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No hay Dos Españas, hay una, compuesta de partes disparejas, como todas las naciones del mundo

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Composición del artista samoano Idroj-tnas Yocla

Un artículo de Fernando Bellón, editor de Agroicultura-Perinquiets

Al llegar la hora del despertar matutino me acometen fantásticos relámpagos donde el sueño interfiere con la realidad, y se forman en mi cabeza combinaciones dadaístas. Por ejemplo: “Aunque le falta mañana, mono se queda: desfile de crisantemos”.

Brindo esta incoherencia a los aficionados al psicoanálisis. De ella se pueden desprender conclusiones variadas y antagónicas. ¡Qué divertido es especular!

Me sirvo de esta introducción para abrir una reflexión sobre las Dos Españas. Es una apertura con abrelatas, lo sé, pero es que lo de las Dos Españas tiene tela, tela metálica.

Mi propuesta, que me dispongo a argumentar, es que la idea de las Dos Españas es una fantasía metafísica, que no hay dos Españas ni nada que se le parezca, sino en la mente de quienes han construido ese discurso malinterpretando circunstancias documentadas con contumacia, a saber: reducir conflictos complejos a guerras fraticidas, progresistas contra reaccionarios en el siglo XIX (sin determinar con claridad quiénes son los unos y quienes son los otros), la Guerra Civil de 1936 a 1939 entre demócratas y fascistas, o entre rojos y nacionales, y a estas alturas del siglo XXI, el virtuoso gobierno progresista y la vampírica oposición ultramontana en una España atacada por el Coronavirus.

España no es un mito, alegó y demostró don Gustavo Bueno, articulador del Materialismo Filosófico. Pero España está llena de mitos, como lo está Francia, Noruega, Serbia o Azerbaiyán, citando al azar.

España es una de las naciones con más solera en Occidente, y sigue siendo un estado fuerte. Algunos lo niegan, como serían capaces de negar que la Tierra gira en torno al Sol si fuera necesario para sus propósitos. No es preciso adentrarse en profundidades filosóficas, basta con apoyarse en ellas para argumentar la propuesta de que no hay Dos Españas ni nunca las ha habido.

Dos o más Españas supone una división geográfica, climática, horaria, lingüística, folklórica, etc. A efectos académicos se establecen clasificaciones de este tipo que tienen un efecto aclaratorio, pero que no se puede tomar al pie de la letra, porque no representan ninguna realidad separada del conjunto visible o invisible de la totalidad compleja. A efectos políticos o sociológicos y no digamos ya estadísticos, las clasificaciones de este género no sirven más que para confirmar las ideas o propuestas de quienes las realizan,es una trampa retórica.

No hay dos Españas, hay muchísimas Españas, hoy como ayer, por ejemplo, desde el punto de vista de las ciencias (categorial, que dice el Materialismo filosófico), de la filología, de la climatología, del folklore, etc. ¿Y de la sociología y de la política? En esos dos territorios del conocimiento, vastos y vagos como ellos solos, el número de Españas es casi infinito, por decirlo a lo bruto.

Entonces, ¿de dónde viene esa idea metafísica de las Dos Españas? No sé si fue Antonio Machado quien primero la formuló, al menos poéticamente. “Españolito que vienes/ al mundo te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón.” La idea, entonces hecha carne por la Guerra Civil, era: o estás en, con una y contra la otra o a la inversa. Era una hipérbole poética, contundente, hermosa, pero falsa. La mayoría de los españoles no estaban en una de las dos forzadas Españas, sino en la suya propia, de su familia, de su barrio, de su pueblo, obedientes al bando que dominaba; pero reservándose la facultad de creer en lo que se les imponía, limitándose a sobrevivir.

Esto ha sido así con las guerras civiles: carlistas contra liberales, rojos contra fachas, da lo mismo. Una minoría aparentemente grande se cose una bandera en la camisa o en la chaqueta, y se la quita cuando es oportuno o conveniente hacerlo, y hasta la cambia por la opuesta o la que toque. Una minoría de fanáticos, de intelectuales a sueldo, de pirados, de listillos, de tipos sin personalidad, pero muy gritones, muy airados. Viven en el seno de una mayoría de personas a quienes las etiquetas les traen al fresco.

Algo singular en el etiquetado fulminante es su origen extraño a la sociedad que sufre la clasificación de sus ciudadanos. En el caso de España, el imperio británico, en especial la masonería, fue el que albergó, protegió y financió el liberalismo antiborbónico,. Por su parte, los carlistas no necesitaban a nadie foráneo porque defendían el Antiguo Régimen desde dentro. Contaban con los curas, que en las aldeas y pueblos ejercían un papel benéfico además de ideológico), manteniendo la cohesión del “pueblo”. Los pocos clérigos que se hicieron liberales se convirtieron en comecuras jacobinos, adictos a los intereses de la Francia Imperial (hubo excepciones, por fortuna).

