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Los Informativos Electrónicos

EL ENIGMA DEL TERCER MILENIO (Un episodio periodístico en la extinta Canal 9)

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Esta entrega constituye un anticipo de Las memorias parciales de un ciudadano extraviado en los medios. Cada mes iré presentando los diez capítulos, la introducción, el epílogo y tres anexos de “Los Informativos Electrónicos”, publicado en 1998 por la editorial CIMS de Barcelona. Es un libro esencial para los jóvenes que hoy pretenden hacerse periodistas, porque la descripción de las rutinas de trabajo de los informativos que se describen en él, cinco emisoras de radio y cuatro de televisión, describen con gran detalle un momento de cambio en el periodismo audiovisual español. Hasta los años noventa del pasado siglo, las radios y las televisiones se atenían a unos esquemas que habían funcionado bien en el mundo occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Era un periodismo mesurado, ceñido a los hechos (naturalmente interpretándolos cada medio y cada país a su modo) y poco escandalosos. Hay que excluir de este modelo al anglosajón, Reino Unido y Los Estados Unidos de Norteamérica, donde las emisoras privadas competían entre ellas por la publicidad y por la audiencia, y se adelantaron a innovaciones que en Europa empezaron a adoptarse en los años ochenta, que es la época de la privatización de la información en las ondas; hasta entonces, y no sólo en España, la información era monopolio de los medios públicos. Al final de cada entrega, el lector encontrará los PDF de los capítulos publicados en Agroicultura-Perinquiets.

Además del PDF del capítulo VII completo, que puede descargarse al final del texto que sigue, incluyo la Introducción del libro, donde se explica la oportunidad y la razón de su publicación en 1998.

He empezado por un capítulo avanzado porque cuenta hechos vividos (reales, se dice ahora), forma parte de mi biografía profesional, mientras que los demás son reportajes detallados de las rutinas de medios en los que no he trabajado.

Lo que se detalla en este libro es un modelo hoy consolidado, con una evolución facilitada por la tecnología y por la experiencia acumulada. Evolución que en ocasiones alcanza extremos esperpénticos.

Fernando Bellón, editor de Agroicultura-Perinquiets y Perinquiets-Libros

Lo que sigue a continuación es la reproducción literal de la segunda parte del capítulo VII de mi libro  “Los Informativos Electrónicos”.

En ella se desarrolla paso a paso la construcción (literalmente) de una noticia, que se emitió en el informativo de medio día del viernes 14 de julio de 1966; a saber, la inauguración de un sarao cultural protagonizado por personalidades internacionales, entre ellas algún premio Nobel, sarao inventado por la UNESCO y diseñado por el Ayuntamiento de Valencia (en aquellos días en posesión del PP y Rita Barberá), para dar a entender que estaba bien preparado para entrar con pie firme en el tercer milenio, que se iniciaría cuatro años después.

El viernes 14 de junio de 1996 llegué a la redacción con la esperanza de pasar una jornada cómoda. Era mi último día de trabajo antes de mis vacaciones, y deseaba que fuera un día digno de lo que yo soñaba que vendría después.

Germà Arroyo, a la sazón asignador de turno, disipó mi ilusión nada más saludarme. “Tengo algo para ti”, dijo, y me largó unos papeles. “Tienes que buscar a las personalidades del III Milenio y entrevistarlas. Tienes dos minutos, más si lo necesitas.” Con esto último se refería a la duración de la noticia, del video.

El encabezamiento de una de las hojas que me había entregado decía algo del III MILENIO. Lo miré por encima, era una entrega del Gabinete de Prensa del Ayuntamiento. Empecé a leerlo a la vez que Germà intentaba explicarme qué era el III Milenio. Con la atención dividida entre la lectura de la nota de prensa y el discurso rotundo del asignador, un eco resumido de la propia nota, más los recursos de mi imaginación a toda máquina, concluí que si no indagaba en mejores fuentes, nunca llegaría a saber lo que era el III Milenio.

El Ayuntamiento anunciaba que a la una y cuarto de la tarde se firmaría en la Lonja de Valencia el protocolo del III Milenio entre la alcaldesa de la ciudad, el presidente de la Diputación y el director general de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza. Después, de un modo tan vago que evidenciaba que el redactor de la nota sólo sabía un poco más que yo del III Milenio, había algunas consideraciones sobre los beneficios que lloverían sobre Valencia gracias a este protocolo, como centro del orbe gracias a tamaña celebración.

