Siete días por el Nilo a uña de caballo
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Viaje a Egipto
Egipto es uno de los países más antiguos del mundo. Sus monumentos lo atestiguan. Su territorio es prácticamente el mismo, y la mayoría de sus gentes está envuelta en el velo negro del Islam, aunque una minoría mantienen un cristianismo fascinante. No hay diferencia étnica entre unos y otros. El fondo sigue siendo faraónico.
Fernando Bellón
Una faceta reveladora: el judaísmo es en Egipto todavía más antiguo que las otras dos religiones del libro. Hay estudiosos que fijan el origen del judaísmo en las orillas del Nilo. Esto se evidencia en un mosaico religioso y cultural perdurable. Al margen de los conflictos presentes y antiguos entre los practicantes de las tres fes, Egipto es una joya arqueológica, social y política que merece la pena conocer.
Antes de seguir, advierto que siete días recorriendo a uña de caballo los monumentos de Egipto es una barbaridad. Mi mujer Antonia y yo éramos los más veteranos de un grupo de diecinueve personas, matrimonios jóvenes, familias, todos atentos a lo que veían, y que mantuvieron una simpatía y un humor admirables sin excepciones, algo raro en estos viajes. Todos se mostraron dispuestos a repetir la aventura, menos yo.
Es preciso recordar que el plan estándar es responsabilidad de quien lo contrata, sabe lo que le espera y la agencia te lo advierte. Por su parte, el guía es personaje clave. Nosotros tuvimos uno, Mido, un tipo en sus cuarenta, con voluntad de dirigir y entretener, de una fuerza, una capacidad, un aguante y un carácter divertido y simpático que aligeraba los pesares del galope de un templo a otro. Pero a quien le toque un guía barrigudo y con mirada de carnero, maldecirá su suerte.






Cinco mil años de identidad
El Egipto faraónico llegó a ser un imperio. A lo largo de sus tres milenios de Historia casi ininterrumpida, mantuvo un estado de solidez excepcional, creó una cultura de la que somos herederos, una religión de dioses y diosas fabulosos y fascinantes, y unos monumentos que perduran, aunque hechos cisco.
Grecia dio lugar al chiste de ser un solar de piedras milenarias, de templos ruinosos y símbolo del desbarajuste político y económico, no muy diferente al de los tiranos del Ática y de la Magna Grecia. Lo que uno ve del Egipto faraónico es parecido, pero con una escenografía islámica. Lo chocante es que el islamismo egipcio no se parece casi nada al islamismo de sus vecinos, salvo en la indumentaria de las sufridas mujeres, todas de luto, y muchas mirando al mundo a través de una rendija.
Los egipcios no son semitas, son camitas, según la clasificación bíblica. Son egipcios desde hace casi cinco mil años, de lo que se sienten orgullosos. En eso no se parecen a los desgraciados españoles, muchos de los cuales no quieren serlo, o a los franceses, a los alemanes, a los italianos, que somos una mezcla. Ni siquiera son musulmanes todos los egipcios. Antes de que llegaran los mahometanos, el Egipto grecorromano estaba habitado por multitud de judíos, especialmente en Alejandría.






Los egipcios coptos y su sufrida historia
Cuando los cristianos salieron de su matriz hebrea, Egipto se pobló de ellos, llamados coptos por una de las tribus del bajo Egipto. Tienen su propio patriarca en Alejandría, con la misma atribución eclesiástica que el de Constantinopla o el Papa de Roma.
Hoy en día, los cristianos coptos (que niegan la doble naturaleza divina y humana de Cristo) mantienen su lengua copta, que ignoro si procede del egipcio faraónico, y representan cerca del diez por ciento de la población, unos nueve millones de almas.
La entrada de los musulmanes en el país del Nilo, después de derrotar a bizantinos y a persas (los dos imperios del momento) en la primera mitad de siglo VII, fue terrible. Recomiendo al lector que desee confirmar esta dura calificación, que busque su propia bibliografía, o le remito a Espada, hambre y cautiverio, de Yeyo Balbás, resumido en varias entregas de esta revista. Los coptos sufrieron espolios, matanzas y discriminaciones, a pesar de los esfuerzos conciliadores del patriarca de Alejandría, que no sirvieron para nada. Las recomendaciones del ángel Gabriel a Mahoma eran respetar a los pueblos que se sometían “voluntariamente” al Islam, si pagaban el impuesto abultado de la yizya. Si se resistían, se les arrasaba a sangre y fuego por su propio bien, para que entendieran que sólo el Islam podía salvarlos. En su larga y destructiva correría por el norte de África y su salto a la península Ibérica, los sarracenos o caldeos, según denominación de los cronistas visigodos, no cambiaron en absoluto su comportamiento, que se lo digan a Don Rodrigo.






