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Cultura y comunicación General

Autorretrato de un novelista desvalido y cabezota. O “Desde la penúltima vuelta del camino”

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He publicado mi novela EL SUEÑO DE ENDIMIÓN en Amazón. Se ofrece en edición en papel (11,70 $) y en epub (4,40$). Supongo que admitirán pagos en euros. La novela está ilustrada por Álvaro Olavarría, manipulando la Inteligencia Artificial y viceversa. A continuación, unas reflexiones oportunas.

Fernando Bellón

Cuando yo estudiaba en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid (EOP) se necesitaba el título para obtener el “carné de Prensa” del Registro Oficial de Prensa. Esto se atribuía a la perversidad del régimen de Franco. Tener a los periodistas controlados es la obsesión de toda dictadura o dictablanda. Para los alumnos progres (casi todos), el periodismo debía de estar abierto a cualquier persona preparada, sin títulos que valieran. Era chocante que uno de los directores de la EOP fue Emilio Romero, que tenía uno de los primeros carnés del ROP, pero carecía de estudios académicos. Esta paradoja se explicaba con el argumento de que los periodistas del Régimen eran una excepción.

Todo esto eran palabras vacías. Cuando se creó la facultad de Ciencias de la Comunicación (¡menudas ciencias!), se abrió un debate entre los profesionales jóvenes, que reclamaban la necesidad de un título para ejercer el periodismo. También eran palabras vacías. Nunca en España ni en ningún país más o menos democrático se ha restringido el acceso a las redacciones de los periódicos mediante un título.

Pues bien, en la literatura y en la mayoría de las artes reconocidas pasa algo parecido. Salvo los académicos, que tienen sus propias reglas, todo ciudadano o ciudadana puede ser novelista, ensayista, charlista, columnista, músico, pintor, escultor, cineasta o saltimbanqui y, dado el caso, ganarse el pan.

No hay estudios académicos específicos para aprender a escribir. Menos mal.

En la creación literaria hay escuelas particulares y espontáneos/as que ofrecen seminarios y tutoriales grabados; pero nadie entrega un certificado que sirva para gran cosa. Aprender a escribir, como aprender música o artes plásticas requiere un proceso, un entrenamiento. En el caso de la creación literaria se llegan a dominar técnicas, pero nadie enseña a escribir si no es mediante la práctica personal, intensa y perseverante.

En el caso de la música existe desde la antigüedad una serie de fórmulas que han podido variar con el paso de los tiempos, pero de las que nadie que se precie como músico se escapa. Las excepciones son raras. Pavarottis hay pocos, pero compensó la falta de escuela con valores superlativos.

En literatura lo más parecido a un programa pedagógico es la Teoría de la Literatura, la Crítica literaria o la Literatura comparada, la estética, la poética y tal. Ningún escritor veterano y reconocido puede enseñar a escribir, salvo revelar sus trucos. El talento no se aprende, se adquiere con esfuerzo o se posee.

Yo me he formado por mi cuenta, duramente, sin sistema ni referencias. Me ha valido. Pero a estas alturas de mi vida lamento no haber tirado por un camino más académico, de escuela. No da pedigrí, pero sí socializas con colegas.

Maestros

Mi modelo literario es Pío Baroja. Tengo más, pero Baroja es para mí una referencia fija y constante. Mi género novelístico es el realista (en pintura yo sería figurativo con rasgos dadaístas), incluso cuando penetro en fantasías, en hechos imposibles o delirantes, me esfuerzo en no enrollarme con estilemas vanguardistas y otros disparates.

Mis terribles años formativos me depararon la fortuna de leer a casi todos los escritores del Siglo de Oro y aledaños, desde Fernando de Rojas, un autor preclaro, Jorge Manrique, fray Antonio de Guevara, Cervantes, Lope, Calderón, Quevedo, Mateo Alemán, Góngora, Baltasar Gracián y algunos que les sucedieron en el siglo XVII y XVIII. Mi padre tenía una biblioteca que todavía perdura repartida entre sus hijos. Mis compañeros del colegio ilustrados leían a norteamericanos como Steinbeck o Faulkner. Gracias a mis rancias lecturas me inmunicé contra el posmodernismo, y he recuperado a tiempo mi conservadurismo primigenio

También leí a Goethe, a Thomas Mann, a Herman Hesse, a Heinrich Böhl y a Günter Grass; al tremendo Dostoievski, a Gogol, a Turgenieff. Dejaron poso. No he podido con el Ulisses ni con Los Versos Satánicos, pero sí con Richard Russo, con John Irving y con de Lillo, a quienes admiro. Tarde ya, me he iniciado con el gigante Balzac.

