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Los Informativos Electrónicos Series

Las rutinas informativas en Canal 9 (Capítulo 7)

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Canal 9 se llama ahora A Punt, la cadena pública del gobierno autonómico de la Comunidad Valenciana. Utilizo el titulo de propiedad (del gobierno autonómico) porque es el portavoz de la línea política del gobierno de turno, igual que Canal 9 lo fue, tanto del PSOE (PSPV) como del PP. El autor de este libro trabajó en Canal 9 hasta su extinción traumática por uno de esos gobiernos, presidido entonces por un gobernante con los pies y la cabeza en otra parte muy lejana de la realidad ciudadana.

Todo esto no obsta para que Canal 9 no desarrollara unas rutinas de trabajo eficientes, como cualquier otra cadena en el ejercicio de sus funciones públicas (es un decir) o privadas. Las que aplica hoy A Punt no son muy diferentes a las de hace 25 años. La única diferencia es la tecnología, que se ha digitalizado, y facilita el trabajo de captación de imágenes y su transmisión, así como la edición de las noticias. De hecho la nueva tecnología, que los jóvenes aprenden ya en casa con los teléfonos móviles y los ordenadores, permite la realización de este trabajo a cualquier persona acostumbrada a las redes sociales. Esto, paradójicamente disminuye la calidad de la información hasta extremos grotescos. Pero eso es otro tema del que trataremos en el último capítulo de la serie.

El epígrafe “El emigma del Tercer Mklenio” está escrito en primera persona porque el autor del libro relata una experiencia personal.

Canal 9 Televisió Valenciana tiene más de nueve años de vida. Cuando empezó a emitir contaba con uno de los edificios más nuevos, la tecnología más avanzada y amplios espacios para sus trabajadores, que se dedicaron a aprender a hacer televisión con un entusiasmo que rozaba la pasión.

Ahora ya no es lo mismo. El Departamento de Informativos era más o menos así en la primavera de 1997.

La redacción son dos anchas salas en la primera planta del edificio del Centro de Producción de Programas (CPP) de Burjassot. No se distingue la redacción de Canal 9 por ser una de las mejor dotadas y aprovechadas al máximo (ahora le llaman “optimizar”) de todas las que he visitado. No obstante, se trabaja a gusto en ella.

No cuenta con secciones reconocidas como tales, si se exceptúa la de Deportes.

En noviembre de 1996 los servicios informativos de Canal 9 contaban con 94 periodistas, 35 cámaras y 26 realizadores, sumando entre ellos los de las delegaciones de Castellón, Alicante y Madrid. Estas personas son las censadas para votar en las elecciones al Consejo de Redacción. Pero había y sigue habiendo, algunas más. La desproporción entre periodistas y cámaras es manifiesta, aunque en la realidad no es tanta, porque siempre hay alguien de prácticas, con contratos diversos o sencillamente cámaras de productoras externas para un trabajo de un día.

La redacción tiene (desde 1997) un Jefe de Informativos, un Coordinador de Informativos Diarios, un coordinador de Informativos no diarios (los de “Notícies 9”), un Coordinador de Deportes (y otro para la segunda cadena), un Coordinador de Fin de Semana, varios editores encargados de los informativos diarios (dos, el de mediodía y el de la noche), del fin de semana, de los deportes y de algunos programas de reportajes no diarios (“Crònica”, “Dossiers”, y “Colp d’Ull”), y un número mayor de asignadores, cuyo trabajo es organizar y distribuir el trabajo diario entre los redactores, una vez compuesto el primer borrador de la escaleta.

La mayoría de los redactores de cada informativo (digamos, ocho o diez en un turno normal, más otros ocho o diez de las dos delegaciones) hace “Comunitat Valenciana”. Sale a cubrir noticias locales diversas como “Incendio en Ontinyent”, “Primer día de escuela del nuevo curso”, “Fiestas de Mutxamel”, “Inauguración de una exposición en el museo de Sant Pius V”, “La oveja Guirra, variedad autóctona en extinción”, “Acción de Greenpeace en Alacant”, “Huelga de trabajadores de azulejos en Castelló”, etc., incluidas las ruedas de prensa políticas y no políticas, la actividad parlamentaria y los movimientos del president de la Generalitat. Parte de estas noticias las montan las delegaciones de Alicante y de Castellon.

Este material constituye la primera parte del informativo, según un modelo típico normal, porque como es lógico, una catástrofe inesperada en Vigo o una crisis de gobierno en Madrid se sitúan por delante de cualquier cosa.

Una segunda tanda de noticias es la de Nacional o Espanya. Algunas de ellas vienen montadas desde la delegación de Madrid. Las demás, dos, tres, cuatro como máximo por informativo, se hacen en Valencia. Sus autores son redactores encomendados a la sección de nacional. La información de los hechos la obtienen gracias a los teletipos de las agencias de EFE y Europa Press, a las que está suscrito Canal 9. Las imágenes las obtienen del llamado intercambio de FORTA o Federación de Organizaciones de Radio y de Televisión Autonómicas.

Cada día, y a diversas horas, se produce una comunicación por una línea especial, entre los jefes de sección de Canal 9, Canal Sur, TeleMadrid, TV3, TVGa y Euskal Telebista. Se ofrecen temas, es decir, se ofrecen imágenes, y también se demandan imágenes. Una vez hecha la lista, los servicios técnicos y los productores de cada una de estas emisoras se encarga de enviar o reclamar el material. Lo normal es que se envíe todo a una hora predeterminada en un orden establecido y a medida que estén disponibles las piezas. Esta rutina se hace a primera hora de la mañana y a primera hora de la tarde. Los de deportes también se intercomunican por el mismo método.

