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Agrofever: Susana y Manuela

Agroecología Entrevistas

Agrofever: Susana y Manuela

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La agricultura ecológica es un arte, somos artesanas

Susana Ferrando, 35 años, nacida en Godella, es doctora en Filosofía, con una tesis sobre el Feminismo. Manuela Molina, 36 años, es de Almería y es titulada en Trabajo Social. Cada una de ellas ha trabajado en su campo profesional durante algún tiempo. Se conocieron en las acciones de movimientos sociales de carácter reivindicativo. Y desde hace un lustro labran, siembran y cosechan juntas en un proyecto de agricultura ecológica en l’Horta Nord de Valencia, en el término municipal de Godella. El proyecto tiene el nombre de Agroféver.

Además de practicar la agricultura ecológica, Susana y Manuela mantienen la bandera de la agroecología, que es un paso más, un compromiso con la producción y venta local, la promoción de los pequeños agricultores y de las asociaciones de consumidores que comen sano y dan de comer a los que hacen crecer verduras y frutas sin contaminantes en las huertas próximas a las ciudades.

Reconocen que cultivar un campo no es cuidar un jardín, que pagaron las consecuencias de su escaso conocimiento, pero que aprendieron a conciencia, porque tuvieron que “comerse” los primeros errores y esperar un año para resolverlos. Su consejo es empezar con poco y definir bien el proyecto ecológico, con certificados, o basado en la confianza y el compromiso social entre el productor y el consumidor. No obstante, para ellas, lo fundamental es la sostenibilidad del proyecto, que avance, que se convierte en un sostén sólido de vida. Lo que peor llevan son las trabas administrativas que hacen poco viable la agricultura ecológica, que en lugar de proteger al que cultiva sano, le penalizan, y facilitan las cosas a quien utiliza productos fitosanitarios potencialmente venenosos.

En la fotografía, Vicente Ros, Susana Ferrando y Manuela Molina. El primero es un voluntario de la Cooperativa Integral Valenciana, que les ayuda en algunas tareas.

Entrevista y fotos realizadas por Fernando Bellón.

Los agricultores mayores de la agricultura convencional son grandes maestros.

Nosotras tenemos muchísimas obligaciones y pocos derechos. Tienes que demostrar que no envenenas.

Quienes deberían estar vigilados son los agricultores que emplean productos que producen o aceleran determinadas enfermedades.

Es necesaria la voluntad política de los gobiernos locales, autonómicos y nacionales para hacer un trabajo de concienciación, de educación sobre los beneficios de la agricultura ecológica

Manuela Molina.- Vine a Valencia de Almería, donde había estudiado Trabajo Social, hace ocho años, en uno de esos momentos de la vida en que vas buscando lugares que te aporten, proyectos que te aporten. Vine a pasar un verano, porque se me ofreció un proyecto de trabajo social con menores en Paterna, debido a mi formación en la materia.

Susana. Yo antes preparaba el doctorado en Feminismo, soy licenciada en Filosofía. Pero mi relación con la huerta es familiar. Mi padre y mi abuelo siempre han tenido naranjos en Godella. También he estado vinculada a la agricultura a través de las luchas sociales en defensa de l’Horta desde hace 20 años. Tuve la gran suerte de vivir la experiencia colectiva de defensa de la Pedanía de la Punta,  hace ya 12 años. A mí aquello me tocó mucho porque, por un lado, nos dimos cuenta de lo la capacidad de los poderes hegemónicos para destruir algo; en este caso el Ayuntamiento, el Puerto y la Hidroeléctrica, grandes organismos. Al final acabaron arrasando la Punta. El pretexto fue la construcción de la ZAL, la Zona de Actividades Logísticas, una ampliación del puerto para apilar contenedores. Aquello no se ha realizado después de 12 años, pero se cimentó todo y se destrozó la huerta. Los que hemos vivido esto no lo contamos como una derrota, porque nos enseñó la manera de organizarnos colectivamente, en movimientos sociales y vecinales. Fue una experiencia muy chula de resistencia, y de tomar conciencia de lo que era luchar por la defensa de l’Horta.

