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Cultura y comunicación

DE NUEVO BERLÍN

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Berlin, noch einmal

Amo a Berlín por encima de las demás capitales europeas que conozco. Acudo a ella de tarde en tarde aprovechando cualquier excusa convincente. Aunque es una pena para mí perderme lo mejor de la ciudad, envuelta en una lengua que me susurra ideas formidables captadas a medias y que a medias entiendo.

El Berlín que conozco mejor es el que fue capital de la República Democrática Alemana, Berlin Hauptstadt der DDR. Lo visité por vez primera en 1976. Y hasta 2004 no regresé para documentarme sobre Josep Renau, el fotomontador comunista valenciano.

Vi caer el Muro desde lejos. Me perdí la zarabanda dolorosa que sacudió a millones de personas hartas de un régimen político que les estafaba, y que al derrumbarse el execrable Muro confiaron en las promesas de la publicidad y el consumo.

Hoy hay ya una generación que ha nacido en la Alemania reunificada, que ignora las dolorosas contradicciones del socialismo real, y solo conoce las alharacas de la socialdemocracia y el liberalismo.

Museum

Kultura, Músika y Tourismus en la Isla de los Museos

Un reportaje de Fernando Bellón. Fotos del autor y de Antonia Bueno. (La de portada muestra la Frankfurterallee, bajo la estación del mismo nombre, en Lichtenberg)

Desde hace cinco años está en cartel en Berlín un musical estupendo: Hinterm Horizon, más allá del horizonte. Responde al esquema norteamericano del musical, pero conserva la idiosincracia del cabaret alemán. Si el mismo tema, chico (Udo Lindenberg, una estrella real del rock en la Bundesrepublik de los ochenta) encuentra chica (Jessi, una muchacha de familia conservadora de la Deutsche Demokratische Republik, es decir fiel al sistema socialista vigente), si este manido tema en semejante escenario hubiera sido tratado por los guionistas y músicos de Broadway o del West End londinense, el resultado habría sido un caramelo de fresa en una celda de la Stasi.

En Hinterm Horizon el papel de la Stasi es clave, porque lo fue en la sociedad estealemana. En sus personajes estereotipados se muestra no la perversidad (que es lo que los anglosajones habrían subrayado), sino su estupidez, algo que hacía inoperante su bárbaro oficio. No fue la persecución de la disidencia, el Muro, la austeridad del socialismo las causas del colapso de la RDA. Fue la miopía y el sectarismo ideológico de sus dirigentes.

Una austera sala de reuniones en el cuartel general de la Stasi en Normanenstrasse

Una austera sala de reuniones en el cuartel general de la Stasi en Normanenstrasse

El personaje de Erich Mielke, cabeza de la Stasi, lo interpreta un veterano actor que según Hedda Kage, responsable de los subtítulos en inglés del musical y generosa amiga, inventa textos burdos que no están en el excelente guión original. Mielke aparece como un poderoso general sin el menor conocimiento del fenómeno musical en Occidente, que exige a sus delegados, tan ignorantes como él, que controlen a Udo Lindenberg, invitado a la RDA para consolar la ebullición de la juventud estealemana.

La ironía explícita en Hinterm Horizon tiene un sabor brechtiano, y la coreografía y la música, un eco de Kurt Weil, aunque las piezas de Udo tienen poco que ver con el viejo compositor. Es solo un sonido lejano que procede de la turbulenta República de Weimar.

El musical llena el teatro Stage am Potsdamerplatz (cadena de propiedad yanqui) desde hace cinco años, y ahora se marcha a Hamburgo. El libreto, de Thomas Brussig, está concebido para un público alemán que sabe que hubo dos Alemanias, pero desconoce los detalles. Brussig proporciona estos detalles con maestría, algo que es muy de agradecer en un panorama donde la inteligencia es ajena al teatro convencional, que ve al espectador como un borrego.

Los dirigentes de la RDA derribaron el casi destruido palacio de los Kaiser y construyeron en su lugar un Palast der Republik. Los gobernantes de la Alemania reunificada lo tiraron abajo y se han empeñado en reconstruir a base de cemento y patrocinio publicitario el viejo mamotreto prusiano.

Los dirigentes de la RDA derribaron el bombardeado palacio de los Kaiser y construyeron en su lugar un Palast der Republik. Los gobernantes de la Alemania reunificada lo tiraron abajo y se han empeñado en reconstruir a base de cemento y patrocinio publicitario el viejo mamotreto prusiano.