El viaje
Una de las opciones es la de desembarcar del avión en Karnak o Luxor, bajar en un estupendo crucero hasta Assuán, recorrer de madrugada trescientos kilómetros de ida hasta Abu Simbel, y a media mañana otros trescientos de vuelta, volar a El Cairo, visitar Giza y el Nuevo Museo Egipcio, darse un par de paseos por una ciudad tóxica por la contaminación, y volar a España bien tempranito, porque los trámites de embarque en el aeropuerto son kafkianos, laberínticos e interminables.
Luxor o Karnak está plagada de templos y de tumbas, no en vano fue la capital del estado faraónico durante los imperios Medio y Nuevo con el nombre de Tebas. Los templos de la ciudad propiamente dicha son anonadantes, aunque se ven mejor en fotografía o en documental que recorriéndolos a pie.
Las fotografías que acompañan este texto las dirigí más a los turistas que a los monumentos, porque me pareció absurdo competir con los fotógrafos profesionales que han trabajado para libros y folletos. En cierta forma ha sido un ensayo de trabajo antropológico, para situar las hordas de viajeros en el escenario monumental que han (hemos) pagado por recorrer la senda de los faraones.
¿Cómo pudo aguantar Egipto tanto tiempo, y superar todos los avatares, las invasiones y las conquistas? Los historiadores lo tienen muy claro: estaban aislados de las civilizaciones contemporáneas por anchos desiertos, podían vivir de una agricultura organizada a la perfección por los sacerdotes y el Estado faraónico. Es un argumento socorrido pero nada convincente, porque está atestiguada la intensa relación de Egipto con sus vecinos. El guía Mido habló de varias hipótesis, algunas especulativas, como esa de que unos astronautas ancestrales pudieron ser la causa del gigantismo monumental; se largaron, y los seres humanos volvieron a hacer de las suyas.





El Valle de los chinos, perdón, de los Reyes
El primer día nos llevó Midu de excursión al Valle de los Reyes, en la orilla oeste del Nilo. Como revelan las fotografías, es una cañada ancha de suelo calizo que me recordó a las ramblas de Alicante, Murcia o Almería. Resultaba pintoresco ver una multitud de grupos, mansos corderitos siguiendo obedientes a su pastor. Nuestro grupo también, con la ventaja de tener un guía simpático, que convertía en paraíso un paisaje lunar, donde algunos faraones insensatos eligieron enterrarse en cuevas profundas, fantásticas, decoradas con jeroglíficos en los que resumen sus atrocidades.
Al cabo de media hora larga de paseos libres e incursiones en las madrigueras mortuorias, vuelta al autobús. Sales del valle y en menos de un quilómetro te llevan al templo de Hatshepsut. Empiezas a ver la grandiosidad de aquella casta de faraones que construía lugares de oración y homenaje a los dioses que ellos encarnaban.
Es un trasiego que no cesará de repetirse a lo largo de todas las excursiones. Preguntamos a Mido cuántos turistas pasarán por allí al cabo del día. Decenas de miles, una sucesión de pequeños rebaños dóciles y revoltosos de incontables nacionalidades. Entre los europeos destacábamos los españoles, con muchos italianos y franceses. A los ingleses y alemanes se les veía menos. También había familias de la tierra, acomodadas y occidentalizadas, que destacaban como extravagancia entre las mujeres, con velo y burka, cuyo porcentaje era abrumador. A lo largo del viaje no conté más de un par de docenas familias de egipcios o árabes con indumentaria moderna. Sólo se distinguían de los turistas europeos por su tostada faz.
El resto de los visitantes eran chinos. Miles de chinos. La nueva clase media del país del comunismo capitalizado. La influencia de China en África se advierte allí con todo descaro. Como el resto de los turistas, no paraban de hacerse fotos, y correteaban entre las ruinas con la provocativa soltura de recién llegados al mercado. Uno los mira porque son un fenómeno raro para nuestros ojos selectivos, les ves comportarse como hordas afanosas y parlanchinas. Hasta que te das cuenta de que tú formas parte de otra horda, y pierdes interés en ellos. Son los turistas más numerosos, o al menos lo parecen.






Tebas
Karnak o Luxor es la antigua Tebas, capital de Egipto durante su época de esplendor. Está partida por el Nilo, una ciudad inhabitable (salvo para quien tiene la suerte o la fortuna de ciertos lujos), como tantas otras de África. En ella viven entre 300.000 y medio millón de personas (depende de la fuente). Hay templos y ruinas faraónicas en todos los barrios, una fuente de ingresos desconcertante para los locales: “¿Qué demonios vienen a mirar tantos curiosos?”, deben de preguntarse quienes están habituados a tropezar en la calle con pedruscos de un valor incalculable y mágico.
La urbe rodea lo que queda de Karnak, un amplio yacimiento arqueológico famoso por su avenida de esfinges, de sur a norte, en paralelo al Nilo, que conduce al complejo de templos más grande de Egipto, algo en lo que insisten los folletos y los guías. Salas hipóstilas, de columnas, que estuvieron siglos enterradas en la arena, y monumentos ciclópeos de una civilización posiblemente alienígena.
Esta segunda excursión se hace por la tarde, después de comer el delicioso menú preparado por los cocineros del crucero. Tan ricos y llamativos los alimentos, que uno cae en la tentación de comer ensaladas y salsas crudas. Al cabo de dos días, el mal del Nilo derrumba a los más débiles. A mí me dejó a arroz y pollo a la parrilla el resto del viaje.
A la salida y a la entrada del barco se abre uno paso en un enjambre de chiquillos que ofrecen souvenirs: imanes, papiros, pulseras, pañuelos, bolsos, cruces ansadas, llaveros… Es un zoco infantil ambulante. El guía nos advierte que ignoremos a las criaturas, que son utilizados por sus padres o por una suerte de mafia local para ingresar un puñado de euros al día. Debe de haber algo de verdad en esto, que contrasta con otra información sobre la escolarización de los muchachos, que se supone deberían estar en la escuela pública. Mido insiste en que en Egipto hay educación y sanidad universal; debería haber, pero la evidencia suscita dudas. Uno siente compasión de la chiquillería, y ni siquiera regatea. Hay muy pocas niñas, una de ellas es una infortunada de unos diez años, cojita y con alguna afección neuronal, que te persigue balbuceando. Esto le rompe el corazón a cualquiera.
A la vuelta de Abu Simbel, del que hablaremos luego, se produjo un episodio chusco. Como salimos muy temprano, nos proveyeron de una bolsa con desayuno. Sobraron algunos víveres. Al salir del autobús frente al crucero, en el muelle de Assuán, apareció un solo niño haciendo expresivos gestos de hambre. Se llevó las sobras de los quince turistas del grupo. El chaval estaba desconcertado por su suerte. En realidad sabía lo que hacía y era un consumado intérprete. Les dais malos ejemplos a los niños, se quejaba el guía, no les falta ni vestido ni alimento. Pero, qué más da, cada uno vive como le han enseñado y sabe hacer, la compasión de los ahítos la detectan estos niños que aprenden a ganarse la vida a trompicones. ¿Cuánta población egipcia se beneficiará de estas y otras formas de comercio? Un economista diría que el sector servicios es excesivo, pero que sirve para mantener a la gente ocupada y con algún ingreso. El capitalismo mercantil se llama.





