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El nacimiento de Alándalus General Series

Regnum Gothorum. Espada, hambre y cautiverio, de Yeyo Balbás. (Uno)

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El reino visigodo antes de la conquista musulmana de Hispania

Un resumen de Waltraud García

Me envía Gaspar Oliver el libro Espada, hambre y cautiverio. La conquista islámica de Spania, escrito con harto trabajo por Yeyo Balbás, y publicado por Ediciones Desperta Ferro el año pasado. Me sugiere que incluya esta reseña en la serie “El nacimiento de Alándalus” de esta revista, en la que me hago eco de la polémica entre Emilio González Ferrín , que niega la conquista, y Alejandro García Sanjuán, que la afirma denigrando al anterior.

Espada, hambre y cautiverio. La conquista islámica de Spania, de Yeyo Balbás, de quien tengo primera noticia, es un volumen bien organizado, excelentemente documentado, con notas y bibliografía abundante y oportuna, y una prosa clara y nada académica que se concentra en los hechos, en las fuentes, y en su distinta interpretación a lo largo de los siglos, y no polemiza casi nada. Una lectura recomendable, como las dos citadas, pero con la ventaja de que se ciñe a la historia sin divagaciones personales o académicas, y por lo tanto es más digna de lectura y más aprovechable.

Agradezco a Oliver el encargo, porque encaja en mi línea de colaboraciones en Agroicultura-Perinquiets, y porque me anuncia un trabajo por su parte, en relación con el tema de la historia de España como elemento configurador de la nación española, que hará girar, me cuenta, en torno al candente asunto del incierto futuro de ese país que es medio mío por parte de padre.

He leído Espada, hambre y cautiverio casi de un tirón, tomando notas, pero en el capítulo 3 dejé de hacerlo porque estaba escribiendo el libro de nuevo, algo estúpido e imposible en obra tan bien acabada. Me puse a subrayar, y a poco me tuve que comprar otro lapicero.

Yeyo Balbás estructura su estudio en una introducción, doce capítulos y un prólogo de José Soto Chica, este sí, un profesor de historia, en el que resume las intenciones de Balbás.

Empieza Balbás con un capítulo sobre el reino visigodo, “regnum gothorun spaniae”. Sigue con un documentado resumen sobre “Los orígenes del islam”. Luego enlaza con “El ascenso del califato”. “La conquista de África” y “El Califa de Alá”, los capítulos 4 y 5, nos presentan el avance de los musulmanes por la costa mediterránea de África y los conflictos del Califato con el imperio romano oriental y con el persa. A continuación, se centra en “Los relatos de la conquista de la Península Ibérica” y “El Cruce del Estrecho”. Se detiene en “La batalla del Lago” (la supuesta laguna de la Janda, que le costó la vida a Rodrigo), después en “La sumisión de Spania”, y “Las conquistas de los valíes”, que llegaron a Narbona y a Tolosa de Francia. Y finaliza con “Covadonga, el origen de un reino”, y “El colapso”, refiriéndose a la lenta retirada musulmana tras la constitución del reino de Asturias, los capítulos once y doce.

Todo este trabajo está documentado con un denso aparato de notas, referencias y citas de las fuentes cristianas y musulmanas, estas últimas escritas en siglos posteriores a los hechos. Balbás se esfuerza en que el lector capte y entienda lo que iba pasando en el camino hacia Europa de los musulmanes, una “gran expansión que no tiene parangón en el Mundo Antiguo y constituye, por sí misma, el inicio, los primeros pasos de una nueva era”, según afirma José Soto Chica en el prólogo. También anticipa Soto Chica que “fue el poder del conquistador, el califato omeya de Damasco lo que provocó la caída del reino [visogodo]. Fue la ‘espada’ la que se impuso”, y no una debilidad del reino de los godos, que tenía los mismos problemas de sucesión y de edificación de un estado que la heptarquía anglosajona, o la debilitada Francia merovingia.

Balbás detallará los problemas tremendos que un súbito enfriamiento (cambio climático real y percibido) produjo en el mundo conocido, que “provocó fuertes sequías y, en consecuencia, malas cosechas y epidemias; debilitamiento del poder central frente a los poderes locales; luchas intestinas…”

Finaliza el prólogo Soto preguntándose por qué resistieron los asturianos y cántabros. “Lo normal, lo sensato habría sido integrarse. No lo hicieron y tengo para mí que no lo hicieron porque no se conformaban con dejar de ser lo que habían sido. No solo no se conformaron, sino que, al poco, lo mitificaron”.

