El iceberg bajo el gobierno
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Algo extraordinario sucede en España. El gobierno intenta acabar con la Constitución de un modo artero, es decir, sin decirlo con claridad. Si lo admitiera, tendría que convocar elecciones de inmediato, y las nuevas Cortes decidirían qué hacer.
Segismundo Bombardier
(La ilustración de portada es obra de Álvaro Olavarría, mediante la IA, de la novela del autor del artículo Catástrofe inconclusa )
La polarización política española, que se deriva del propósito de Sánchez y su banda, no es peor que la presente hoy en las democracias parlamentarias de Europa occidental. La diferencia es que las democracias parlamentarias europeas no se salen del marco constitucional con el método sinuoso y falaz que emplea Sánchez. No engañan, no mienten con descaro.
La constitución vigente en Francia es la quinta ( la primera se dató en 1792), y fue aprobada por los ciudadanos a propuesta del general De Gaulle, entonces presidente de la nación, y discutida y negociada en su parlamento. Aquella Francia estaba muy polarizada. Esta en la que vivo está abatida y dispersa.
El designio de Sánchez no es un capricho ni una apuesta personal. Si lo fuera, es decir, si parte del Estado no estuviera detrás del proyecto, Sánchez habría dejado de ser presidente del gobierno hace meses. Si Sánchez no se va es porque está sostenido por personalidades y poderes muy firmes. De hecho, la ocupación del aparato del Estado por los llamados “sanchistas” no se debe a la personalidad enérgica de un líder político, sino a la de un trepa astuto y sin escrúpulos. Sánchez no es un hombre providencial, es un tipo egoísta y ensoberbecido, que ha empezado a creerse único, excepcional. Esto acabará con él, da igual si el propósito de instaurar una república se cumple o no. Lo que está claro como el agua es que su caída será dolorosa para él y para nosotros.
Con frecuencia me he preguntado, y he visto el mismo desconcierto en multitud de analistas, si este tipo sufría una psicopatía, o era un amoral mequetrefe. Ni lo uno ni lo otro. La explicación más racional y sencilla es esta: Sánchez es la punta de un iceberg construido por poderosos republicanos. ¿Quiénes? Algunos se han ido desenmascarando solos, determinados jueces, fiscales, servidores públicos de ringo rango, separatistas, y supongo que se mantiene en la sombra algún militar de cinco estrellas. Sánchez no es una marioneta, es el ejecutor, y se sabe amparado, por eso aguanta cosas que ningún gobernante, democrático o no, sería capaz de soportar.
¿Qué objetivo e interés material mueve a esos poderosos republicanos? Sólo se me ocurre una hipótesis disparatada, que necesiten la fractura del Estado y la sociedad española para repartirse los pedazos, mediante una república confederal o simplemente creando nuevas naciones que dominarían a su gusto y capricho. Acabar de un plumazo con España es una propuesta imposible y demencial. Arriesgan su falso éxito soñando con una guerra civil, que sus abuelos perdieron en 1939, aunque es posible que los abuelos de estos individuos la ganaran con Franco.
Sean quienes sean, son taimados cobardes, que ocultan sus intenciones tras una fachada de antifascismo trasnochado.
Los defensores y partidarios de la Constitución son muchos más que los traidores. Así que es lógico y de sentido común que intenten por medios legítimos parar el golpe. La justicia acorrala al republicano inconfeso, y el Parlamento no toma decisiones desestabilizadoras. A la falta de respeto a la Constitución se está haciendo frente con un sereno respeto. Los constitucionales no somos ningún iceberg.
España está en peligro, no sólo la monarquía, no sólo la unidad del Estado. Sánchez cuenta con el sostén de miles, quizá millones de ciudadanos que piensan como él, y que le votarán con los ojos cerrados, porque le ven como el faro luminoso de su sueño republicano.
En el estrato superior hay personas educadas, tituladas, doctores, magistrados con la vida resuelta, con un alto nivel de vida, selectos funcionarios, una fracción de las clases pasivas, individuos vinculados a instituciones subvencionadas, toda una pléyade de privilegiados. No son republicanos del pueblo, qué va.
Otra fracción de los sanchistas está formada por clase media baja, pero sostenida con muy diversos métodos. Estos no son republicanos, son personas agradecidas. Se han instalado en la cabeza el sueño y la fábula que dispensa Sánchez en sus discursos y entrevistas. Saben que les miente, pero necesitan un ideal al que agarrarse, como otros necesitan el fútbol o los concursos televisivos para sobrevivir a las miserias de la vida cotidiana.
La tercera capa de los votantes sanchistas está compuesta por fanáticos. Las causas que les han llevado a esa penosa situación son variadas, la primera, el miedo a la libertad, luego la necesidad de una creencia en este mundo vulgar, el abrazo desesperado al dogma del progreso, la exclusión y el menosprecio de todos aquellos que piensan de modo diferente a ellos. Yo los equipararía a la plebe romana o al lumpen marxista.
El alimento más abundante a disposición de los hambrientos sanchistas es la perversidad de la derecha y la extrema derecha, nacional e internacional, a quienes es preciso detener a toda costa. Incluyen esta bazofia en todos los argumentos, se machacan y nos machacan con ellos. Tengo al impresión que ya no surtirá el efecto esperado: una avalancha de votantes antifascistas aterrorizados en las generales, cuando tengan lugar.
Los resultados electorales en varios países europeos favorecen desde hace tiempo a la derecha, y ahora a la considerada extrema derecha. Las milicias progresistas españolas de todas las categorías y condición social deberán hacer un esfuerzo extenuante para incrustar en el censo electoral el horror a la demoníaca influencia ultra.
La invasión de Ceuta y sus dramáticas consecuencias es difícil de entender, porque encaja mal en el propósito de cambio constitucional del sanchismo. El suceso se les ha echado encima y les ha dejado perplejos. La reacción del gobierno no se atiene a ninguna lógica. Y a la vez resulta incomprensible que se empeñen en salvar la cara a Marruecos, y esperen que la ciudad acepte sin inmutarse convertirse en un super CETI.
Existe un grupo transversal, de todas las clases y categorías, decidido a forzar un cambio de régimen cueste lo que cueste. La única manera de desactivarlo es abriendo las puertas al debate público.
Que se abra un debate público, es decir en el Parlamento, en los sindicatos, en la patronal, en las oenegés, en los clubes deportivos, en la multitud de asociaciones civiles, en los portales, en las cafeterías… Que la ciudadanía se exprese como quiera y sepa sin cortarse un pelo, sin miedo. Un debate sobre la Constitución que Sánchez pretende desmantelar, sobre monarquía o república, sobre las llamadas autonomías (las arteramente consideradas históricas y las demás), sobre la instrucción pública y el uso del español en ella, sobre la sanidad, sobre la emigración. Hablemos de todo eso en público, sinceramente, que los cobardes superen su miedo y los hipócritas se quiten las máscaras.
Hagámoslo antes de que sea tarde y nos arrastren las consecuencias de la falsedad y el engaño. Hagamos posible un consenso duradero.