Camino de Assuán
Por la noche, el barco se pone en marcha, Nilo arriba, hacia el sur, hacia Nubia, región faraónica que hoy comparte Egipto con Sudán. Es un viaje luminoso y numinoso, porque desfilan por arte de magia los animales del Olimpo faraónico. Quiero decir que en el crepúsculo se imaginan, y en la oscuridad los ves recortados entre las palmeras y las cañas y junqueras de las orillas, cocodrilos sinuosos y chacales indiferentes. En la terraza del crucero se reúnen decenas de turistas. Se toman un café, una cerveza, una copa de vino. Y hay quien se baña en la pequeña piscina de la proa. Me parece ver a un japonés flotando como un cadáver en el agua. Sale y se envuelve en un albornoz blanco de algodón egipcio (una de las cosechas más abundantes). Pero resulta que es uno de los chinos que recorren Egipto como los turistas europeos o americanos (más de Sur y Centro América que de USA). También las familias musulmanas envuelven con sus miradas de fascinación el paisaje que pasa por delante de sus ojos, como una linterna mágica. En el horizonte del río, al norte y al sur se ven otros cruceros, una verdadera caravana con cientos de hombres, mujeres y niños en cada uno.
El tráfico fluvial turístico debe de ser superior al tráfico de mercancías. Es sólo un supuesto, porque alimentar y proveer de objetos de consumo a noventa millones de personas que se arraciman en las orillas del Nilo debe de implicar cargos de tonelaje trasatlántico. El país produce en sus vergeles y huertos todos las verdura y frutas conocidas por los occidentales, más otras autóctonas.
¿Quiénes son los egipcios que se permiten el lujo de un crucero? En el nuestro había varias familias. Las esposas, ataviadas con velo, falda o pantalón hasta los tobillos. Los esposos y otros varones, en pantalón corto. Los niños y las niñas, a la occidental. Algo simpático: las chiquillas alborotaban como lo que eran, corriendo por el pasillo y por el camarote. A veces les secundaban las risas de sus papas; las mamás eran más comedidas como corresponde a su condición de hembras acostumbradas a pasar desapercibidas. Lo chusco es que, entre ellas, las niñas hablaban en inglés, alumnas de prestigiosos colegios de antiguos colonialistas.







Apuntes antropológicos
Otra de las estampas del río son los pescadores. En las riberas se les ve con su caña de lanza. Otros echan redes desde una barca. Si insisten es que algo sacarán. Pero los más modernos son los que van en una canoa a motor, se enganchan al crucero, y llaman a los turistas ofreciéndoles mercancías, telas, colchas, alfombras, camisetas, galabeyas (túnicas o camisones)… “¡Mari Carmen! ¡Antonio!”, gritan una y otra vez. Hay quien les compra. Los vendedores arrojan el producto a la terraza de la nave o a un balcón abierto, y regatean. Yo estaba leyendo en el salón-bar, y no paraba de escuchar eso de Mari Carmen y Antonio, y pensaba que eran algunos turistas compatriotas gamberros o entonados.
Se trata de una técnica de venta, basada en la confianza de que el receptor del paquete no se va a quedar con él sin pagar. Allá donde llegan los turistas, se encuentran con una nube de camiseros, collaristas y ajorquistas, pantaloneros, colchistas (de colcha), y objetos que parecen extraídos del ataúd saqueado de un faraón camino de la eternidad. Si no les haces caso, te dicen, “¿A la vuelta?”, y les respondes, “Sí, a la vuelta”. Ellos se ríen y tú te quedas pensando, no es posible que se lo crean. Los comerciantes egipcios parece que son infatigables, inasequibles al desaliento. Uno reflexiona: al caer la noche se volverán a su casa a cenar con su familia y a dormir hasta el día siguiente.
Esto es un error, según nuestro bromista guía Mido. Esta gente no descansa nunca, duermen de pie, y sueñan vender una momia made in PRC a un turista cantonés. Daré más detalles en el párrafo sobre El Cairo.
Algo que uno observa entre las familias pudientes es el mismo cariño que cualquier familia mediterránea tiene por sus vástagos. Los papás y las mamás, sobre todo los papás. Es algo entrañable. “¡Sienten como nosotros!”, se dice uno como si fueran marcianos. También se observa la atención que algunos esposos dedican a sus esposas. No es una observación discriminatoria. Es raro ver a un sueco o a un prusiano hacer cariños en público. Pero los latinos, griegos, turcos, magrebíes y pueblos del Oriente Medio tenemos en común abrazarnos y besarnos, al menos a las criaturas, sin pudor ni vergüenza.