Además de Baroja y los noventayochistas he paladeado a Juan Antonio Zunzunegui, a Clarín, Galdós, Valera y a Eça de Queiroz, una joya ibérica del tamaño de Dickens. Leo poca literatura española actual, Aramburu, de Prada, Trapiello y tal. Y últimamente me he zambullido en las crónicas de Indias, un material de oro puro, que la lengua española ha ofrecido al mundo, y que pasa desapercibido salvo para ciertos académicos y tipos como yo con la suerte de haberlas descubierto.

Con la excepción de la filosofía y de la historia, que necesitan una bibliografía cuidada, selecta y ordenada, leo mucho al azar.

El sueño de Endimión

EL SUEÑO DE ENDIMIÓN, ilustrado por Álvaro Olavarría, se resume así en la contraportada del libro: Dos mundos paralelos, dos países asimétricos. Una bella joven se esfuma sin dejar rastro en uno de ellos, Ybaria. Otra bella joven cae como un pájaro exhausto en el otro, Veetónica. ¿Son dos mujeres diferentes? ¿Es la misma? Y si lo fuera, ¿cómo ha conseguido cruzar sin daño la espesura del espacio-tiempo? En la Federación de Repúblicas de Ybaria, una conspiración de la alta burguesía de la república federada de Carolunia busca despedazar el país en su exclusivo beneficio. En el reino de Veetónica, un grupo de intelectuales orgánicos urde canalizar la ira de una juventud sin trabajo ni ilusión en una Massa Crítica dirigida por ellos. Un hombre sin acabar pero responsable de sus actos y una mujer frágil pero de excepcional sabiduría y belleza son los personajes claves en la crisis de dos mundos agobiados por el pesimismo antropológico. Aventura, misterio, suspense, ironía, erotismo, intuición y ciencia, azar y necesidad. Todo esto es El sueño de Endimión.

Esta es la novela a la que he dedicado mas tiempo de las doce escritas, que cito al final de este texto. La primera versión la dejé a medias, porque no sabía cómo continuar. Mi forma de trabajo es seguir la intuición, y escribir sin un objetivo concebido de antemano. No sé cómo voy a acabar hasta que pongo “Vale” o “Fin”. Soy incapaz de seguir un guión o un esquema previos.

EL SUEÑO DE ENDIMIÓN debí de escribirlo influido por Robert Anton Wilson y Robert Shea, autores de una novela descajonante sobre los Illuminati, y por la autobiografía más descajonante todavía de Timothy Leary, Flash Backs.

Jamás he consumido otras drogas que no sean el alcohol, el tabaco y la ensoñación inducida, siempre en dosis razonables. Pero me interesa mucho el asunto. Así que quería a toda costa, y sin ser consciente de ello, hacer de EL SUEÑO DE ENDIMIÓN una descajonancia más. Reinicié la escritura, me detuve varias veces, y al sexto intento senté la cabeza y empecé a andar por sendas más convencionales.

Además de los efectos de las drogas químicas me interesa de antaño la astrofísica. He leído cantidad de libros sobre agujeros negros, mundos paralelos, teoría de cuerdas, astrofísica para aficionados, cosmología, con resultados decepcionantes, porque no me enteraba ni de la cuarta parte de los razonamientos. Ejemplos: Calculating de Cosmos, Ian Stewart, Just Six Numbers, Martin Rees, Quantum. Einstein, Bohr And The Great Debate About The Nature Of Reality Manjit Kumar. EL SUEÑO DE ENDIMIÓN está repleto de argumentos científicos extraídos de estas lecturas. Ahora me sirvo de las conferencias y videos de Youtube, fabulosas intervenciones de maestros de la ciencia realizadas con IA, de títulos escandalosos (“El tiempo no existe”, “La verdad sobre la conciencia”, “La teoría cuántica esta equivocada”…).