La tercera tanda de noticias suele ser la de Internacional. Entre dos y cuatro redactores por turno atienden esta segunda sección. El procedimiento de obtención de noticias es el mismo que en nacional, a través de las agencias, en este caso con el añadido de France Press. Las imágenes llegan por satélite, enviadas por tres agencias internacionales de imágenes, Reuter’s Television, World Television News (WTN) y Associated Press Television (APTV). A determinadas horas del día, los centros de distribución de estas empresas (creo que todos están en Londres) lanzan paquetes de noticias de diversas procedencias y de diversa índole. Dominan las catástrofes, sucesos espectaculares, conflictos bélicos, disturbios, crisis políticas, reuniones internacionales y poco más. Hay envíos especiales de deportes y del mundo del espectáculo. Cada envío viene acompañado de un guión con texto en inglés que también llega por satélite y que el servicio de informática de Canal 9 ha introducido en la red de ordenadores de que se valen los redactores para escribir sus temas o para leer los sueltos de agencias. Otra fuente de información gráfica en Canal 9 es la CNN (Cable Network News), con quien hay un contrato de redifusión de su material.

No existe sección de cultura ni un espacio dentro del informativo dedicada a ella.

Sí existe un espacio dedicado a los sucesos y otro dedicado a las variedades sociales, de la moda, del espectáculo y de otros aspectos de la vida que, repentinamente, han adquirido una importancia suprema en los informativos electrónicos. También se incluye en esta sección la cultura.

Los sucesos y el “Panorama”, que es como se llama en Canal 9 al batiburrillo de sociedad, moda y temas varios y ligeros, ocupan gran —si no la mayor— parte del informativo. Pueden ser noticias locales, producidas en la Comunidad Valenciana, nacionales, con imágenes cedidas o compradas, o internacionales, con imágenes compradas a las fuentes antes citadas.

Otros espacios del informativo son , “El Camp”, con información sobre el tema, muy importante en una gran región agrícola de España, y el tiempo, “L’Oratge”. Y, por supuesto, Deportes, que también tiene un segmento temporal privilegiado.

Las rutinas de un informativo son las siguientes.

La redacción se “abre” a las ocho, con la llegada de los primeros cámaras y redactores – existe un equipo contratado de algo parecido a “enegés” de guardia durante la noche. A las ocho y media se incorpora el grueso del equipo de la mañana. El editor y los dos asignadores repasan las previsiones introducidas en el ordenador. También echan un vistazo a las copias de fax o a los comunicados almacenados en la carpeta del día correspondiente. Otras bases para construir el informativo son, a saber, los periódicos locales y nacionales, los boletines de las radios locales y nacionales, los otros informativos de televisión, las sugerencias de los redactores, el material acumulado del día anterior y que no ha podido salir al aire, pero que tiene validez, y que forma parte de la llamada “nevera” o estantería con cintas de valor intemporal, la agenda del president y la actualidad más rabiosa que puede saltar en cualquier momento, como se verá en el ejemplo con el que se inicia este capítulo.

Entre ellos tres, repito, el editor y los dos asignadores, componen la escaleta. El coordinador y el jefe de Informativos suelen supervisarla y también pueden modificarla. La sección de Deportes aporta su propio material, y la sección de “Panorama” hace lo mismo. Se hace un cálculo de tiempo, sumando las duraciones idealmente consignadas de los videos, para que el informativo no se salga de madre.

Una vez completado lo cual, se distribuye el trabajo. No todos los redactores se emplean “al día”, algunos pueden estar preparando temas para uno o dos días después.

A eso de las diez, o como muy tarde a las once, cada uno tiene una tarea asignada. Los equipos que han de buscar la información fuera se ponen en movimiento, si no lo han hecho ya antes.

A las dos menos cinco, y una vez cubiertos los pasos que se mencionan en el capítulo anterior, el editor se marcha a un lugar llamado “cabinas”, con una caja de cartón llena de cintas marcadas con números del 10 al 200 ó 300 ó 400, según dure el informativo. Las decenas y centenas son videos con “off”, los múltiplos de cinco (15, 25, 35, 85, etc) son imágenes sin texto, si llevan una “A” es que cuentan con un texto que habrá de leer el presentador. Los números que quedan libres entre los quíntuplos son una reserva para el caso de que, una vez confeccionada la escaleta, haya que introducir una noticia como una cuña: la 18, la 267, la 503.

En “cabinas” hay un rincón con tres magnetoscopios (en 1998 son cinco, de distintos formatos) desde los que se lanzarán los videos con las noticias según el orden de la escaleta. Puede ocurrir que llegue la hora de emitirse y el redactor todavía se encuentre montando su video. Entonces, “salta”. El editor grita por un interfono al realizador, que se halla en el control (lejos de “cabinas”), “salta la veinte”, y se pone de acuerdo con él para ver cuándo es el mejor momento para que “entre”. El realizador se lo comunica al locutor o locutora del estudio, para que improvisen alguna frase introductoria en el momento en que por fin puedan salir al aire el video retrasado.

El realizador está en el control. Le ayudan a mantener el rumbo del informativo una formidable cantidad de profesionales: el ayudante de realización, técnico de sonido, técnico de iluminación, técnico de control de cámaras, mezclador, técnico del prompter o texto rodante que lee el presentador, técnico rotulador de los indicativos que salen en la pantalla, el lingüista que cuida que los textos sean correctos.

El realizador da la orden de entrada de cada video y también señala al locutor o a la locutora que hablen, cosa que hace por él un “apuntador” o regidor en el estudio. El trabajo del realizador, como se ha dicho en el capítulo anterior, es coordinar tres lugares físicamente separados: el lugar desde el que se lanzan los videos, el estudio y el propio control.

Con frecuencia ocurre que alguna noticia, algún video no sólo “salta”, sino que se queda fuera, no se llega a emitir, “cae”. Esto lo decide el editor sobre la marcha, al ver que se está pasando de tiempo.

A las tres sale el turno de redacción de mañana. Previamente ha podido intercambiar avisos con el turno de tarde, que ha entrado a las dos.

Las rutinas de la tarde y del fin de semana son similares a la descrita.

Los textos de los redactores se escriben en terminales de ordenador. El sistema informático de la redacción se llama “Basys”, y se compone de un procesador de texto y una especie de base de datos con las previsiones, los teléfonos de consulta, minutados de las cintas de nacional e internacional y alguna otra posibilidad poco explotada. A este sistema se ha añadido otra red de ordenadores dotados del famoso “Windows 95”, y algunos de ellos conectados a Internet.

