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La botánica de Rafael Escrig Series

El mirlo, una reflexión íntima de Rafa Escrig

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Quienes siguen a Rafa Escrig en Facebook saben de su facundia literaria. Día sí, día no publica un nuevo apunte de naturaleza filosófica y poética. Cuando esta crisis se disuelva  tenemos el propósito de publicar una relación de estos textos. Como muestra un botón dorado en esta entrega de la revista.

Esta noche, antes de las cinco de la madrugada, me ha parecido oír cantar a un gallo. Me ha extrañado muchísimo porque no sé quién pueda tener un gallo a dos kilómetros en la redonda y he pensado que me habría confundido. Después lo he vuelto a oír más claro. Alrededor de las cinco ha comenzado a cantar el mirlo enamorado que vive cerca de nuestra casa. Me maravilla la cantidad de sonidos y modulaciones que puede hacer con su voz. Más tarde he oído pasar una bandada de vencejos recién despertados con sus agudos silbidos. Eran las seis. Ya no me he dormido.

Ayer vi a una gaviota parada sobre la chimenea de la terraza del vecino. Estaba inmóvil y miraba el horizonte como si estuviera en la verga más alta de un barco de vela. Los vencejos se perseguían alocados y gritando mientras un mirlo cantaba despreocupado sobre las antenas de nuestra terraza. Las tórtolas y las palomas han pasado a segundo plano. Ahora parece que la actividad de mirlos y vencejos las haya hecho desaparecer.

Ya son las nueve de la mañana y mientras escribo estas líneas escucho los incesantes y estridentes silbidos de los vencejos que pasan a cuatro metros de mi ventana. De fondo, gorriones y verdecillos corean con su pit, pit, pit, pit, como si accionaran el mecanismo de un telégrafo sin cables. Desde otra ventana de mi casa, en la sala, puedo ver el nido de un pequeño cernícalo. Parece que está en la salida de humos de un extractor. Entra y sale de vez en cuando, seguro que tiene alguna cría. Todavía me falta nombrar la ventana de la cocina, donde desayunaré en un momento. Desde allí volveré a escuchar a ese mirlo cantor que me acompaña el día con sus preciosos trinos.

Hace un par de años escribí algunos versos dedicados al mirlo que canta cerca de mi ventana, no sé si será el mismo. Yo quiero pensar que sí, que vuelve cada primavera para mostrarnos su intrincado y virtuoso canto.

El mirlo amigo se para en la cornisa, me mira y pía.

Su pico mandarina pirrita que pirrita, su zanca danza.

Vestido de negro, con sus calzas de cobre,

parece que dirige una orquesta de pífanos.

Ahora se ha escondido bajo de un limonero.

Mirlo mirlero, me embargas con tu canto.

¡Cuánto te anhelo!

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