Entre mis aficiones está la Historia, con especial incidencia en la Clásica mediterránea y la España moderna e imperial, también la filosofía, en especial el materialismo filosófico del profesor Gustavo Bueno, que he estudiado a fondo sin llegar a penetrar del todo en él.

Vivir en un mundo con recursos digitales proporciona material y herramientas de valor extraordinario. No sé yo si esta riqueza binaria acabará saltando por los aires en cualquier momento.

Este temor subyace en EL SUEÑO DE ENDIMIÓN.

Terminé la novela en febrero de 2017. Al final del texto impreso digo que la empecé en 2016, pero en realidad fue antes, sólo que en 2016 me tomé el trabajo en serio. Me inspiré en circunstancias reales. Por ejemplo, la rebelión catalana. Si en febrero de 2017 me hubieran anticipado los sucesos de octubre, no les habría dado crédito. Y si en esa misma fecha me hubieran advertido de lo de Ceuta de 2026, tampoco habría hecho caso. Y sin embargo, ambos aparecen en EL SUEÑO DE ENDIMIÓN.

He intentado aprovecharlo para publicitar la novela. Pero que si quieres arroz, Catalina.

Los términos de la literatura: autor, lector, obra y transductor

La colgué en Amazón porque me habían dicho varias veces, “oye, cuélgala en Amazón, hay escritores que han vendido muchos libros.” Es pronto para decirlo, porque la novela está a la venta desde julio, pero me inclino hacia el escepticismo.

Coincido con el profesor Jesús G. Maestro en su visión de la obra literaria (quiero decir que acepto su definición y la hago mía): La literatura es una construcción humana y racional. Se abre camino hacia la libertad a través de la lucha y el enfrentamiento dialéctico. Utiliza signos del sistema lingüístico a los que confiere un valor estético o poético, y otorga un estatuto ficcional. Se desarrolla a través de un proceso comunicativo o sistema de dimensiones históricas, geográficas y políticas. Los términos fundamentales de la literatura son cuatro: el autor, la obra, el, lector y el transductor.

Hay bastantes definiciones de la literatura y de las artes que la acompañan en el Olimpo. En los últimos tiempos, se ha estudiado el concepto de la obra de arte desde el punto de vista de su reconocimiento. En pocas palabras, no hay obra de arte si no encuentra un lugar en el espacio público. Puede ser bella, bien construida, admirable, meritoria, pero si no está sostenida por una autoridad, sobre todo académica, pero también mediática, esa obra es como si no existiera.

La definición de Maestro me parece completa en especial en sus cuatro términos fundamentales.

Si yo soy un novelista autopublicado, sólo soy un poquito novelista. Si no publico nada, soy un armario lleno de buen género (porque mi género es bueno), pero cerrado, inaccesible a quien pueda disfrutar de él.

Estas son mis reflexiones sobre el éxito literario, mejor dicho el reconocimiento, no el enriquecimiento, que es rarísimo.

Se alcanza de varias maneras resumidas en tres: vía académica, vía clubes de interés, vía mediática, en especial televisiva. Y una cuarta porcentualmente imperceptible: la suerte, la lotería.

La vía académica es la de los profesores y personal educativo en general. Se apoyan y se despedazan entre ellos, pero el efecto es el mismo, la fama del que aspira a ella se extiende como una gota de aceite en un vaso de agua, es decir, sin mucha extensión, pero lo suficiente. Cuando consigue que le publiquen algo (por lo general a su costa o gracias a algún subsidio editorial), tiene un montón de discursos complacientes asegurados, porque él hará lo mismo cuando le llegue el turno a otro cofrade.

La vía de los clubes está vinculada a la anterior, porque los clubes, tertulias, círculos de estudios literarios, oenegés de amigos de las artes que se tienen por sabios expertos, und so weiter, así seguido, son huertos culturales privados. Los clubes más frecuentes son los habitados por intelectuales de oficio, infiltrados en todas las instituciones, fundaciones, cenáculos, cofradías y taifas. Dominan en ellos los progres, que son multitud sin censar. Pertenecer a una familia de artistas más o menos consagrados forma parte de esta vía, porque la familia es el primer club de la historia.

