Douce France, cher pays de mon enfance
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Un testimonio de nuestro colaborador y corresponsal en la dulce Francia sobre la parodia de revolución que los galos montan de tarde en tarde para recordar que son muy revoltosos.
Segismundo Bombardier
Francia ha estado presente en mi vida desde la infancia. La familia de mi madre tenía media parentela en Francia. En el colegio, mi padre escogió para mí francés como segunda lengua. Después de hacer la mili, me vine a vivir a Lille, capital de Nord-Pas-de-Calais. Me casé, tuve descendencia, me divorcié y aquí sigo, con visitas periódicas a España, que me hacen un buen servicio, porque me permiten comparar una nación con otra. La canción de Charles Trenet me produce, como a casi todo el mundo, una ternura espontánea y auténtica, y es mi homenaje al país de los galos y los gallos.
Lille ha sido una ciudad asediada, asaltada, saqueada varias veces, en especial en la Edad Moderna, y la corona española ha estado por en medio en alguna ocasión. Está situada en un territorio de culturas cruzadas, la valona y la flamenca, y ha pertenecido a Borgoña y finalmente al reino de Francia. Así que los disturbios de los últimos días, han sido una broma en relación con los siglos precedentes, incluidas varias revoluciones y dos guerras europeas.
Y ahora la tenemos en las primeras páginas de los diarios, como si hubiera sido el escenario de una batalla militar. Por mi edad, debo de tener cuidado en mis incursiones. Actúo con prudencia, me pongo ropa vieja, y una boina de jubilado francés de hace treinta años. Desde lejos, pude ver el ataque al ayuntamiento de la ciudad, el apedreamiento de fachadas acristaladas, el asalto a tiendas de lujo, antes de retirarme y ponerme a buen resguardo.
Me conmovió especialmente el asalto a la Maison de la Méditation, un servicio de mediación entre ciudadanos, y de lo que su nombre indica. Entraron los cafres y saquearon el mobiliario. Es una muestra de la naturaleza de esta gentuza, aunque yo creo que la gentuza se limita a una docena de agitadores bien pagados, a saber por qué y por quien. La sociedad francesa no está partida en dos. Pero es verdad que mucha población magrebí se ha establecido en guetos, y que en muchas escuelas los maestros dan clases de antipatriotismo, algo que a Francia le ha costado una vergonzosa derrota en el siglo XIX, y dos derrotas en el XX. La juventud francesa de hoy, mucha de ella “islamizada” (y que cada lector interprete las comillas como le parezca), vive en una luna de Júpiter, sin nada que le falte, bien subvencionada y con un futuro minado por la perversión mental y el apocalipsis.
He visto en los informativos imágenes espeluznantes en Marsella, Lyon, París, y esa hermosa torre del ayuntamiento de Limoges derrumbarse entre llamas. C’est la fin du monde, se escuchaba en el autobús. Pues, no señor, no es el fin del mundo, “el Sistema” tiene vida por delante, por mucho que los cafres y los imbéciles adyacentes lo estén deteriorando.
El sábado 24 acudí a la manifestación ciudadana de Lille, de la que salí huyendo en cuanto llegaron los guerrilleros a sueldo. Yo era uno más de los pocos miles de personas que paseábamos a la hora de la sobremesa; Lille tiene dos cientos mil y pico habitantes. La ciudadanía era una mezcla de edades, aposturas e indumentarias. Si tuvieran que aclarar contra qué se manifestaban, ni coincidirían, ni sabrían definirse.
La desconfianza en el gobierno, y en la democracia en ejercicio en Europa es tan grande, que cualquier vecino tiene una razón para protestar. Porque en lo básico es un problema de confianza, no de necesidades. Como hemos dicho varias veces los redactores de esta revista, el régimen de la democracia parlamentaria está en su última fase. Le sobrevendrá otro. Y ya está.
Otra cosa: ¿por qué no se produce este tipo de tumultos en la China, en Rusia, en Marruecos, en Egipto, en Cuba, en Venezuela, en Nicaragua, etc.? ¿No hay jóvenes rebeldes por ahí? Puede que sí, pero en cuando asoman la cabeza se la cortan sin monsergas. A mí no me estafan, desde luego.