Finalmente, citaba media docena de nombres, el premio Nobel de la paz Pérez Esquivel, el escultor Miguel Berrocal, el modisto Pierre Cardin, la defensora de los derechos humanos Giselle Halimi, el académico Michel Serre y algunos más entre los cuales me llamó la atención un tipo a quien se atribuía el honor de ser el presidente de la Asociación Internacional de Ex-Jefes de Estado. No recuerdo su nombre, sólo que era tan ambiguo que igual podía ser un serbo-croata, un africano, un turco o un japonés. Se supone que eran estos a los que yo debía entrevistar para hacer una pieza de dos minutos.

Cualquier persona cuerda habría considerado una monstruosidad y una entelequia comprimir en dos minutos las declaraciones de aquellos ilustrísimos sobre el III Milenio. Yo, también, aunque sea periodista y por lo tanto no esté muy cuerdo. Pero no tardé en empujar esta idea al rincón de las sensaciones profesionalmente inaceptables y me dispuse a salir del apuro.

Llamé a la oficina de prensa municipal, y la única información que obtuve fue que Manolo Bernardos, el jefe, no llegaba habitualmente hasta las diez, y que nadie mejor que él para explicarme lo que era el III Milenio.

La voz de la funcionaria que me atendió destilaba una indiferencia engañosa. Daba la impresión que la firma del protocolo del III Milenario era uno de las decenas de asuntos habituales en la agenda de la alcaldesa de aquella mañana.

Y lo era, por supuesto que lo era. Sólo que en ese momento, grupos de febriles operarios del ayuntamiento estaban amueblando y decorando el imponente salón de columnas de la Lonja, uno de los más bellos ejemplos del gótico civil valenciano, para que el ilustrísimo e internacional plantel de invitados, el molt-honorable president de la Generalitat Valenciana, el estupendo president de la Diputació de València y la no menos formidable alcaldesa de l’Ajuntament, estuvieran a gusto y a la altura de la solemnidad y de las circunstancias.

Y lo más definitivo, una unidad móvil de TVV, otra de Ràdio 9, y decenas de operarios de equipo y de ingenieros, lo más hábil y florido de las telecomunicaciones de la Comunitat, disponían todo lo necesario para la retransmisión del evento durante los informativos de mediodía.

Las nueve y media, y yo, todavía, sin tener ni pajolera idea de qué demonios era el III Milenio. Y sin nadie a mano que me lo explicara.

Con el mayor tacto, para no turbar la fingida paz interior de la funcionaria que me atendía, pregunté si ella sabía en qué hotel se alojaban los ilustrísimos invitados. La funcionaria no lo sabía, y además creía que la mayoría llegaban esa misma mañana.

La mayoría no son todos, argüí yo imprudentemente, de lo que se deduce que algunos están ya en Valencia. Sin duda en el Ayuntamiento sabían dónde.

El Ayuntamiento sí lo sabía, en concreto el departamento de Protocolo, pero la funcionaria, no, y de nada servía que ella preguntara en protocolo, porque no le iban a dar la información, y a la vez era inútil que yo lo intentara por mi cuenta, porque me ocurriría lo mismo.

Desolado, pero con un resto de esperanza, supliqué a la funcionaria que nada más llegar Manolo Bernardos, el sabedor de los secretos del III Milenio, le comunicara mi angustia y le transmitiera mi fe en que sólo él podía acudir en mi socorro.

Mi desolación se multiplicó exponencialmente cuando creí entender (equivocadamente) que el editor del informativo, Josep Magraner, confiaba sólo en mí para dar a conocer qué demonios era ese III Milenio que le ocuparía más de medio informativo en retransmisiones y comentarios. Mi tarea era entrevistar a cuanto ilustrísimo pudiera capturar y explicar los secretos del maldito evento. Nadie en la redacción parecía saber qué era aquel III Milenio, y, cada cual enfrascado en sus obligaciones diarias, ninguno mostraba el menor interés en mi problema.

Alguien debe de saber algo, me dije. No hay más remedio que salir de aquí. Pero, ¿dónde ir?