Cuando uno pasea por los barrios que fueron el orgullo de Berlín Este, Lichtenberg, Friedrichshein, Prenzlauerberg después de darse una vuelta por Kurfürstendam o por Charlottenburg en el Occidental, salta a la vista el fracaso de la RDA. El socialismo necesitaba la propaganda para sobrevivir. El capitalismo, la publicidad. Y la publicidad acabó venciendo a la propaganda. No solo porque el consumo, un hábito vulgar al otro lado del Muro, en la RDA fuera un lujo, sino porque la mayoría de los dirigentes socialistas creían a pies juntillas las consignas que propagaban, y estaban convencidos de que si sobre ellos hacían efecto, sobre la población también. No entendían la rebeldía de los jóvenes “dederones”, pensaban que dándoles algún caramelo como Udo Lindenberg, se calmarían.

Un edificio ocupado en Lichtenberg

Un edificio ocupado en Lichtenberg

Puede que la elite dirigente de la RDA fuera más consciente de la desconfianza de la población, pero fue incapaz de transformarla en afecto sin recurrir a la fuerza, que produjo odio y menosprecio. La propaganda, con sangre entra, parecían pensar, y se servían de los cuadros medios del partido y de la juventud socialista y de la Stasi. Pero el error supremo de esta elite fue creer que estaban engañando al Kapitalismus. Durante la última década de la república, la deuda externa de la RDA, en especial con la RFA, fue astronómica, brutal, insoportable. Creían que Bonn no les pasaría factura, porque nunca lo habían hecho, como no fuera en especie, entregando rehenes. En realidad, quien pasó factura a Honneker, a Mielke y a su pandilla fue su propio pueblo, en cuanto se presentó la oportunidad, que fue el camarada Gorbachov diciendo en público que los dirigentes socialistas que no aprendían a cambiar no tenían futuro, y que los tanques soviéticos no saldrían a la calle a reprimir a la gente como hicieron en 1953.

El Berlín Este de 2016 es un caleidoscopio urbano. Lichtenberg y Friedrichshein son los barrios preferidos por la juventud más o menos itinerante. Los pisos son baratos porque muchos edificios están degradados, aunque al lado de ellos se levantan otros rehabilitados. Hay casas enteras ocupadas, otras que ya han sido desalojadas, y otras en proceso de rehabilitación. También hay solares donde se construyen nuevos edificios, con bastante gusto, por cierto, no los mamotretos que pueblan las ciudades españolas.

Prohibido entrar. Peligro de muerte (de vida, dice el cartel).

Prohibido entrar. Peligro de muerte (de vida, dice el cartel).

La población que uno encuentra por la calle es juvenil, informal y bastante “alternativa”. Muchas fachadas están decoradas de graffiti, con invocaciones incluso en español.

El barrio de Prenzlauerberg es otra cosa. El área conformada por Danzingerstrasse (antes Dimitrovstrasse), Schönhauserallee, Greifswalderstrasse y Mollstrasse es un oasis de juventud, pequeña iniciativa, viejas fábricas hoy espacios para actividades sociales, restaurantes con amplias terrazas, sastrerías (Andere Schneiderung, no estoy muy seguro de la traducción) y diminutos negocios de diseño, decoración, cacharros varios, pequeños gimnasios, peluquerías y así hasta llenar el vademécum de una sociedad que parece enclavada en Jauja, no la de México, sino la de mi infancia (no sé si ahora a los niños se les menciona Jauja como el colmo de la felicidad urbana, fuentes que tiran refrescos, casitas de caramelo…).

El ayuntamiento desde la estación de Alexanderpaltz

El ayuntamiento desde la estación de Alexanderplatz

En los días que pasamos en un apartamento alquilado en Prenzlauerallee mi mujer Antonia, el amigo Txemacántropus, su compañera Bea y el que firma este artículo, solía yo salir de buena mañana a comprar el desayuno en una panadería cercana en la Sredzkistrasse. Era entre semana y tempranito, pero las terracitas ya estaban semipobladas por una encantadora fauna ociosa, leyendo el Feullieton del Süddeutschezeitung y tomándose un café, con frecuencia acompañados de un inquieto perrito faldero. Había mamás con carritos, jóvenes en bicicleta, grupos de amiguetes (algunos hablando en español, y eran catalanes). El denso boscaje de los tilos, que perfumaban la mañana, es decir, la embriagaban, de los castaños y de las hayas, protegía a los transeúntes y a los que desayunaban de un sol devastador (34 grados en Berlín muele el cuerpo más que 40 en Valencia).

Al pasear por aquellas calles recogidas uno cruza escenarios históricos, como el depósito de agua al fondo de Rykestrasse, el Wasserturm, en torno al cual se reunían los jóvenes disidentes en el otoño de 1989. Jóvenes que hoy son talluditos alemanes, algunos de los cuales deben estar encantados del Cambio, porque han conseguido lo que soñaban, vivir en Jauja.

