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Historia de la Grecia Antigua Series

¿De dónde salieron los griegos? y 6. Guerra y estilos de vida

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¿De dónde salieron los griegos?

Un resumen combinado de tres libros sobre la Grecia Antigua

Capítulo VI. Guerra y estilos de vida en la Grecia Antigua

Por Waltraud García

Early Greece, de Oswyn Murray, Fontana History of the Ancient World. Londres 1993.

Introducción a la Grecia Antigua, de Francisco Javier Gómez Espelosín. Alianza Editorial. Madrid 1998.

A History of the Archaic Greek World, de Jonathan M. Hall. Blackwell History of the Ancient World. Oxford. 2007.

Empieza diciendo sobre este tema Oswyn Murray: “La guerra es una actividad natural en el hombre, y la mayoría de las sociedades están profundamente afectadas por la necesidad de organizarse militarmente. El estatus del guerrero en la Grecia primitiva y su papel en el mantenimiento y en la justificación complejas instituciones políticas, valores éticos y beneficios económicos se han puesto ya en claro.” (Pág. 124)

Si no recuerdo mal los argumentos de Marvin Harris, el ser humano no es belicoso por naturaleza, sino sólo cuando escasean los recursos y tiene que disputarlos, como hacen todos los animales; el hombre (sobre todo el hombre) no es violento y por eso hace la guerra, es la guerra la que hace al hombre violento, sostiene el antropólogo.

Pero esto no quita para que la guerra sea una de las manifestaciones básicas de la cultura de los hombres, y un elemento de progreso, como sostiene el profesor Gustavo Bueno. Anaximadro, veintitantos siglos antes, también sostenía que el agón, la lucha entre contrarios, es decir, la guerra, era uno de los principios del movimiento.

Murray sostiene que a finales del siglo VIII había en Grecia una industria del metal capaz de suministrar armas. Poco después, al iniciarse el siglo VII los cambios en armas, tácticas y personal militar afectaron a la moral social y a los sistemas políticos. Vamos a ver cómo.

Un siglo después, dice Murray la ciudad estado griega estaba organizada para producir el número mayor de hombres entrenados en la lucha, que resultaron ser los que dominaban la escena política en la ciudad. Se trataba de hasta casi el 30 por ciento de los agricultores y los campesinos libres. Depende de la ciudad, reunían entre tres mil y ocho mil hombres armados.

El equipo estándar era espinilleras de bronce, una cota también metálica, así como un casco que hacía compatible la protección de la cabeza con la capacidad de visión (solo hacia delante), y un pesado escudo convexo y circular, de madera. Las armas eran una o dos lanzas (una, de repuesto) de unos cuatro metros de largo, y una sólida y ancha espada de unos 60 centímetros.

La escasa visibilidad y el peso enorme del equipo estaban compensados por la lucha en formacion cerrada. El escudo de cada soldado le cubría a él mismo y a la derecha del que iba a su izquierda, de modo que sólo el infante que estaba en el extremo derecho de la fila tenía su flanco derecho descubierto, y tenía que protegerlo como podía, por lo general hurtando el cuerpo, y forzando a la fila a cierto giro hacia delante. El equipo militar se llamaba hoplo, de donde la designación de hoplitas a los soldados. Formaban en filas compactas, una detrás de otra, si bien cierta representación en un vaso griego exhibe detrás da la primera fila a un flautista que iba marcando el ritmo. Lo normal eran ocho filas, pero podía haber hasta veinte, depende del momento y la batalla. El entrenamiento y la disciplina eran la base de la posible victoria sobre el enemigo, que combatía como ellos. Estas primeras filas se aproximaban, se empujaban con los escudos, y se tiraban lanzazos o espadazos a las piernas o a la cabeza. Los caídos no eran numerosos en estas circunstancias, porque se daba el caso de que uno de los grupos contendiente rompía filas y huía, con pocas posibilidades de ser perseguidos; se desembarazaban de los pesados escudos para correr más, mientras que los vencedores no se preocupaban de darles caza, dedicados a atender a sus heridos y a desnudar a los muertos enemigos y a tomar prisioneros entre los heridos contrarios, que vendían como esclavos, muy valiosos en el mercado.