Cada redactor tiene un “cajón virtual” propio, al que puede acceder desde cualquier terminal. Las entradillas y los “platós” se envían al “prompter” desde el sistema informático. Todas las noticias han de ser corregidas por los lingüistas contratados al efecto.

TRAGEDIA EN MINGLANILLA

Las catástrofes son mayores cuando el escenario es plácido.

Muy poco después de las siete y media de la mañana del once de septiembre de 1996, un equipo de los servicios informativos de Canal 9, a bordo de un coche de la casa, enfilaba la pendiente de la N-III que desciende sobre la localidad conquense de Minglanilla, a unos 120 kilómetros de la ciudad de Valencia.

Se dirigían a Madrid, donde iban a rodar planos y entrevistas para hacer un reportaje sobre el mundo de las quinielas. En el vehículo viajaban un redactor, un cámara, un realizador y una productora. Un equipo excepcionalmente amplio, porque formaban parte del programa “Dossiers”, que se emite una vez a la semana, y está compuesto de reportajes de unos diez minutos de duración.

Al llegar a la altura del pueblo, sobre un terraplén, la carretera en pendiente hace una curva sobre un puentecillo protegido por un parapeto.

Atravesando el pavimento en aquella curva creyeron ver una barrera. En un primer momento tuvieron la impresión de que podía ser un control de la guardia civil. Pero al acercarse, comprobaron que se trataba del parapeto; era como si lo hubieran arrancado de su sitio en un brutal acto de violencia.

Pararon el vehículo, se asomaron al destruido pretil, y observaron una escena singular: un autobús de pasajeros boca abajo, atravesado sobre una carretera que pasa por debajo del puentecillo en dirección al pueblo, cuyo arrabal se encuentra allí mismo.

Desde donde ellos miraban no se veía nada más. Eran las siete y media, la gasolinera que hay un centenar de metros más abajo todavía no había apagado las luces, no había un alma en la calle, y el silencio más profundo reinaba en el lugar.

Era un silencio de muerte.

Hacía dos minutos el autobús se había precipitado al pequeño abismo, había volcado y se había estampado en tierra sobre el techo. En su interior viajaban un extenso grupo de magrebíes que se dirigían al estrecho de Gibraltar. Volvían de vacaciones a casa. Siete no llegarían nunca, seis, muertos en el accidente, y uno, en el hospital horas después.

Al percatarse de lo ocurrido, y temiendo que acaba de suceder, bajaron con el coche hasta el autobús volcado.

Lo que más les desconcertó fue el silencio. Parecía que el autobús estuviera vacío, que llevara allí una eternidad. Pero de pronto vieron que alguien intentaba salir por una ventanilla, y que lo conseguía. En el interior, aprisionados, algunos individuos encogidos en posturas grotescas les observaban con ojos de sorpresa.

El equipo de Canal 9 se dispuso a ayudar a salir a quienes extendían sus manos hacia ellos. Pero en seguida desistieron, con excepción de los que parecían no tener gran impedimento en librarse del amasijo de lata y barras aplastadas. Temieron que si tiraban de los heridos podían causarles más daño que remedio.

Entonces decidieron grabar el accidente.

Unos vecinos del arrabal que salieron de un bar se encargaron de llamar a la guardia civil. El redactor de Canal 9 sopesó las dimensiones del hecho y telefoneó desde el móvil al coordinador de informativos. Estuvieron de acuerdo en aplazar la cita de Madrid, y en grabar todo lo que pudieran.

Una patrulla de la guardia civil, los vecinos madrugadores del bar y el equipo de Canal 9, salvo el cámara, atendieron a los primeros que salían del autobús por su propio pie, e intentaron confortar a los que no podían hacerlo. No se oían quejidos ni lamentos, y eso que había ya seis muertos y muchos heridos graves. La catástrofe les había cogido durmiendo. Quizá les pareciera una pesadilla.

Dispositivo de urgencia

Mientras tanto, en la redacción de Canal 9 en Valencia se ha puesto en marcha un dispositivo. Antes incluso de que el drama se haya convertido en noticia a través de las agencias, se ha presentado en el lugar de los hechos, a la vez que las ambulancias, el cámara corresponsal de Canal 9 en Requena, localidad relativamente próxima a Minglanilla.

A las nueve llegan un redactor y un cámara de la redacción de informativos de Canal 9. Nada más aterrizar en la redacción, los primeros, los más puntuales, les han dicho, “A Minglanilla. Hay un accidente de tres pares de narices.” Poco después saldrá otro equipo del informativo compuesto por dos mujeres, una redactora y una cámara. Se quedan en Requena, a la puerta del hospital donde van llegando los heridos. Tendrán que esperar un rato hasta que las dejen entrar. Podrán filmar las curas de los heridos menos graves, el movimiento de algunas camillas, y pondrán el micrófono en la boca de los heridos leves, todavía alucinados.

A la hora de componer la escaleta, los responsables del informativo deciden hacer un directo desde Minglanilla. TeleMadrid se suma a él y enviará un redactor.

Para ello es necesario desplazar una lanzadera especial que dispara la señal a un satélite, que a su vez la devuelve a una unidad de tierra de Retevisión. Retevisión desvía la señal a Canal 9, vía FORTA (Federación de Organizaciones de Radios y Televisiones Autonómicas). Una segunda unidad móvil de Canal 9 se sitúa en la puerta del hospital de Requena. Estas unidades móviles constan de varios técnicos y de un productor.

A eso de las once llegan a Minglanilla equipos de TVE y de TeleMadrid.

A mediodía, se presenta un equipo del programa semanal “Dossiers” de Canal 9, que ha decidido dedicar un reportaje al accidente. El primer equipo que descubrió la tragedia se pone en camino hacia Madrid, una vez cumplida su ineludible tarea.

La pequeña multitud de periodistas y cámaras de televisión y de prensa que hay en Minglanilla no da abasto. Además de retransmitir la información del accidente de los magrebíes, tienen que dar cuenta de dos percances más, estos sin víctimas graves, un camión de bomberos que llega desde Cuenca para auxiliar, y un coche con periodistas de “El Día”, también de Cuenca. Ambos se accidentan.

