La Transición nada y no se ahoga
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He visto una representación de “Carmen, nada de nadie”, sobre el papel de Carmen Díez de Rivera en los primeros años de gobierno de Adolfo Suárez. Una buena dramaturgia, aunque discutible, una interpretación no del todo convincente y una sala llena hasta la bandera, con una media de edad en torno a los 65 años.
Fernando Bellón
Una generación complacida en rememorar un tiempo público que protagonizaron (protagonizamos), mirándolo ahora desde la sala de butacas.
Es este el mayor mérito de la obra, unos personajes que hablan en la Moncloa y en la Zarzuela sin mediaciones ideológicas, sin filtros, se dice ahora. Bueno, hay mediaciones ideológicas, pero no son panfletos o falsedades.
Rememorar la Transición es hoy un ejercicio controvertido. A los que la vivimos con entendimiento, tomando partido (a veces demencial) nos pasma la ignorancia supina y el desparpajo, la hipocresía y el cinismo de quienes o no habían nacido entonces o eran unos niños.
Me resulta sorprendente escuchar a parlamentarios vándalos hablando de las traiciones de la Transición. Yo compartí esa sensación entre el 75 y el 80, era un bárbaro partidario de la ruptura. Yo, como tantos otros camaradas, estaba convencido de que a Franco debía sucederle un eurocomunismo tranquilo, absurda aspiración. De estirpe carrillista, mudé a un radicalismo contagioso hasta que empezaron los bombazos, los crímenes, el horizonte se tornó negro, y el precipicio que le separaba de nosotros se tiñó de sangre. Entonces me asusté, y me volví sólo progre.
Escucho hoy a los denigradores de la Transición con los argumentos que solíamos emplear los rojeras inconsecuentes, y me salta a la cara mi espejismo de antaño. ¿De dónde habría sacado yo, de familia católica y de derechas, que los españoles necesitaban una revolución? No me consuela ser uno de tantos desamparados y descarriados. El caso es que millones de españoles decidieron lo contrario, por fortuna. Se mantuvieron en esa posición moderada y moderadora, a pesar de la sangre vertida por terrorismo y separatismo. Cabe pensar que si fue así, la revolución era imposible. Y ahora, mucho más imposible.
También es preciso averiguar por qué cincuenta años después hay millones de personas que votan a quienes predican la vuelta a la Guerra Civil.
“¡Ah, no! A la Guerra Civil quieren regresar solo los fachas, lo que queremos los progres de izquierda es una hermosa, pacífica y nueva revolución que vuelva a la sociedad al lado correcto de la Historia”.
¡Y se quedan tan tranquilos! La mayoría aplastante son familias sin problemas económicos, funcionarios, profesores, profesionales del derecho o del medro, personas educadas, orgullosas de su nobleza no tan intrínseca, porque excluyen de raíz a los que no piensan como ellos, fachas y ultrafachas: los que votan a la izquierda.
Al final de los años setenta encontré trabajo como “confeccionador” o maquetista del diario “El Alcázar”, entonces el portavoz del Búnquer. Tenía mujer e hija y era preciso trabajar donde se hallara empleo.
En “El Alcázar” estaba al corriente de los tejemanejes del Búnker. Me refiero a su aparato ideológico. Quienes lo llevaban a cabo eran personas corrientes, no tenían ni rabo ni cuernos, poseían una buena formación profesional, cultura cultivada durante el franquismo, al que consideraban un periodo histórico excepcional. Y también tenían sentido del humor.
Yo nunca me sentí mal tratado o agobiado. No sé si conocían mi pedigrí izquierdista, pero si lo sospechaban yo no lo notaba. En definitiva, me lo pasaba bien.
Traigo a colación este episodio, que yo intentaba ocultar en todas partes, por una de las facetas de la Transición, hoy llena de sentido.
La mayoría de los comunistas y luego socialistas atravesaron la Transición administrando con ingenio y astucia su currículo. Construyeron la Transición y se aprovecharon de ella. Eran legión, y hoy son pocos sobre todo por razones de edad.
Por mi parte, no sólo me deslicé con holgura y facilidad por la Transición, sino que he acabado en las filas de los fachas. No somos pocos, en especial colegas míos.
Y he aquí, que estamos utilizando parecidos argumentos a los que sacaba en sus páginas “El Alcázar”, cincuenta años después. La Transición fue una maravilla porque escapó de la ruptura predicada por los radicales de la época, no todos comunistas. Fue el mayor milagro de la historia moderna de España.
La razón de su éxito fue que se fundió con el franquismo para superarlo, reemplazarlo y poner España en los raíles de la democracia parlamentaria. La Transición es heredera del franquismo, si hubiera intentado suplantarlo, romper con él, nos habríamos ido todos al traste. Por qué no nos fuimos, se debió más al pragmatismo de las elites políticas y a que pocos españoles deseaban quedarse en el pasado o saltar sobre un abismo rojo y negro a la vez.
Hay multitud de análisis sobre la preponderancia de la ideología “progresista”. Las comillas delatan que el progresismo y la izquierda son una falacia de la que comulgan miles, quizá millones de personas. ¿Por qué? Se ponen el pañuelo palestino e ignoran a propósito que en las sociedades musulmanas cualquier intento de distanciarse de la indumentaria y la moral islámica se castiga sin piedad. Se declaran homosexuales, transexuales, librepensadores, cualquier cosa, pero no se les ocurre ir a Gaza, a Marruecos, a Argelia, a Gaza, a Sudán, etc. con la misma prédica.
¿Por qué se acogen al cinismo o a la hipocresía y lo niegan al mismo tiempo? ¿Sobre qué argumento sostienen que la “derecha y la ultraderecha” lo privatizará todo en beneficio de las clases altas? Solemnes idioteces en las que navegan con soltura, hasta que empiecen a embarrancar.
No sé si viviré para verlo, pero muchos de los progres militantes de hoy acabarán avergonzándose de su idiocia, aunque no reconocerán su responsabilidad en destruir la sociedad en la que viven, en la que vivimos todos.

Fernando. Muy interesante tu análisis, tu visión del fenómeno de la Transición española que ahora se quiere o se intenta defenestrar desde posturas ideológicas ignorantes del proceso post franquista. Y por último los textos que mencionas del historiador Moa despiertan mi interés. Gracias.