Así que a mí se me metió en la cabeza que una de las maneras de defender la huerta era trabajándola. Aunque he de subrayar que no me hice agricultora desde una perspectiva política; a mí me gusta la huerta y de hecho estoy muy contenta con mi trabajo al aire libre, en un proyecto de agroecología que nos creemos. Hoy en día es un privilegio poder trabajar en lo que te crees y te gusta.

El Gran Salto hacia delante

Susana. Antes de dedicarme a la agricultura estuve trabajando en una asociación feminista varios años por las tardes, y eso me permitía estudiar y participar en las luchas sociales.

Cuando acabé el doctorado, decidí que era el momento de empezar un proyecto laboral de autoempleo. La alternativa era quedarme en la Universidad, hacer el CAP, el Certificado de Aptitud Pedagógica, y convertirme en profesora, algo que no me apetecía, no tenía vocación. Lo que me apetecía era empezar un proyecto de agricultura ecológica en la huerta de Godella, donde mi familia tenía tierras, estaba cerca de casa. Eso fue con treinta años, porque llevo cinco dedicándome profesionalmente a la agricultura.

Manuela. Aparte del trabajo social, he tenido muchísimos trabajos. Y en una de las ocasiones que me quedé en paro, estaba cerca de Susana, que me contagió. Nos conocíamos desde hacía algún tiempo, de los mismos movimientos sociales, principalmente el feminismo. En aquellas circunstancias contaba con tiempo libre. Al principio, empecé a venir de manera voluntaria, como mucha gente que se termina acercando a este tipo de proyectos. Y estando aquí, me empezó a picar el gusanillo, que ya tenía, porque provengo de una familia de campesinos, aunque no en un ámbito como la Huerta de Valencia, que tiene su idiosincracia particular, poco comparable con otro tipo de agricultura… Así que me fui, digamos que enamorando poco a poco de la Huerta de Godella, del proyecto; y fui implicándome cada día un poquito más. Llevo cuatro años, uno menos que Susana. Ella abrió el camino y yo dije, venga me voy contigo.

Una huerta no es un huertecito

Manuela. Empezar como lo hicimos nosotras, con poco conocimiento científico, y procediendo de profesiones ajenas al mundo de la agricultura, aunque lleváramos el campo en los genes y en el corazón, tenía unas consecuencias: éramos novatas de verdad. No se trataba de un huertecito. Las dimensiones de estos campos requieren formación, la que normalmente se adquiere en la infancia en casa de una familia de agricultores. Así que apostamos por empezar con poca formación, y confiar en que la experiencia nos enseñaría.

Teníamos la suerte de estar en una de las mejores escuelas, la propia Huerta, l’Horta. Aquí tenemos a los grandes maestros, que son los agricultores mayores. Pasan los días, los meses, las estaciones, los años, y ves los ciclos de la naturaleza. Lo que ignoras, lo preguntas, porque la gente de aquí es afable, a medida que va tomándote confianza. Poco a poco te das cuenta de que tienes ahí a los grandes científicos de la huerta, que no están en las universidades, aunque allí también los hay. Estos son científicos anónimos.

A pesar de que ellos hagan cultivo tradicional

Manuela. Efectivamente. Pero también hay otros compañeros que se dedican a la agricultura ecológica, organizados en asociaciones como Ecollaures http://ecollaures.jimdo.com/ o movimientos reivindicativos de l’Horta. Hemos conectado con las dos opciones, y hemos cogido las dos perspectivas. Hay quien se gasta 10.000 euros en un máster, o yéndose a Brasil diez años. Nosotras nos hemos gastado las manos, el cuerpo y el alma en formación práctica. La elección del camino ha sido nuestra. Quizá hemos perdido dinero y a veces tiempo… porque la huerta tiene una cosa, cuando te equivocas, para poder solucionar el error tienes que esperarte al año siguiente, el error te lo comes. Son soluciones dolorosas. Pero van pasando los años y vas adquiriendo experiencia. Todavía estamos en ello.

¿Qué aconsejaríais a un joven principiante en la agricultura ecológica, desde vuestra experiencia?

