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Agricultura y Naturaleza La botánica de Rafael Escrig Series

Las Alameditas de Serranos

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La Botánica de Rafael Escrig (41)

Los jardines históricos de una ciudad, tienen dos componentes inseparables: su historia y la propia vegetación que los puebla. En los jardines que hemos visitado hasta ahora en nuestra ciudad, hemos podido ver esas dos vertientes, la histórica y su particular vegetación. Hemos visto los robustos y añosos Ficus del Parterre y la Glorieta, los nada desdeñables ejemplares de la Alameda, recordad su preciosa Maclura pomífera, única en toda Valencia, también las esbeltas y poco comunes Washingtonias filiferas de los Viveros, etc. En las Alameditas de Serranos, no encontraremos ningún árbol destacable, ni por su edad, ni por su especie, sólo esa Acacia farnesiana que comentaré más adelante. Sin embargo, toda la importancia de estos jardines recae en su historia y en la de su entorno y esa es la que, brevemente, vamos a conocer antes de hacer un repaso a su vegetación.

INTRODUCCIÓN HISTÓRICA

Las poco conocidas Alameditas de Serranos se extienden a lo largo de la orilla derecha del río, desde el Puente de San José hasta el Puente de la Trinidad, frente a las Torres de Serranos. Se trata de unos jardines de estilo romántico valenciano cuya historia, aún menos conocida, deviene del lugar en que están ubicados: por una parte la calle Blanquerías, que ahora explicaremos sus antecedentes y por la otra, el río Turia con los dos puentes que flanquean las Torres de Serranos: el Puente de San José y el Puente de la Trinidad.

Primitivamente, la calle adyacente a las Alameditas, la calle llamada de Blanquerías, era donde tenían sus talleres el gremio dels Blanquers. Allí se curtían las pieles aprovechando el terraplén existente hasta el río y el curso del segundo brazo de la acequia de Rovella. Los trabajos de curtiduría ya se hacían en época musulmana y continuaron en el periodo cristiano hasta principios del siglo XVI en ese mismo lugar. Estas blanquerías, o tenerías, en todas las ciudades se establecían siempre fuera de las murallas, por el pestilente olor de los cueros. En las de Valencia, se abrió un portillo en la propia muralla para acceder hasta los talleres. Por ello, la muralla cristiana que mandara construir Pedro el Ceremonioso (Pedro IV de Aragón y II de Valencia. 1336–1387) en el siglo XIV, en el tramo al que nos estamos refiriendo, se llamó Mur de la Blanqueria, y de ahí su nombre actual.

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