Murray se detiene en averiguar cómo se llegó a esta condición bélica, considerando dos posibilidades: paulatinamente, lenta evolución basada en la experiencia de las batallas, o una transición rápida. La primera se presenta como la más probable. Los combates con espadas de hierro y con lanzas de madera con punta metálica son antiguos, con cambios en las dimensiones y el peso de estas armas y de la protección. Pruebas de esta indumentaria hay varias, la más antigua, la tumba del guerrero de Argos, sobre 725 antes de nuestra era, que viene a ser un “pre-hoplita”. Se supone que las cotas de hierro y cuero que protegen el pecho proceden del norte y de occidente, a través de las vías por las que llega el hierro, pero no de Asia, donde el calor desaconsejaba esta armadura. El casco es original de Grecia, y está hecho para el combate en corto y de frente, porque ni permite ver al rededor, ni escuchar nada sereno. Insiste el británico en que ciertas piezas del armamento se utilizaron antes de la formación hoplita. Es en 675 cuando tenemos la seguridad de la existencia de un equipo de combate hoplita.

Los testimonios los toma Murray de los vasos griegos, en especial el llamado de Chigi, que utilizamos como ilustración de este capítulo, vasos datados en torno al 650 a.d.n.e.

A continuación entra el profesor británico en la proyección cultural y política de esta nueva táctica. Es una épica heroica con naturaleza propia, hasta entonces desconocida, y que refleja un mundo más amplio y menos seguro de sus valores, lo que exige de una instrucción moral para la preservación de las virtudes. Es una poética de exhortación en tiempos de crisis, invitando a la generación presente a luchar como lo hicieron sus ancestros. Vincula deliberadamente el nuevo estilo de guerra con los ecos heroicos del pasado. Eso precisamente es lo que confunde a los historiadores cuando tienen que determinar aspectos importantes como la datación del nuevo equipo y las nuevas técnicas. El recurso a documentos escritos, a representaciones, a tumbas, y las menciones de historiadores de la antigüedad dan lugar a conclusiones imprecisas e incluso contradictorias.

En determinado momento de la Iliada se describe un ataque con lanzas en formación cerrada. Los estudios minuciosos hechos en el poema de Homero identificando algo parecido a los hoplitas deducen que se combinan dos estilos de lucha, el de los guerreros señalados, cuerpo a cuerpo, y el de masas en formación cerrada. Puede que Homero esté describiendo un momento de transición. Las ciudades de Jonia, en la costa de Asia Menor, “exportaban” hoplitas a Egipto a mitad del siglo VII; pero otros documentos poéticos describen la lucha a la antigua usanza, arrojando lanzas y luchando en duelos. Es el caso de Kalinos de Éfeso hacia 650, es decir, en el mismo momento, pero los estudiosos dudan que se refiera a hechos comprobados o habituales, y utilice más bien el lenguaje de la épica homérica. En Tirtaios de Esparta, otro poeta bélico, encontramos ya un testimonio indudable de combate de hoplitas, y lo escribe después del 650 a.d.n.e.

El fragmento de la Iliada mencionado antes refiere la tensión previa al combate, cuando los combatientes son incitados a la lucha por los jefes, pegados los unos a otros detrás de los escudos, y tan juntos que al menear las cabezas, los penachos de colas de caballo ondean en el aire.

La ética heroica de Homero se transforma en la ética heroica de los hoplitas. La palabra es areté, que en la épica heroica significa “excelencia”, lo mejor del individuo y de la sociedad. Pero para Tirtaios areté es la fuerza, el coraje, el valor, la resistencia al miedo y al dolor. Y lo hace, subraya Murray, separándola de la vieja y elitista areté de los atletas, que no eran más que los jóvenes hijos de la aristocracia dominante, mientras que para él la areté es atributo de cualquier soldado valiente de la ciudad, a quien el colectivo rinde homenaje tanto si vence y sobrevive como si muere: “un bien común para la ciudad y todo su pueblo”, dice Tirtaios, que inmediatamente habla del “mal común” que ocasionó Paris a Troya al secuestrar a Helena.

