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El verdadero detective Wasp, blanco, anglosajón y protestante

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Una reseña de Segismundo Bombardier

Me estoy dando un atracón de series, como tantos otros confinados. Lo hago por pasar el rato, pero también para tomar notas y sacar conclusiones, uno es un profesional de la narrativa. A continuación ofrezco un análisis breve de la primera temporada de la serie True Detective. No voy destriparla, así que quien se proponga verla, puede seguir leyendo. Tampoco cabe esperar una novedad maravillosa: contiene los estereotipos del género policial yanqui, aunque sublimados por una escenografía, una interpretación y un guión muy cuidados.

Voy a dedicarme sobre todo a descubrir sus trampas ideológicas, que no son nuevas, pero sí sutiles, tecnológicas, mediante las que se intenta vender un tostón viejo como el género (policías amargados, canallas nauseabundos, secuestro, violación y asesinatos rituales de niños, y tal y tal) en un envoltorio “diferente”, “elegante”, “decadente”, “estético”, “postmoderno”, etc.

Hay en cartel muchas series que vamos a llamar “de calidad”, dedicadas al género policial yanqui y a otros semejantes (intriga, ciencia ficción, fantasía, extravagancias). Y luego hay un aluvión de series vulgares, la mayoría gringas, de “consumo masivo”, que constituyen un atentado a la razón y al gusto, pero la gente se las traga como si fueran panchitos o patatas fritas de paquete multicolor, mientras bebe una cerveza, en camiseta, sentado en el sofá, absorto por la televisión. Me los imagino tirándose pedos y eructando, pero la verdad es que eso lo hacemos todos.

Y por último hay otro grupo de series “convencionales”. Por esta calificación entiendo las series “de antes”, aunque sean recientes. La ITV británica ha serializado novelas de Ágata Christie con calidad notable, bien interpretadas, bien narradas, sin asomo de violencia. Un consorcio de televisiones franco-belga-suizo se dedica a producir series de intriga policial de la misma factura. Dos ejemplos serían “Poirot”, y “Capitaine Marleau” o “Inspectora Marleau”. En otra ocasión dedicaré una reflexión a estas series sin vísceras y con ingenio, también construidas con estereotipos previsibles, pero narradas a buen ritmo, y excelentes para relajarse en el cuarto de estar sin que la sangre llegue a salpicar la alfombra. Aquí en Francia son muy populares

Vamos con “True Detective”.

El interesado en conocer detalles técnicos y cinematográficos de la serie tiene un buen caudal de referencias. Para empezar, la página de wikipedia dedicada a la serie (recomiendo la original en inglés, pero también hay una en español), y para seguir, un artículo documentado y argumentado de la revista digital El Palomitrón. Además, Google ofrece cantidad de entradas con las que el aficionado puede ilustrarse.

Prescindo de la ficha técnica, que se encuentra pormenorizada en el artículo de Wikipedia.

Me han sorprendido (porque no soy un cinéfilo especialista, solo aficionado) dos cosas.

Una es la maquinaria de trabajo de la industria cinematográfica norteamericana: un nido de serpientes que compiten en astucia y voracidad. En el caso de las series “de calidad”, el mercado de trabajo (guionistas, productores, actores, técnicos, realizadores, etc) debe ser una selva en la que sobreviven verdadera fieras de la creación, producción y realización, los animales nada más que salvajes se extinguen. Las peripecias de Nic Pizzolatto hasta que consiguió empezar a trabajar con True Detective son dignas de una serie sobre la supervivencia en Hollywood del más fuerte y obstinado.

La otra cosa que me ha sorprendido es el cuidado que ponen los productores en la presentación de cada capítulo, una realización publicitaria magistral. En la dedicada a la primera temporada de True Detective intervinieron tres estudios, uno en California, dos en Australia, y el tratamiento que recibió una vez compuesto fue de tecnología digital de primera gama.

Es decir, el derroche de tecnología y de ingenio es inmenso, a la altura del presupuesto, que imagino estratosférico. ¿Tanta rentabilidad tienen estas producciones?

