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“El Franquismo ayer y hoy” (II), de Pío Moa

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Franquismo de ayer y hoy (II), de Pío Moa

Se reseñan la segunda y tercera parte de este ensayo, iniciada en el mes de mayo.

Fernando Bellón

La ilustración de portada pertenece al libro de Jordi y Arnau Carulla “La Guerra Civil en 2000 carteles”. Barcelona 2007

Primera parte de esta reseña: “El franquismo ayer y hoy”, un penetrante análisis de Pío Moa

Recalca con frecuencia Pio Moa el paralelismo entre la peripecia política y económica europea y la española. O dicho de otra manera no hay dos Europas, la verdadera y la que incluye a España por caridad cristiana.

“El fin de la era europea” es el subtítulo de su obra La Segunda Guerra Mundial. En la línea del holandes Huitzinga (La decadencia de Occidente, 1918) y del casi contemporáneo Jaques Barzun, Del amanecer a la decadencia, 2001.

Moa recorre la historia con narración muy meditada sobre los acontecimientos vividos en cada época. Como es un historiador español no académico, es decir, sin cátedra vitalicia, su palabra tiene poco eco en los ámbitos donde se dicta la ciencia de la historia, que no es ninguna ciencia.

Cuando leo un libro de cualquier época europea o americana me pasmo de lo poco que aparece la intervención española en esto o en aquello. Porque España intervino, bien o mal, pero intervino, en especial en las Américas.

Moa sitúa la aventura equinocial de la marina española desde el siglo XVI como el principio de la “era europea”, cuando el mundo se reconoce a sí mismo como un planeta gracias a los descubrimientos y a las fabulosas iniciativas de los españoles y portugueses.

Pues bien, gracias a la paz de Westfalia (1648), que certifica el final del dominio español en el mundo occidental, España queda apartada de la historia. Es decir, los historiadores académicos franceses, ingleses o norteamericanos excluyen a España y a los restos de su imperio de los acontecimientos.

El problema es que los historiadores españoles que sostienen la falsedad de que España no pintó ni pinta nada en Europa y en el mundo, siguen este camino cenagoso. Eso no es un descuido, es una canallada.

Lo paradójico es que hay cantidad de historiadores españoles académicos que dedican libros y ensayos desmenuzando la historia de España, y señalando formas de vida y de gobierno comunes en el resto de Europa. La bibliografía sobre cualquier tema, cultura, ciencia, filosofía, agricultura, industria es inmensa, y en la gran mayoría reveladora de la salud y fortaleza del país y de la nación. Una historia excepcional también en la tranquilidad ciudadana. Mientras Europa se consumía en guerras desde la mitad del siglo XVII hasta la Revolución francesa, en España se registran pocas alteraciones, y de una medida local y menos dolorosa.

“Efecto indirecto de la victoria de Franco fue la frustración del plan de Stalin de provocar la guerra europea en España atrayendo a ella a las democracias”.

Este es el marco en el que se cose el tapiz del franquismo, según Moa. Confirmada la derrota del Frente Popular, Stalin acta un acuerdo con Hitler para repartirse Polonia. Del despropósito se han escrito volúmenes a mogollón.

Los años heroicos del franquismo no terminan en derrota porque, “al no haber participado en la Segunda Guerra Mundial, España no compartió la crisis de conciencia europea: la previa victoria de los nacionales en la guerra civil pareció librar al país de una pesadilla, y el ambiente en general era de optimismo y disposición a afrontar las dificultades que se presentasen.”

Se puede estar de acuerdo o no con esta proposición, pero no es una ocurrencia. Si España se sobrepone a una destrucción interior y a una hecatombe internacional es por algo. Ese algo se llama Franco y sus ministros, su ejército, la voluntad de la mayoría de los españoles de reconstruir la nación. La historiografía antifranquista subraya el aparato represivo, que fue formidable, pero no tanto como la del FrentePopular y la soviética.