Nilo arriba
Viajamos hacia el sur por un Nilo que hace una curva de cien kilómetros. Más allá de sus fértiles orillas, nada. A menos de una milla, se eleva el terreno y los colinas que se ven a lo lejos no son dunas, sino pedregales infinitos. Debe de haber arena por algún sitio, porque los monumentos que vamos visitando estuvieron cubiertos de ella.
Paramos en Edfu, con su templo a Horus. Soy incapaz de dar a Edfu imágenes nítidas, propias. En mi cabeza hay un lío de ruinas ciclópeas, y en mis intestinos, retortijones. De los diecisiete, caímos media docena.
Luego llegamos a Kom Ombo, una ciudad donde el Nilo se parte en dos brazos y se vuelve a juntar. La misma rutina de templos y de niños y adultos persiguiéndote con sus regalos. Te acercan a las manos algo, “Para ti, gratis”. Midu nos aconseja que no tomemos nada, porque te atrapan.
Otra noche de navegación Nilo arriba. Nos despiertan, atracado el crucero en Assuán, a las dos menos cuarto de la madrugada, y nos meten en el autobús. La ciudad está desierta, es decir, la población duerme. Assuán es la tercera ciudad de Egipto. Los ingleses, los últimos colonos del lugar después de los turcos, construyeron una presa de muralla larguísima para electrificar la ciudad y sus necesidades económicas. Todo esto lo conoceremos a la vuelta de Abu Simbel, ya de día.










La proeza de Abu Simbel
¿Por qué nos despiertan tan temprano? La razón oficial es la seguridad. Hay que rodar casi trescientos kilómetros hacia el sur atravesando la nada, y debemos hacerlo en caravana. Pasamos varios controles de policía. Es la Tourist Police, un cuerpo especial para proteger a los viajeros de los terroristas que se toman al arcángel Gabriel en serio, y quieren acabar con los infieles. Están mejor pertrechados que los guardias que custodian el barco. En nuestro grupo hay un guardia civil veterano y dos policías jóvenes. Coinciden todos en que las armas que portan, con el cargador sujeto con esparadrapos, son poco eficaces, y posiblemente se encasquillan. Nos colocamos a la cola de decenas de autobuses. Al cabo de media hora larga, a eso de las dos y media de la madrugada, nos ponemos en marcha. En la cuneta de la carretera en penumbra se sucede un paisaje de casas desvencijadas, corrales y patios con un arbolillo rodeado de ruinas. Hay hombres sentados en el suelo, quizá esperando que alguien les recoja. Nos adelantan o adelantamos a moto carros y furgonetas que transportan suministros o chatarra. En Egipto se aprovecha todo, como en la España de mi niñez.
De tarde en tarde pasamos puestos de vigilancia policial o militar, no sé precisarlo. Las fuerzas de seguridad están en todas partes. Egipto está en guerra con sus radicales, que cada vez deben de ser menos. Se diría que es un estado policial, aunque este exceso de gente de armas en uniforme no parece importar mucho a sus ciudadanos. Miles de ellos se ganarán la vida protegiendo el orden y la paz turísticas.
A eso de las seis llegamos a Abu Simbel. El aparcamiento de autobuses es inmenso, de estadio de fútbol de Champions. Pero contiguo a él hay otro aparcadero de camiones cargados. Nos dice Mido que su destino es cruzar la frontera de Sudan, a menos de cincuenta kilómetros, para llevar ayuda humanitaria a los refugiados de las guerras particulares, tribales o de saqueo de ese país fragmentado, donde mueren cristianos y musulmanes cada día, sin que al mundo le importe un comino.
El templo de Abu Simbel es impresionante, sobre todo por el mérito de haber sido arrancado de su suelo original para evitar que lo cubriera el lago Nasser. Mi padre estaba suscrito a “El Correo de la UNESCO”, y yo recuerdo las fotografías de aquella proeza, que dejó un premio en Madrid, el Templo de Debod, en el solar del Cuartel de la Montaña, arrasado en julio de 1936, porque en él se refugiaron tropas sublevadas. Hazañas bélicas en las paredes de Abu Simbel, uno de los templos en los que Ramsés II dejó constancia de su poderío militar. Al ser el más grande, caben más victorias, relatadas con todo lujo de detalles jeroglíficos, que Champollion acertó a descifrar.
Es hermoso el amanecer, ese envoltorio de luz acaramelada que baña las columnas y los faraones sedentes. Sin embargo, yo me habría conformado con llegar a las once de la mañana, con salida a las ocho, bien desayunado.
No recuerdo la hora, pero diría que a las nueve y poco, regresábamos a la caravana que ya no es caravana ni está custodiada, al menos a la vista. No hace falta, porque cada pocos kilómetros hay un puesto de policía turística bien pertrechado. Ahora que es de día, se ve el paisaje árido, desconsolador. De vez en cuando vemos carritos tirados por burritos. En la parte del oeste se vislumbran campos sembrados, de algodón acaso, tapices verdes por los que circulan esas ruedas inmensas que riegan en los secanos. También se ven edificios de aspecto industrial envejecidos por el sol achicharrante.











