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“El franquismo ayer y hoy”, un penetrante análisis de Pío Moa

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Resumo en dos entregas el libro “El franquismo ayer y hoy. Las dos Españas y las crisis europeas”, la última publicación del historiador y divulgador Pío Moa.

Fernando Bellón

Autor de una colección de libros sobre la Segunda República española, el origen y consecuencias de la Guerra Civil, de tomos documentados de historia de Europa, de España, de novelas, de memorias, y de incontables artículos, algunos de los cuales hemos reproducido en esta revista digital, Pío Moa ha sido marginado del Olimpo académico por una galería de charlatanes. Y a pesar de ello, vive de su arte, algo inusual, prueba de que amplios sectores de la población ilustrada respiran fuera del modelo frentepopulista.

Su última publicación, El franquismo ayer y hoy. Las dos Españas y las crisis europeas, es un destilado de su bibliografía. Su refinada calidad procede de la experiencia ensayística acumulada por el autor.

Moa utiliza la ironía con soltura galaica, y se burla con datos y argumentos de quienes simplifican la vida y obra de un general prodigioso que, siendo un vampiro y un mal estratega, dirigió y modernizó un país destruido física y moralmente. La paradoja es tan ridícula que las muchas biografías de Franco que le retratan como un enano mental, un caprichoso y un resentido no han borrado ni su memoria ni sus logros. Lo digo porque Moa tiene una personalidad profesional similar a la de su paisano Francisco Franco, un hombre templado que, además, ha vivido aventuras peligrosas en su juventud. Doy fe de ello.

Divide el ensayo en tres partes: “Las dos Españas y la primera gran crisis europea”. “La segunda gran crisis de Europa y construcción de un Estado nuevo”. Y “Caída de la URSS, tercera crisis europea y legado del franquismo”.

En la primera se remonta a 1898, erróneamente conocida como “la pérdida de las colonias”. Cuba, Puerto Rico y Filipinas, fueron territorio español con cuatro siglos de antigüedad. Sostiene que la Restauración de la monarquía tras el fracaso de la Primera República había empezado a dar sus frutos políticos y económicos, y encarrilaba el sistema liberal español en la misma vía que el resto de los países parlamentarios europeos, también con sus propios defectos.

La pérdida de los territorios ultramarinos asestó un golpe demoledor a los intelectuales españoles que anhelaban la regeneración de la nación. Aunque no entra en el asunto, cabe recordar que la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas fue casi indiferente para la población que, entre otras cosas, se libraba de unas guerras que diezmaban el ejército de leva.

Moa sitúa el franquismo en una coyuntura decisiva, “el final de un periodo extraordinariamente convulso en el siglo XX español, en el que la continuidad y la misma idea de España pudieron haber fenecido.”

Otra tesis en la que insiste nuestro autor es en la similitud política entre la España de principio del siglo XX y las del resto de las democracias parlamentarias europeas. No éramos diferentes, no estábamos atrasados, política y socialmente estábamos a la par.

Al inicio de la primera parte asegura que “en España, el antagonismo es un fenómeno históricamente nuevo, originado por la invasión napoleónica.” Durante tres siglos, dice, España había gozado de una estabilidad interna comparativamente superior al resto de Europa.

Después de un siglo XIX español marcado por la inestabilidad (tampoco se diferencia nada del resto de Europa), que culmina en una república que se destruye a sí misma, como la de después, se entra en un periodo restaurador que fija dos visiones de España: la de los que reniegan del pasado del reino e incluso proponen reiniciar la historia (el gran fracaso de la Primera República), y la de quienes se afirman en los valores tradicionales, y reclaman la modernización de las estructuras políticas, sociales y económicas.

Los primeros son los “regeneracionistas”, que denigran la historia hispana y el liberalismo de la Restauración, y pone como ejemplos, en orden cronológico, a Joaquín Costa, José Ortega y Gasset y Manuel Azaña. El primero quería echar una llave al sepulcro de Cid, es decir, olvidar el pasado. El segundo negaba la bárbara Reconquista, porque había acabado con la brillante cultura andalusí. El tercero hablaba de la España del pasado como “un imperio de mendigos y frailes aliñado con miseria y superstición”.