La controversia ideológica en la España de Franco es manifiesta y es fructífera para el régimen al menos, que edificará instituciones e infraestructura industrial, y acabará con el problema agrario. En mayo de 1946, ahora hace ochenta años, Ortega y Gasset dirá en la reapertura del Ateneo de Madrid: “Mientras los demás pueblos se hallan enfermos, el pueblo español, lleno si duda de defectos y de pésimos hábitos, da la casualidad de que ha salido de esta turbia y turbulenta época, con una sorprendente, casi decente salud”, recuerda Moa.

Encuadra esta cita en la polémica entre la visión pesimista de España, y la de Menéndez Pelayo, que parece resucitar. El papel del polígrafo lo interpretaban ahora figuras como Laín Entralgo  y otros ex falangistas. Volvía al estigma de “la dramática inhabilidad de los españoles desde hace siglo y medio, para hacer de su patria un país mínimamente satisfecho de su constitución política y moral.”

Hoy, a los estudiosos que escapan del sectarismo “progresista”, estos argumentos les suenan vacíos. Basta con conocer lo suficiente los acontecimientos que conmovieron Europa a lo largo del siglo XIX y de la mitad de XX, para concluir que la constitución política y moral de los franceses, italianos, alemanes, escandinavos, británicos, y otros debía de ser de peor calidad, porque estuvieron varias veces a punto de destruirse mutuamente.

Hace nuestro autor un resumen muy ajustado en todos los sentidos de la critica del franquismo al comunismo y al liberalismo. Moa acostumbra a dividir sus argumentaciones en epígrafes, entiendo yo que consecuencia de la formación materialista dialéctica, y en este caso encuentra seis explicaciones de los defectos de liberalismo: el dinero jerarquizador de los valores, el caos autodestructivo si el liberalismo se aplica al pie de la letra, la negación del ser humano, considerado como un ser sometido a un mítico contrato, etc.

La prevención de los intelectuales franquistas (de diversas procedencias) hacia los partidos políticos se basaba en la destructiva experiencia de la República. Los partidos eran una artificio que hacía inviable el gobierno eficaz y provechoso. El Instituto de Estudios Políticos del régimen contó con una pléyade de estudiosos y publicistas que forjaron los cimientos de lo que a la muerte del general propició el paso hacia la democracia parlamentaria.

“Franco asumió todos los poderes, pero nunca los usó arbitrariamente. Interfirió muy poco en el funcionamiento de las instituciones empezando por la justicia y la economía”. Los antifranquistas pueden interpretar esta aserción como desacertada. Pero son hechos, y no visiones, que explican la afirmación de nuestro autor de que la personalidad del dictador era excepcional, y fue una fortuna para los españoles. Con él a la cabeza se creó de la ruina un estado que estabilizó el país y le colocó en la carrera europea, como le hubiera gustado a Ortega y Gasset. Leyes fundamentales e instituciones que funcionaron a pesar de los obstáculos y las trabas de una oposición de nula eficacia, salvo la del Partido Comunista.

¿La Guerra Fría salvó al régimen? Según Moa el beneficio de la Guerra Fría sobre el franquismo es que supo aprovecharse de ella.

“Cuatro años después de terminada la Segunda Guerra Mundial , el comunismo había avanzado de modo pasmoso: en gran parte de la Europa Central, en la inmensa China y en el norte de Corea; y descalabraba a Francia en el norte de Vietnam, e inspiraba movimientos insurgentes o de masas en África o en Hispanoamérica”. Los EE. UU. Propiciaron golpes de estado y guerras civiles por doquier. Luego vinieron la guerra de Vietnam, el golpe de Pinochet contra Allende en Chile…

Mientras tanto, España se libraba de los conflictos internos (la democracia francesa corrió peligro en 1968) y coloniales con la excepción de la brevísima guerra de Sidi Ifni. Para los jóvenes de mi generación la retirada de Sidi Ifni supuso un alivio, porque ya veíamos a nuestros padres militarizados, y el Mayo francés lo viví en primera persona, a toro pasado, cuando visité a familiares republicanos exiliados en Francia, uno de ellos un corajudo comunista que que renegaban de los estudiantes vociferantes.

Moa subraya que Franco nunca pidió el ingreso de España en la OTAN. Se lo habrían negado, dicen algunos, olvidando que Turquía lo fue a pesar de su régimen dictatorial, por ser Turquía país fronterizo con la URSS.