El mito como instrumento de consolidación de un estado o una nación, algo común en todas partes y en todas circunstancias, concepto que aparecerá varias veces en este libro bajo el nombre de “leyendas etiológicas”

En la Introducción, Balbás deja claro su tesis. “La tesis que defiende este libro es que la conquista islámica de Spania no supuso un fenómeno sustancialmente distinto a cualquier otro proceso análogo de la Antigüedad y la Edad Media, lo cual, a causa de la propia naturaleza de la guerra en este periodo implica el uso de una considerable dosis de violencia para forzar tales pactos de capitulación”.

Es decir, hubo conquista, y fue extremadamente violenta, tanto como la reconquista.

Regnum Gothorum

En el primer capítulo comienza Balbás su narración con la muerte de Recesvinto en 672, después de algo insólito, tres décadas de continuidad en el reino visigodo, iniciadas por su padre Chindasvinto. Chindasvinto ocupó el trono de forma violenta con 80 años, y lo primero que hizo fue ejecutar a doscientos magnates y a quinientos de rango inferior. Recesvinto, su hijo, terminó la recopilación del Liber Judiciorum, que pasaría luego a ser el Fuero Juzgo, en castellano. Esta legislación godo-romana es el gran hito de ese periodo, porque permite la sustentación del nuevo estado que se va reconquistando.

Balbás no se queda en los hechos sucesorios, sino que basa su argumentación en el estudio del estado visigodo, que se iba construyendo con esfuerzo; destaca la estructura militar, básica para el ejercicio del poder, las rebeliones, el conflicto de la sucesión, por herencia o según los intereses y deseos de los nobles que formaban el Aula Palatina y los fideles regis, la poliorcética o arte de atacar y defender las plazas fuertes. Este último punto será clave para entender el avance vertiginoso de los musulmanes, que no tenían esas costumbres, hasta que las adquirieron en Palestina y en Siria, territorios dominados por  Bizancio, la nueva Roma.

A Recesvinto sucedió Wamba, que se resistió a aceptar la corona, y hubo de consentir poque uno de los duques le amenazó con cortarle la cabeza. Después de comprobar que tenía la fidelidad del séquito de fideles regis, terminó aviniéndose.

Pronto le salieron los vascones al paso con una sublevación, algo al parecer común en esos momentos y en aquel lugar. A la vez recibe noticias de otra sublevación en la Septimania o Galia Narbonensis, hoy la Provenza francesa, que formaba parte del reino godo de Spania y tenía frontera con los francos, siempre deseosos de ocuparla. Es preciso tener en cuenta esta rivalidad constante y recíproca entre los pueblos germánicos, que tuvo al mundo cristiano en vilo durante siglos, y que ha dejado huella en todas partes. Habito en Franconia, y no crea el lector que las identidades “étnicas” alemanas son muy distintas a las que retuercen España, sólo que aquí no tenemos demagogos ávidos de poder, sino políticos con una visión menos egoísta de su estado. Envió Wamba a la Septimania a Paulo, general del Aula Palatina, y nada más llegar a la Tarraconense, una provincia del territorio según la distribución romana, se proclamó rey, y fue aclamado en seguida por los rebeldes septimanos.

Wamba tuvo que actuar con presteza. Durante una semana se dedicó a devastar sistemáticamente el territorio vascongado, hasta que sus habitantes le suplicaron clemencia y paz. Esta forma de resolver conflictos la veremos después entre los musulmanes cuando se expanden hacia el norte desde Arabia. Era un recurso común en las guerras, según explica Balbás. El esquema militar de los visigodos era similar al bizantino, con columnas de caballería que podían desplazarse con rapidez. Había guarniciones permanentes en ciudades, en castros y en torres y castillos. No obstante, Balbás advierte que “en esa época, la distinción entre incursiones militares y bandidaje resultaba difusa o dependía del tamaño de la hueste invasora, ya que, en ambos casos los objetivos a menudo se limitaban a la adquisición de botín”.

Dedica varias páginas Balbás a describir la tecnología militar y la táctica empleada por los visigodos, algo que será importante en la comprensión de los acontecimientos que se relatarán luego, pero que resulta poco útil resumir.  Las referencias del autor son las crónicas de aquellos tiempos, la Albeldense y la Mozárabe, la Historia Francorum, la Historia Wambae regis y el Strategikon, un tratado militar bizantino. Y también basa sus deducciones en la arqueología. Esto me parece un trabajo minucioso digno de reconocer.

