Los poderosos contra el poder
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Gaspar Oliver envía un texto a la redacción con la advertencia de que es un ejercicio de escepticismo y de sarcasmo. Habla de un complot que acosa al gobierno de Pedro Sánchez y sus familiares y colegas. Interprételo el lector como le plazca.
Gaspar Oliver
No se me va de la cabeza que la avalancha de autos judiciales no es una casualidad o un complot de jueces vigilantes, celosos de su autoridad y asqueados por la corrupción. La mayoría de las pruebas que se necesitan para condenar a los responsables de los delitos descubiertos parecen indicios. Si algún día empiezan los juicios, a saber cuándo, y nadie ha “cantado”, aportado detalles veraces y fehacientes, que no es probable, porque los acusados y sus socios no son idiotas, cuando llegue ese momento, las inculpaciones se pueden disolver como azucarillos. La eficacia de los autos judiciales de estos días y de los juicios inminentes o el pasado de Ábalos-Koldo, ya no será necesaria, Sánchez se habrá marchado.
Lo que está en juego es un todos contra Sánchez, ante la cabezonería del tipo de dejar el poder. En otras circunstancias, y quizá en otro país más serio y solvente, Gran Bretaña, Francia, le habrían envenenado, pegado un tiro en un atentado oscuro o algo así, le quitarían de en medio; si bien no haría falta porque el sujeto habría dimitido hacía años. Pero Pedro no quiere irse, está convencido de que es un personaje histórico, destinado a llevar a cabo la transformación final de España en fragmentos manipulables. Es la explicación más razonable o verosímil.
¿Quién está preparando esta gigantesca jugada? Los jueces no, desde luego, se limitan a hacer su trabajo. ¿Los banqueros? ¿Los fondos financieros? ¿La policía patriótica? ¿Qué clase de fuerzas vivas tiene capacidad para urdir algo así? Pues no lo sé. Antaño los intereses afectados por una acción torpe o temeraria de un gobierno recurrían al ejército, a un grupo policial, enredos de corruptelas, cosas así, para quitar de en medio a quien molestaba.
Eso sucedió a lo largo del siglo XIX en Europa, y en el el siglo XX en Iberoamérica, CIA mediante. Eran sociedades de poca complejidad, en formación hacia el mercado global y pletórico.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la sociedad se hizo muy compleja, muy tecnificada, con instrumentos de control, gestión y entretenimiento basados en experiencias científicas. Yo creo que la última de las actuaciones de esas poderosas fuerzas que intentan construir un mundo a su servicio ha sido el Covid.
Pero volviendo a Sánchez, la deriva destructiva del Estado español que emprendió al pactar con separatistas catalanes y vascos y con terroristas aberzales es lo que sin duda le reprochan los que quieren seguir dirigiendo el país desde la sombra sin preocupaciones. A todo esto se suma la voluntad manifiesta de destituir al rey e instaurar una república de “naciones” enfrentadas entre sí. Y en conclusión, el descaro del tipo en controlar los resortes de la nación y las empresas estratégicas, un desafío a los poderes fácticos.
Esto es algo muy muy peligroso, es imperdonable. Así que lo mejor es acorralar al cara de piedra y su familia, sacando a la luz tramas escandalosas y de turbio calado. La idiota de Leire Díez es un cebo, un chivo expiatorio de los decididos a cargarse a Sánchez y, en este momento del asunto, del mismo Sánchez. Es como si dijeran, “Caballero, si no se marcha usted, seguirá la senda de esta tonta del bote, cosa que no le merece la pena porque usted no es un idiota, sólo un déspota desmedido; váyase a un continente dominado por la mafia internacional, y haga lo que le salga de las narices”.
Las atrocidades y barbaridades de este tipo son evidentes, nunca las disimula, actúa como un verdugo autorizado: amnistía a golpistas, ocupación de la fiscalía y del Tribunal Constitucional, pacto con etarras, concesiones a los separatistas. Esto se ha hecho a la vista de todos. Y de pronto aparece una cloaca tenebrosa que en realidad es un guión de los hermanos Marx.