En cuanto a las audiencias en USA, las más altas fueron las de la primera temporada. En los tres casos se da un fenómeno curioso, uno de los episodios más vistos es el último, sobre todo en la primera. Me resulta curioso porque la curva de audiencia siempre baja después del primer capítulo, con algún repunte, pero el final atrae al espectador, aunque se haya perdido parte de la serie, es decir, que no sabe a ciencia cierta cómo demonios se ha llegado a la resolución.

¡Pero es que no hace falta! La sucesión de capítulos está plagada de personajes secundarios, de pistas falsas, de subtramas, y hace falta ser un lince para seguir la historia principal. Yo, que la he visto en cosa de días, no acertaba a encajar las dos o tres historias con sus varios protagonistas, pero mi interés seguía incólume.

Vamos a ver, el interés sí que bajó.

La incertidumbre sobre la historia se mantiene hasta el capítulo cinco. Los dos polis protagonistas desde el inicio de la historia sufren cada uno de ellos un interrogatorio a cargo de dos oficiales de “Asuntos Internos”, por un turbio caso investigado diecisiete años antes.

Según la técnica posmoderna de la fragmentación del discurso, ruptura de la sucesión temporal y toda esa mandanga, los guionistas nos van ofreciendo indicios ingeniosamente ambiguos sobre el caso, salpicados por la tormentosa vida personal de los protagonistas. Pero cinco capítulos son el límite para mantener la atención de un espectador al que se esta mareando. Así que la reacción más corriente es, “¡Pues vaya novedad! Era eso!” En este caso: crímenes rituales de niños, incompetencia policial y el asomo (otro fragmento) de una red de ricos y poderosos repugnantes. Es difícil no decepcionarse ante el estereotipo.

Luego la trama se estanca y se regodea en la vida personal de los polis. Uno de ellos es un filósofo de corte calvinista, el otro un pragmático, buena persona, pero que “necesita” sexo fuera del matrimonio. El guión conduce a que el calvinista se acuesta con la frustrada mujer del pragmático (más bien al revés, la mujer se lo pasa por la piedra a él). El resultado es que el pragmático, a quien su familia le importa más bien poco, como muestra su conducta, ataca al calvinista en la propia comisaría y se lían a mamporros. Ya en la calle, ¡los compañeros jalean la pelea!, hasta que intervienen los jefes, que para eso son jefes. Esta escena me hizo reflexionar sobre el estereotipo del español, italiano, latino, vaya. Los españoles del siglo XVII se retaban a duelo con honor y sangre fría. Pero estos personajes yanquis protestantes, para quienes la ética es una especie de calzoncillo y la moral un pañuelo lleno de mocos, son unos perfectos irresponsables, unos incoherentes, unos imbéciles, unos chulos despechados.

La otra escena que me llamó la atención es una de las infidelidades del poli pragmático, con una chavalita preciosa y ardiente. Es una secuencia porno, muy cuidada, muy a la altura de la “calidad” de la serie, pero una guarrada, como se consideraba no hace muchas décadas, cuando Hollywood censuraba el sexo.

Los últimos dos capítulos se centran en la resolución del caso. A mi parecer también una decepción, porque todo el esfuerzo del equipo se centra en la atmósfera que se ha ido creando a lo largo de la temporada. Louisiana, paisajes lujuriosos, chozas ruinosas, escenarios pavorosos, predicadores sectarios, fieles idiotizados, motoristas diabólicos, drogadicción entre la cochambre, negros empobrecidos y brutalizados que viven como en la jungla, pantanos, canales contaminados, paisajes industriales decadentes.

En definitiva, la atmósfera es la mayor preocupación del equipo productor. Eso sí, la interpretación es fabulosa; el ritmo, descartando las bajadas inevitables o programadas, bueno; la trama, vulgar, y el final, patético, un tiroteo en una fortaleza subterránea abandonada o unos depósitos invadidos por la maleza.