Como ha demostrado Elvira Roca Barea con un aparato documental apabullante (frente al nulo de sus opositores) la hispanofobia la alimenta en el siglo XIX Francia, con el concurso inestimable de Gran Bretaña y Holanda, una hispanofobia antigua que cala entre los intelectuales españoles ilustrados como un coronavirus de letalidad retardada.

Y llegados a la Guerra Civil de 1936-1939, las Dos Españas se crean en los entresijos del Komintern, como lo hicieron en Francia, y no lo consiguieron en el Reino Unido. Lo tenían fácil, debido a la aparición arrolladora del nazismo y del fascismo. Los que no estaban con el Pueblo (Frente Popular) eran fachistas. (Así les llamaba mi tío Felipe, un comunista que vivió la ferocidad de la represión antitrotskista y antianarquista en Barcelona, y se exilió en Francia, al que conocí avergonzado y aterrado de lo que fue su experiencia, y eso que la suya debió ser de las menos cruentas). El único partido fachista en España fue Falange, y aún así lo era poco, pues se identificaba con el catolicismo, pero daba igual, a efectos del Frente Popular la CEDA era fachista, los burgueses de toda condición eran fachistas, los militares sin adscripción política o acaso monárquicos eran fachistas

El levantamiento minero de Octubre del 34 y su fracaso en el territorio nacional (que también era republicano en esas fechas) constituyó la partida de nacimiento de las Dos Españas. La experiencia de ese fracaso fue la que incitó a Moscú a articular un Frente Popular en Francia y en España, a pesar de la debilidad extrema del PCE, un Frente Popular que dejara de lado a los anarquistas, una fuerza sin cohesión, pero muy arraigada en el proletariado y el campesinado español. Stalin sabía que no había que apartar a los anarquistas, que se apartarían solos.

El esfuerzo comunista por hacer lo que los fraccionados anarquistas no sabían ni querían realizar fue extraordinario, heroico, titánico, despiadado. Y pudieron haberlo conseguido de no haber sido por el odio infiltrado en las filas de un indisciplinado Frente Popular, cuya cabeza visible quedó en manos de los peores elementos de la sociedad. Dedicaron gran parte de sus energías al saqueo y la persecución sumaria de quienes consideraban enemigos, personas no afiliadas a ningún partido en su mayoría.

Hasta la caída del Socialismo Real, este esquema dualista se reprodujo en medio mundo. Lo “desconcertante” es que, después de la Guerra Fría, el dualismo saltó hecho añicos, pero el Dualismo Ideológico se mantiene. Hay dos Estados Unidos, dos Francias, dos Italias, dos Grecias, dos Alemanias, dos Inglaterras, y por reducción, dos Cataluñas, dos Córcegas, dos Escocias… y así hasta la descomposición del nacionalismo más demencial.

Es un “desconcierto” fingido por mi parte, no podía ser de otra forma, porque es el mejor y único argumento de la izquierda indefinida y divagante, dividir el mundo en dos y situarse ella en la parte angelical. Por su parte, la supuesta derecha hace el mismo juego, como si el comunismo no estuviera muerto y enterrado.

El propósito de quienes insisten en la existencia de Dos Españas es el de aclarar o limpiar el escenario político, y hacer creer a la población que o están con unos, ellos, o con otros, los enemigos.

La oportunidad de partir de nuevo España apareció cuando se puso en cuestión la Transición. Tiene gracia que fuera “la izquierda”, la indefinida y divagante, la que se colgó las alas del angel exterminador. Tiene gracia porque en la época en la que se forjó la Transición, los enemigos públicos y jurados de ésta fueron los franquistas acérrimos, los que más tenían que perder con el cambio de régimen. Es como si la historia hubiera girado entorno a sí misma, pero intercambiando los papeles.

¿Qué tienen que perder estos izquierdistas difusos? Evidentemente lo mismo que los fachas de antaño, sus privilegios. Vivir de la política y de la Administración se ha convertido en un recurso eficaz, que cada vez practican más caraduras. En algún sitio he leído una estadística según la cual en España vive de la política medio millón de personas, puede ser una exageración, pero no un disparate.

Hubo un precedente en la España de los sesenta y de los setenta, cuando el país empezaba a cambiar para bien, quiero decir para el bien de la mayoría de los españoles, los excombatientes ocuparon los chollos que se les ponían al alcance de la mano y se aferraron a ellos, hoy las tornas han caído del lado de los izquierdistas de salón y facultad.

Regreso al principio, a mi sueño dadaísta. “Aunque le falta mañana, mono se queda: desfile de crisantemos.” Invito a cada español y no español que lea este artículo a que interprete la fantasía y coloque en ella la estupidez esa de las Dos Españas.

(Ilustra la composición del artista samoano Idroj-tnas Yocla)

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