Subraya Balbás el retroceso demográfico de la Tardoantigüedad, de modo que el proceso de feudalización fue muy paulatino, por el abandono lento de las ciudades y la ruralización de la vida, lo que deriva en una clasificación social basada en la posesión de fincas y un campesinado que apenas produce algo más de lo que consume.

Todo esto no significa que el estado visigodo estuviera en un avanzado estado de descomposición, como se ha sostenido. Dice Balbás que este intento de atribuir la victoria de los invasores musulmanes a los graves defectos de la sociedad visigoda resta valor y mérito a la potentísima maquinaria militar del califato omeya. Los innegables problemas del estado visigodo eran comunes a todo el mundo post romano de la cuenca mediterránea. E indica que “el incremento del tamaño de los ejércitos y de la soldada produjo [en el oriente y el occidente cristiano] una hiperinflación causada por la progresiva devaluación de la moneda”.

Según Henri Pirenne el verdadero fin del Estado Romano no se produce hasta la invasión musulmana en los siglos VII y VIII. La arqueología constata una progresiva regionalización económica anterior a las conquistas musulmanas, “aunque la expansión del Califato debió de llevar la tendencia al paroxismo”. En la Península Ibérica la mayoría de grandes villas tardorromanas no sobrevivió más allá del siglo V, y surgen pequeñas aldeas; los latifundios y grandes centros de poder de la aristocracia laica y eclesiástica constituyeron “manchas de leopardo” en el territorio.

El reinado de Wamba acabó trágicamente en el 680, cuando, enfermo de muerte, transfiere el trono a Ervigio, miembro del Oficio Palatino. Recuperado Wamba, se encontró sin corona, y con la sospecha de haber sido envenenado por su sucesor.

Ervigio elabora una nueva ley militar que garantice el reclutamiento de tropas de todas las clases sociales, siendo obligación de los nobles aportar sus mesnadas, y en caso de no hacerlo, se les despojaría de sus bienes. “Los contingentes de finales de, siglo VII parecen conformados en torno a la figura de los magnates, duques y condes, que reúnen huestes más o menos amplias, lo que apunta hacia una progresiva feudalización”.

Confieso que esta argumentación militar y social se me escapa. Menciona el autor la situación de la Italia lombarda y otras circunstancias territoriales parecidas, pero no veo clara la comparación, como lectora no especializada.

Es el caso, que la muerte de Ervigio en 687 coloca en el trono a Égica, sobrino de Wamba y esposo de Cixilo, hija de Ervigio. En el reinado de Égica entra en escena un personaje determinante en la caída del reino godo. Se trata de Witiza, sucesor de Égica en el trono. “La posición dominante recién adquirida le permitió asociar a su hijo Witiza al trono hacia el año 695, que afianzaba la sucesión dinástica, en un nuevo desafío a la antigua costumbre de la monarquía electa”.

Y también ahora entran en escena los terribles determinantes de la catástrofe ocasionada por los guerreros musulmanes: Guerra, Hambre, Peste y Muerte.

“La presencia de polvo atmosférico de origen volcánico, a consecuencia de violentas erupciones que se prolongaron durante una década, redujo la radiación solar sobre la superficie terrestre, que causó un enfriamiento climático entre los años 536 y 660 conocido como LALIA (Late Antique Little Ice Age)”. Procopio de Cesárea documenta este fenómeno en 535, “el sol daba una luz sin brillo, como la luna, durante este año entero, y a causa de ello los hombres no estuvieron libres ni de la guerra ni de la peste ni de ninguna cosa que no llevara a la muerte”.

El enfriamiento se manifestó en una severa reducción de las precipitaciones. Se helaron cosechas, se perdieron otras, y la masa forestal europea sufrió un retroceso durante todo el siglo VII. Pronto vinieron las plagas. En julio de 541 se originó una en Etiopía, y en 542 asoló Constantinopla. La peste bubónica se propagó por el Mediterráneo y el Oriente Próximo.

