Asediar al Estado
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Asediar al Estado no es tarea sencilla. El Estado tiene una fuerza muy poderosa para defenderse, y resulta imposible contrarrestarla, a no ser que el Estado se haya debilitado mucho y la fuerza subversiva sea equivalente y cuente con una organización sólida y eficaz. No es el caso de la juventud rebelde europea.
Fernando Bellón
El Estado falsario, convertido en el proveedor absoluto de las necesidades de la población, que paga el servicio con los impuestos y los votos, incluso ese Estado, que menoscaba la capacidad del ciudadano mediante la extorsión y el engaño, es capaz de mantener el orden público y alentar a la vez el alboroto.
Cuando llega el momento preciso, el Estado actúa.
Es lo que ha sucedido en las ciudades españolas víctimas del saqueo el fin de semana pasado. La policía ha hecho su trabajo de información, de detección y detención, ha construido una barrera eficiente, y se acabaron los tumultos.
Las informaciones que nos llegan de Francia no son tan optimistas, pero lo cierto es que las fuerzas del orden han contenido la rebelión y la han reducido a mínimos.
Esta diferencia es llamativa. ¿No han podido o sabido hacerlo igual que en España?
En España vivimos una crisis insólita promovida por un gobierno de cleptócratas, bandoleros, trileros, nepotistas y amiguistas, que jalea su progresismo y saquea a los ciudadanos. Esto es empujar el Estado al borde del abismo. Pero en Francia llevan décadas en un callejón sin salida promovido por una inmigración musulmana enquistada en guetos, un desenfreno presupuestario (allí siempre se votan los presupuestos, porque los presupuestos causaron una revolución sangrienta hace doscientos treinta años), un déficit desbordante, un deterioro de las condiciones de vida y una crisis moral de oscura causa y deletéreas consecuencias.
El Estado moderno ha sido la piedra angular de la democracia parlamentaria y también de las dictaduras europeas. El Estado nacional, que se derivó de las revoluciones del siglo XIX se está descomponiendo. La internacionalización de las economías, de las industrias, de las finanzas gracias a unos saltos gigantescos en la tecnología y en el transporte de mercancías y servicios, desestabiliza los aparatos estatales. Y a la vez vacía la democracia parlamentaria.
En artículos escritos por columnistas y expertos (no siempre son los mismos) se habla de una falsa emancipación ciudadana, en la que se ha reemplazado el discurso político por los eslóganes, que son más eficaces que el conocimiento de los programas para ganar votos.
¿Qué discurso político? El discurso político dominante hoy en Occidente tardó más de un siglo en articularse. Se ha matizado mucho, se ha diversificado (hay variedad de democracias), se ha recortado, se ha vuelto confuso y está a punto de desarticularse. Tanto que a veces parece que sea el disfraz de un Estado fallido.
Vivimos un periodo de lío ideológico en el que lo único que importa es conservar el voto, la urdimbre de la democracia parlamentaria, y soportar los desórdenes promovidos por la falta de eficacia de un Estado al que la democracia le importa un carajo.
Esta derrota (en todos los sentidos) terminará por materializarse. Hay cantidad de novelas de ciencia ficción que han retratado el futuro que nos espera. Es posible que alguna de ellas haya dado en el clavo. El nudo del asunto es equilibrar la libertades con un gobierno fuerte y eficaz.
Si todos nuestros problemas se redujeran a estas disquisiciones filosóficas…
Pero en España estamos pasando por un calvario (¡tendrá morro el ministro de poner delante de las narices de los fallecidos en Urda su calvario personal!) de desastres, catástrofes ferroviarias en Adamuz y en Urda, con más de un centenar de muertos, invasión de Ceuta, con más de cien ahogados por verdugos militares marroquíes, inundación en Valencia con más de doscientos muertos abandonados a su suerte porque vivían en una región gobernada por la derecha, apagón nacional sin explicación conocida, inflación y deterioro de las condiciones de vida producidas por ocho años de un gobierno progresista que para mantenerse en la Moncloa decide amnistiar a golpistas…
Esto no son disquisiciones, son hechos, son tragedias. Y los españoles somos autores y perjudicados. No cabe esperar de instituciones extranjeras ninguna ayuda a nuestras aflicciones. Y seremos los españoles los que decidamos qué hacer con el gobierno de los españoles. Tenemos menos de un mes para meditar lo que haremos con nuestro voto, el único recurso a nuestro alcance para mantener en sus railes democráticos algo que puede salirse de la vía si nos descuidamos.
