su territorio. Esto puede haber sido injusto con los árabes palestinos, pero el derechno internacional es un tigre de papel, como acabamos de ver en Venezuela. Para sobrevivir hay que tener un ejército potente y profesional, unos servicios de inteligencia que escapan al escrutinio de la ley, y una población decidida a resistir con todos los medios a su alcance. Los políticos hebreos lo tuvieron claro desde el primer momento, y no no creo que haya que condenarles. En términos objetivos, ajenos al derecho ky a la moral, los árabes podían haber borrado del mapa a Israel, pero no supieron aprovecha su superioridad.
Las críticas de Avi Shlaim al sionismo y al Estado de Israel me parecen razonables (salvo su ira feroz al hacerlo). Pero no ofrece remedios eficaces, pragmáticos, sino buenos deseos. El final de este combate pugilístico es la desaparición de Israel, o la aceptación de los países árabes del derecho de los judíos a mantenerse. Hay ejemplos, Marruecos, Egipto, Jordania, Arabia, basados en los intereses de cada uno, pero de momento estables. Si se consigue un equilibrio sólido, podrá empezar a hablarse de una reconciliación política entre los adversarios. Pero eso queda muy lejos. Los estados árabes han demostrado una incapacidad crónica a gobernarse, y han caído víctimas del fundamentalismo islámico o las dictadura feroces de Siria e Irak. Está en sus manos trasformarse. Lo que yo he visto en Egipto en mi viaje turístico de diciembre me hace temer que esto es imposible. Espero dedicar un amplio reportaje a esta peripecia antes de que termine enero.
Un apunte más. Me ha resultado sorprendente el estereotipado retrato que Shlaim elabora de los judíos prósperos, tanto asquenazís como de los sefarditas: individuos avaros, codiciosos, dedicados a la banca y al comercio, sólo le ha faltado añadir que eran feos, de nariz aguileña desproporcionada, y vestidos siempre de negro.