Lo que proponían era el esfuerzo titánico de reinventar el país, sin que tuvieran ni el temple ni la voluntad de los titanes, y se aseguraron la vida opositando a carreras de funcionarios y burócratas. Eran personas de mérito, pero que habían segado la hierba y excavado el suelo bajo sus pies, cayendo en un hoyo del que era imposible salir.

La contrapartida de estas ideas a finales del siglo XIX fue Marcelino Menéndez y Pelayo, un intelectual muy bien dotado, capaz y polemista sobre datos irrefutables. Señalaba “el lento suicidio de un pueblo que, engañado por gárrulos sofistas, hace espantosa liquidación de su pasado.”

Ortega propuso una medicina curativa, “España es el problema y Europa la solución”, que hemos tomado todos los de mi generación a cucharadas, y sufrido dramáticas indigestiones.

Moa recuerda que estas prédicas salutíferas coincidieron con el establecimiento del marxismo socialista en España, del anarquismo desestabilizador y del separatismo catalán y vascuence. El franquismo les llamó la antiespaña, una descalificación pero no una falsedad.

Pío Moa recoge, confirma y abunda en una tesis que recalifica el valor de la Generación del 98, y la hace responsable de un estereotipo intelectual y psicológico que tuvo también réplicas en Francia, en Alemania, en el Imperio Austrohúngaro, en Italia y en Inglaterra. La Generación del 98 fue la promotora de un desencanto, una angustia vital y existencial paralizantes. Los valores de la nación se convirtieron en polvo y fueron barridos por las generaciones posteriores.

“A la quiebra espiritual del 98 en España le correspondería en el resto de Europa la provocada por la Guerra Mundial de 1914-1918, que derrumbó tantas ilusiones”. En realidad esa crisis europea que incluye a España (que era y se sentía europea, dijera lo que dijera Ortega y Gasset) se urde en el mismo tapiz en el que inscribe el despojo de los restos del imperio español. La Gran Guerra fue producto de esa crisis, tan grave que abrió el camino del bolchevismo y de otra guerra mundial aún peor.

Apunta nuestro ensayista algo en lo que no suele repararse. Estos regeneracionistas presionaron para que el gobierno tomara partido en la Primera Guerra Mundial a favor de las potencias aliadas contra Alemania y Austrohungría. De haberse producido esto, miles de españoles habrían muerto en el campo de una batalla que ni les iba ni les venía, como a tantos otros europeos que se vieron empujados a matarse entre ellos. Los intervencionistas hablaban de la “impotencia” de un país, que aprovechó la neutralidad en términos económicos y ahorró muchas víctimas.

Conviene apuntar que Moa hace una crítica al criterio de Menéndez Pelayo. La unificación cultural de España no provino del catolicismo sino del pagano Impero Romano, su constitución como Estado nacional se debe a Leovigildo, rey arriano de los godos. La Reconquista acumuló discrepancias entre el objetivo político y el religioso. Y la Iglesia española presidió la hegemonía española, pero también su decadencia. Este aspecto merece un análisis más amplio, al que quizá Moa se dedique pronto, porque ha estudiado con agudeza uy pericia a la izquierda, pero menos a la derecha.

Es el caso que poco antes de que sobreviniera (literalmente) la Segunda República, ya había dos Españas, “la del cincel y de la maza” y la de “charanga y pandereta”, en oportuno poema de Antonio Machado. “Una España negra, torpe y brutal debía sucumbir bajo el ‘hacha vengadora’ de otra España fantásticamente ideal”, señala Pío Moa.

El hilo conductor a la guerra civil

En todas las sociedades existen tendencias integradoras y desintegradoras, pero no hay ácido más corrosivo que condenar la propia existencia histórica, admite Moa: “Ahí cabe encontrar el hilo conductor a la guerra civil de 1936”.