Descolgué el teléfono, marqué el número del ayuntamiento y pregunté por un conserje con el que tengo buena relación. Le dije que era la única persona en Valencia que me podía sacar del apuro de averiguar qué infiernos era el III Milenio (¡ah, sí! Menudo lío que tienen esta mañana con eso; pero no tengo ni idea de lo que es). Esperaba esta respuesta, y tenía preparada una salida, que indagara en el departamento de protocolo el paradero de los ilustrísimos. En treinta segundos averiguó que estaban alojados en el Valencia Palace.

Un minuto después estaba yo hablando con el premio Nobel de la paz, Pérez Esquivel. Con gran amabilidad se mostró dispuesto a recibirme. Aproveché su favorable ánimo para preguntarle si sabía de otros ilustres invitados en el hotel. Que él supiera, estaba el escultor Miguel Berrocal. Los demás eran altos funcionarios de la UNESCO. ¿Quizá el señor Mayor Zaragoza? No, el señor Mayor Zaragoza no está.

Le dije que en media hora, no, en tres cuartos de hora le vería. Me quise curar en salud, porque todavía tenía que ponerme de acuerdo con el cámara e intentar averiguar un poquito, sólo un poquito, más sobre el III Milenio.

El cámara, Miguel Angel Jiménez, fue diligente, quizá porque leyó en mis ojos la palabra “desesperado”, y en media hora estábamos en el hotel.

Un noble Nobel

Tuvimos la suerte de dejar el coche en la puerta, naturalmente en un lugar donde estaba prohibido aparcar. Desde recepción llamé al premio Nobel, y luego hablé con el director de habitaciones, un hombre solícito, para comunicarle que íbamos a montar un improvisado estudio en un rincón de la cafetería, si él no tenía inconveniente. De hecho, Miguel Angel ya había montado el estudio: un foco sobre un pie plegable, alimentado con una batería de cinturón, y la cámara sobre el trípode. Las dos cosas frente a un silloncito de café, con una pared de falso mármol veteado de fondo. Abierta a un lado, en el suelo, estaba la bolsa con los cables y las baterías de la cámara, con aspecto de ser la caja de herramientas de un fontanero y electricista a la vez.

En seguida apareció el premio Nobel, en mangas de camisa. Pérez Esquivel era un hombre de estatura mediana, corpulento, y con una cabeza que por alguna razón se me antojó de un noble clasicismo: ancha y proporcionada, sobre todo la frente, ampliada por las entradas del pelo, nariz grande, mirada de profunda serenidad detrás de los lentes, y una boca con una amable expresión que no llegaba a ser una sonrisa. Me llamó la atención este último rasgo. Era una excepción a la “franca” sonrisa con que suelen recibir los famosos y los ilustres a los periodistas, y no había en ella nada del desdén o del fastidio mal disimulado de ciertos prominentes.

Junto a Pérez Esquivel había una joven vestida con elegancia de boutique. El premio Nobel nos preguntó al cámara y a mí si teníamos mucha prisa, porque en caso negativo deseaba hablar un instante con la muchacha. Puesto que eran las diez y Pérez Esquivel un premio Nobel, no teníamos mucha prisa.

Aproveché para llamar de nuevo al ayuntamiento. Manolo Bernardos había llegado, pero se había perdido en el tumulto del III Milenio. Di a la imperturbable funcionaria el número de mi teléfono móvil.

A continuación pregunté en recepción si había alguien alojado en el hotel relacionado con el III Milenio. No sabían qué era el III Milenio.

Saqué del bolsillo la arrugada nota de prensa del Ayuntamiento y leí en voz alta alguno de los hombres ilustres. Michel Serres (uno de los empleados tras el mostrador reaccionó con una extraña mueca, le miré interrogantemente, pero no dijo nada; quizá le confundió con un cantante, o quizá era estudiante de sociología y le sonaba el académico), Giselle Halimi (sí, ese señor creo que está, dijo una empleada, y miró en el registro; yo le dije, es una mujer, y la empleada dijo, ah, y dejó de mirar en el registro), Pierre Cardin (no, ese no está, pero creo que tiene reserva), Miguel Berrocal…

Miguel Berrocal resultó ser el único presente. Le buscaron por teléfono en su habitación, pero estaba comunicando. Tranquilizado por tenerle a tiro, me dediqué a observar a la concurrencia en el hall del hotel.