A la una se presenta un redactor de Canal 9 con el objetivo de recoger información para el noticiero de la noche. Se encargará de dar una visión más completa, menos de urgencia, y utilizará el material filmado por todos los cámaras que han pasado por allí.

Hasta la una y media de la tarde no llegarán las unidades móviles. El informativo es a las dos. En media hora tienen que instalar y probar el complicado sistema.

A las dos menos cinco llega a Minglanilla la redactora que hará el directo. Más o menos conoce lo que ha pasado. En cinco minutos recopila los últimos datos.

La primera conexión será imposible. Se ve a la redactora, que se ha situado delante del autobús, pero no se la oye. Además, ha habido un lío de coordinación, y de pronto han descubierto que todos los cámaras de Canal 9 se han marchado. Sólo queda el del programa “Dossiers”. Al final, se tendrá que encargar de la transmisión, que entra a las dos y veinte.

Cuando todo se haya reparado, a mitad del informativo, la redactora cuenta lo que se suponía que iba a causar una fuerte sensación al principio del noticiero. Los directos dramáticos son los más valiosos de los directos. Naturalmente el efecto no puede ser ya el mismo, porque todas las noticias, los vídeos preparados para que ella misma los fuera introduciendo en directo, se han emitido al abrirse el telenoticias.

No obstante, se consigue un impacto especial. Es un impacto un poquito trucado, pero no había más remedio que hacerlo para compensar la frustración. Mientras la locutora hablaba, a su espalda una grúa empezaba a mover el autobús, ya vacío, para colocarlo sobre sus ruedas. En realidad la grúa iba a efectuar su trabajo un poco antes, pero el productor del informativo destacado en Minglanilla había rogado al encargado de la máquina que retrasase la operación unos minutos. El mismo productor se encargó de hacer una señal al operador de la grúa en el momento adecuado, cuando la redactora estaba ya hablando.

Por la tarde, en el escenario de los hecho no queda nada ni nadie, y no merece la pena enviar allí ningún equipo. Los responsables del informativo de la noche deciden centrarse en Requena, en cuyo hospital están los muertos y los heridos graves. Desde la puerta de la funeraria se hará otro directo. Un solo equipo se encargará de preparar la información. El resto de los videos (el accidente, los primeros auxilios, el traslado de los heridos, etc.) se hará con el material grabado por la mañana.

He aquí el orden de los primeros minutos del informativo de mediodía de Canal 9, el once de septiembre de 1996:

Cabecera.

Presentación del locutor desde el estudio.

Sumario de otras noticias.

Ráfaga.

Paso a directo desde Minglanilla. Al fallar, el locutor del estudio tuvo que hacer las presentaciones de los videos relativos al accidente.

Accidente – 1: los hechos. (Lo hace un redactor que no ha estado en el lugar, con información que recopila de varias fuentes y las imágenes que han ido llegando. De este modo se garantiza una información más fiable.)

Accidente – 2: conmoción en Minglanilla. (Lo hace el primer redactor que llegó, a las nueve de la mañana, con su propio material.)

Accidente – 3: situación de los heridos. Video realizado por una segunda redactora que acudió al hospital de Requena, compuesto en la redacción a última hora.

Accidente – 4: Minglanilla, punto negro de la N-III. Hecho con material de archivo, y con las imágenes de los accidentes de los bomberos y de los periodistas de Cuenca.

Luego siguió el informativo normal, con las secciones de Comunidad Valenciana, Nacional e Internacional. Entre medias, una vez dispuesta la lanzadera, entró en directo la redactora desde Minglanilla.

Antes de la sección de Deportes se estableció conexión directa con Requena, desde donde la primera redactora que llegó allí, hizo algún comentario sobre el estado de los heridos y presentó un segundo video en el que se resumía de nuevo el accidente.

El enigma del Tercer Milenio

El viernes 14 de junio de 1996 llegué a la redacción con la esperanza de pasar una jornada cómoda. Era mi último día de trabajo antes de mis vacaciones, y deseaba que fuera un día digno de lo que yo soñaba que vendría después.

Germà Arroyo, a la sazón asignador de turno, disipó mi ilusión nada más saludarme. “Tengo algo para ti”, dijo, y me largó unos papeles. “Tienes que buscar a las personalidades del III Milenio y entrevistarlas. Tienes dos minutos, más si lo necesitas.” Con esto último se refería a la duración de la noticia, del video.

El encabezamiento de una de las hojas que me había entregado decía algo del III MILENIO. Lo miré por encima, era una entrega del Gabinete de Prensa del Ayuntamiento. Empecé a leerlo a la vez que Germà intentaba explicarme qué era el III Milenio. Con la atención dividida entre la lectura de la nota de prensa y el discurso rotundo del asignador, un eco resumido de la propia nota, más los recursos de mi imaginación a toda máquina, concluí que si no indagaba en mejores fuentes, nunca llegaría a saber lo que era el III Milenio.

El Ayuntamiento anunciaba que a la una y cuarto de la tarde se firmaría en la Lonja de Valencia el protocolo del III Milenio entre la alcaldesa de la ciudad, el presidente de la Diputación y el director general de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza. Después, de un modo tan vago que evidenciaba que el redactor de la nota sólo sabía un poco más que yo del III Milenio, había algunas consideraciones sobre los beneficios que lloverían sobre Valencia gracias a este protocolo, como centro del orbe gracias a tamaña celebración.

Finalmente, citaba media docena de nombres, el premio Nobel de la paz Pérez Esquivel, el escultor Miguel Berrocal, el modisto Pierre Cardin, la defensora de los derechos humanos Giselle Halimi, el académico Michel Serre y algunos más entre los cuales me llamó la atención un tipo a quien se atribuía el honor de ser el presidente de la Asociación Internacional de Ex-Jefes de Estado. No recuerdo su nombre, sólo que era tan ambiguo que igual podía ser un serbo-croata, un africano, un turco o un japonés. Se supone que eran estos a los que yo debía entrevistar para hacer una pieza de dos minutos.

Cualquier persona cuerda habría considerado una monstruosidad y una entelequia comprimir en dos minutos las declaraciones de aquellos ilustrísimos sobre el III Milenio. Yo, también, aunque sea periodista y por lo tanto no esté muy cuerdo. Pero no tardé en empujar esta idea al rincón de las sensaciones profesionalmente inaceptables y me dispuse a salir del apuro.