La manera más eficaz de alcanzar la celebridad es a través de la televisión. Da igual el género y el formato del programa; quien aparezca con frecuencia y naturalidad en ellos es aspirante a la gloria popular. Y si es de los que dirigen, todavía más. Una mañana soleada de Nueva York me encontraba yo en la plaza del Rockefeller Centre sosteniendo el micrófono con el cubo de Canal 9 frente a la cámara. Me disponía a hacer lo que en mi tiempo se llamaba espich, piece to camera o stand up. Me di cuenta que los ciudadanos de al rededor se paraba a observarme. No lo hacían para fastidiarme o burlarse de mí como abertzales indecentes. Estaban admirando a un media man, un tipo de la tele. Me tenían sana envidia. En resumen, si sales con frecuencia en la tele, empiezas a almacenar celebridad.

Pertenece a esta tercera vía la de las redes sociales, aunque manejarlas bien tiene más que ver con la astucia y la suerte que con el conocimiento.

El prólogo del Quijote es una muestra de que publicar ha sido complicado desde la invención de la imprenta. Las dedicatorias de Cervantes validan los cuatro términos de la literatura según Jesús Maestro, en especial el último, el transductor.

He intentado en ocasiones valerme de las redes, dirigiéndome a celebridades. Sólo dos me han contestado disculpándose por la intensidad de su trabajo que les obliga a leer más de la cuenta. No lo encuentro una descortesía, sino algo lógico. Crear literatura, artes plásticas, música, teatro, etc es hoy algo tan común como la cocacola. Es uno de los avances de la humanidad, todos somos capaces de crear algo. Y con frecuencia se trata de trabajos de calidad, que pasan inadvertidos. Lo sé porque conozco a hombres y mujeres próximas que crean objetos preciosos. Habemos millares.

También he intentado la vía de los concursos y del envío a editoriales. Supongo que habrá concursos limpios. No he tenido la suerte. Si tengo la oportunidad de leer unas páginas de esos premios, veo que las mías son de la misma calidad, si no mejores. ¿Por qué han premiado a Fulanito y no a mí? Casualidad, I presume. Y en cuanto a las editoriales, me he ido enterando de que algunas de cierto renombre, te admiten el manuscrito a cambio de que pagues la edición y te busques la vida en la distribución. Luego están las editoriales corsarias, que te cobran una pasta por editarte el libro y aseguran (falsamente) que lo distribuirán y lo promoverán.

El negocio editorial es de los más selváticos, así que comprendo que haya corsarios de los libros, y que los que no sean corsarios se atengan a modelos establecidos en los que la venta del material está casi garantizada. Digo casi porque una visita a una librería muestra lo azaroso que es vender un libro. Se amontonan en columnas o desparramados ordenadamente sobre grandes mesas.

¿Cómo se venden los libros, mejor dicho, las cosechas de novelas que se exhiben en esos graneros de libros que son las librerías? ¿La publicidad? Es posible. Pero una campaña publicitaria dura poco tiempo, para ser sustituida por otra. ¿Tanto efecto tiene? La conclusión es que sólo los grandes premios, perfectamente urdidos, pueden facilitar a un autor una renta consistente.

Pero esto es una pescadilla que se muerde la cola. Para ganar un premio tienes que ser famoso por algo, estar en la reserva de famosos premiables. Llegar a ser una celebridad televisiva cuesta años de luchas salvajes en esa selva. Una vez que estás en ese mercado, un premio da categoría, pero no garantiza calidad, casi lo contrario. Sólo da beneficios a los editores, que tratan el producto literario como una marca de cosméticos o de crecepelo. De este modo, la celebridad literaria del premio permite seguir publicando. Und so weiter.

Llegados a este punto conviene ir clausurando el desahogo.