Había varias mujeres jóvenes de aspecto oriental con una indumentaria un tanto trasnochada, que hablaban en francés con tres tipos de unos cincuenta y tantos años vestidos con gran elegancia.

Me dirigí a uno de ellos cuando parecía que iban a despedirse y a desaparecer, y le pregunté si tenían relación con el III Milenio.

El que hablaba conmigo, un hombre rechoncho, pero de gran prestancia, tostado por el sol probablemente en las mejores playas de la costa Azul, y a quien yo había tomado por el de mayor autoridad, me miró de un modo un tanto agónico (no hablaba castellano), y me dirigió a otro tipo más alto que él, y sin duda de mayor rango y jerarquía.

Este era Lucio Attinelli, ex-alto funcionario de la UNESCO. No entendí muy bien la exclusión, pero me daba igual. Hablaba un español con acento italiano. Tenía que ver, y mucho, con el III Milenio.

Me pareció que lo mejor que podía hacer era confesarle mi lamentable ignorancia del evento, y pedirle ayuda.

Sin perder un segundo, me puso al corriente de un modo sucinto e inequívoco. Fuera lo que fuese en ese momento, aquel individuo era un tipo eficiente y además simpático.

Yo estaba loco de alegría, por fin había conocido el insondable arcano. En resumidas cuentas, y sin que esto sea una transcripción de lo que me dijo Attinelli, sino lo que yo deduje, se trataba de lo siguiente: la UNESCO, amenazada por una ruina económica de difícil salida, debido a la negativa de los norteamericanos a pagar su cuota bajo la excusa de que la UNESCO es un nido de tercermundistas radicales que han decidido vivir del cuento y viajar gratis por el mundo, había lanzado una idea a los cuatro vientos: hay que celebrar la llegada del III Milenio, tenemos que reflexionar sobre las barbaridades del II Milenio, detectar los problemas que venimos arrastrando, y tratar de convencer a la Humanidad de que no repitan viejos errores.

Para ello, nada mejor que reunir a un grupo de ilustrísimos del planeta, ponerlos a trabajar durante cuatro años, y celebrar sus conclusiones con champán y caviar, y alguno que otro acto en favor de la paz y de la tolerancia. El director de esta intelectualísima orquesta era (ya no lo es, se ha retirado, lanzando dardos envenenados contra el Tercer Milenio, después de haberle sacado sus buenos duros, supongo) Umberto Ecco, que no había podido asistir por problemas de agenda a la firma del protocolo que le iba a permitir a él y a sus amigos vivir a cuerpo de rey hasta el final del siglo. Los paganos éramos los contribuyentes valencianos, en cuya capital se iban a reunir los sabios a partir del otoño de 1996, y donde el escultor Berrocal iba a erigir un formidable monumento.

Como es natural, el señor Attinelli, presentó el III Milenio de otra manera, como era su obligación. Yo, en el video, también.

Yo estaba tan contento por el descubrimiento, y tan desesperado por no tener otra personalidad que el premio Nobel para mi vídeo, que le propuse resumirme eso mismo delante de la cámara.

Attinelli me sonrió, me agradeció la confianza, pero argumentó algo temible: no podía ser él, un humilde ex-alto funcionario, el encargado de hablar del evento, sino una de las autoridades valencianas que tan amablemente lo habían acogido.

Le convencí de que las autoridades valencianas tenían su cuota de pantalla asegurada durante la transmisión de ese mediodía, y que mi video era uno de los que tenían que contribuir al mejor entendimiento del dichoso milenario por la audiencia, que estaba tan poco avisada como yo del asunto. Por tanto él era la persona adecuada. Tan pronto como terminara de entrevistar a Pérez Esquivel, le iría a buscar. Para mi consuelo, aceptó el trato.

Me dirigí a Miguel Angel con una expresión de triunfo, pero lo que había en su cara era una sombría amenaza.

Un contratiempo inoportuno

“Déjame el teléfono móvil para llamar a la tele, macho. La cámara no funciona”, fue lo que me dijo.

Lo primero que me aterrorizó fue la idea de que Pérez Esquivel se me escapara antes de que llegara la cámara sustituta que traía un auxiliar técnico. Mientras el noble Nobel continuaba charlando con la muchacha pizpireta (resultó ser una admiradora y además miembro de cierta ONG identificada con las ideas de Pérez Esquivel), yo imaginaba medios para retenerle que no fueran el secuestro.

