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LECTURAS DE VERANO

Una magnífica novela ibérica

Una leyenda gaélica actualizada con talento

Y unas intuiciones orteguianas

Gaspar Oliver

No, las bicicletas no son para el verano. Que me disculpe el gran cascarrabias Fernán Gómez. En verano, el sol no perdona a los ciclistas, a quienes se ve sudando a chorros metidos en sus uniformes de neopreno (eso parecen, aunque no sé de qué material están hechos), subiendo cuestas o jugándose la vida en las carreteras.

Para el verano son los libros. Los libros son como un huerto doméstico y, puestos a encadenar metáforas, proporcionan dosis de excito-tranquilizantes muy apropiadas en época de calor y de poca ropa. Un hombre o una mujer cultivan su huertecito, y una vez que empieza a dar frutos y flores, lo recorren morosamente y van recogiendo aquí y allá lo que les place. Un libro puedes abandonarlo cuando te apetezca (cuando no te apetezca), puedes conservarlo, puedes olvidarlo, puedes prestarlo, puedes incluso rescatarlo de la basura. Y nunca pasa nada, nadie va a llamarte la atención por que apartes un libro tedioso, por que lo recomiendes si te ha encandilado, por que lo manosees y lo beses, y no pasa nada por que lo escondas si te avergüenza que te vean con él en la mano. Los libros son la realización de las mayores fantasías.

He aquí mi selección de lecturas de verano, dos tomadas de la biblioteca del ayuntamiento y una de la mía propia, que contiene libros de dos generaciones, bueno de tres, porque los hay infantiles de mis nietos.

Los Maia, Eça de Queirós, traducción, introducción y notas de Jorge Gimeno. Editorial Pre-Textos, Valencia, 2013

Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, John Streinbeck, traducción de Carlos Gardini. Edhasa, Barcelona.

España invertebrada, José Ortega y Gasset. Espasa Calpe Madrid. Décimo cuarta edición (1972). El libro se publicó en 1922.

Una novela ibérica ejemplar

Los Maia, del escritor portugués del siglo XIX Eça de Queirós es, para mí, la gran novela ibérica del diecinueve y parte del veinte. Tan notable como El Rojo y el Negro,  Madame Bovary, Anna Karénina, La Regenta, Los Buddenbroock, esa lista de libros que todo adulto occidental debería haber leído para no complacerse en las series televisivas, creyéndolas el colmo del ingenio. Para producir una serie hacen falta una multitud de talentos técnicos, pera escribir una novela duradera solo hace falta un talento, pero genial.

El escritor y diplomático portugués Eça de Queirós. 1845-1900. Fotografía tomada de Wikipedia.

El escritor y diplomático portugués Eça de Queirós. 1845-1900. Fotografía tomada de Wikipedia.

Para mí, Eça de Queirós es el mejor novelista de España y Portugal del siglo XIX, por delante de Clarín y de Galdós (con la excepción del cuarteto de Torquemada). Y Los Maia es su obra máxima. Situada en el último tercio del siglo XIX, cuenta la historia de Carlos Maia, nieto de Afonso Maia, de una estirpe de hidalgos portugueses con el patrimonio suficiente para no ganarse la vida con un empleo o con un negocio. El hidalgo portugués y el español son ramas de la misma especie vegetal. Esto nos permite gozar de la novela porque vemos en sus personajes, en sus reflexiones, en sus aforismos, en sus sueños y en sus frustraciones una estampa reconocible aquí. La península Ibérica está dividida por una frontera, pero las gentes que habitamos a un lado y a otro de ella pensamos igual sentimos igual, trabajamos igual, nos lamentamos igual… Nos diferencia el detalle, el acento.

