Una canallada filosófica
Compartir
Me dice con afecto alguien próximo: “Aseguras que la democracia parlamentaria es un sistema agotado, y también que será sustituida por otro sistema. Otro sistema que puede no ser mejor ni más eficaz. Perdóname Fernando, pero esta proposición es una canallada filosófica”.
Fernando Bellón
Yo me conmuevo, siento hasta un inicio de vergüenza por ser incapaz de formular remedios, soy víctima del pesimismo.
Lo cierto es que no hay filosofía optimista. Sólo te hace optimista la religión, la fe. La razón conduce al desconcierto y a la frustración.
La vida regalada de la que disfrutamos los occidentales prósperos es algo tan escandaloso para quienes tienen la suerte de espaldas, la mitad del planeta, que es inevitable el sentido de culpa. Pero el sentido de culpa no nos va a hacer ni más felices ni más competentes en la vida personal o social. El pesimismo nos empuja a salir de él, a hacer las cosas mejor, ser más eficientes, más prácticos. El optimismo induce tranquilidad, confianza, nos vuelve perezosos y nos desarma ante el azar.
Por ejemplo, nos activa la observación de un aspecto de la realidad que nos compete, verbi gratia, la actualidad política de nuestro país, nación o patria. Me refiero a todos los que están interesados por el asunto, sean del color político que sea. La confrontación de perspectivas, de puntos de vista, de ideologías es inevitable. Pero no se resuelve sola. La resuelve el diálogo o la violencia. Se supone que lo primero es la base inamovible de la democracia.
No confío casi nada en la dialéctica filosófica. Me parece más acertado el planteamiento–nudo–desenlace, que la tesis–antítesis-síntesis. Esto último es un recurso inventado, un truco que procede de la Ilustración y que al parecer dejó escrito Hegel de un modo bastante complicado de desentrañar.
El conflicto, la oposición de contrarios (intereses, organismos, necesidades) es lo que mueve la vida y el desarrollo inorgánico. Es indiscutible. Pero la solución de los conflictos de todo tipo que constituyen nuestra existencia no es ni matemática ni previsible. Parece que la ciencia cuántica va por ahí. Las leyes físicas, químicas y bioquímicas son leyes porque son implacables. Pero llegan a desvariar en determinados niveles cósmicos o infinitesimales.
Un aspecto inquietante de la vida es el relacionado con la conciencia, el espíritu, el alma o como quiera llamarse. Ninguna religión, ninguna filosofía puede adjudicarse haber descubierto las reglas que la conforman. La religiones ni siquiera lo pretenden, se articulan en torno a un dogma más o menos versátil. Y la filosofía se descompone, se reforma, se renueva, se somete al mazo de la razón de cada tiempo y cultura.
Ambas disciplinas son admirables construcciones del pensamiento humano. Ninguna es cierta, verdadera, pero todas están compuestas de argumentos estupendos.
Aplicar este razonamiento a la vida política española presente me hace pesimista. Si tuviera veinte años, quizá fuera optimista por necesidad. Pero lo que me ha enseñado la vida hasta ahora es que la regulación de las sociedades, la práctica política, es algo difuso, confuso, contradictorio, informal.
Una canallada
Claro que si nos conformamos sin hacer nada, la sociedad se disuelve. No es lo peor que puede pasar. Peor todavía es que los seres humanos nos autodestruyamos, algo posible hoy en día.
Y no hay otro remedio para tal peligro que establecer normas para la convivencia. Es lo que hoy llamamos el Estado y sus leyes.
Lo más perjudicial para la convivencia no es cambiar a la fuerza unas leyes por otras, un estado por otro. Lo letal es meterse como una carcoma en las instituciones, desmantelarlas, y esperar un cataclismo que beneficie a los suicidas perturbados que destruyen el Estado. Eso está pasando ahora mismo en España. Una verdadera canallada a la vista de todos
Las revelaciones de corrupción generalizada de los últimos años, en especial la catarata de autos judiciales en lo que llevamos de año hace tambalear las bases de la sociedad.
Y sin embargo la corrupción es un problema secundario de los españoles. La corrupción sola no destruye un régimen.
El gobierno del PSOE y camaradas mártires lleva años limpiándose el trasero con la Constitución, ignorando o amordazando el Parlamento, y de paso negando las corruptelas de sus ministros, directores generales y otros cargos relevantes. Que el gobierno está corrupto hasta la médula y no quiere admitirlo sería en condiciones normales motivo para su destitución. Es posible que sea posible hacerlo constitucionalmente, sólo hay que atreverse.
¿Quién?
