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Ascenso al Teide en patín

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Impresiones ilustradas de una semana en Tenerife, por Segismundo Bombardier. Fotografías del autor.

El tío Peri salió joven de España en 1939, en el mismo aeroplano que Pasionaria, desde un aeródromo alicantino. Recaló en Argel, pero no le gustó al perspectiva de exiliarse en la URSS con su mujer, que era secretaria de Margarita Nelken, también pasajeras en el mismo aeroplano. Decidieron aventurarse en América. En Venezuela se dedicaron a los negocios. Y tuvieron un hijo y una hija.

El tío Peri no se atrevió a volver a España hasta los años 70, previo asegurarse en instancias diplomáticas de que no le iban a encarcelar.

Sus dos hijos sí vinieron antes a España, en concreto a Canarias, quizá porque conocerían a algún emigrado político nacido por allí, que les convenció de que en el océano se encontrarían más a gusto que en la Península.

Pasaron unos pocos días en Madrid, pero se volvieron enseguida a las islas. Creo que intentaron estudiar allí una carrera que nunca acabaron. La familia decía de ellos que estaban “aplatanaos”, que tenían poco fuste, que no eran como su padre, un tipo guapo, bien plantao y emprendedor. Yo los conocí una tarde en casa de una de las titas de mi madre, en la calle Martín de los Heros. El calificativo de “aplatanao” se me quedó grabado en la cabeza. Los canarios y los venezolanos eran “aplatanaos”, una mezcla entre gandules, morosos y apáticos.

Una roca resistiendo los embates del Atlántico frente a Roque de las Bodegas, en la costa norte del parque de Anaga, en la cabeza del pato que es la isla de Tenerife.

He pasado una semana en Tenerife con un grupo de viejos amigos españoles, y me he llevado una feliz decepción. Los canarios son exactamente lo contrario a “aplatanaos”, son activos, trabajadores, ingeniosos y poseen un sentido del humor semejante al de los andaluces con gracia, de quienes yo procedo en parte, aunque mi gracia es limitada.

Lo primero que se observa al aterrizar en Los Rodeos es una verdura poco común en el resto de España, salvo regiones cantábricas y galaicas. Lo segundo, camino del hotel, en nuestro caso en Puerto de la Cruz, el formidable trabajo de obras públicas e ingeniería, y de eso algo entiendo por mi oficio. Sólo conozco Tenerife y La Gomera, y el esfuerzo y el capital invertido en carreteras allí es gigantesco. Me figuro que en las otras islas será igual. Las toneladas de hormigón, asfalto y alquitrán, piedra y metales formarían una nueva isla si pudieran juntarse. Los túneles, rellenos, puentes, cruces, desvíos, y nudos en las autovías son limpios, elegantes, aunque con un exceso de carteles que vuelve loco al turista.

Todo esto se ha hecho en Canarias y por canarios. Supongo que el dinero lo habrá puesto el Estado Español, porque ni las exportaciones de fruta ni el turismo dan para tanto. Pero son actividades entrelazadas como un cabo de embarcación. Una buena red de carreteras permite la expansión del turismo y del comercio, actividades que nos benefician a todos, aunque en las últimas décadas está cayendo sobre ellos una sombra de culpabilidad erigida por un oscuro artificio en el que entran la ecología, el Apocalipsis y otros terrores que mucha gente comparte, pero a los que casi nadie hace caso, incluidos sus propagadores.

De las generalidades paso a impresiones más concretas.

Estampa del Botánico de Puerto de la Cruz una tarde de lluvia.

La primera, el tránsito.

En Canarias dicen tránsito no tráfico, y dicen bien. Lo que no está nada bien es la cargada circulación de vehículos en las carreteras principales y en las autovías. Como sucede en estos casos, buenas carreteras significa más coches. Y en Tenerife hay cantidad. ¿Por qué? El desplazamiento en las islas ha sido un problema para quienes las han habitado. Desde el primer momento se inventaron fórmulas algo más prácticas que la de los gomeros aborígenes, dando saltos por los barrancos ayudándose de una pértiga.

Uno de los guías informaba a los forasteros sobre los caminos reales, construidos con piedra volcánica de basalto por los propios habitantes, que cultivaban cereal en terrazas a alturas sorprendentes, hasta hace poco. En algunos casos no podían llegar a las eras con burros, y lo transportaban todo en sus propios lomos.

La orografía de la mayoría de las islas es una verdadera tortura para el trabajo, para el comercio y para el transporte. Los coches allí deben durar poco, porque bastantes cuestas solo se suben en primera o en marcha atrás.

Pese a todo, desde que los españoles impusieron la civilización y la religión imperante en Europa, Canarias ha prosperado gracias al trabajo ímprobo de sus habitantes. No son “aplatanaos”

Una cuesta (de las menos empinadas) en Icod de los Vinos.