Por fin ocurrió lo temible. Esquivel acabó su conversación con la admiradora y se dirigió al improvisado estudio.

Tenemos un problema, le dije estirando la sonrisa tanto que podía haber entrado por mi boca uno de los búcaros con flores que había en el hall. Un problema técnico, pero no tardaremos en resolverlo. ¿Se tiene usted que ir en seguida? No se tenía que ir en seguida, pero iba a subir a la habitación a tomar algunas notas.

Estuve a punto de decirle, no se me vaya, ¡eh!, pero estimé que a un premio Nobel no se le ha de hablar en estos términos.

Me acerqué al grupo de Attinelli, que se había sentado en unos sofás, y empecé a remolonear a su lado hasta que me invitaron a participar en la conversación. Hablaba el ex-alto cargo con una mujer madura de gran belleza y vestida con exquisita elegancia. Era una italiana, la esposa de Miguel Berrocal, que en seguida apareció, atildado como un dandy, y saludando con una atención impropia de estos vulgares tiempos. El escultor todavía no había desayunado, y se levantaron todos para ir al bar. Me fui con ellos, y me tomé un café en su compañía.

Berrocal y Attinelli comentaron con perplejidad algo que habían observado entre los organizadores valencianos del Milenio. Dirigiéndose a mí, preguntó el bronceado ex-alto cargo, si yo podía explicarle los aparentes celos y cosas todavía peores que él había observado entre la alcaldía de Valencia y la Diputación. Se refería a la alcaldesa de Valencia y al president de la Diputació, pero siendo un diplomático, Attinelli enfocaba los conflictos con ejemplar discreción.

Le dije que la política española era un avispero, y que cada centro de poder tenía su propio enjambre. No siendo especialista en política local no podía dar detalles reveladores, sólo admitir que su percepción era extraordinaria.

Attinelli me aseguró que no se debía a ninguna cualidad suya, sino a que era obvio y manifiesto, que si las miradas y los gestos fueran disparos, el III Milenio contaría con varias bajas.

Por su parte, Miguel Berrocal estuvo explicando una ocurrencia que había tenido para conmemorar el III Milenio, construir varias fallas y quemarlas a la vez en una ciudad de cada uno de los continentes que componen el planeta Tierra. También dio algunas opiniones bastante sensatas sobre el III Milenio y añadió algunas informaciones valiosas para mí. Pero me quedé con lo de la falla, que es lo que finalmente saldría de Berrocal en el supervideo.

Miguel Angel, el cámara, apareció por el bar con la noticia de que había instalado la cámara nueva y que funcionaba a la perfección. Me sentí aliviado.

Primero hicimos la entrevista al escultor Berrocal, luego a Attinelli. Con las dos teníamos de sobras para la pieza informativa, y además habría quedado muy ilustrativa. Pero faltaban el premio Nobel, el modisto Cardin y el propio director general de la UNESCO.

Gracias a Bernardos, el jefe de Prensa del Ayuntamiento, pude saber por fin que Cardin y Mayor Zaragoza llegaban en avión de París, en el mismo avión. A una hora justa para que Miguel Angel y yo pudiéramos acudir al aeropuerto de Manises, grabar dos planos, salir zumbando a la redacción de Burjassot, y montar el dichoso video revelación del Tercer Milenio.

Llamé a Pérez Esquivel a su habitación, y mientras bajaba, Attinelli tuvo la buena idea de presentarme a una exhuberante periodista inglesa, especialista en temas de cultura del “Times” de Londres. Para asegurarme personajes, y aunque la despampanante británica no tenía que ver con los protagonistas del Milenio, decidí hacerle una entrevista.

La bella reportera confesó que le parecía de perlas que Valencia fuera la capital del III Milenio y que iba a escribir un largo artículo sobre la ciudad.

Me quedé con las ganas de preguntarle por qué se había alojado precisamente en el mismo hotel de lujo que las eminencias de la UNESCO, y me contesté yo mismo la cuestión de una forma bastante temeraria e imprudente si la hubiera hecho pública. La chica del “Times” resultó no ser la única. El Ayuntamiento, la Diputación y la Generalitat habían tirado la casa por la ventana (varias decenas de millones de pesetas, según la canallesca) para invitar al acontecimiento a dieciocho medios de comunicación internacionales, entre los que se contaban la “ABC” norteamericana, la “CNN”, el “Daily Telegraph”, “Le Figaro”, “Die Welt” y el mencionado “Times” de Londres.