Lo desconcertante es que nadie en el gobierno ofrece la más mínima muestra de miedo o de discrepancia. ¿Están locos, abducidos por la personalidad mágica de Sánchez? ¿Son sandios, lilas, tontainas, oligofrénicos, lerdos? Cuesta trabajo creer. Parecen, más que otra cosa, cobardes aterrados.
El auto de Zapatero es otra prueba de esta teoría del complot indiscernible. Ese individuo pedante creyó que podía hacer lo que hoy Sánchez pretende, darle la vuelta a la tortilla española, rehacernos a todos. Revivió el antagonismo ideológico de los años treinta del siglo pasado (y lo hizo con argumentos emotivos verdaderamente idiotas, su pobre abuelo fusilado por los nacionales), dio pábulo a los separatistas, arruinó la economía que había sido construida con celo por gobiernos populares, y una feliz casualidad dio al traste con él, la crisis económica de 2007-08.
Su fracaso económico fue su perdición, se creyó capaz de engañar o convencer a no está claro quién, de que era capaz de transformar España en otra cosa, toreando a las grandes corporaciones y sus intereses. Fue tan torpe como para ignorar sus limitaciones, creyó que no levantarse en un desfile militar ante una bandera oprobiosa para España en otro tiempo, y atreverse a llevar a dos espantajos a una visita en la Casa Blanca, otro modo de chulear a los Estados Unidos, le pareció que estas cosas eran suficientes para convertirse en un talismán de la paz y la concordia universal de los pueblos. Recuérdese que quien le telefoneó para advertirle que o frenaba sus estupideces o le sacaban a escobazos fue Obama, no el presidente de la Comisión Europea.
Perseguirle por blanqueo de capitales y otros delitos ha sido el segundo paso de la puesta en marcha del complot indescifrable contra la deriva suicida del gobierno Sánchez. El primero fue el caso mascarillas de un ministro con priapismo y de un forzudo con ínfulas de Talleyrand.
Vamos a ver, la corrupción es un trampantojo. Que levante la mano el gobierno de un país democrático que no se ha embarcado en corruptelas y corrupciones. Es lo que tiene el poder, te puedes hacer rico si eres listo y prudente. La corrupción es un hecho tan viejo como el Estado. Mayor o menor, está ahí, y estará hasta el final de los tiempos humanos. Los libros de historia dan testimonio de este fenómeno planetario, que ahora está dando dolor de cabeza al que tanto se preció de simpático incorruptible y líder de la bondad universal. Menuda estafa.
Sin embargo creo que sus protestas de inocencia responden a una convicción: “¡Pero qué demonios me han hecho estos sinvergüenzas! Si yo les estaba ayudando a prosperar, ejercía de profesional de la intermediación, como cualquier presidente de gobierno”. El hombre está abrumado, alucina pajaritos.
El tío Sánchez ha salido un ambicioso irrefrenable, dotado de una capacidad automática, maquinal, nada le inmuta, sólo le fastidian los obstáculos que le ponen algunos, y los liquida, o con los que se encuentra en las leyes constitucionales, y entonces coloca a un amigo de corazón tan pétreo como el suyo para que le salve la cabeza.
Está torpedeando el sistema, haciendo daño a demasiadas personas y poniendo en peligro la estabilidad de intereses muy fuertes. En otro tiempo le habrían considerado un Garibaldi. De Garibaldi se libraron en varias ocasiones y vivió largos años de exilio, regresó a Italia para establecer la República, y acabó de fiel servidor del rey del Piamonte. Garibaldi era un soldado capaz y un hombre con una idea que le parecía noble. Pedro Sánchez no tiene atributos, es un ser humano neutro, carece de estudios, de experiencia laboral, es un don Nadie que se ha propuesto pasar a la posteridad por sus narices. Y encima no conecta con las masas, no puede salir a la calle porque le ponen de vuelta y media. Pero le votan, tiene adeptos. Un impenetrable misterio del alma humana, España está llena de votantes impredecibles.
¿No son todos estos argumentos suficientes para deducir que existe un complot para sacarle de Moncloa?
Insisto en que es imposible definir ese complot oscuro. Y si es una imaginación mía y de unos pocos más, los indicios son demoledores. ¿Por qué no pueden obedecer a un complot?
La ilustración es un cuadro de Jean Dubuffet.