La clientela hostelera

Observación propia merece la clientela hostelera. Los hoteles están llenos de viejos españoles, que viajan a precios módicos gracias al Imserso, de viejos alemanes e ingleses, y de familias británicas, alemanas y francesas, mediante agencias económicas. Me dicen mis amigos españoles clientes del Imserso que observan en Canarias un turismo provecto algo más fino que el peninsular.

Hay dos tipos de jubilados, asegura uno de ellos. En el Mediterráneo, clase trabajadora o media inestable, si es que hay alguna diferencia, poco instruidos, glotones, y confían en lo que les cuenta la tele; en las islas Canarias, clase media establecida, instruida, menos deteriorada físicamente, menos permeable a los mensajes televisivos.

Pero también hay multitud de jóvenes, en grupos, en parejas, que recorren las islas andando o en bicicleta. (Angela Merkel, química cuántica, que no es tan joven, pasa sus vacaciones en La Gomera, desde los años setenta, según información de una guía, algo improbable porque en los años 70 Angela Merkel, solo podía salir de vacaciones al mar Negro o a Moscú.)

Caminar o pedalear por las islas Canarias tiene un mérito incalculable. Se encuentra uno a estos campeones en cuestas de varios kilómetros con endiabladas revueltas, apretando los pedales con determinación. Me dio la impresión de que no todos eran turistas, sino socios de clubes locales, algo que tiene mérito, porque si yo viviera en una isla canaria, estaría hasta las narices de cuestas.

Pero el colmo de la sorpresa lo tuve en la carretera que va de la Orotava al Teide. Primero una chica, y luego un chico, se impulsaban con esos palos que llevan los caminantes, para sostenerse sobre un patín en cada pie. No pudimos parar porque la carretera era estrecha, y cuando encontramos una pequeña entrada, estaba tan lejos de ellos, que esperarles para hacerles una fotografía nos habría llevado una hora. Hoy, a varios días del hecho épico, me los figuro llegando al pie del teleférico del Teide, con dos palmos de lengua fuera, y jurando en hebreo por haberse comprometido a la subida. Porque ascender el Teide en patines no puede ser otra cosa que efecto de una promesa, una penitencia, como subir de rodillas.

Las monjitas de Santa Catalina

Museos, iglesias y conventos barrocos tienen las islas a porrillo. Recuerdo la iglesia de Santa Catalina, en la plaza del Adelantado de La Laguna. Salían personas de edad, muchas parejas, bien vestidos, buena sociedad. Sentí por ellos de pronto un arrebato de cariño. Me veía a mí mismo con mis padres, saliendo de la misa de doce en Madrid. Luego les cogí manía a los católicos y a los curas, y todavía hoy, cuando he ido a una celebración, la mayoría de los sermones que he escuchado me han parecido vacuos, torpes. Hace tiempo perdí la fe y la confianza, pero hoy me parece muy digno que haya personas que practiquen ambas, y no todas ni mucho menos son de traje de domingo. El anticlericalismo español, reflejo del francés, cundió entre las llamadas “clases populares” porque los demagogos unieron al clero con los ricos, la falsedad prendió como una mecha y costó sangre. Y los demagogos franceses son más temibles que los españoles, porque se envuelven en la capa de la Ilustración, que todo lo confunde.

Al fondo de la iglesia de Santa Catalina había una rejilla, y tras ella, un grupo de monjas, algunas de ellas de tez y semblante americano. Los fieles que salían debían conocer a algunas, porque se despedían de ellas agitando la mano, y las monjitas respondían.

La Gomera

Una excursión a la Gomera hicimos. Hay un tópico sobre esta isla: que no tiene un palmo de llanuras. No es un tópico. Decía la guía que no es una isla volcánica. Al parecer los barrancos se formaron hace millones de años, cuando sí había volcanismo. Desde entonces, los meteoros han suavizado crestas y cimas (relativamente), y en las terrazas asentadas por obra del hombre (y la mujer, me figuro) se cultiva lo que da el suelo, el clima y lo que se les ocurre a los más industriosos, frutas tropicales y cosas así.

La Gomera es redonda, y todos los barrancos se derraman al mar desde el centro. Cruzar la isla es una aventura, porque algunas carreteras son estrechas, y los chóferes de los camionazos y guaguas derrochan pericia e ingenio para cederse el paso. Por cierto, la red de transportes públicos de las islas parece muy seria y eficiente, te topas con guaguas por todas partes. Nosotros nos desplazábamos en coches de alquiler, pero lo revuelto del relieve nos agotaba a los conductores, todos hartos de darle al volante al cabo de décadas. Hicimos promesa de no utilizar más que guaguas en un próximo viaje. Qué bello sustantivo, guagua. Y qué bello ese lenguaje vivo y antiguo en el que todo el mundo se llama de usted, o sea, vuesa merced.