Todavía no había acabado la entrevista con la periodista, cuando apareció Pérez Esquivel, el objeto más preciado de mis obligaciones profesionales aquella mañana, así que, de un modo abrupto que a cualquier persona que no sea periodista parecería incorrecta y maleducada, finalicé la interviú con la inglesa.

Miguel Angel colocó al Nobel en el improvisado estudio del bar, yo le hice varias preguntas, y cuando consideré que tenía un corte de voz o “total” válido para la noticia, le di las gracias. Tuve la impresión que de todo lo que me había hablado Pérez Esquivel, acabaría utilizando lo menos elocuente, porque era el trozo más breve y coherente a la vez. El resto eran discursos muy interesantes, pero demasiado largos para un video de dos minutos con varias declaraciones. Fue lo que ocurrió.

Antes de abandonar el Valencia Palace, Miguel Angel grabó a una de las muchachas orientales mencionadas más arriba, que practicaba en un piano. Fueron unas imágenes providenciales que, a la hora del montaje, salvarían el video.

El director de la Unesco y el verbo

Desmontamos el estudio a toda prisa y nos largamos a la plaza del Ayuntamiento de la ciudad. Allí, con el bello edificio consistorial como fondo grabé un discursete, “espich” o “stand up”, dirigiéndome a la cámara con el micrófono en la mano, discursete con el cual iniciaría la pieza.

En cosa de minutos estábamos en el aeropuerto de Manises. Entramos en la planta de “Llegadas” como un ciclón. Tuvimos que serenarnos. Todavía no había llegado nadie. Encontramos a un equipo de una cadena privada y a algunos compañeros de la prensa escrita. Entre todos nos dedicamos a indagar quién llegaba y por dónde, por qué puerta. En esto apareció el presidente de la Diputación con su séquito. Nos tranquilizaron, nos aseguraron que nos traerían a los notables, que ya habían aterrizado, vivos o muertos. Les convenía hacerlo, les habían pagado el viaje a Valencia para eso, para que se dieran a conocer ante los medios de comunicación.

Por un instante, Miguel Angel y yo tuvimos una terrible duda periodística: ¿Pierre Cardin o Mayor Zaragoza? El modisto o el diplomático. Los dos, pero si hay que excluir a alguno, se queda fuera del video Mayor Zaragoza; a quien todo el mundo conoce es a Pierre Cardin, y nosotros nos debemos al público, a la audiencia.

No fue Cardin, fue Zaragoza. Cardin se escapó, sencillamente, supo eludir a los medios de comunicación, viejo zorro. Naturalmente, Zaragoza estaba encantado. Habló largo y tendido, contestó prolijamente cada una de mis desesperadas preguntas (desesperadas porque yo lo que buscaba no era una bonita respuesta, sino un buen y breve corte de voz). Me preguntaba si Mayor Zaragoza sabía lo que es la televisión; cualquier artista de medio pelo conoce las limitaciones de la tele, corto y al grano, en quince segundos.

Antes de dejarlos marchar, y a pesar de que se me echaba el tiempo encima, observé en los ojos del presidente de la Diputación una mirada especial. Leí convenientemente, la televisión autonómica no podía ignorar al presidente de la Diputación, ¿verdad? Fui débil, y le puse el micrófono en la boca. Era consciente de que no iba a utilizar su declaración. Juro que es la última vez que me he traicionado. De hecho, poco después, me gané el odio eterno de la alcaldesa de Requena por resistirme a grabar unas declaraciones suyas que no venían a cuento.

Llegamos al centro de producción de Burjassot de Canal 9 en cinco minutos, gracias a que tiene una buena conexión con Manises. Pasaban de la una. A la una y media tenía el texto redactado. Y también la entradilla que habría de leer el presentador. Por supuesto, la cinta ni la miré.

Había dejado los huecos para las intervenciones. Como no había minutado el bruto de cámara (la cinta grabada) no había podido elegir el corte de voz más apropiado.