Nubia
La entrada en Assuán, de medio millón de almas, es un caos de solares inhóspitos. Dice el guía que no llueve casi nunca. El polvo, la arena, los edificios de viviendas poco acogedoras, los curiosos andamiajes en la construcción de nuevas casas, las calles destartaladas y la sensación de que han dejado casi todo sin acabar se te meten por los ojos. Observo esto con la mirada de un occidental acostumbrado a cierta pulcritud urbana. Hace setenta años las ciudades españolas eran así, salvo el propio centro.
Los cruceros están pegados unos al lado de otros, flotando. Se llega al nuestro atravesando varios barcos desde el muelle, conforman una ciudad flotante. La novedad son las barcazas de vela latina. No sé si tendrán algún uso fuera del turístico; supongo que sí, porque las hay a cientos.
Después de comer, sin tregua para la siesta, nos llevan a un embarcadero de motoras que me recuerdan las del estanque del Retiro de mi infancia. Saltamos a ellas, y nos dirigimos otro embarcadero de falúas, barcazas de vela latina o triangular. Después de un paseo, de nuevo a la motora, Nilo arriba al Pueblo Nubio. Nubia, además de proporcionar piedras de sus canteras, tuvo su influencia faraónica. Los egipcios antiguos, como los modernos, carecen de discriminación racial. Los nubios, con porte nilótico, altos y guapos, (de las mujeres no puedo hablar, porque van cubiertas) fueron guerreros, faraones, sacerdotes y canteros.
El Nilo permite que le domine el caos, no sólo por el tráfico de barcazas, canoas, balsas (vimos a varios chavalitos encajados en algo así como neumáticos, remando con sus manos, una diversión imagino), sino porque allí está (estuvo, supongo) la primera catarata, y el río desmembrado se cuela entre pedruscos que sobresalen de las aguas. En una isla, Filé, se levanta el templo de Isis, donde casi me desmayo de fatiga y de hambre. Los compañeros del grupo me trataron como al abuelo que soy, y les estoy agradecido. Los alrededores de todos los monumentos a lo largo del río, desde El Cairo a Assuán, están poblados de pequeños campamentos de vendedores de baratijas. Pero al norte de Assuán este oficio se reserva a los nubios, que viven en su territorio. Nos asegura Mido que los nubios gozan de un régimen político y económico especial. Son un pueblo protegido, con autonomía o algo así, y en sus tierras no pueden intervenir ni asentarse otros egipcios.
Los coptos también tienen importancia. Nos llevaron a la grandiosa iglesia del Arcángel San Miguel. Entramos con respeto, porque realizaban una ceremonia peripatética por el entorno de la nave, transportando unas insignias de la Virgen, que los fieles tocaban al pasar. Yo les imité, conmovido por la fortaleza insobornable de esos primeros cristianos, que han resistido atropellos y sevicias. Para entrar en la iglesia hay que pasar un control policial, que no siempre les protege, porque de vez en cuando se conocen noticias de atrocidades contra ellos.
Vuelvo a los nubios. La motora nos lleva hacia su ciudad, pasando ante el mausoleo del Aga Khan, un musulmán paquistaní casado con la famosa Begum (nacida en Francia, Yvonne Blanche Labrousse), a la que conoció en un “baile de princesas” en Egipto. El mausoleo del Aga Khan tiene aspecto de mezquita fatimí, según no sé qué página de Internet, construido en piedra caliza rosa. También asegura la página que la Begum Om Habibeh (Yvonne Blanche) dedicó su vida a las obras de caridad. Viendo las fotos de la familia, cualquiera lo tendría por apócrifo.
El caso es que desembarcamos en una especie de playa donde nos invitan a bañarnos, aunque nadie acepta el reto. Se ven por allí algunos jóvenes con indumentaria jipi. Son la clientela periférica al sistema, que duerme en las pensiones y en los hoteles de cuarta categoría que se ven en algunos barrios de El Cairo, Luxor y Assuán. Deben de estar inmunizados contra los males del Nilo. En la fachada del río, un grupo de mercaderes ofrece sus productos, que no son muy exclusivos, quiero decir de marroquinería o taller de escultura reputados, que supongo los habrá. Mido nos llevó, en una de las excursiones que soy incapaz de recordar, a uno de estos talleres, donde unos operarios nos mostraron su habilidad en el oficio. Nos dijeron que las estatuillas y otros objetos tenían certificado para que pudieran sacarse del país sin problemas. Soy escéptico y me permito dudar de un valor tan excepcional que restrinja su exportación. Luego de las transacciones nos lleva la motora a la ciudad construida en una ancha cuesta. Recorremos sus calles africanas, decoradas con motivos rastafaris, etíopes. No sé si habrá alguna relación entre nubios y antiguos súbditos del rey León cristiano.
Nos previene Mido que vamos a subir a lo alto de la colina en quad (el corrector de Open Office no me subraya la palabra). Son moto carros (esta palabra sí la subraya) herrumbrosos equipados para el transporte de humanos desprevenidos. Los motoristas ponen la máquina a máxima revolución. Temo que si se desvía unos centímetros de los baches, nos iremos todos por el terraplén. Dice Mido que no se han producido accidentes. Lo cierto es que los motoristas son endiabladamente hábiles. La bajada es igual, aunque algo más prudente por la cuesta. Nos detenemos en una escuela, donde se realiza un simulacro o chanza de enseñanza del nubio, en la que todo el mundo acepta ser niño o niña con fruición turística.
La última parada es en una taberna de aspecto entre los Picapiedra y un western mejicano. Nos ofrecen algo así como calabazate, coca de llanda y otras golosinas. Me cuido mucho de probar nada. Los locales, nubios o turistas egipcios, están celebrando allí algo con gran jolgorio de niños retozones y de adultos que no han bebido alcohol pero lo parece. También nos enseñan un pobre cocodrilo que yace debajo de una verja, en un pozo. El animalote no se digna ni a mirarnos. En Europa le tendrían en un jardín con piscina, y le pondrían un chip por si se escapaba.
El regreso al crucero en la motora se hace con baile y chirigotas de habibi y rumba catalana. Nos vuelven a ofrecer golosinas y té. Hay quien se atreve a probarlo.
Por la noche embarcamos en el avión que nos lleva a El Cairo. Somos protagonistas de un follón del carajo, porque la aeronave espera en la pista y nosotros estamos haciendo cola. Evidentemente terminamos colándonos.










