La evolución y lo superfluo
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Recupero de mis antiguas notas, diez años atrás más o menos, una reflexión filosófica. No es una amalgama confusa, sino algo parecido a una sucesión de silogismos que no llegan a una conclusión aceptable, sino a un abismo al que uno tiene la oportunidad de arrojarse.
Segismundo Bombardier
(La imagen de presentación corresponde a un episodio del Mercat de Jesús Pobre en Alicante, de 2016. Los mercados son el epítome de la vida social y del desarrollo de la inteligencia, al igual que las guerras.)
¿Para qué sirve la inteligencia, según la teoría de la evolución, en un universo en el que Dios está excluido? ¿Cual es el sentido de la razón, de la conciencia, del pensamiento?
Partamos del supuesto de que Dios o la Sobrenaturaleza o el Espíritu no son necesarios, según la propuesta de Stephen Hawkins. Por tanto, no existe otro mundo.
(¿Y si existe, pero no lo conocemos?)
El ser humano, la inteligencia, la razón, la conciencia, deben ser, pues, producto exclusivo de la evolución de las especies. Es decir, hasta que aparece el ser humano y la inteligencia, en la naturaleza no ha intervenido ningún ser o mecanismo inteligente.
Ahora bien, todas las novedades introducidas por las leyes de la evolución, los cambios y adaptaciones al medio, el perfeccionamiento de las especies, todo esto se ha hecho para la perpetuación de la vida, la existencia se obliga a sí misma a perdurar y a sucederse.
(¿Quién ha introducido esas novedades? ¿Cómo?)
Luego la inteligencia ha de tener el mismo objetivo. Esto significa que desde que el antropoide se convierte en ser humano, su evolución debe de responder a las mismas leyes y producir cambios que mejoren la especie, dejando a un lado todo aquello que la perjudique o que sea superfluo.
Y sin embargo, la historia desmiente este proceso.
Y no me refiero sólo a la carrera hacia la destrucción de la especie humana y de todas las que le acompañan en la Naturaleza, no estoy poniendo énfasis en las guerras que los seres humanos han disputado a lo largo de los siglos, contrarias a la evidencia de que el entendimiento y la paz social se atienen a las leyes de la evolución, mientras que el desarrollo científico de lo militar las niega, puesto que conduce a la hecatombe.
Ni siquiera me refiero a los avances científicos, quintaesencia de la razón, que han contribuido a las desgracias y a la vez han hecho la vida más segura.
Me refiero a lo superfluo. Lo superfluo es la antinomia de la evolución. La evolución descarta todo aquello que no sirva básicamente para el mejoramiento, la adaptación al medio. Eso dicen.
Y hete aquí que la mayor evidencia de la evolución humana, el bienestar, se basa en la presencia abrumadora de lo superfluo. La gran aportación de la historia para la vida confortable y segura del ser humano es el consumismo, que consiste en comprar un objeto, usarlo un tiempo, desprenderse u olvidarse de él y sustituirlo por otro de las mismas características y con el mismo servicio pero de apariencia distinta.
(¿Cómo es posible que la evolución sea tan torpe?)
Ahora, la abundancia de lo superfluo, ese frenesí por protegernos no de las calamidades sino de las incomodidades, esa necesidad de cambiar constantemente de apariencia (incluida la estupidez de conservarse joven cuando se es un viejo), ¿qué tiene que ver esto con la teoría de la evolución?
Apelo a la razón, porque una explicación tan válida como cualquier otra que se proponga es que existe Dios (el Espíritu, la Inteligencia Sobrenatural), que nos ha creado y situado en la Tierra, que nos ha dado libre albedrío, y que independientemente de lo que Él espera de nosotros (absurda polémica, a mi entender), el sentido de la vida (de los seres humanos) no es sólo su perpetuación, sino la búsqueda del entendimiento entre la razón y la pasión existencial.
Por pasión existencial entiendo esa mezcla explosiva de la propia inteligencia, la conciencia con los instintos, que convierte la vida social en un continuo conflicto. En otras palabras, transforma la competencia (la lucha por la adaptación al medio) en colaboración. Es decir, en construir una autopista sin peajes hacia el Más Allá, sea eso lo que sea.