Susana. Hay que empezar con poco. Nosotras ahora llevamos seis campos en marcha y hemos recorrido un camino. Las dudas de quien empieza son siempre las mismas, qué cultivo y dónde lo vendo. Al principio da miedo porque no conoces el proceso. La clave está en plantearte bien el proyecto. Por ejemplo, qué tipo de venta quieres hacer, una variedad de verduras para distribuir localmente en cajitas, venta directa, “canales cortos de comercialización” es como se dice, para evitar intermediarios; intercambiar con otros agricultores que tengan lo que tú no cultivas, para incluirlo en las cajas que vendes. O dedicarte a menos productos, cuatro o cinco y ver dónde lo puedes comercializar. También te tienes que plantear, si trabajas en ecológico, qué tipo de certificación vas a tener. Hay gente que, al dedicarse a la venta directa, piensa que es importante la confianza entre productores y consumidores, y no hace falta certificado. Luego hay otra alternativa, los sellos sociales participativos, una modalidad que está surgiendo en Andalucía, Cataluña, el País Vasco. Son sellos que surgen de un compromiso social: asociaciones de productores y productoras y consumidores y consumidoras, y algún otro colectivo implicado en la agroecología, como por ejemplo, en Valencia, Per l’Horta, la Universitat d’Estiu de l’Horta, profesores y profesoras de la Universidad, comprometidos con esta recuperación de l’Horta, y de producir alimentos sanos y sin contaminar. Se trata de un aval social que surge desde la base, sin organismo institucional que avale el sello. Y luego está el sello oficial, en manos de los gobiernos autonómicos, en el caso de Valencia el  CAECV (Comité d’Agricultura Ecològica de la Comunitat Valenciana), que tiene un precio, pero que te permite acceder a subvenciones. La gran realidad es que la agricultura ecológica es un arte, somos artesanos, no contaminamos, estamos haciendo un proyecto comprometido, porque es muy fácil sulfatar, se puede ver por aquí, y no vienen grupos de personas, sino uno solo con un tractor……

Básicamente se trata de decidir qué canal vas utilizar para saber dónde vas a vender, y luego no agobiarte, porque hasta que no tengas el producto puedes ir investigando dónde vas a hacer esa venta. Cuando tienes la calabaza o la sandía o las patatas es cuando realmente te mueves. Se trata de hacerse un plan de venta. Yo empecé con un amigo, Albert, que trabaja en Carpesa desde hace varios años, y que había acumulado más experiencia en agricultura ecológica. Mediante él empece con la cooperativa Aigua Clara en Alberic.  Pero claro, Alberic está distante de Godella. Sin embargo, me sirvió para salvarme del miedo escénico, ese de por dónde empezar. Luego fui evolucionando, y me decidí por el modelo de cajitas, venta directa. Cada uno encuentra sus recursos. El secreto es la planificación y no empezar con algo grande. Yo empecé con una huerta de tres anegadas hace cinco años. Cultivaba la mitad. Poco a poco vas venciendo los miedos.

Ahora tenemos alrededor de 18 anegadas, una hectárea y media más o menos. Y a lo que aspiramos es a vivir dignamente de esto. No queremos crecer por encima de todo, sino llegar al momento en que veamos que la producción nos da para vivir; y nos está costando, es la parte agria, gris del proyecto, una inversión en busca de la rentabilidad. Nuestra filosofía es un crecimiento paulatino, y en el momento en que dos personas podamos vivir dignamente, nos consideraremos satisfechas. Nuestra producción básica es verdura variada. Y como empecé con mi padre, tengo una hanegada de naranjos que transformé en ecológicos, para que entrara conmigo y se lo creyera, que no fuera tan escéptico. Ha sido un proceso bonito, ahora está encantado, nos apoya tanto en la verdura como en los naranjos. Esos son los dos productos básicos, naranja ecológica y verdura.