La difusión de los artículos que se publican en esta revista es muy limitada. Pero para mí, suficiente. Nunca he tenido vocación de periodista de combate. Entre otras cosas porque las guerras en que se forma el periodista de combate son falsas como los crecepelos. No me refiero a las trincheras del Líbano o al narcotráfico internacional. Tampoco esas guerras las narra bien el periodismo de combate, basado en un estereotipo que ni siquiera aspira a ser un Plutarco, que inventó mucho, y tampoco a Tucídides, que se tomó en serio la guerra del Peloponeso. El periodismo de combate es una de las trampas más bien urdidas en esta profesión, lo cual no quita que los reporteros bélicos no pasen calamidades y sustos.

Mis cuarenta años de plumilla me han permitido conocer verdades sin licencia y mentiras certificadas. En los peores ratos de mi profesión, cuando me sentía un roedor perseguido por una banda de gatos, me liaba la manta a la cabeza y procuraba hacer mi trabajo lo mejor posible, y no siempre lo conseguía.

Pero ahora que llevo una vida de pensionista, practico el periodismo que me gusta y enriquece mi conciencia. La prueba es esta revista digital, que empezó en 2014 como un entretenimiento, y que ha pasado a llenarme de orgullo y satisfacción realmente existentes, con centenares de artículos y una selección de series temáticas, que la convierten en una hemeroteca digna y representativa del mundo de hoy.

Ya está. Fin. Vale.

 

Mi bibliografía literaria

El verdadero hombre, Sydney 1984. Una intentona experimental. Temo que nunca la publicaré.

Edad de ruinas, Valencia 1993. Aventuras de un español descolocado en Australia y España.

Bula Matari, Valencia 1994. Episodios épicos en Europa, África, América del Norte de un explorador moral.

Amura y el Cíclope, Madrid 2001. Un crisol de verdades y mentiras cosido a medias.

Maldita Ypérbula, Valencia 2005. Una encrucijada de emociones, flaquezas y disparates periodístico–penitenciarios, en cuatro partes

La rendición de Lenin, Valencia. 2011. Historias reales de personajes ficticios en el escenario de la caída del Muro.

Bombardier en Alphaville. Valencia 2020. Fantasía de un prospero español en Quebec, que huye aterrado e inconsciente de la Transición.

Ser alguien. Valencia 2024. Una versión involuntaria de la novela anterior, de nuevo con el sucio fondo de la Transición, desde Escocia y Alemania Federal.

Seis novelas cortas:

El fascinante mundo de la artillería. Madrid. 2003. Figuraciones naturalistas de la mili.

El viaje de Calibán. Wartburg. 2012. Ciudades y paisajes centroeuropeos, con vagamundos perplejos e ilustrados, procedentes de la figuración de un Minnersänger.

Una fecha para el Apocalipsis. Valencia. 2018. Un artista extraviado y famoso, sus amantes y su hermano, náufrago de la revelación en su propio infierno.

Los enigmas de Gostenhof. Valencia. 2021. Una imitación involuntaria y premoderna del Criticón de Gracián y del Faust de Goethe.

Catástrofe inconclusa. Valencia. 2024. Una metáfora políticamente incorrecta del cambio climático y la globalización, con final apocalíptico.

Oráculo del Pasmo contra Ego Trascendental. Valencia 2025. Tercera entrega de un Apocalipsis previsto y aplazado.

También tengo decenas de relatos de diversos géneros, eludidos editorialmente.

He enviado textos a algunos concursos y también a ciertas editoras, ni siquiera rechazados.

Algunos de estos textos están colgados en Perinquiets Libros. La rendición de Lenin la publiqué a mi costa en 2024, doscientos ejemplares de los que he vendido y regalado más de cien.

También imprimo a discreción ejemplares de una revista que llamo “Perinquiets. Novelas y Cuentos”, y los regalo a amigos. He publicado en ella dos novelas cortas: Oráculo del Pasmo contra Ego Trascendental, en junio de 2025, y Catástrofe Inconclusa, en marzo de 2026; y una colección de relatos, Callejón sin salida en septiembre de 2025. Es una revista ilustrada en A4. Los ilustradores son Txemacántropus (José María Sánchez) y Alvaro Olavarría, con una contribución puntual de José Luis Bueno. En todos los casos utilizando la IA debidamente instruida.

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