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LA INDÓMITA Y EL MILLONARIO

It happened to Jane

 

Un estupendo modelo de manipulación cinematográfica

Una reseña de Gaspar Oliver

En la película “La Indómita y el Millonario” (It happened to Jane, 1959), Harry Foster Malone (Ernie Kovacs), propietario de una compañía de ferrocarril, ordena a sus subordinados que desvíen un tren cargado de langostas vivas de la viuda emprendedora Jane Osgood (Doris Day), de manera que tarde tanto en llegar a su destino que las langostas mueran en el camino, y la pequeña empresaria se arruine.

El conflicto entre Jane y el magnate nace con la demanda judicial de la indómita a la compañía de ferrocarril que, por negligencia, no había entregado una partida de langostas vivas y le había ocasionado pérdidas económicas y de clientela. El espectador conoce que la negligencia se debe a la avaricia de Foster Malone, el amo ferroviario, que anda haciendo recortes indiscriminados (y caprichosos) de personal. Jane gana en primera instancia, pero el equipo de abogados de Malone inicia el procedimiento para llevar el juicio a tribunales sofisticados en los que Jane perderá irremediablemente; entre otras cosas porque su abogado, George Denham (Jack Lemmon) carece de la pericia y los contactos precisos para actuar en tribunales superiores a los de su distrito.

Jane desecha la oferta de indemnización de los ferrocarriles, contra la opinión de Denham. Y en ese momento descubre que puede incautar una vieja locomotora en prenda de su demanda. Este es el nudo del conflicto. La televisión nacional se hace eco del valor de la intrépida, una débil mujer frente a un todopoderoso empresario, y empieza a recibir pedidos. Para enviarlos decide usar el tren incautado. Es entonces cuando el antipático y codicioso Malone interviene para hacer este viaje imposible, puesto que el recorrido transcurre por la red que posee.

La película es un prodigio de realización propagandística del American Way of Life. Es divertida, tiene un ritmo dinámico, está bien interpretada, se atiene al clásico planteamiento-nudo-desenlace, combina varias subtramas de un vivo melodramatismo, y acaba bien para todos. Dirigida por Richard Quine, con guión de Norman Katkov y Max Wilk, exalta la capacidad de un norteamericano sin fama ni fortuna para defender sus intereses frente a las grandes corporaciones y la injusticia. El pueblo de Maine en el que se crían las langostas se distingue de los demás en que conserva una vieja tradición asamblearia: las decisiones se toman en colectivo y al momento, como en la boulé o asamblea de la Atenas de Clístenes.

La manifiesta ideología de la película está planteada con enorme habilidad. La desproporcionada codicia de Malone le va dejando solo, todos sus subordinados se van despidiendo ante sus arbitrariedades, menos uno, su mano derecha, un hombre de aspecto aristocrático, inteligente y sensato, que finalmente le hará entrar en razón. Muy a pesar de Malone, que casi hasta el final se nos muestra como un verdadero canalla, muy jovial, por cierto, algo que no es una casualidad.

El desenlace de la historia es que, presionado por la influencia mediática de Jane, Malone no tiene más remedio que ceder. Pero para ello tiene que sacar literalmente del atolladero el viejo tren, porque se ha quedado sin combustible y se ha parado precisamente en un cruce de vías, interrumpiendo el tráfico de una línea nacional. En el momento culminante, el propio Malone se quita la chaqueta y empieza a palear carbón a la caldera.

En paralelo al argumento principal discurre otro. El buenazo Denham, el abogado  de Jane, aspira desde su juventud a la alcaldía de su pueblo, ocupada también desde tiempo inmemorial por el propietario del supermercado. La escena culminante de esta segunda trama es la asamblea ciudadana, en la que se evidencian las trampas del alcalde y la complicidad de los ciudadanos, que prefieren sacrificar su dignidad a cambio de pequeños beneficios. Cuando el pueblo recrimina a Jane su obstinación, que ha resultado en la venganza de Malone, decretando que ningún tren pare en la estación, con perjuicio de businessmen y commuters (vecinos que  viajan a la gran ciudad todos los días a trabajar), Denham reacciona con un discurso inspirado en hermosos principios, que conmueve a los ciudadanos, y le votan como alcalde.

El título de la película en inglés, It Happened to Jane, es también un acierto, porque transmite a los norteamericanos de la clase media que a ellos les podía pasar algo parecido, y que si actuaban con el coraje y la persistencia de Jane Osgood, sus derechos se mantendrían incólumes, no tanto porque el sistema judicial lo garantizara (en manos de mañosos picapleitos), sino porque la iniciativa privada sana y en beneficio de la comunidad triunfa sobre el interés de los poderosos; la verdad y el bien común siempre se impone.

La película, según esto, podría ser calificada de progresista, de liberal a la antigua usanza, podría coincidir con los planteamientos de las corrientes populares que solemos identificar en España con Woody Guthrie, Pete Seeger, el primer Bob Dylan y la Jane Fonda que se manifestaba contra la guerra de Vietnam. Sin embargo es todo lo contrario. It Happened to Jane es una obra maestra del conformismo, de la enajenación ideológica, una exaltación de la obediencia al Sistema por parte de la clase media. La clave es la inclusión en la trama de conflictos que ponen en evidencia los abusos del Sistema, incluso los del Poder Judicial, pero dejando claro y palmario que otro contrapoder, entonces emergente, los mass media, podían revertir las injusticias, tanto de los altos tribunales como de los inversores sin escrúpulos. Algo notoriamente falso.

Sesenta años después, la proyección de esta película en el primer canal de la televisión pública española, parece (o es) una maniobra perfecta de distracción. En unos momentos como los presentes, en los que la codicia de los grandes financieros y la incompetencia de casi todos los políticos nos ha metido en un hoyo del que tardaremos en salir, relajarnos ante una historia tan bien realizada como It Happened to Jane, es un modo estupendo de mantenernos boquiabiertos ante la catástrofe. A no ser que descubramos la añagaza, y disfrutemos doblemente.

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Autor: Redacción

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