La Constancia es un valor apreciado

Manuela. Yo creo que no nos entendían, y aún nos siguen sin entender. En nosotras se juntan varias cosas. Una es la agricultura ecológica, dentro del marco de la agricultura convencional, y otra es el ser chicas y jóvenes, las únicas en esta contornada, donde los agricultores son hombres y mayores. Mi caso es todavía mas peculiar, porque no soy valenciano parlante, una forastera. Tenía bastantes cartas como para ser poco aceptada o comprendida. Se notaba tirantez, distancia en el trato, frialdad y otros adjetivos similares. Lo que pasa es que la constancia es un valor. Pasan por aquí y dicen, “Collons, estáis todo el día recogiendo”. Ven que podemos vivir de esto. Y de ese modo vas ganando puestos en su estima. No quiere esto decir que estemos ya en la tribu, seguimos construyendo una relación. Ellos, al ver que vas viviendo y, sobre todo, que estás trabajando de continuo, que no es algo pasajero, se van acercando las posturas.

¿Os consideráis pioneras?

Susana. Hemos vivido una época en la que podía parecerlo. La verdad es que no somos ni las únicas ni las primeras, porque hay mucha gente joven como nosotras que había roto el hielo de la agricultura ecológica. Pero en mi pueblo sí que hemos roto nosotras los estereotipos del agricultor: hombre, de familia de campesinos, propietarios de tierra… En cinco años nos hemos ganado el respeto de la población que ha vivido aquí toda la vida, gente mayor que busca un relevo. Ellos mismos se dan cuenta que sus propios hijos e hijas no han querido dedicarse a la agricultura, o nos les han aconsejado que lo hicieran, como ocurrió con mi propio padre, que cuando le dije que me quería dedicar a la agricultura ecológica se echaba las manos a la cabeza: “Una xicona amb carrera… Això és un desastre, no viuràs tranquil·la, ho passaràs fatal, no he aconseguit jo…”. Es otro modelo. Intentamos vivir dignamente de esto, algo que muchos agricultores convencionales no lo están consiguiendo. Sabemos que a nivel europeo, las leyes de la PAC, la Política Agraria Comunitaria,  la reforma agraria comunitaria no está cuidando ni mimando ni protegiendo que se desarrolle la zona mediterránea. Se potencian y se protegen los cultivos continentales, cereales, vid, un poco la oliva. Pero las verduras en estas tierras superfértiles, no les interesan. Se me escapan las negociaciones y los manejos geopolíticos, los intereses con los que juegan, no sé, pactar la pesca con Marruecos, expoliando los fondos marinos del Sáhara, que encima no son de Marruecos. Y a cambio les compran las verduras, las naranjas, lo que se ha hecho aquí toda la vida, a bajo precio, a ellos, un país extracomunitario. Y no podemos competir desde aquí, porque las leyes laborales no son las mismas. Se han cargado las naranjas y las verduras, porque aquí no se puede explotar a la gente. Aunque nos parezca injusto el salario, un contrato de peón agrario sale a seis euros la hora, esos seis euros no los pagan en Marruecos, te lo digo yo.

¿Cuántos agricultores ecológicos puede haber en l’Horta Nord?

Manuela. Conocidos directos, entre siete y diez. Algunos trabajan solos, otros, con dos o tres socios.

Susana. En l’Horta Nord hay proyectos ecológicos como el nuestro, y también de otra envergadura, el caso de Terra i Xufa, con Enric Navarro. Ellos se han montado una pequeña distribuidora, muy a nivel estatal, sin grandes pretensiones de comercializar muy lejos, pero sí mover más volumen; y complementan la producción propia con la compra a otros agricultores ecológicos para poder vender a grupos de consumo o tiendas en todo el estado español.

Los ecologistas intentamos que el consumo sea local. En Andalucía hay terratenientes que se han metido en lo ecológico porque piensan que hay un gran filón económico. Para mí, eso no es ecológico, es otra cosa. Si se lo llevan a Alemania, muy lejos, pierde la esencia, se añade la contaminación en el transporte.

Agricultura ecológica y agroecología

Aquí se trata de vivir dignamente de tu trabajo. Nosotras hacemos una diferencia importante entre la agricultura ecológica y la agroecología. La agroecología introduce el concepto de prácticas agrícolas no contaminantes, con un valor social añadido, justicia social, comercio local, apoyo a las comunidades locales, un concepto que viene de Latinoamérica y que está relacionado con la soberanía alimentaria.  Va más allá de lo que tú produces, se trata de potenciar todo lo posible las economías agrarias locales, algo que aquí puede parecer algo fuera de la realidad; pero en otras comunidades donde hay expropiaciones de tierras, concentraciones de propiedades, donde la población agrícola ha sido relegada a los suburbios de las granes ciudades, donde se mueren de hambre tiene un gran valor. Es una redistribución equitativa de la tierra, donde se tiene en cuenta la justicia social, por ejemplo, si el agricultor necesita una ayuda, que pague sueldos dignos, que no explote a los trabajadores. Y a esto se añade el concepto de kilómetro cero o proximidad de venta. Esta es la situación ideal.