Aterrizaje en El Cairo
El camino del aeropuerto a El Cairo a medianoche es una alucinación cinematográfica. Rodamos por una autopista elevada. Son los barrios de la periferia, adecentados y con edificios que me hacen pensar en el distrito de Moratalaz de Madrid. A ambos lados del trayecto, las residencias están coronadas por inmensas pantallas luminosas que cambian de contenido. Muestran paisajes inexistentes, raros, playas del mar Rojo, imágenes fascinantes del desierto, anuncios de productos de lujo o de simples electrodomésticos bañados en caramelo. ¿Se habrá colado el autobús en un Blade Runner de pacotilla en persecución de replicantes?
Dormimos, más bien poco, en el Hilton Ramsés II. En la espléndida habitación uno teme el asalto de un poderoso Ramsés, faraón de la hostelería y de lo que haga falta. ¿Quedará espacio en sus tumbas y en sus templos para fijar este dominio en sus triunfos?
Nos despierta el móvil al romper el alba. Nos asomamos a la ventana y vemos que la ciudad está cubierta de una espesa niebla. Nos ha tocado un piso alto, y El Cairo se extiende a nuestros pies atravesado por un oscuro y caudaloso Nilo.
¡No es niebla! Es contaminación. Da miedo salir a la calle.
Metidos en el autobús descubrimos de dónde viene la contaminación. Las vías que recorremos son un Nilo de vehículos, automóviles, motos (con tres y hasta cuatro viajeros), furgonetas, todo de aspecto descacharrado, carritos motorizados, y ciudadanos valientes que cruzan de una acera a otra sin jugarse la vida, porque peatones y conductores están acostumbrado a estas eventualidades. La circulación motorizada de El Cairo es una corriente continua a baja velocidad. Las únicas que corren como cucarachas son las motos, sorteando obstáculos y peatones, con sus motoristas sin cascos; los cascos aún no han llegado a El Cairo. Por la noche hay pocas farolas, y las motocicletas surgen de súbito, sin luces, en la oscuridad. Los edificios de la ribera, la Corniche du Nile, deben de tener cerca de un siglo. Las fachadas están leprosas de contaminación y abandono. ¿Quién se va a poner a restaurar casas antaño hermosas, y ahora condenadas al sofoco del tránsito?
Hay un verdadero laberinto de calzadas elevadas. Mido asegura que el gobierno provisor tiene un plan para reducir la contaminación y adecentar el centro de la capital; está construyendo barrios nuevos en los suburbios, y quiere regular la circulación de vehículos. Esto último es misión imposible y además una imprudencia. Si empiezan a poner semáforos, el caos se adueñará de las calles, y los vehículos se quedarán clavados en el asfalto. La circulación en El Cairo no es caótica, es lenta, pero nunca se para. Uno se pregunta dónde va tanta gente (pocos coches circulan sólo con el chófer), de dónde sacarán esos millones de conductores el dinero para comprar automóviles (la gasolina es lo de menos, sale barata). Una hipótesis, dado el estado de la carrocería, llena de roces y abolladuras inevitables (los accidentes mortales son rarísimos, dice Mido), el mercado de vehículos nuevos será minúsculo. También hay usuarios del transporte público (¡hay metro!) y privado: furgonetas que se paran y se van llenando de ciudadanos, casi todos hombres, si no todos. Supongo que las mujeres no se atreven ni se arriesgan al magreo. Una compañera de profesión que vivió unos años en El Cairo me contaba que ni un sólo día quedaron sus nalgas intactas, siempre rozadas por manos tontas, que ellas solas se van al culo occidental, todo un trofeo. Hoy ya no pasa, no sé si han variado las costumbres o los guardias turísticos han cortado varias manos en escarmiento y advertencia.






Giza
Después de atravesar los brazos del Nilo, cogemos una avenida recta, y aparcamos junto a cientos de autobuses en el solar de las pirámides, que no son tres (Keops, Kefrèn y Mikerinos) sino un desparrame de ellas, comidas por la arena y los zarpazos del tiempo.
Los turistas las acosamos como un ejército de jenízaros que asedian un palacio. El guía nos da unas explicaciones históricas (ha estudiado arqueología y antropología), y nos da asueto para el recreo, es decir, para curiosear. Quien desee un paseo en camello hasta un alto desde donde se divisa el perfil faraónico, puede hacerlo. Los alrededores del solar arqueológico, incluida la Esfinge, son un zoco de souvenirs. Acostumbrados a este paisaje, ya no nos sorprende, aunque sí es palmaria le concentración de mercaderes, camelleros y paseadores que ofrecen sus famélicos Rocinantes, una nube de ofertas turísticas.
Al oeste de las pirámides se extienden enormes barrios de viviendas plantadas en un desierto inclemente. Al este, los últimos suburbios de la capital propiamente dicha, con su sombrero hongo de niebla sucia. He visto en el mapa que hay un campo de golf por allí cerca. En el último límite de la ciudad, el Gran Museo Egipcio, que visitaremos luego, ahora mismo no recuerdo ni dónde comimos, sólo que no hicimos siesta.