Llamé a la oficina de prensa municipal, y la única información que obtuve fue que Manolo Bernardos, el jefe, no llegaba habitualmente hasta las diez, y que nadie mejor que él para explicarme lo que era el III Milenio.

La voz de la funcionaria que me atendió destilaba una indiferencia engañosa. Daba la impresión que la firma del protocolo del III Milenario era uno de las decenas de asuntos habituales en la agenda de la alcaldesa de aquella mañana.

Y lo era, por supuesto que lo era. Sólo que en ese momento, grupos de febriles operarios del ayuntamiento estaban amueblando y decorando el imponente salón de columnas de la Lonja, uno de los más bellos ejemplos del gótico civil valenciano, para que el ilustrísimo e internacional plantel de invitados, el molt-honorable president de la Generalitat Valenciana, el estupendo president de la Diputació de València y la no menos formidable alcaldesa de l’Ajuntament, estuvieran a gusto y a la altura de la solemnidad y de las circunstancias.

Y lo más definitivo, una unidad móvil de TVV, otra de Ràdio 9, y decenas de operarios de equipo y de ingenieros, lo más hábil y florido de las telecomunicaciones de la Comunitat, disponían todo lo necesario para la retransmisión del evento durante los informativos de mediodía.

Las nueve y media, y yo, todavía, sin tener ni pajolera idea de qué demonios era el III Milenio. Y sin nadie a mano que me lo explicara.

Con el mayor tacto, para no turbar la fingida paz interior de la funcionaria que me atendía, pregunté si ella sabía en qué hotel se alojaban los ilustrísimos invitados. La funcionaria no lo sabía, y además creía que la mayoría llegaban esa misma mañana.

La mayoría no son todos, argüí yo imprudentemente, de lo que se deduce que algunos están ya en Valencia. Sin duda en el Ayuntamiento sabían dónde.

El Ayuntamiento sí lo sabía, en concreto el departamento de Protocolo, pero la funcionaria, no, y de nada servía que ella preguntara en protocolo, porque no le iban a dar la información, y a la vez era inútil que yo lo intentara por mi cuenta, porque me ocurriría lo mismo.

Desolado, pero con un resto de esperanza, supliqué a la funcionaria que nada más llegar Manolo Bernardos, el sabedor de los secretos del III Milenio, le comunicara mi angustia y le transmitiera mi fe en que sólo él podía acudir en mi socorro.

Mi desolación se multiplicó exponencialmente cuando creí entender (equivocadamente) que el editor del informativo, Josep Magraner, confiaba sólo en mí para dar a conocer qué demonios era ese III Milenio que le ocuparía más de medio informativo en retransmisiones y comentarios. Mi tarea era entrevistar a cuanto ilustrísimo pudiera capturar y explicar los secretos del maldito evento. Nadie en la redacción parecía saber qué era aquel III Milenio, y, cada cual enfrascado en sus obligaciones diarias, ninguno mostraba el menor interés en mi problema.

Alguien debe de saber algo, me dije. No hay más remedio que salir de aquí. Pero, ¿dónde ir?

Descolgué el teléfono, marqué el número del ayuntamiento y pregunté por un conserje con el que tengo buena relación. Le dije que era la única persona en Valencia que me podía sacar del apuro de averiguar qué infiernos era el III Milenio (¡ah, sí! Menudo lío que tienen esta mañana con eso; pero no tengo ni idea de lo que es). Esperaba esta respuesta, y tenía preparada una salida, que indagara en el departamento de protocolo el paradero de los ilustrísimos. En treinta segundos averiguó que estaban alojados en el Valencia Palace.

Un minuto después estaba yo hablando con el premio Nobel de la paz, Pérez Esquivel. Con gran amabilidad se mostró dispuesto a recibirme. Aproveché su favorable ánimo para preguntarle si sabía de otros ilustres invitados en el hotel. Que él supiera, estaba el escultor Miguel Berrocal. Los demás eran altos funcionarios de la UNESCO. ¿Quizá el señor Mayor Zaragoza? No, el señor Mayor Zaragoza no está.

Le dije que en media hora, no, en tres cuartos de hora le vería. Me quise curar en salud, porque todavía tenía que ponerme de acuerdo con el cámara e intentar averiguar un poquito, sólo un poquito, más sobre el III Milenio.

El cámara, Miguel Angel Jiménez, fue diligente, quizá porque leyó en mis ojos la palabra “desesperado”, y en media hora estábamos en el hotel.

Un noble Nobel

Tuvimos la suerte de dejar el coche en la puerta, naturalmente en un lugar donde estaba prohibido aparcar. Desde recepción llamé al premio Nobel, y luego hablé con el director de habitaciones, un hombre solícito, para comunicarle que íbamos a montar un improvisado estudio en un rincón de la cafetería, si él no tenía inconveniente. De hecho, Miguel Angel ya había montado el estudio: un foco sobre un pie plegable, alimentado con una batería de cinturón, y la cámara sobre el trípode. Las dos cosas frente a un silloncito de café, con una pared de falso mármol veteado de fondo. Abierta a un lado, en el suelo, estaba la bolsa con los cables y las baterías de la cámara, con aspecto de ser la caja de herramientas de un fontanero y electricista a la vez.

En seguida apareció el premio Nobel, en mangas de camisa. Pérez Esquivel era un hombre de estatura mediana, corpulento, y con una cabeza que por alguna razón se me antojó de un noble clasicismo: ancha y proporcionada, sobre todo la frente, ampliada por las entradas del pelo, nariz grande, mirada de profunda serenidad detrás de los lentes, y una boca con una amable expresión que no llegaba a ser una sonrisa. Me llamó la atención este último rasgo. Era una excepción a la “franca” sonrisa con que suelen recibir los famosos y los ilustres a los periodistas, y no había en ella nada del desdén o del fastidio mal disimulado de ciertos prominentes.