Moa se esfuerza en dejar claro que la crisis en la que se enmarca el desatino español es la misma que divide a Francia, Italia, Alemania, Inglaterra y el resto de la Europa no bolchevique en dos bandos. Los efectos se hicieron notar primero en España, pero al poco de acabar nuestra guerra civil, estallaría la de toda Europa. Esto lo ha expuesto en su libro Segunda Guerra Mundial y el finde la Era Europea. No son ocurrencias de un ensayista espurio, sino de un hombre que ha dedicado media vida al análisis de sus propios desvaríos de juventud, y no se arrepiente de ellos, sino que le sirven para mirar con claridad enojosa el mundo en el que vive.

Bajo la aparente bonanza económica del inicio del siglo XX bulle una zozobra espiritual que se manifiesta en la plástica, en la música, en la literatura y en la filosofía y en la ciencia. La creatividad, el genio se ensimisman, se nublan. La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler o La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset exhiben el mismo desasosiego intelectual. Es decir, el pensamiento español no difiere del europeo, en conclusión, España no es un espantajo. Las fuerzas vivas del pensamiento español, sin embargo, no se dieron cuenta de algo evidente, y se tiraron de cabeza a un barranco lleno de huesos. Ha pasado un siglo, y la estampida nos conduce otra vez hacia el abismo.

El propósito de Pío Moa y de bastantes ensayistas académicos o extra académicos es dejar clara la estafa que sigue asfixiándonos, para evitarnos otra tragedia.

Y no es una exageración. Está pasando. En este asunto, los españoles somos tan idiotas y vulnerables como el resto de los europeos. La prueba está en los diarios impresos, audiovisuales o digitalizados. Vivimos asfixiados por una mentira producida por lo más ilustrado de nuestra especie.

Una filosofía propia

Moa crea su propia filosofía, y lo hace con esfuerzo y buenas referencias. Las ideologías, dice, son “concepciones del hombre y del mundo surgidas de la Ilustración del siglo XVIII, de aspiración universalistas y un tanto mesiánicas, como religiones salvo en que afirman inspirarse solo en la razón y en la vida terrena”.

“La vida humana, aparte de su evolución orgánica que comparte con los animales, transcurre en tres planos íntimamente conectados y, al mismo tiempo, conflictivos: el personal, el social y el que podemos llamar metafísico”.

Los dos primeros planos son contradictorios, y están imbricados entre sí, la parte y el todo, podría decirse. Las ideologías intentan desanudar el conflicto. El comunismo reduce las personas a un engranaje, el anarquismo, al contrario. Ambos niegan el factor metafísico. Y añade Moa: “Liberalismo y fascismo, sin negar el plano metafísico, lo relegan a la política.”

Con frecuencia he dicho que a Pío Moa le queda por publicar su propia filosofía. En realidad la va destilando en sus trabajos ensayísticos. Sospecho que no lo hace porque es más empírico que criticista. Se habría llevado mal con Lenin, que también era más empírico que criticista, pero estaba absorbido por su misión mesiánica, defecto que Moa descubrió a tiempo y se salió de aquella órbita, gracias a Dios o a quien quiera que se halle disuelto en el Universo infinito e infinitesimal.

En cualquier caso, los que se han hecho (por pereza) una imagen demoníaca de Pío se están perdiendo una de las literaturas más finas del español actual, y desoyen una de las mentes preclaras del momento.

“En varios países la democracia liberal parecía funcionar razonablemente, incluso en plena depresión económica, pero por alguna razón en España y en otras naciones engendraba convulsión social y estancamiento”. Esto lo dice al repasar el periodo de entreguerras. Y veo en la expresión “por alguna razón” cierta  imprecisión. Quizá es una redacción apresurada o una lectura mía sacada del contexto, pero convendría señalar esa razón o razones.