Tras este descubrimiento para el que no conozca Portugal ni la cultura portuguesa, el siguiente es el goce literario. Los Maia es el trabajo de un titán de la literatura del tamaño de Tolstoi. Eça describe con perspicacia clínica a Carlos Maia, un hidalgo que desea servir a su patria con su trabajo, se hace médico, pero como no necesita ejercer para ganarse la vida, no se esfuerza en su oficio. Le vemos sumergido en una sociedad de personas como él, autosuficientes por su patrimonio, y de otras que no lo son tanto y viven como parásitos de los ricos más o menos nobles. Seguimos la vida adulta de Carlos Maia, su trasiego cotidiano con una elástica pandilla  de bonvivants lisboetas asistidos por una legión de criados, cocheros, camareros y oficinistas de toda laya (el Portugal de verdad), y sus aventuras amorosas que están a punto de culminar en una tragedia, que Eça transforma en melodrama socarrón.

Eça dedica gran parte de su novela a retratar la psicología de la clase dirigente portuguesa, igual que hizo Galdós. Y lo hace con pulso genial, con excelencia técnica y alta pericia literaria. En Los Maia, seguimos la rutina de gente rica y sin obligaciones laborales, que se siente a disgusto con ese papel parasitario, porque son conscientes de que para que Portugal progrese, ellos han de desaparecer, y eso no pueden permitírselo. Absolutamente todas las estampas y reflexiones que se muestran en Los Maia son aplicables al escenario de la España decimonónica. Sirva como ejemplo este retrato del progre antiguo que todavía se proyecta en el contemporáneo. En una conversación chusca, Joâo da Ega, un escritor de poco seso y menos éxito, relata su estancia en casa de la familia en el norte del país, lugar aburrido y rural para él, donde su única diversión fue seducir a la bella esposa de un rico propietario de la localidad, “un reaccionario detestable”. La mujer es la hija no reconocida, pero por todos aceptada del cura párroco del lugar. Joâo da Ega se ufana: “Un doble golpe contra la Religión y la Propiedad… Yo nunca olvido mis grandes deberes democráticos”.

El tono melodramático de Los Maia hace de él material estupendo para una telenovela (existe una producida en Brasil). Pero sería harto difícil conseguir la calidad y el arte que contiene la novela, sobre todo porque las telenovelas describen una realidad inventada y truculenta sin humor, o con un humor a lo sumo zafio, mientras que la trama de Los Maia está trenzada en hilos sutilísimos de ironía y también de sarcasmo.

Eça de Queirós fue autor de novelas, libros de viajes, de ensayos y de cuentos. La novela más conocida de él es El crimen del padre Amaro, una de las primeras que compuso.steinbeck

La traducción de Jorge Gimeno es excelente y las notas muy prácticas.

Una leyenda gaélica

A mediados de los años 50 John Steinbeck era un escritor afamado y popular. Sus mejores novelas se adaptaron para el cine, donde también actuó como guionista, por ejemplo en el ¡Viva Zapata! de Elia Kazan. Al este del Edén, donde se dio a conocer James Dean, fue un éxito de taquilla, tras el literario de la novela.

En este marco de popularidad, Steinbeck decide cambiar el foco de su interés narrativo. Del siglo XX retrocede a una época confusa, donde la caballería impera en Europa, al menos como ideal. Se pone a reescribir la leyenda del rey Arturo. Utiliza como modelo el manuscrito de Winchester de La muerte de Arturo, compuesta por Sir Thomas Mallory en el siglo XIV en un inglés antiguo que Steinbeck estima porque fue un libro que le cautivó en su niñez por las aventuras que contiene y por el lenguaje en que está redactado.

Nunca terminó la novela. Las últimas páginas escritas datan de 1959, y las últimas referencias a ella de mil novecientos sesenta y tantos, en que escribe a su agente que tienen intención de continuar.

En 1976, tras la muerte de Steinbeck, se publicó con el título Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros. Es una lectura deliciosa. El norteamericano trabajó a fondo el texto. Modernizó el lenguaje y también la psicología de sus personajes. Hay un capítulo eminente dedicado a tres caballeros, Gawain, Ewain y Marshalt, en el que cada uno parte en busca de aventuras acompañado de una dama. Las han encontrado en un bosque y, con la anuencia de ellas, se las reparten, y se comprometen a volver al mismo sitio al cabo de un año.