Reflexiona Murray sobre el patriotismo de la Iliada, y concluye que los únicos patriotas en el poema son los troyanos, porque los griegos, de diferentes ciudades y orígenes, están atacando la integridad de la ciudad asaltada. La muerte de Héctor, la quintaesencia del valor familiar y público (diríamos hoy), es considerada por el poeta como una triste nueva. Es un llamamiento al patriotismo que Murray define en negativo, pues todo el énfasis se pone en los beneficios materiales de la familia del héroe muerto. Algo que con Tirtaios, como representante de los nuevos tiempos, y, no lo olvidemos un espartano, varía.

“La gloria de luchar por la familia, la noción de que la muerte sobrevendrá cuando tenga que hacerlo y que a los hombres valientes se les honra por sus actos en la vida y en la muerte se encuentran en Homero. Pero es la combinación de estas diferentes ideas en un corto pasaje lo que implica, sin decirlo con claridad, que la muerte al servicio de la comunidad es gloriosa en sí misma”. (Pág. 135)

Me va a permitir el intachable profesor Murray que dude de que algo que se dice “without stating it openly” admite tantas interpretaciones, que la suya es una más.

Sea lo que sea, el caso es que en la época de Tirtaios se ha establecido ya un nuevo principio, el deber del individuo para con el estado. De la ética competitiva de Homero se ha pasado a la ética cooperativa de la Grecia clásica, y esto explica el desarrollo filosófico y político de los pueblos de la Hélade. Al principio el patriotismo se limitaba a la esfera militar, pero ahora el patriotismo reemplaza a la búsqueda del honor individual. Murray habla incluso de sentimiento de clase de los nuevos guerreros: en el campo de batalla el nacimiento y la riqueza ya no valen, comparados con el valor, que hace a todos iguales.

En los próximos párrafos vamos a ver como el profesor norteamericano Johnatan M. Hall aprecia estos asuntos, con un afilado punto de vista académico que es tan riguroso como desconcertante, porque al final el aluvión de datos es tan grande que ni los más eruditos pueden concluir algo firme e inapelable.

Empieza Hall citando un informe del estado mayor persa, vamos a llamarlo así, al rey Jerjes, sobre la forma de guerrear de los griegos. Recordemos que se estaba preparando “la invasión” a la Hélade. El general Mardonio explica que los griegos se comportan como idiotas en la guerra. Se citan en un llano, se exhortan, y arremeten en formación cerrada hasta que una masa rompe filas. Es una forma inepta de hacer la guerra, dice, y produce muchas bajas. Hall coincide con Murray en lo contrario, el número de caídos en estas batallas era bastante bajo.

La cita es de Herodoto, que era griego, y señalaba la falta de dignidad de los persas. Hall atribuye esto a algo que nos ha dicho ya Murray, “como en tantas otras áreas de la historia de la Grecia Arcaica, el tratamiento de la guerra se basa con frecuencia en la retroproyección de elementos bien conocidos en la época clásica.” (Pág. 155)

Recuerda el armamento o panoplia de los hoplitas (al parecer hoplita viene de hoplón, el escudo, aunque muchos considera que significa “armado” simplemente), y lo escribe como ya lo conocemos. Cuenta que antes de la batalla se hacían sacrificios y se hacían discursos motivadores, y las dos partes avanzaban una sobre la otra a paso ligero hasta el choque u othismós Esta primera fase era decisiva y duraba poco. Rotas las filas, los combates se personalizaban, aunque lo más común era la huida de una de las falanges, tirando el armamento al suelo para correr más rápido.

En otras palabras, era una acción ritualizada y sometida a leyes no escritas. Los expertos dan en suponer que todo ello es una consecuencia derivada de la batalla de Maratón contra los chulitos persas. Pero entonces, se pregunta Hall, ¿cómo y cuando aparece la táctica hoplita en Grecia?