“Los rebrotes de la plaga de Justiniano, una de las pandemias más devastadoras de la historia, se reprodujeron cada década y coincidieron con los períodos de sequías y hambrunas que debilitaban a la población y afectaban a los individuos más jóvenes no inmunizados. En un espacio de doscientos nueve años, entre 441 y 750, se documentan dieciocho rebrotes; las estimaciones varían entre un 48 y un 20 porciento de mortandad”, dice Balbás.

La condición de los campesinos fue tan extrema, que en el 691 Égica condonó los impuestos adeudados del año anterior, la Crónica Mozárabe afirma que durante el reinado conjunto de Égica y su hijo Witiza la corte abandonó Toledo y se hizo itinerante para escapar de la plaga.

La muerte de Witiza entre finales del 709 y principios de 710 dejó el regnun Gothorum en disputa. Ninguno de sus hijos tenía edad de sentarse en el trono, siquiera como títere, aduce Balbás. Las noticias que tenemos de este periodo no aclaran nada la situación, sino al contrario. Del lío vemos emerger a Rodrigo, el último rey godo, posiblemente duque de la Bética. “Así lo dan a entender el anónimo mozárabe y varias tradiciones árabes […] La Crónica de Alfonso III, redactada en Oviedo hacia la década de 880, asegura que era nieto del rey Chindasvinto e hijo de un conde llamado Todofredo, que, en el año 693 aparece entre los firmantes de las actas del XVI Concilio de Toledo. Estos datos sugieren que, en 710, Rodrigo poseía una edad madura; sin duda, superaba los 40 años”.

Balbás cita algunas disputas dinásticas violentas en torno a Rodrigo recogidas de crónicas asturianas, muestras todas del “morbo gótico”, consistente en asesinar a sus reyes. La Crónica Mozárabe afirma que Rodrigo, “a ruegos del senado, ocupa el trono en virtud de una revuelta” entre dos facciones. Rodrigo habría acabado por la fuerza con las aspiraciones de Oppas y Sisberto, ambos hermanos de Witiza. La numismática enturbia más el panorama, porque Balbás menciona otra facción en disputa, basándose en una moneda de tercio de solio acuñada por un rey llamado Agila con cecas en Narbona y otros lugares de la Septimania.

A juzgar por la numismática, Rodrigo reinó menos de un año, tiempo al que se refieren las trece monedas halladas con su referencia en cecas del actual Portugal. Utiliza el autor la numismática para especular sobre la división del reino entre Rodrigo y el tan Agila, siguiendo la tradición secesionista de la Tarraconense.

Sea como fuese, una vez situado en el trono, Rodrigo tiene que subir hacia el norte para someter a los rebeldes vascones. Crónicas árabes sitúan a Rodrigo en Pamplona en 711, preparándose a un enfrentamiento con los vascones. Interpreta Balbás que la tradición de rebeldía de nobles tarraconenses apoyados por vascones duraba más de un siglo, así como la intervención de los francos en Aquitania. Apunta Balbás que “buena parte de las ‘rebeliones vasconas’ mencionadas por las fuentes hispanas más bien fueron enfrentamientos entre el poder de Toledo y el aquitano, con sede en Tolosa, distorsionadas mediante tópicos literarios para presentar el reinado visigodo, heredero del poder imperial, ante los incivilizados pueblos norteños”. Y recuerda la traición de Paulo a Wamba, cuando rompe el reino visigodo, como se ha expuesto antes, mientras Wamba arrasa a los vascones.

Hay un dispositivo fronterizo vascón-aquitano construido por el reino godo certificado por excavaciones arqueológicas, con campamentos, ciudades y castillos. La línea de defensa sigue en cierto modo el Itinerario Antonino, la vía romana XXXIV, que unía Astorga y Burdeos. Pamplona es un cruce fundamental de caminos, como lo demuestran las batallas que se suceden en esta ciudad y en el paso de Roncesvalles a lo largo de los tiempos. Balbás cita varias de ellas, por ejemplo la de 778 de Roncesvalles, que le costó a Carlomagno un disgusto, y a los juglares les dio materia para la gesta de Rolando o Roldán.

El hecho es, concluye Balbás este primer capítulo, que mientras Rodrigo pelea en el norte, un caudillo musulmán llamado Tariq ibn Ziyad, cruza el Estrecho con un ejército.

Y de aquí pasa a situarnos en el núcleo de su relato: los orígenes del Islam y la construcción de su devastador ejército, que se expande a velocidad de vértigo por oriente hacia la India y por Occidente hacia Hispania.

Tema de nuestro próximo capítulo.

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