Y ahora viene la crítica ideológica. He observado en algunas series de “calidad” dos rasgos novedosos en el guión. Por un lado, los diálogos son breves, intrascendentes, domésticos, espontáneos, naturalistas… y por otro lado, están entreverados de filosofía.

Si ese bordado filosófico fuera firme y revelara o urdiera un pensamiento sistemático, sería una contribución extraordinaria a la historia de la Filosofía desde Platón o desde que en el Renacimiento se pusieron de moda los diálogos de naturaleza doctrinal, entre los cuales destacan los españoles Luis Vives o Valdés Leal.

Pero se trata de palmarias estafas de la razón. Son proposiciones que suenan a filosofía, exabruptos ideológicos o barbaridades sin lógica ni trabazón.

Los guionistas de “True Detective” han dotado al personaje de Rust Cohle (Matthew McConaughey) de una mente que elabora sentencias como chistes, porque están encajadas en conversaciones relajadas y divertidas. Entre sus frasecitas nietschezianas encontramos esta, en el capítulo tercero: “La falacia ontológica de esperar una luz al final del túnel”. Pero su compañero pragmático le tiene cogida la medida, y también responde con frases lapidarias: “Para ser un tío que no le ve sentido a la vida, te preocupas mucho por eso”. Hay que reconocer el ingenio de los guionistas.

Para que el espectador se haga cargo del tipo de pájaros con los que trata, el poli filósofo resume su vida a los de asuntos internos. El padre era veterano de Vietnam, la madre le abandonó cuando la criatura tenía dos años, y padre e hijo se fueron a sobrevivir a Alaska.

En el capítulo cinco, los guionistas cambian de referencia, de la filosofía a la teología, de Nietzsche a Calvino: “la maldad es connatural al ser humano; todos tenemos un lado malo y no sabemos cual es, todo el mundo es culpable”. Para ilustrar la sentencia, la narración muestra el desastre de vida que llevan los polis, nos introduce en una fiesta motera de drogas, sexo y rock&roll sórdida como el Infierno de Dante.

En el capítulo final, mientras los dos desgraciados polis conducen hacia la conclusión de la serie, los realizadores emplean manierismos cinematográficos posmodernos: imágenes aéreas o rasantes a cámara lenta, contraluces, nieblas, escenarios espectaculares y vertederos. En medio de esta escenografía paradójica, se ponen a hablar de la tunda que se dieron con motivo del súbito e imprevisto adulterio diecisiete años antes. El poli pragmático pregunta al poli filósofo por qué se acostó con su mujer, diálogo de buen rollito, ¿vale?, nada de honor ofendido pendiente, dando a entender que comprende la debilidad de un hombre persuadido de que el libre albedrío es una bobada. Y la contestación del poli filosofo es Everyone’s got a choice, con lo que tumba todas sus anteriores afirmaciones sobre la predestinación y el mal absoluto.

La deriva de la serie a estas alturas es un anticipo de la catástrofe final, que todos prevemos. El tiroteo, la recuperación en el hospital de los dos verdaderos detectives, y su huida del sanatorio como dos valientes de película yanqui quintaesencial.

El filósofo, apoyado en el hombro del pragmático evoca una experiencia sobrenatural mientras estaba entre la vida y la muerte, en la que vio a su hija (primera noticia, al menos para mí, que soy muy despistado) y a su padre, y quería estar con ellos. Dice que no debía estar vivo, escapando del hospital, sino con sus dos parientes muertos. Confiesa que la única historia es la de la luz contra la oscuridad, y que la luz va ganando.

Menos mal, esta pareja de agnósticos amorales cumplidores de la ley y trabajadores sacrificados, se salva.

¡Toma ya! ¡Series de calidad!

Y acabo con una pregunta que vale para toda la producción fílmica desde hace un par de décadas. ¿Por qué la industria cinematográfica, en especial la gringa, se empeña en mostrar lo peor de la sociedad, en indagar en personajes perversos, en revolver en la mierda social, en vomitar sobre una población narcotizada lo más repugnante de la vida humana y de la naturaleza?

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