Emplea un buen puñado de páginas con documentos, como buen académico. Recurre a los textos épicos, a los líricos, a los históricos datados en diferentes épocas, a los restos de cerámica, y a otros elementos arqueológicos, para llegar a la misma conclusión que Murray: es difícil (o imposible) datar el inicio de la táctica hoplita, y también es dudoso vincularla a la “democratización” de la sociedad griega, que, necesitando guerreros, da participación a los ciudadanos o a los agricultores, en las decisiones políticas. El caso de Esparta, por ser una sociedad alejada del método democrático es una de las pruebas de la excepcionalidad de estos argumentos sobre la igualdad de los griegos en la polis y en el campo de batalla. Los espartanos se llamaban a sí mismos homoioi (los iguales), pero para luchar empleaban un ejército de servidores sometidos a ellos, los hilotas, que participaban no se sabe bien cómo, en las batallas.

En definitiva, hay multitud de referencias textuales, gráficas y arqueológicas (tumbas), y esto da lugar a multitud de interpretaciones de los académicos que estudian el fenómeno.

Uno de los debates es el papel de los hoplitas, una especie de emergente clase media, recordemos, en la aparición de los tiranos, cuya característica es su populismo, es decir, que se oponen a la nobleza dominante.

“De la noción de que la participación en el combate ampliaba el número de quienes tenían derecho al voto en, es lógico deducir que la participación de la infantería en las decisiones políticas era una consecuencia de haber suplantado una elite previa de caballería. Pero, como hemos visto hay muy poca evidencia independiente de la existencia de monarquías en la Grecia antigua, y es también claro que —excepto en Tesaia— las unidades de caballería especializadas fue un desarrollo del periodo arcaico final o del periodo clásico, más que una reliquia fosilizada de una forma precia y elitista de hacer la guerra.” (Pág. 158).

Se suele decir que los tiranos se sirvieron de los hoplitas para acceder al poder, algo que no se menciona en ningún documento de la época. El profesor Hall pone el ejemplo de Pisístrato, que sobre el año 560 antes de nuestra era tomó el poder en Atenas con la ayuda de cincuenta “guardaespaldas” armados con garrotes. Es decir, no eran hoplitas, sino sicarios.

En definitiva, insiste Hall, es una conclusión ideológica no documentada que el método bélico de los hoplitas está relacionado directamente con un igualitarismo que se supone la raíz de la polis.Si bien queda claro que la obligación de defender la polis no puede ser disociada de la participación en su gobierno, una clase media de agricultores y ciudadanos.

Terminamos esta serie con una breve referencia a Esparta, en la que Hall se extiende para sembrar más dudas sobre lo que se ha dicho. En resumen la idea es que los espartanos realizaron guerras contra los mesenios y los laconios en la península del Peloponeso, primero de conquista y luego contra rebeliones. Las noticias que dan de ellos diversas fuentes conducen a diferentes conclusiones. Que los espartanos sometieron a los mesenios y los convirtieron en hilotas, servidores que trabajaban para los homoioi, dedicados a la poesía ya al la guerra, viene a ser relativamente cierta. Pero la forma y el tiempo en que esto sucedió no parece tan claro. Hubo mesenios que huyeron del Peloponeso y establecieron colonias, y ayudaron al cabo de los años a que los que permanecían en su tierra consiguieran liberarse de los espartanos.

La Grecia Clásica empieza a funcionar sobre las bases de todo lo que hemos venido contando en esta serie. Es un periodo demasiado complejo, porque es preciso hablar con copiosos documentos sobre Atenas. Pero también sobre un numeroso racimo de ciudades, que así mismo fueron poleis, según se deriva de los libros de Aristóteles perdidos sobre su historia y su constitución política. Sólo se conserva la “Constitución de Atenas”, y todo lo que los historiadores griegos relataron de sus patrias y de la Hélade en su conjunto.

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