Junto a Pérez Esquivel había una joven vestida con elegancia de boutique. El premio Nobel nos preguntó al cámara y a mí si teníamos mucha prisa, porque en caso negativo deseaba hablar un instante con la muchacha. Puesto que eran las diez y Pérez Esquivel un premio Nobel, no teníamos mucha prisa.

Aproveché para llamar de nuevo al ayuntamiento. Manolo Bernardos había llegado, pero se había perdido en el tumulto del III Milenio. Di a la imperturbable funcionaria el número de mi teléfono móvil.

A continuación pregunté en recepción si había alguien alojado en el hotel relacionado con el III Milenio. No sabían qué era el III Milenio.

Saqué del bolsillo la arrugada nota de prensa del Ayuntamiento y leí en voz alta alguno de los hombres ilustres. Michel Serres (uno de los empleados tras el mostrador reaccionó con una extraña mueca, le miré interrogantemente, pero no dijo nada; quizá le confundió con un cantante, o quizá era estudiante de sociología y le sonaba el académico), Giselle Halimi (sí, ese señor creo que está, dijo una empleada, y miró en el registro; yo le dije, es una mujer, y la empleada dijo, ah, y dejó de mirar en el registro), Pierre Cardin (no, ese no está, pero creo que tiene reserva), Miguel Berrocal…

Miguel Berrocal resultó ser el único presente. Le buscaron por teléfono en su habitación, pero estaba comunicando. Tranquilizado por tenerle a tiro, me dediqué a observar a la concurrencia en el hall del hotel.

Había varias mujeres jóvenes de aspecto oriental con una indumentaria un tanto trasnochada, que hablaban en francés con tres tipos de unos cincuenta y tantos años vestidos con gran elegancia.

Me dirigí a uno de ellos cuando parecía que iban a despedirse y a desaparecer, y le pregunté si tenían relación con el III Milenio.

El que hablaba conmigo, un hombre rechoncho, pero de gran prestancia, tostado por el sol probablemente en las mejores playas de la costa Azul, y a quien yo había tomado por el de mayor autoridad, me miró de un modo un tanto agónico (no hablaba castellano), y me dirigió a otro tipo más alto que él, y sin duda de mayor rango y jerarquía.

Este era Lucio Attinelli, ex-alto funcionario de la UNESCO. No entendí muy bien la exclusión, pero me daba igual. Hablaba un español con acento italiano. Tenía que ver, y mucho, con el III Milenio.

Me pareció que lo mejor que podía hacer era confesarle mi lamentable ignorancia del evento, y pedirle ayuda.

Sin perder un segundo, me puso al corriente de un modo sucinto e inequívoco. Fuera lo que fuese en ese momento, aquel individuo era un tipo eficiente y además simpático.

Yo estaba loco de alegría, por fin había conocido el insondable arcano. En resumidas cuentas, y sin que esto sea una transcripción de lo que me dijo Attinelli, sino lo que yo deduje, se trataba de lo siguiente: la UNESCO, amenazada por una ruina económica de difícil salida, debido a la negativa de los norteamericanos a pagar su cuota bajo la excusa de que la UNESCO es un nido de tercermundistas radicales que han decidido vivir del cuento y viajar gratis por el mundo, había lanzado una idea a los cuatro vientos: hay que celebrar la llegada del III Milenio, tenemos que reflexionar sobre las barbaridades del II Milenio, detectar los problemas que venimos arrastrando, y tratar de convencer a la Humanidad de que no repitan viejos errores.

Para ello, nada mejor que reunir a un grupo de ilustrísimos del planeta, ponerlos a trabajar durante cuatro años, y celebrar sus conclusiones con champán y caviar, y alguno que otro acto en favor de la paz y de la tolerancia. El director de esta intelectualísima orquesta era (ya no lo es, se ha retirado, lanzando dardos envenenados contra el Tercer Milenio, después de haberle sacado sus buenos duros, supongo) Umberto Ecco, que no había podido asistir por problemas de agenda a la firma del protocolo que le iba a permitir a él y a sus amigos vivir a cuerpo de rey hasta el final del siglo. Los paganos éramos los contribuyentes valencianos, en cuya capital se iban a reunir los sabios a partir del otoño de 1996, y donde el escultor Berrocal iba a erigir un formidable monumento.

Como es natural, el señor Attinelli, presentó el III Milenio de otra manera, como era su obligación. Yo, en el video, también.

Yo estaba tan contento por el descubrimiento, y tan desesperado por no tener otra personalidad que el premio Nobel para mi vídeo, que le propuse resumirme eso mismo delante de la cámara.

Attinelli me sonrió, me agradeció la confianza, pero argumentó algo temible: no podía ser él, un humilde ex-alto funcionario, el encargado de hablar del evento, sino una de las autoridades valencianas que tan amablemente lo habían acogido.

Le convencí de que las autoridades valencianas tenían su cuota de pantalla asegurada durante la transmisión de ese mediodía, y que mi video era uno de los que tenían que contribuir al mejor entendimiento del dichoso milenario por la audiencia, que estaba tan poco avisada como yo del asunto. Por tanto él era la persona adecuada. Tan pronto como terminara de entrevistar a Pérez Esquivel, le iría a buscar. Para mi consuelo, aceptó el trato.

Me dirigí a Miguel Angel con una expresión de triunfo, pero lo que había en su cara era una sombría amenaza.

Un contratiempo inoportuno

“Déjame el teléfono móvil para llamar a la tele, macho. La cámara no funciona”, fue lo que me dijo.

Lo primero que me aterrorizó fue la idea de que Pérez Esquivel se me escapara antes de que llegara la cámara sustituta que traía un auxiliar técnico. Mientras el noble Nobel continuaba charlando con la muchacha pizpireta (resultó ser una admiradora y además miembro de cierta ONG identificada con las ideas de Pérez Esquivel), yo imaginaba medios para retenerle que no fueran el secuestro.

Por fin ocurrió lo temible. Esquivel acabó su conversación con la admiradora y se dirigió al improvisado estudio.

Tenemos un problema, le dije estirando la sonrisa tanto que podía haber entrado por mi boca uno de los búcaros con flores que había en el hall. Un problema técnico, pero no tardaremos en resolverlo. ¿Se tiene usted que ir en seguida? No se tenía que ir en seguida, pero iba a subir a la habitación a tomar algunas notas.