A las dos menos veinticinco entraba en una cabina de edición. A toda prisa leí el “off”, seleccioné al azar (es decir, lo que primero encontré) los cortes de voz de los protagonistas, salvo el del escultor Berrocal, el único que tenía claro (fuera quedaron Atinelli, la periodista del “Times” y, claro, el presidente de la Dipu), y me puse a montar con la ayuda inestimable del operador de equipo. A las dos menos cinco todavía me faltaba “tapar” parte del “off”. El editor, Pep Magraner se asomaba a la cabina y me preguntaba si estaría el video para las dos, bueno para las dos y cinco. Le juré que sí. “Asfalta, asfalta”, sugirió imperativo, con lo cual quería decir que metiera lo primero que encontrara. Finalmente decidí colocar las imágenes de la chinita ensayando en el piano del hotel, que tenían que ver con la noticia, pero a las que no se hacía referencia para nada en el texto. Preferí pensar que la audiencia llenaría la elipsis cuando vieran a la chinita tocar de verdad en La Lonja, o que no la notaría. A las dos en punto entregaba el video al editor. Sonaba así (traducida del valenciano).

Imagen de la presentadora, Maria Josep Poquet, en directo, improvisando (pero apoyándose en la entradilla que yo había escrito), desde la Lonja de Valencia.

Continúa el discurso del president de la Generalitat, Eduardo Zaplana. Además de los políticos y de todas las personas que han visto ustedes y que están en la mesa presidencial, se han acercado aquí a Valencia, para conocerla ahora y los años que tenemos por delante, muchos intelectuales de todos los campos intelectuales, sobre todo, además, de renombre internacional. Con ellos ha hablado nuestro compañero Ferran (sic) Bellón.

Imagen del reportero en la plaza del Ayuntamiento.

Desde hoy mismo y hasta el año 2001, no sólo el nuevo siglo, sino también el nuevo milenio, Valencia ES el centro de observación del mundo hacia el futuro. Los especialistas más reconocidos intentarán encontrar desde aquí la solución a los problemas de la Humanidad.

A continuación video con imágenes alusivas y con el siguiente texto:

A mediodía llegaba a Valencia Federico Mayor Zaragoza, director de la Unesco, la organización educativa mundial de la cual partió la idea que las autoridades valencianas acogieron inmediatamente. El Tercer Milenio es el proyecto intelectual y cultural de mayor envergadura que tiene lugar en la Comunidad Valenciana en los últimos años.

Corte de voz o “total” de Federico Mayor Zaragoza.

El problema más grave que tiene el mundo es darnos cuenta que tenemos que compartir mejor, que hay unas enormes asimetrías en la distribución de las riquezas en el mundo, incluyendo los conocimientos, que tenemos un legado muy importante, natural, el medio ambiente, cultural, y no sólo los monumentos de piedra, sino una serie de valores éticos muy importantes que tenemos que salvaguardar.

Sigue “off”.

Desde hace un tiempo un grupo de investigadores, especialistas en todas las ramas de la ciencia y las humanidades, dirigidos por Umberto Ecco, redactan un estudio de lo que han sido los últimos 1000 años de la Humanidad. A partir de noviembre se reunirán en Valencia para presentar sus ponencias y abrirán un foro de discusión.

Corte de voz de Pérez Esquivel.

Es un poco también mirar hacia el tercer milenio, cuales son sus perspectivas, qué está pasando hoy con la vida de nuestros pueblos, y este es un encuentro valioso, que se realice aquí en Valencia, para poder reflexionar juntos.

Sigue “off”.

Entre las iniciativas artísticas, destaca la del escultor Miguel Berrocal.

Corte de voz de Miguel Berrocal.

Se me ha ocurrido poder presentar los bocetos o los modelos de estas esculturas en todas las partes del mundo, realizadas con los medios tradicionales de las Fallas.

Termina “off”.

Sobre las cenizas de estas esculturas, en cinco ciudades de los cinco continentes, se edificarán monumentos conmemorativos del Tercer Milenio.

El video duraba 2 minutos 11 segundos y 18 frames (cada segundo tiene 24 frames o instantáneas).

 

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró oficialmente la Lonja como Patrimonio Cultural de la Humanidad el 5 de diciembre de 1996.

El Tercer Milenio visto desde 2005 por Humberto Eco, en el diario Levante-EMV.

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