Para ahorrar curvas en la Gomera, se puede viajar de un puertecito a otro en barco. La empresa en la que nos desplazamos tenía nombre nórdico, con un barco reluciente, amarillo, muy cómodo. En la tripulación había gallegos zumbones. Uno de ellos nos contó una leyenda: el buque había sido construido en Barcelona, y para sacarlo al mar necesitaban una bandera española, ausente de todas las tiendas, y tuvieron que comprarla en un chino; el dueño les dijo, “no se les ocula ponela hasta que lleguen a alta mal”. En realidad el barco estaba construido en Australia. Hay mitos modernos, que acabarán adquiriendo categoría académica.

De vuelta en Tenerife

Hay dos zonas, el sur, árido como la costa alicantina, murciana o almariense, y el norte, de vegetación lujuriosa, que a mí me recuerda el Cantábrico. Uno necesita referencias, y la costa de Calais, Dunquerque y Ostende, cercana a mi casa en Lila (Lille de Francia) no se parece a ninguna española. En una cosa sí, tiene feísimos edificios de pisos, y los negocios turísticos parecen salidos de un troquel. Todas las zonas turísticas que conozco son iguales, y venden los mismos materiales, solo distintos en las estampas impresas en la cerámica, los imanes de cocina, los delantales, las gorras, las postales… Parecen franquicias, pero son iniciativa de personas sin imaginación o temerosos de aplicarla.

El Teide

Todo lo domina el volcán, se distingue desde todas partes. Es una montaña portentosa, digna, sacrosanta. El trabajo que se toman en Canarias por preservar la naturaleza más o menos original es meritorio, está bien realizado y bien publicitado. Una visita a las Cuevas del Viento, no muy lejos de Puerto de la Cruz, fue ejemplo de la eficiencia de los guías, jóvenes bilingües o trilingües que, si no lo son, parecen expertos vulcanólogos.

Una de las vistas más impresionantes del Teide es desde el mirador del Carmen, asomándose hacia el suroeste desde las alturas del parque natural de Anaga. Se domina casi toda la isla. Adentrándonos en el parque, grabamos en los móviles los cantos de pájaros maravillosos, sin que ningún otro sonido interfiriera, en medio de un impenetrable bosque de laurisilva.

Lecturas

Uno de lo amigos españoles en Tenerife me entregó a medio viaje con el ceño arrugado el libro “Fracasología. España y sus élites, de los afrancesados a nuestros días”, de María Elvira Roca Barea. Dijo, “tú, que eres afrancesado, a ver qué te parece este bodrio”. Dediqué mis ocios canarios a leerlo. Otro amigo español me miraba mientras yo leía, y ponía muecas ambiguas. Yo ignoraba quién era esta Roca Barea, y su impacto demoledor en la fortaleza progresista española. A medida que avanzaba en la lectura, me daba cuenta de la potencia explosiva del libro. Lo más sorprendente para mí fue que me sentí señalado con el dedo. Fue una epifanía. No sé si los borbones franceses han hecho en la clase ilustrada española el daño que Roca Barea les atribuye. Pero sí comparto con la autora que España fue cercada, minada y asaltada mediante la creación de una leyenda por naciones que la temían, leyenda que los ilustrados españoles se han tragado como un veneno embriagador.

La ciencia y la cultura española, desde los Austrias al presente rey borbón han estado a la altura de la europea siempre, cuando no por delante. Y ha sido el complejo de las clases dirigentes hispánicas lo que ha contribuido a la cimentación de la idea del “secular atraso”. El libro ha hecho vacilar mi fe en la integridad de la cultura francesa, en nada superior a la española. Y entiendo el ceño de mi amigo, que no quiere bajarse del burro, literalmente hablando, y eso que es un buen tipo.

Finalizo

El tío Felipe, hermano mayor de el tío Peri, ambos comunistas, salió de España en febrero de 1939. De ser mecánico de automóviles, llegó a capitán de la Guardia de Asalto. No sé en qué circunstancias, fue empleado por la Wehrmacht, el ejército alemán, para reparar camiones y tanques. Pasó la guerra (Mundial) en Lila, Lille, y luego de terminar se estableció en Roubaix, donde pude visitarle regularmente hasta que murió. Juró no volver a España hasta la muerte de Franco. Le sobrevivió, y al conocer Madrid y Barcelona, no le cabía en la cabeza que el Franquismo hubiera dado lugar a esas ciudades modernas.

El tío Felipe no conoció las islas Canarias. Imagino que su hermano le contaría leyendas. Quizá creyó que los canarios eran tipos aplatanaos. Me hubiera gustado poder hablar con él a la vuelta de mi viaje. Aunque, si viviera hoy, lo que más perplejidad le causaría es …, en fin, lo que nos tiene a todos en un ay, incluso a los que vivimos fuera de España.

Segismundo Bombardier inicia sus colaboraciones con Agroicultura Perinquiets. Segismundo Bombardier es ingeniero industrial jubilado, escribe novelas y apuntes de viajes, y ha pasado casi toda su vida en Francia. Reside en Lille, lindando con la Bélgica valona.

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