Ahora bien, ni Manu ni yo nos vemos en una posición de poder juzgar a un agricultor ecológico que se dedique a la exportación. Yo he vendido a grupos de consumo de Francia la naranja, porque es un producto que no tienen. A mí me encantaría que la conciencia de consumo ecológico se desarrollara en las cercanías. Pero si no hay, y hay posibilidad de colocar lejos productos que pueden perderse, no lo voy a excluir.

Manuela. En el equilibrio está todo. Y lo primero para que esto siga es que sea sostenible económicamente. Ideológicamente también hay que tener las cosas claras. No perderse. Estoy haciendo esto, pero con un análisis, crítico y político, de por qué lo hago. Porque tengo que vivir de ello. Las circunstancias de la agricultura hacen que los precios aquí estén tirados por los suelos, y que en Bélgica me paguen a buen precio. Al final, tengo que sobrevivir. Porque si tú te agarras a una cosa como la agroecología, con la cual nosotras nos identificamos, pero no eres capaz de adaptarte, ser flexible, aguantas dos años y al tercer año cierras. Ni agroecología, ni ecología ni huerta ni azada, te vas a trabajar de camarero. Hay que hacer una lectura crítica de lo que hay en nuestro entorno, no justificarlo, pero a la vez entendiéndolo. Lo principal es que sea sostenible.

Qué se puede hacer para ampliar el mercado local y el nacional.

Manuela. Estamos en un sitio que podemos considerar abanderado en el camino de hacer que las cosas funcionen: el mercado ecológico semanal de Godella. Cada vez hay más gente que se acerca, que adquiere conciencia, que busca lo que le ofrecemos los agricultores ecológicos. Es una forma de apoyar la agricultura de los jóvenes y de los no tan jóvenes, con precios dignos que la gente acepta porque son de justicia, un euro por un kilo de patatas, y no diez céntimos. Tengo fe en los mercados locales.

Tenemos la despensa aquí. Una ciudad con más de un millón de habitantes con todo el cinturón. No es por falta de consumidores. Es que no se ha generalizado este tipo de venta. Es un tema de educación. No es justo que nos pongan a los agricultores ecológicos montones de normativas, montones de impuestos, y que el que está envenenando vaya libremente. Nosotros tenemos muchísimas obligaciones y pocos derechos. Tú tienes que demostrar que no envenenas. Es algo muy perverso, algo propio de una sociedad perversa. Estás perseguido, cuando quienes deberían estar perseguidos son los agricultores que emplean productos que producen o aceleran determinadas enfermedades. Las cosas van por ahí.

Susana. Añado que se necesita voluntad política. Los colectivos y las personas que nos dedicamos a esto hacemos lo que podemos. Pero la gente concienciada es un porcentaje muy pequeño, que más o menos ya está integrado en este mercado. Es necesaria una voluntad política de los gobiernos locales, autonómicos y nacionales para hacer un trabajo de concienciación, de educación sobre los beneficios de la agricultura ecológica. Te vas a Europa, incluso a Euskadi, y en las mismas estaciones del tren hay cartelones con publicidad del sello de marca ecológico de allí, mensajes de los beneficios de consumir productos ecológicos. Es un cambio de conciencia, pero aquí va my lento. En Valencia falta mucha voluntad política, con excepciones como el ayuntamiento de Godella, que se creen este otro modelo y lo apoyan. El objetivo es aumentar la demanda de productos en ecológico, por todos los beneficios. Eso ayudaría a que más gente joven como nosotras se plantearan dar el paso y se pusiera a trabajar el montón de tierra fértil que ahora está abandonada, como salida laboral a esta crisis, entre otras cosas. Ayudaría mucho que hubiera más demanda.

 

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