Wir fahren nach Berlin

La malla de raíles que impide que Berlín se escape al cielo.

Berlín se extiende en casi 900 kilómetros cuadrados, y en sus infinitos barrios viven tres millones y medio de personas. La extensión es llamativa, en un país con menos superficie que España o que Francia. Pero la población es una cifra normalita en capitales europeas como Madrid o Barcelona. Sin embargo, la complejidad urbana es fenomenal. Berlín es una ciudad sujeta al suelo por una malla de raíles, de tuberías que vaya usted a saber lo que transportan, de tendidos eléctricos, de grúas, de andamios en infinidad de calles, museos y aeropuertos.

Obras en la entrada del Museo de Pérgamo, en la Isla de los Museos.

Obras en la entrada del Museo de Pérgamo, en la Isla de los Museos.

A mí no le impresionan los palacios nuevos y viejos, las magníficas estatuas de los caducos Césares de Prusia, los jardines interminables, los monumentos a los caídos en las guerras que han asolado Brandemburgo en los dos últimos dos siglos. Lo que me pasma es la demoniaca capacidad para integrar o ordenar el caos de varios millones de personas desplazándose a diario por un espacio inmenso, trenes, metros, tranvías, autobuses que llegan a la hora fijada y hacen recorridos pintorescos. Si Goethe levantara la cabeza pensaría que al final Mefistófeles triunfó sobre Fausto.

Una imagen habitual en las grandes estaciones berlinesas durante las dos terceras partes de cada día.

Una imagen habitual en las grandes estaciones berlinesas durante las dos terceras partes de cada día.

Otra reflexión que a uno le viene al caminar por las calles y avenidas de Berlín es la prosperidad de sus habitantes. Si asegurar el funcionamiento de la ciudad ya es un hecho memorable, mantener el bienestar de tantas personas es casi milagroso. Los comercios más variados se suceden en las fachadas, casi todos pequeños, casi ínfimos, y presentados con un gusto envidiable. En Prenzlauerallee hay una tienda que en España sería una cacharrería, pero al pasar por delante uno la confunde con una galería de arte. ¿El volumen de negocios de estos establecimientos dará de comer a una familia?

Rincón de un patio en Hackeshemark

Rincón de un patio en Hackescher Markt

En contraste con esta turbamulta de voluntades e ilusiones basadas en el consumo y la publicidad, al dejar el término municipal de Berlín uno se encuentra en mitad de un cinturón de bosques. En uno de ellos, situado entre la capital y la frontera con Polonia, vive Marta Hofmann.

 

De izquierda a derecha, Bea, Antonia, Txemacántropus y Marta Hofmann. Txema da una lección rápida de diseño por ordenador a la manual Marta.

De izquierda a derecha, Bea, Antonia, Txemacántropus y Marta Hofmann. Txema da una lección rápida de diseño por ordenador a la manual Marta.

Hemos ido a Berlín para recopilar imágenes que formarán un libro. Mi mujer, Antonia, y nuestros amigos Txemacántropus y Bea, hemos abierto los cajones en los que Marta Hofmann conserva sus reliquias artísticas, y hemos fotografiado todo lo que encontrábamos en ellos: bocetos de la época en la que Josep Renau abría su casa los fines de semana a los jóvenes estudiantes de Bellas Artes, fotomontajes de Marta, pequeños óleos de piedras, conchas, animales, y dibujos realizados por ella para libros didácticos o para novelas y cuentos.

En el plazo de unos meses publicaremos la selección e intentaremos distribuirla. Se trata de una colección de pequeños libros de arte que también hará públicos los trabajos de otros dos artistas, el propio Txemacántropus y Paco Campos. Cada edición de AGROICULTURA-PERINQIUETS incluye tres nuevos dibujos o grabados de estos tres artistas. Su calidad es equivalente a la de los creadores plásticos más célebres del momento. Por eso creemos que merecen una difusión que el mercado les niega.

Marta Hofmann vive en Müncheberg, entre Berlín y Frankfurt am der Oder. Es una región boscosa protegida. En ella hay una granja ecológica alternativa mantenida por un grupo de jóvenes que no quieren saber nada del sistema.

Marta Hofmann vive en Müncheberg, entre Berlín y Frankfurt am der Oder. Es una región boscosa protegida. En ella hay una granja ecológica alternativa mantenida por un grupo de jóvenes que no quieren saber nada del sistema.

Hay un cartel que se vende en las tiendas de recuerdos que dice «Berlin, Berlin. Wir fahren nach Berlin!». ¡Vamos a Berlín! Cuando lo veo, pienso que está hecho para mí, para un yo capaz de entender y hablar el alemán. Un yo diferente que nunca existirá. Pero me consuela mucho la mentira que urdo al mirarlo.

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