Estuve a punto de decirle, no se me vaya, ¡eh!, pero estimé que a un premio Nobel no se le ha de hablar en estos términos.

Me acerqué al grupo de Attinelli, que se había sentado en unos sofás, y empecé a remolonear a su lado hasta que me invitaron a participar en la conversación. Hablaba el ex-alto cargo con una mujer madura de gran belleza y vestida con exquisita elegancia. Era una italiana, la esposa de Miguel Berrocal, que en seguida apareció, atildado como un dandy, y saludando con una atención impropia de estos vulgares tiempos. El escultor todavía no había desayunado, y se levantaron todos para ir al bar. Me fui con ellos, y me tomé un café en su compañía.

Berrocal y Attinelli comentaron con perplejidad algo que habían observado entre los organizadores valencianos del Milenio. Dirigiéndose a mí, preguntó el bronceado ex-alto cargo, si yo podía explicarle los aparentes celos y cosas todavía peores que él había observado entre la alcaldía de Valencia y la Diputación. Se refería a la alcaldesa de Valencia y al president de la Diputació, pero siendo un diplomático, Attinelli enfocaba los conflictos con ejemplar discreción.

Le dije que la política española era un avispero, y que cada centro de poder tenía su propio enjambre. No siendo especialista en política local no podía dar detalles reveladores, sólo admitir que su percepción era extraordinaria.

Attinelli me aseguró que no se debía a ninguna cualidad suya, sino a que era obvio y manifiesto, que si las miradas y los gestos fueran disparos, el III Milenio contaría con varias bajas.

Por su parte, Miguel Berrocal estuvo explicando una ocurrencia que había tenido para conmemorar el III Milenio, construir varias fallas y quemarlas a la vez en una ciudad de cada uno de los continentes que componen el planeta Tierra. También dio algunas opiniones bastante sensatas sobre el III Milenio y añadió algunas informaciones valiosas para mí. Pero me quedé con lo de la falla, que es lo que finalmente saldría de Berrocal en el supervideo.

Miguel Angel, el cámara, apareció por el bar con la noticia de que había instalado la cámara nueva y que funcionaba a la perfección. Me sentí aliviado.

Primero hicimos la entrevista al escultor Berrocal, luego a Attinelli. Con las dos teníamos de sobras para la pieza informativa, y además habría quedado muy ilustrativa. Pero faltaban el premio Nobel, el modisto Cardin y el propio director general de la UNESCO.

Gracias a Bernardos, el jefe de Prensa del Ayuntamiento, pude saber por fin que Cardin y Mayor Zaragoza llegaban en avión de París, en el mismo avión. A una hora justa para que Miguel Angel y yo pudiéramos acudir al aeropuerto de Manises, grabar dos planos, salir zumbando a la redacción de Burjassot, y montar el dichoso video revelación del Tercer Milenio.

Llamé a Pérez Esquivel a su habitación, y mientras bajaba, Attinelli tuvo la buena idea de presentarme a una exhuberante periodista inglesa, especialista en temas de cultura del “Times” de Londres. Para asegurarme personajes, y aunque la despampanante británica no tenía que ver con los protagonistas del Milenio, decidí hacerle una entrevista.

La bella reportera confesó que le parecía de perlas que Valencia fuera la capital del III Milenio y que iba a escribir un largo artículo sobre la ciudad.

Me quedé con las ganas de preguntarle por qué se había alojado precisamente en el mismo hotel de lujo que las eminencias de la UNESCO, y me contesté yo mismo la cuestión de una forma bastante temeraria e imprudente si la hubiera hecho pública. La chica del “Times” resultó no ser la única. El Ayuntamiento, la Diputación y la Generalitat habían tirado la casa por la ventana (varias decenas de millones de pesetas, según la canallesca) para invitar al acontecimiento a dieciocho medios de comunicación internacionales, entre los que se contaban la “ABC” norteamericana, la “CNN”, el “Daily Telegraph”, “Le Figaro”, “Die Welt” y el mencionado “Times” de Londres.

Todavía no había acabado la entrevista con la periodista, cuando apareció Pérez Esquivel, el objeto más preciado de mis obligaciones profesionales aquella mañana, así que, de un modo abrupto que a cualquier persona que no sea periodista parecería incorrecta y maleducada, finalicé la interviú con la inglesa.

Miguel Angel colocó al Nobel en el improvisado estudio del bar, yo le hice varias preguntas, y cuando consideré que tenía un corte de voz o “total” válido para la noticia, le di las gracias. Tuve la impresión que de todo lo que me había hablado Pérez Esquivel, acabaría utilizando lo menos elocuente, porque era el trozo más breve y coherente a la vez. El resto eran discursos muy interesantes, pero demasiado largos para un video de dos minutos con varias declaraciones. Fue lo que ocurrió.

Antes de abandonar el Valencia Palace, Miguel Angel grabó a una de las muchachas orientales mencionadas más arriba, que practicaba en un piano. Fueron unas imágenes providenciales que, a la hora del montaje, salvarían el video.

El director de la Unesco y el verbo

Desmontamos el estudio a toda prisa y nos largamos a la plaza del Ayuntamiento de la ciudad. Allí, con el bello edificio consistorial como fondo grabé un discursete, “espich” o “stand up”, dirigiéndome a la cámara con el micrófono en la mano, discursete con el cual iniciaría la pieza.

En cosa de minutos estábamos en el aeropuerto de Manises. Entramos en la planta de “Llegadas” como un ciclón. Tuvimos que serenarnos. Todavía no había llegado nadie. Encontramos a un equipo de una cadena privada y a algunos compañeros de la prensa escrita. Entre todos nos dedicamos a indagar quién llegaba y por dónde, por qué puerta. En esto apareció el presidente de la Diputación con su séquito. Nos tranquilizaron, nos aseguraron que nos traerían a los notables, que ya habían aterrizado, vivos o muertos. Les convenía hacerlo, les habían pagado el viaje a Valencia para eso, para que se dieran a conocer ante los medios de comunicación.