Yo hice la mili en un cuartel de artillería de Ciudad Real. El material que teníamos era norteamericano de la guerra de Corea, y dudo de que sirviera para algo. La suboficiallidad y la oficialidad eran profesionales sin preocupaciones ni políticas ni bélicas. No les hacían falta. Aquel cuartel se atenía a unas rutinas vegetativas. Nunca me sentí amenazado a pesar de ser un rojo con antecedentes. Aunque me libré de una buena, a un camarada de célula de Madrid le enviaron al Sáhara, y recibió un tiro polisario en la mandíbula que le deshizo la cara. Como a cualquier otro soldado herido, le trataron con diligencia y le recompusieron el rostro.

“En 1965, el presidente useño Johnson solicitó a Franco apoyo en Vietnam. Franco se negó cortésmente (mandó un pequeño destacamento médico), y le pronosticó la derrota de Usa”.

Termina Moa esta segunda parte de su estudio con dos capítulos dedicados al apogeo y agonía del régimen. Se centra en las acciones violentas de ETA y finalmente del PCML y del Grapo, que considera herederas de la política de confrontación del Partido Comunista en la guerrilla, un experimento fracasado. Pero también fracasó la estrategia de “reconciliación nacional” de Carrillo, basada en el supuesto de que la población iba a reconocer al PCE como su liberador. Como elemento actuante de esa política, igual que Pío Moa, doy fe de que el pueblo español no nos hacía ni caso en las algaradas. A mí, una vez estuvieron a punto de darme una paliza en la plaza de Antón Martín cuando pintaba con una brocha una consigna en la pared de una zapatería, escapé por los pelos del furioso tendero.

Por su parte, dentro del régimen se enfrentaban la corriente opusdeísta y la llamada falangista, que tenía muy poco de joseantoniana.

Capítulo aparte dedica Moa a la Iglesia, uno de los artífices de la descomposición del franquismo. El autor incide en una idea que he leído también en otras fuentes historiográficas. El Concilio Vaticano II tuvo unas consecuencias fatales en la propia Iglesia y en la nación que más la había sostenido históricamente.

También tengo memorias personales, que son las únicas históricas. Mi paso por la Escuela Oficial de Periodismo coincidió con una de las crisis demoledoras que se dan en la adolescencia, y me hice comunista. El incitador involuntario fue un jesuita matriculado en la EOP a quien confié mis tribulaciones. Me recomendó ir a un retiro espiritual organizado por la orden. Al cabo de unos meses, me uní a la organización universitaria del PCE. Sin yo saberlo, Moa se había hecho comunista antes.

Recuerdo algo chocante: por razones desconocidas todavía para mí, Pío y yo nos llevábamos fatal. No porque yo tuviera ideas propias y opuestas a las suyas, sino por pura animadversión en especial de mi parte. A pesar de todo, aprendi mucho de él. Por último, parece que, también sin darme cuenta yo, le puse en contacto con un activista hispano francés al que yo conocía de mi barrio, que venía de París para fundar la OMLE (Organización de Marxistas Leninistas de España), matriz del PCR y del Grapo.

No voy a excederme en esta reseña de El Franquismo ayer y hoy. La tercer y última parte la dedica el autor a la caída de la URSS, la tercera crisis europea y el legado del franquismo. Uno de los capítulos se titula “La grotesca caída de un régimen”. Se refiere al de Pedro Sánchez.

Es un análisis despiadado. Y los acontecimientos que sacuden hoy a España en una especie de paroxismo son buena muestra de que ni Pío ni otros van desencaminados. Precisos y numerosos artículos se encuentran en su pagina “Más España, más democracia

Yo recomiendo encarecidamente la lectura atenta de este libro, escrito con sencillez periodística y estilo narrativo de un hombre autor de novelas. Lo recomiendo a los jóvenes, a nuestros hijos, a nuestros nietos y sobre todo a los que cuando ven un libro de Pío Moa en un escaparate se persignan y rezan un ensalmo. Les vendrá bien.

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