En estas páginas Steinbeck presenta una sucesión de aventuras que retratan tanto la personalidad de los caballeros como la de las damas. En realidad es un compendio de psicología y de experiencia vital del autor, que se casó tres veces. La nobleza, la astucia, la estulticia, la ingenuidad, la ambición y la frustración que hay en toda relación amorosa aparecen en el capítulo, con un aroma de modernidad y rasgos de un curioso feminismo. Lyne, la dama de más edad, que confiesa que habría sido soldado si se lo hubieran permitido, instruye a sir Ewain, el más joven de los caballeros en un territorio remoto. “Piensa en los grandes campeones”, le dice. ” A ninguno de ellos le gustaban realmente las mujeres. Es verdad que las mujeres alimentaban la caballería, pero para sus propios fines. Si las mujeres hubieran sido caballeros, se habría perseguido a la orden por criminal y peligrosa”.

Dice Wikipedia que los personajes artúricos están presentes en una de sus primeras novelas, “Tortilla Flat” (1935), dedicada a tipos asociales, bohemios errantes y sin techo de Monterrey, “paisanos”, según el libro, personas con un sentido de la moral fuera de las convenciones burguesas, más cercana a la aristocracia ideal de la orden de caballería que a cualquier modelo reconocible en la sociedad de su época. Steinbeck cuenta que el rey Arturo aprendió que “la paz y la no guerra es lo que destruye a los hombres. La tranquilidad y no el peligro es la madre de la cobardía; la opulencia y no la necesidad es la que acarrea aprensión e inquietud”. Esto hay que interpretarlo, y no tomarlo al pie de la letra.

Steinbeck, que durante la primera mitad de su vida fue considerado un intelectual de izquierdas, actuó después de corresponsal de guerra en Vietnam, y retrató aquella tragedia como una heroicidad, algo que, desde el punto de vista de los combatientes en la selva, debía ser cierto, me refiero a los vietnamitas, pero también a los yanquis. Esto le hizo perder las simpatías de los progres, que le colgaron la etiqueta de reaccionario. Por lo que he leído y sé de él, Steinbeck fue un hombre comprometido con lo que consideraba auténtico, enemigo de lo artificioso y alejado de toda simpatía hacia los ricos industriales y financieros de su país, que le menospreciaban tanto como los jóvenes airados de los sesenta y setenta. Murió en 1968 en Nueva York.

 Intuiciones orteguianas de hace un siglo, vigentes

El nacimiento de Gustavo Bueno, filósofo hace poco fallecido, tuvo lugar en Santo Domingo de la Calzada en 1924. Dos años después, José Ortega y Gasset sacaba a la luz pública La rebelión de las masas, que aparecía cinco años más tarde de España invertebrada. Ambos libros causaron un terremoto intelectual en España, en Europa y en América. En el siglo que media entre aquel tiempo y el nuestro España ha disfrutado de dos de los mayores filósofos de la historia moderna. Ambos fueron catedráticos y ambos fueron polemistas. Aunque quizá lo que distinga a Bueno de Ortega es que el segundo poseía una agilidad literaria prodigiosa. Leer a Bueno es un ejercicio saludable, pero costoso, entre otras cosas porque para entenderle tienes que conocer su sistema, su cierre categorial (las distintas disciplinas científicas apoyándose unas en otras en beneficio de la Filosofía como legisladora de la razón), su propuesta de filosofía materialista sólidamente cimentada. Mientras que a Ortega se le puede leer en la playa, en el salón de estar o de madrugada en la terraza, si te lo permite la chusma escandalosa que circula por las calles metiendo ruido.

Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset conversa con el torero Rafael Gómez Ortega “El Gallo” en la terraza de un bar de la plaza de Santa Ana de Madrid. 1955. Fotografía tomada del portal Urbanity.CC

Ortega practicaba la virtud del compromiso con la sociedad de su tiempo, no era un sabio encerrado en una torre de marfil o de cristal. Se preocupó de conocer todos los estratos de la sociedad española, y esto permitió a su mente de sabio elaborar una filosofía viva y asequible. Al mismo tiempo, su educación germánica enriqueció su capacidad de análisis.