Puede que sea una cuestión de matices en el análisis histórico, social y antropológico. De la floreciente dictadura de Primo de Rivera en los últimos años de la monarquía, que desembocará en la Segunda República en 1931 dice: “No serían las fuerzas antihistóricas las que derribasen su régimen, sino precisamente unas derechas en principio comprometidas en la continuidad nacional, pero aquejadas de carácter intrigante y ruin, y falta de perspectiva histórica. Con lo que abrirían paso a un resurgimiento de los antagonismos aún más exacerbados que antes.”

Esta crítica seca como un latigazo a la derecha, que ciertamente abre las puertas de la república a las izquierdas, es uno de los rasgos más dignos de Pío Moa, del que las instancias oficiales y oficiosas de la cultura se mantienen en alerta, no se fían de él porque no hace concesiones.

Los cuatro últimos capítulos de la primera parte de El franquismo ayer y hoy los dedica a recapacitar sobre la carrera de la República hacia el despeñadero, la guerra civil en cuyo inicio nadie daba un duro por el ejército de Franco, y los primeros años del nuevo régimen aislado por el mundo y autosuficiente a la fuerza. Lejos de derrumbarse, se mantuvo y construyo una España que parecía obra de un milagro.

Para Moa la República fue facilitada por los monárquicos, unos por acción directa y otros por menosprecio a un monarca que tampoco merecía mucho aprecio, pero esos conservadores tenían poca idea de lo que se les echaría encima al obligar a Alfonso XIII a huir.

El marco internacional, con la estrategia estalinista de los Frentes Populares, pronto encendió las ilusiones de los socialistas y de los comunistas, que negaban a la derecha la oportunidad de gobernar, es decir, deseaban una revolución. La prepararon en octubre de 1934, les salió mal, y fueron preparando la atmósfera para constituir un régimen proletario.

Para Pío Moa, uno de los primeros historiadores modernos que alzaron la voz en este sentido, 1934 fue el inicio de la Guerra Civil.

Aquí es donde interviene el general Francisco Franco. El caos político y la violencia en las calles y en los campos tuvo en vilo a los militares durante unos meses. Hasta que un grupo de ellos decidió intervenir. Las primeras semanas de la guerra no ofrecían mucha esperanza a los sublevados. Pero, “los nacionales tuvieron la suerte poco esperada de encontrar en Franco un líder excepcional, cuya talla política y militar no igualaba ni de lejos los del Frente Popular, ni los demás del bando nacional, como demostraron y demostrarían los hechos, de entonces y de ahora.”

Esta afirmación ha sido el sambenito de ultrarreaccionario que Moa se ha ganado sin pretenderlo, o al menos sin importarle un rábano la reacción de tanta gente. Confieso que al inicio a mí me pareció una exageración, cuando en realidad era un peligro, porque el que lo admitía en público era impregnado de los peores insultos. Es tremendo esto, porque el único argumento de los antifranquistas fanatizados no son los datos, los hechos, sino la cólera por haber perdido una guerra que no lucharon, por reducir el franquismo a un melodrama sangriento, oscuro y repugnante. Allá ellos.

Repasa el autor algunas cifras de la contienda y de la posguerra, que son resumen de las que ha aireado en otros libros. Y algo si no nuevo sí destacable es el análisis que hace de la propaganda. El bando rojo (Moa dice que no deben llamarse republicanos, porque su ideología, su mayor ayuda militar y sus ideas procedían del campo bolchevique) superó al nacional presentándose como democrático y víctima del fascismo. Pero falló en un punto clave, el patriotismo, “España, una, grande y libre”, que cualquiera sin anteojeras habría apoyado, y que el Frente Popular quiso aprovechar. “Los comunistas fueron los primeros en percibir el peligro, y la propaganda del Frente Popular –salvo los separatistas– se volvió intensamente patriótica: se estaría liberando una nueva guerra de independencia contra invasores alemanes, italianos y moros”.

Afirma Moa que en la guerra no estaba en juego la democracia, sino la permanencia de la nación española. La democracia, dice, no es el poder del pueblo, pues el poder se ejerce forzosamente sobre el pueblo, no teniendo el pueblo nada sobre el que ejercerlo. “El poder brota de la necesidad de establecer un orden entre las muy diversas corrientes de interés dentro de todas las sociedades.”