El Gran Museo
Great Egyptian Museum, abierto poco antes de nuestra excursión, recientito, reluciente, deslumbrante. Dice nuestro guía que ha costado miles de millones de dólares. Busco en la página oficial y no dice nada de su construcción ni de sus arquitectos, sólo lo que valen las entradas, los horarios de apertura y la contratación de guías. Me abstengo de buscar más datos. Es una de las atracciones que merece la pena visitar, un empacho de estatuas, estatuillas, piramidones (no lo que usaba mi madre para bajarme la fiebre, sino la punta de la pirámide, pequeña y de oro ausente porque lo robaron hace siglos los saqueadores de tumbas), carros, cachivaches que los faraones se llevaban a la tumba para no aburrirse en la eternidad. Lo más conveniente y práctico es pasar allí el día, con una pausa para comer en el restaurante. Un guía diligente y erudito es aconsejable. Con esa visita y las pirámides de Guiza tiene uno suficiente para dos o tres días, y luego, coger el crucero rumbo al sur y visitar lo que uno quiera a la hora que le dé la gana. La alternativa es subirse a un caballo o a un dromedario y recorrer el país de norte a sur como un jenízaro de esos que pintó Goya atravesando cristianos madrileños el 2 de mayo de 1808.
Un detalle curioso, las cartelas del museo están en árabe, en inglés y en chino. Esto sugiere quién ha pagado el trabajo.
Cena en la casa del juez y zoco-circo nocturno
Entre las visitas a la capital, hay visitas a una fábrica de perfumes y a una fábrica de papiros, donde te explican detalles que yo me salté por falta de interés.
Me paseé por los alrededores a la busca de escenarios más auténticos. Es la ciudad antigua, con edificios que fueron dignos hace décadas, y que ahora son restos arqueológicos modernos. Los bajos están ocupados por restaurantes, cafeterías, tiendas para turistas, y también objetos de lujo, joyerías, boutiques, y un concesionario de automóviles fantásticos para jeques y emires. No los imagino yendo a buscar cochazos a un barrio en ruinas.
La cena es en la Casa del Juez, un cadí de hace siglos que vivía en un palacio recuperado por la modernidad turística. Las mesas están en la terraza que da a un patio, donde se desarrolla una juerga con características de tablao. Algo en la música que interpretan suena a flamenco, jipíos y salero. Cherie te quiero, cherie yo te adoro… y tal. Luego sube al escenario un derviche giróvago y se lía a dar vueltas y vueltas al ritmo creciente de las gaitas y los panderos. No para en toda la cena. Ganarse el pan en Egipto tiene mucho mérito.
Y al salir a la calle, recorremos el zoco-circo. Más giróvagos, saltimbanquis, tipos disfrazados de seres de Blade Runner. Y cairotas que te venden lo mismo que en los rastros de los templos y pirámides. ¡Y globos! ¡Y algodón dulce! para los niños, que zascandilean por allí.
Es medianoche, y la juerga no parece menguar. “¿Estas personas cuándo duermen?”, preguntamos a Mido. “No duermen.” Ni ellos ni los vecinos, porque la escandalera es monumental, como casi todo en Egipto. Las calles hierven de locales y de turistas.
Un día sin turismo gregario
Nos avisa el guía de que al día siguiente hay que levantarse a las seis y media, si uno quiere desayunar, para ir a Sakkara por la mañana, al palacio de Saladino y al barrio copto.
Yo me quedo en la cama hasta las nueve, bajo a desayunar en los lujosos salones del Hilton. Es una lástima que me tenga que limitar a yogur e infusión, porque las viandas son harto apetitosas. Anoche, cuando llegamos, nos encontramos en el ascensor a hembras jóvenes de generosas carnes, que se cubrían poco con una tela satén o terciopelo. Efectivamente, son lo que parecen.
Me encuentro con Antonio e Isabel que también se han abstenido de madrugar. Me proponen recorrer la ciudad en un Uber. Me apunto. Mientras llega el chófer subo a la habitación a tomar apuntes que me han servido para esta crónica. Me llama el amigo Juan a la habitación y me dice que el del Uber no ha aparecido y que se van a dar un paseo. Me excuso porque estoy a medias en mi trabajo de recopilación.
Luego me echo a la calle con mi cámara disimulada en una bolsa. Voy a ver cómo reacciona el personal. Tomo escenas cotidianas sin problemas. Me han dicho que algo más adelante hay un zoco popular, es decir, para locales. Paso delante del edificio de la radio televisión egipcia, custodiado por una verdadera fuerza armada. Debajo de uno de los pasos elevados está el zoco. Es inmenso. Se vende de todo: ropa, cacharros de rastro, electrodomésticos, frutas y verduras de excelente aspecto, y carne y pescado que no sé de dónde vendrán.
Tomo fotografías sin que nadie se inquiete ni me inquiete. Me pregunto qué sucedería si yo fuera una mujer occidental o un transexual kamikaze. ¿Me tocarían el culo?
Regreso al hotel tan entero como salí de él. La verdad es que en una sociedad tan vigilada por la policía turística y la otra, la de verdad, delinquir es una temeridad. Pero más vale ir acompañado de un cairota, más que nada para no perderse en una ciudad gigantesca.