Tomé la España invertebrada de un tramo de mi biblioteca perteneciente a mi padre. En mi juventud había leído La rebelión de las masas y algunos textos de El Espectador, que había coleccionado mi padre. España invertebrada es un libro corto, sencillo, contundente. Está escrito durante uno de los momentos decisivos de la historia de España y de Europa. España hervía de “problema social” (sindicatos y partidos insurgentes contra el régimen establecido), de problema militar (guerras africanas, intervención del ejército en asuntos que le deterioraban), de problema institucional (una monarquía que se tambaleaba camino del abismo) y sufría la aparición virulenta del separatismo vasco y catalán. El libro de Ortega es una contribución más de las innumerables que periodistas e intelectuales hicieron en los medios y en las librerías. Pero es de los pocos que se pueden leer todavía, porque en sus páginas caben, casi un siglo después, algunos de los problemas de hogaño identificados por Ortega antaño.

Divide su libro en dos partes, “Particularismo y acción directa” y “La ausencia de los mejores”. En la primera Ortega analiza el separatismo catalán y vasco y el caso militar. En la segunda, la ausencia de una clase dirigente a la altura de las circunstancias. Merece mucho la pena leer los pensamientos de Ortega. Uno de los detalles que sorprende es la indiferencia a lo que hoy llamamos lo políticamente correcto. (El llorado profesor Bueno era todavía más “indiferente” que Ortega, un verdadero provocador, como debe ser el buen filósofo.) Por ejemplo, Ortega aprecia el nacionalismo en liza, para él la nación lo es casi todo en una sociedad. Ortega parte del presupuesto de que Castilla ha hecho a España, y también la ha desecho, facilitando que los pueblos que la integran se “particularicen”, es decir, dejen de sentirse parte de ella.

Escrito en 1921.”Pocas cosas hay tan significativas del estado español como oír a vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos ‘oprimidos’ por el resto de España. La situación privilegiada que gozan es tan evidente que, a primera vista, esa queja habrá de parecer grotesca. Pero a quien le interese no tanto juzgar a las gentes como entenderlas, le importa más notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que se repute.” “Hoy es España, más bien que una nación, una serie de compartimentos estancos”.  En este escenario de separaciones y menosprecios, la salida lógica es la acción directa, señala Ortega, hacer lo que cada cual quiere pese a quien pese y cueste lo que cueste.

En la segunda parte, Ortega se atreve a afirmar cosas que hoy le convertirían en demonio de la izquierda. “Una nación es una masa humana organizada, estructurada por  una minoría de individuos selectos”.”Cuando en una nación la masa se niega a ser masa -esto es a seguir a la minoría directora-, la nación se deshace, la sociedad se desmembra y sobreviene el caos social, la invertebración histórica.” “En suma: donde no hay una minoría que actúa sobre una masa colectiva, y una masa que sabe aceptar el influjo de una minoría, no hay sociedad, o se está muy cerca de que no la haya”. “Precisamente lo que acarrea la decadencia social es que las clases próceres han degenerado y se han convertido casi íntegramente en masa vulgar.”

Gracias al Cielo, a la Providencia o a la dialéctica de la historia, la España de hoy no es la de 1921. Si echamos una ojeada a nuestro alrededor encontraremos que en Francia, en Italia, en Gran Bretaña, en la misma Alemania, tienen los mismos problemas que nosotros. Su ventaja es que sus estructuras sociales son más sólidas que la nuestra.

Desafortunadamente no tenemos hoy sabios de la enjundia de Ortega o de Gustavo Bueno. Hay una variedad de notables escuelas filosóficas y sociopolíticas. Pero no parece que ninguna de ellas sea capaz de dibujar un mapa de España convincente. Sin embargo, si España no se ha derrumbado a lo largo del siglo XX, con poderosas razones para saltar hecha añicos, es muy probable que en el siglo XXI salga mejor parada.

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Autor: Redacción

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