Por un instante, Miguel Angel y yo tuvimos una terrible duda periodística: ¿Pierre Cardin o Mayor Zaragoza? El modisto o el diplomático. Los dos, pero si hay que excluir a alguno, se queda fuera del video Mayor Zaragoza; a quien todo el mundo conoce es a Pierre Cardin, y nosotros nos debemos al público, a la audiencia.

No fue Cardin, fue Zaragoza. Cardin se escapó, sencillamente, supo eludir a los medios de comunicación, viejo zorro. Naturalmente, Zaragoza estaba encantado. Habló largo y tendido, contestó prolijamente cada una de mis desesperadas preguntas (desesperadas porque yo lo que buscaba no era una bonita respuesta, sino un buen y breve corte de voz). Me preguntaba si Mayor Zaragoza sabía lo que es la televisión; cualquier artista de medio pelo conoce las limitaciones de la tele, corto y al grano, en quince segundos.

Antes de dejarlos marchar, y a pesar de que se me echaba el tiempo encima, observé en los ojos del presidente de la Diputación una mirada especial. Leí convenientemente, la televisión autonómica no podía ignorar al presidente de la Diputación, ¿verdad? Fui débil, y le puse el micrófono en la boca. Era consciente de que no iba a utilizar su declaración. Juro que es la última vez que me he traicionado. De hecho, poco después, me gané el odio eterno de la alcaldesa de Requena por resistirme a grabar unas declaraciones suyas que no venían a cuento.

Llegamos al centro de producción de Burjassot de Canal 9 en cinco minutos, gracias a que tiene una buena conexión con Manises. Pasaban de la una. A la una y media tenía el texto redactado. Y también la entradilla que habría de leer el presentador. Por supuesto, la cinta ni la miré.

Había dejado los huecos para las intervenciones. Como no había minutado el bruto de cámara (la cinta grabada) no había podido elegir el corte de voz más apropiado.

A las dos menos veinticinco entraba en una cabina de edición. A toda prisa leí el “off”, seleccioné al azar (es decir, lo que primero encontré) los cortes de voz de los protagonistas, salvo el del escultor Berrocal, el único que tenía claro (fuera quedaron Atinelli, la periodista del “Times” y, claro, el presidente de la Dipu), y me puse a montar con la ayuda inestimable del operador de equipo. A las dos menos cinco todavía me faltaba “tapar” parte del “off”. El editor, Pep Magraner se asomaba a la cabina y me preguntaba si estaría el video para las dos, bueno para las dos y cinco. Le juré que sí. “Asfalta, asfalta”, sugirió imperativo, con lo cual quería decir que metiera lo primero que encontrara. Finalmente decidí colocar las imágenes de la chinita ensayando en el piano del hotel, que tenían que ver con la noticia, pero a las que no se hacía referencia para nada en el texto. Preferí pensar que la audiencia llenaría la elipsis cuando vieran a la chinita tocar de verdad en La Lonja, o que no la notaría. A las dos en punto entregaba el video al editor. Sonaba así (traducida del valenciano).

Imagen de la presentadora, Maria Josep Poquet, en directo, improvisando (pero apoyándose en la entradilla que yo había escrito), desde la Lonja de Valencia.

Continúa el discurso del president de la Generalitat, Eduardo Zaplana. Además de los políticos y de todas las personas que han visto ustedes y que están en la mesa presidencial, se han acercado aquí a Valencia, para conocerla ahora y los años que tenemos por delante, muchos intelectuales de todos los campos intelectuales, sobre todo, además, de renombre internacional. Con ellos ha hablado nuestro compañero Ferran (sic) Bellón.

Imagen del reportero en la plaza del Ayuntamiento.

Desde hoy mismo y hasta el año 2001, no sólo el nuevo siglo, sino también el nuevo milenio, Valencia ES el centro de observación del mundo hacia el futuro. Los especialistas más reconocidos intentarán encontrar desde aquí la solución a los problemas de la Humanidad.

A continuación video con imágenes alusivas y con el siguiente texto:

A mediodía llegaba a Valencia Federico Mayor Zaragoza, director de la Unesco, la organización educativa mundial de la cual partió la idea que las autoridades valencianas acogieron inmediatamente. El Tercer Milenio es el proyecto intelectual y cultural de mayor envergadura que tiene lugar en la Comunidad Valenciana en los últimos años.

Corte de voz o “total” de Federico Mayor Zaragoza.

El problema más grave que tiene el mundo es darnos cuenta que tenemos que compartir mejor, que hay unas enormes asimetrías en la distribución de las riquezas en el mundo, incluyendo los conocimientos, que tenemos un legado muy importante, natural, el medio ambiente, cultural, y no sólo los monumentos de piedra, sino una serie de valores éticos muy importantes que tenemos que salvaguardar.

Sigue “off”.

Desde hace un tiempo un grupo de investigadores, especialistas en todas las ramas de la ciencia y las humanidades, dirigidos por Umberto Ecco, redactan un estudio de lo que han sido los últimos 1000 años de la Humanidad. A partir de noviembre se reunirán en Valencia para presentar sus ponencias y abrirán un foro de discusión.

Corte de voz de Pérez Esquivel.

Es un poco también mirar hacia el tercer milenio, cuales son sus perspectivas, qué está pasando hoy con la vida de nuestros pueblos, y este es un encuentro valioso, que se realice aquí en Valencia, para poder reflexionar juntos.

Sigue “off”.

Entre las iniciativas artísticas, destaca la del escultor Miguel Berrocal.

Corte de voz de Miguel Berrocal.

Se me ha ocurrido poder presentar los bocetos o los modelos de estas esculturas en todas las partes del mundo, realizadas con los medios tradicionales de las Fallas.

Termina “off”.

Sobre las cenizas de estas esculturas, en cinco ciudades de los cinco continentes, se edificarán monumentos conmemorativos del Tercer Milenio.

El video duraba 2 minutos 11 segundos y 18 frames (cada segundo tiene 24 frames o instantáneas).

 

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró oficialmente la Lonja como Patrimonio Cultural de la Humanidad el 5 de diciembre de 1996.

El Tercer Milenio visto desde 2005 por Humberto Eco, en el diario Levante-EMV.

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