El aeropuerto
Los aeropuertos suelen ser ámbitos neutros que albergan personas en tránsito, algo así como fantasmas que se van sin dejar huella, o que llegan como golondrinas de temporada.
El de El Cairo no es así. Es un tumulto de gentes de todos los colores e indumentarias, obligadas a hacer colas por una variedad de razones, entre ellas la seguridad. En un aeropuerto el ser humano se vuelve dócil, para que le dejen seguir con su vida sin vigilancia policial.
El primer obstáculo es el de la entrada. Has de pasar las maletas (los locales y musulmanes de otros países van con fardos que parecen envolver pedruscos faraónicos) por el túnel radiactivo, y te hacen atravesar un arco detector de objetos prohibidos. Esto es algo enojoso: las mujeres por un lado, los hombres por otro. Al principio parece discriminatorio. Luego te das cuenta de que es una cuestión práctica. Al atravesar el arco te hacen levantar las manos y casi bailar un tango, y si lo creen necesario, te magrean. Así que hay dos arcos para que las mujeres sean magreadas por mujeres. Luego viene el embarque de las maletas y la recogida de billetes. Ahí no te magrean. Y a última hora, muy última (los retrasos son preceptivos), vuelta al túnel radioactivo para los bultos de mano, y al arco no discriminatorio. Los trámites duran una eternidad. Esto te da tiempo para observaciones antropológicas.
Yo bajé al mingitorio, en el sótano, y me encontré a un tipo voluminoso, con la cabeza afeitada envuelto en una enorme toalla de algodón egipcio (supongo). Se lavaba los pies en una tina elevada, y también las manos. Entonces descubrí, al lado de los lavabos, la mezquita, un cuartito donde un clérigo murmuraba oraciones, se arrodillaba, e inclinaba la frente sobre una moqueta que pedía a gritos una renovación. Tras él, media docena de fieles que entraban y salían del cuartito.
Después, vi al tipo de la toalla en el vestíbulo, con un niño de cosa de un año en brazos. Era una estampa entrañable, un señor rollizo, todavía envuelto en algodón, haciéndole carantoñas a la criatura. Su mujer estaba por allí, de negro de pies a cabeza, y la prole.
Me pregunté, ¿pero este tío por qué sigue con la toalla? Y empecé a ver hombres rapados con la misma indumentaria. Alguien me dijo que eran peregrinos con destino a la Meca, donde debían llegar limpios por dentro y por fuera.
La última anécdota del viaje. Al abrir el arco para mujeres, le llegó el turno a una joven española barbilampiña y con bigotito, una mujer ambigua. Le cortaron el paso de inmediato, y le pidieron el pasaporte. No había ningún agravio hacia ella, solo perplejidad. Estuvieron un buen rato deliberando por qué arco la hacían pasar. Al final apareció un guardia con aspecto de autoridad, y resolvió el asunto, para evitar un lío, imagino. En los países musulmanes la exhibición LGTBI es inaceptable. De ahí el desconcierto.
Tomamos un avión atendido con indolencia por una tripulación femenina, también con velo. Volábamos hacia Málaga, un viaje largo. Al cabo de tres horas, el avión se había convertido en un zoco, quiero decir que los pasajeros correteábamos por el pasillo, nos aliviábamos en retretes pestilentes, y las azafatas ignoraban nuestras tropelías con pasmoso desparpajo. El suelo era el de un zoco, por eso lo califico así.
Reflexión final
En mi trabajo en Canal 9 tuve la suerte de viajar por medio planeta. Una de las misiones fue en Kuwait, en agosto de 1991. Pasé por El Cairo. Entonces el turismo se había suspendido en la zona, y el caos lo producían los fugitivos y afectados por la primera Guerra del Golfo.
He vivido cortas temporadas de mi vida en Australia y en Alemania, y algo menos en Francia y en Inglaterra. Lo suficiente para que me domine una idea pesimista sobre el progreso de las naciones. La idea de que las sociedades humanas progresan se impuso a sangre y fuego en la Revolución Francesa, y no se discute. Esto es una triste gracia. Los pueblos se van equilibrando por su cuenta o por la ajena, siempre a pesar de sus gobiernos y de la intervención de fuerzas extrañas.
El Egipto que yo he visto tiene mal remedio. Se encuentra en un estado de caos compartido, pero la complejidad de las sociedades de hoy en día, hace necesario que ese caos se convierta en un orden más o menos igualitario. Esto es difícil de establecer en una sociedad de altísima demografía, una lenta evolución económica, sanitaria, educativa, aunque el petróleo y la agricultura sean fuertes. No es el mayor problema la corrupción, que es la de cualquier país subdesarrollado (y no digo desarrollado como España). La contaminación y la urbanización, tampoco son insalvables. Avanzar en medio de esta jungla de deficiencias e intereses es algo imprevisible. Pero, como digo, las naciones progresan a pesar de sus gobernantes y el egoísmo de sus elites. Yo deseo el futuro más alentador al pueblo egipcio, cuya población sobrevive contra viento y marea con tenacidad, y resistiéndose a las influencias extrañas a su historia y a su cultura.
Dedico esta crónica a mis compañeros de viaje, y les animo a que la comenten y añadan sus valiosos puntos de vista.









Impresionante descripción de todo lo que vivimos y que convirtió un viaje a Egipto en una vivencia inolvidable.
El itinerario, la calidad humana del grupo y la profesionalidad y amabilidad de nuestro guía Mido, hizo que este viaje valiese la pena al 100%.
Buenas noches mi querido amigo Fernando. La verdad es que has hecho todo un resumen de nuestro viaje. Fue todo tan rápido que aún estamos asimilándolo. Fue una experiencia inolvidable, con unos compañeros maravillosos y como ya has comentado, gracias a que tuvimos un gran guía, todo un Cicerone. Es una experiencia que por lo menos una vez en la vida se debería vivir …aunque si te soy sincero, el Nilo y sus gentes me ha conquistado, no descarto volver, pero eso sí, en plan más tranquilo y disfrutar de algunos monumentos sin téner que estar pendiente del reloj..VAMOS HABIBIS
Enhorabuena Fernando! Has plasmado una crónica fiel del viaje. Muchas gracias por este gran artículo.
Besos y abrazos para todo el grupo.