La experiencia de Aviñon
Para que los lectores de esta revista se hagan una idea de lo efímero de un sistema de gobierno, voy a resumir un texto del historiador Jean-Clément Martin sobre los efectos de la Revolución Francesa en Aviñón, ciudad y condado papal hasta septiembre de 1791, cuando la Asamblea Nacional francesa votó su anexión a la corona (todavía no era república). Se dice que la población lo había aprobado en un dudoso referéndum.
En el sur y sureste del país, las rivalidades religiosas, las luchas de clanes, las querellas comunitarias se mezclaban con las posiciones ideológicas y creaban un clima político nuevo.
Hubo talas ilegales de bosques, incendios de castillos y ajustes de cuentas, y resistencia a los delegados del gobierno. Había católicos abiertamente contrarrevolucionarios, incluso dentro de los guardias nacionales locales, significativa paradoja.
El paroxismo se alcanzó en el condado de Aviñón, territorio vaticano. La división en torno a la unión con Francia fue tal, que en febrero de 1791, un grupo de “patriotas” de Aviñón invadió el cercano pueblo de Cavaillon. Otras poblaciones hostiles a los “patriotas” se movilizaron, y en algunos casos los “antipatriotas” fueron los propios guardias nacionales, garantes del patriotismo.
La militarización de los habitantes del recién creado departamento de Vaucluse se fortaleció en ambos bandos. No había posibilidad de concierto entre quienes querían la unión del condado a Francia y los opuestos a esta eventualidad. Un llamado “ejército de Vaucluse” (“patriotas”) intentó tomar el pueblo de Carpentras, que se resistió. Los “patriotas” se dedicaron a saquear los alrededores. Esto produjo la descomposición de los “patriotas”, obligados a enfrentarse a vecinos de su mismo pueblo o de pueblos próximos. La Asamblea constituyente envió emisarios para reconciliar a los bandos, y desarmó a los “forajidos” (brigands) del “ejército de Vaucluse”. Algunos fueron fusilados al volver a sus casas. Durante meses, los debates entre los hostiles a la Revolución y los “patriotas”, incendiaron el ambiente, sobre todo cuando los “forajidos” más radicales recibieron el apoyo de los diputados de izquierda y en especial de los futuros girondinos.
Los “forajidos” se hicieron con el poder municipal de Aviñón en agosto de 1791, expulsando sin más a quienes lo ocupaban. El voto favorable a la unión de la ciudad a Francia de la Asamblea en septiembre reforzó a los radicales. El 16 de octubre, un grupo de mujeres reunidas en una iglesia declararon haber visto llorar a una estatua de la Virgen. Uno de los “forajidos” fue reconocido, prendido y asesinado. En venganza, sesenta personas, entre otras las mujeres visionarias, fueron linchadas y arrojadas a uno de los fosos del palacio papal.
Dos meses después, los forajidos fueron encarcelados. Pero la Asamblea interpretó la matanza como un accidente inevitable, natural en una revolución. En marzo de 1792, se amnistió a los forajidos, y se les devolvió el poder en la ciudad. Concluye este episodio Martin con esta sentencia: “Ulteriormente, serían perseguidos, juzgados y algunos de ellos ejecutados como terroristas.”
Luego de reseñar otros conflictos en la Provenza, Martín dice: “Los activistas estaban tan seguros de tener razón, que rechazaban la política como espacio de debate”, y se consideraban a sí mismos como antipolíticos.
Dos siglos largos han pasado desde entonces, pero las circunstancias parecen reproducirse. El hecho de que la sociedad francesa, como la española, la italiana o la portuguesa no viva inmersa en una revolución donde se asesina por razones ideológicas, no impide observar cómo puede evolucionar un pueblo en cosa de días.
Los salvajes que asaltan perfumerías y tiendas de ropa, pero pasan de largo los negocios musulmanes, se consideran antipolíticos, es decir, asociales. En estas circunstancias, deben ser tratados como animales salvajes, por ejemplo, enviándolos a un atolón abandonados a su apoliticismo, vigilados por ayatolás. Eso es lo que yo creo.
Post Scriptum
No soy el único que lo cree. Dice Gabriel Albiac, filósofo y francófilo, Nunca en mayor medida ha sido la ciudadana una masa inerte, mecida en la idiotización mediática. Nunca la propaganda impulsó con mayor brutalidad que ahora aquel impulso muerto de la inicial carnicería. No, no me da miedo el resultado. Me da miedo la población que lo repite. Sin percibir que ya no está votando a héroes. Ni a antihéroes. Tan sólo a delincuentes. En diverso grado.