Otra piedra de escándalo de los demócratas de todos los pelajes, a quienes ni se les ocurre pensar en términos políticos, y leen la historia como si fuera un cuento de hadas y de brujas.

Un régimen anómalo

Moa es uno de los pocos historiadores que observan el franquismo sin juicios preestablecidos. Si concluye que los cuarenta años de gobierno de Franco fueron fructíferos para los españoles sin distinción es porque se limita a leer los sucesos de la historia desapasionadamente, y porque si España lleva otros cuarenta años sin violencias civiles es porque el franquismo la dejó preparada para cambiar de registro político.

“Lo primero que cabe observar del nuevo régimen político es su carácter anómalo en Europa y en casi todo el mundo de entonces”. Homologarlo al nazismo es absurdo, y el rastro de fascismo que se ve en él es residual. La represión política fue feroz según sus enemigos de la época, evidente pero lógica para un país que había sufrido un borrado de su identidad a sangre y fuego. Las condiciones de Europa en 1945 habrían hecho imposible la continuidad del nuevo régimen español de haberse producido una insurrección popular. Pero no la hubo, a pesar de la resistencia del PCE, de la guerrilla y de una economía de hambre impuesta por los aliados.

Lo que más cuesta admitir a los historiadores antifranquistas es que, primero perdieron la guerra pudiendo haberla ganado (es decir, la perdieron por inútiles y por rencillas internas), y después porque la recuperación de España la hicieron los españoles, al contrario que los franceses, los ingleses, los alemanes o los italianos, que contaron con ayuda económica y con apoyos políticos norteamericanos. Los aliados vencedores y los vencidos concluyeron con prudencia que una intervención militar en España la enfangaría en otra guerra civil.

De entonces a acá hemos tenido variados ejemplos en África, en Asia y en Oriente Medio de países asediados, bombardeados e invadidos por grandes potencias que o han resistido o se han hundido en un océanos de violencia.

No son pocos los historiadores y ensayistas españoles y extranjeros que coinciden con Moa en que “España fue el único país europeo en rehacerse con sus propias fuerzas y sin deudas y tutelas, y lo hizo con eficacia más que notable, dadas las circunstancias”.

En el último capítulo de la primera parte, el autor analiza el franquismo en comparación con los fascismos y el nazismo. La Primera Guerra Mundial, dice, “cuestionó las virtudes atribuidas al liberalismo, al haberse librado entre potencias liberales y parlamentarias, rompiendo su espejismo de paz y progreso indefinidos, y empeoró con la depresión económica de los años treinta”.

Ese vacío europeo lo llenan en parte el comunismo soviético, el fascismo italiano y el nazismo alemán. “En Italia y en Alemania, la reacción no fue meramente defensiva, pues produjo una ideología que pretendía superar tanto la democracia liberal como el comunismo. Al compartir el franquismo esta aspiración, cabría identificarlo como un fascismo; pero no era así”.

Resumir los argumentos de Moa en dos citas es complicado, pero sigamos en ello. En pocas palabras, el franquismo no se basaba en la superioridad de la raza, la concepción jerárquica teñida de militarismo expansionista de los regímenes italiano y alemán no cabía en la España de 1939. “Pese a su derrota final, las concepciones fascistas del mundo y del hombre tenían raíces profundas en el pensamiento y cultura europeos, sobre todo a partir de la Ilustración del siglo XIX”. Y sigue, “el franquismo nunca pretendió absolutizar el estado al modo italiano, y menos al alemán. El estado franquista nunca fue socialmente absorbente sino relativamente pequeño, lo que, por sí mismo, aseguraba una amplia libertad personal”. De hecho, el crecimiento del estado en las democracias vencedoras ha sido meteórico desde la posguerra.

Y dejo aquí el resumen, que continuaré pronto, con las dos partes que restan de El franquismo ayer y hoy.

 

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