Aquí encaja mi sentido pesimista del momento.
A medio plazo, soy optimista. A largo plazo nadie puede hacer cálculos fiables. A corto plazo mi pesimismo es desolador.
¿Por qué? Porque la corrupción se está convirtiendo en un escudo que personajes sin vergüenza y con desprecio utilizan desesperadamente.
Sin embargo el peligro mayor es que los corruptos están carcomiendo el aparato del Estado, están destruyendo las bases de la estabilidad de la nación. Y lo hacen confiando en que el caos inevitable, que emergerá como un iceberg en cualquier momento, les permitirá. No se puede dar la vuelta a un Estado como si fuera un calcetín.
Pues sí, nos la estamos jugando todos, los que somos conscientes de la bárbara apuesta y los que creen que la Tercer República les salvará, pobrecitos. Si llega ese momento, esperemos que no ocurra lo que en Francia en 1792, cuando se estableció de la noche a la mañana una república que naufragó en sangre, igual que en España derivó en una guerra civil monstruosa en 1936.
No estoy diciendo que la monarquía sea mejor que la república. Esa dialéctica insensata nos desvía del nudo del problema: no se puede destruir impunemente un sistema establecido legalmente con el explícito apoyo ciudadano. A la Segunda República española la destruyeron los republicanos. Luego fue imposible rehacerla, una de las visiones más felices de Franco.
Y hablando de Franco, ¿quién puede restituir el orden constitucional en la España de Sánchez y Zapatero?
La deriva pesimista
En primer lugar, los posibles protagonistas no están a la altura de las circunstancias. Al Estado sólo pueden reforzarlo unos dirigentes capacitados y con ideas claras, sólidas y oportunas.
¿Qué significa “ideas claras y sólidas”?
Básicamente un programa dividido en escenarios políticos: desactivar el separatismo, perseguir a los separatistas que persiguen a los españoles, retirarles competencias propias del Estado central, fijar criterios comunes para la educación y para la sanidad públicas, hacienda y seguridad social únicas e indivisibles, fuerzas de seguridad unificadas con competencia en todo el territorio español, plan de actuación para reforzar la caja de la Seguridad Social, presupuestos basados en las necesidades y en las carencias, no en la demagogia, promover una discusión sobre las relaciones entre autonomías y gobierno central que elimine duplicación de funciones y se base en la eficiencia en los servicios. Eso para empezar.
He enunciado los puntos que a mí me parecen básicos. No dudo de que habrá otros criterios. Buenos, malos o peores habrá que discutirlos en al Parlamento, abiertamente, sin trucos ni pactos a escondidas.
¿Están los protagonistas a la altura de las circunstancias?
Yo no lo creo, porque si así fuera, habría propuestas firmes y claras entre los partidos del circo político actual. Mi pesimismo se basa en esta evidencia. No hay ni uno que me produzca confianza. Los que hoy mandan y sus acólitos, por su decisión de acabar con el Estado. La oposición a la que molesta sentirse de derechas, por eso precisamente.
El PP ha tenido tiempo suficiente desde 2023 para ofrecer a los votantes un mapa con estrategias y tácticas políticas. Y no hace otra cosa que reaccionar a los malos pasos del gobierno, maestro en despistar. Promete, eso sí, desactivar leyes y programas corruptos. Prometer sale gratis.
En la derecha orgullosa de serlo, Vox, no sucede esto, pero sí se mete en berenjenales que dispersan su fuerza en un supuesto beneficio electoral. Por eso es necesario un programa nítido y con los instrumentos para llevarlo a cabo. Las promesas electorales duran unos meses, hasta que los votantes se han olvidado de ellas. Las necesidades sociales y políticas son algo imperativo, de efectos duraderos, y hay que saber convencer a los votantes que cortar por lo sano el déficit, la crisis de la Seguridad Social, la vivienda… es algo que lleva tiempo. Serán capaces de hacerlo la “derecha y la ultraderecha”
El mayor problema en este asunto no es que la “derecha y la ultra derecha” se pongan de acuerdo en un programa de gobierno. Ojalá tengan el buen sentido de hacerlo a escala nacional. El mayor problema es la confusión identitaria. Las ideologías de antaño están caducadas, no sirven para nada hoy. Pero lo más fácil para los suicidas que desean la destrucción del Estado es trazar un muro y colocar fuera de él a una derecha y ultraderecha inexistentes, y acompañar este señalamiento con adjetivos vacíos: fascismo. ¡De qué diantres están hablando! No tienen ni idea de lo que es el fascismo, quizá porque el comportamiento fascista más evidente es el suyo, servilismo ideológico.
No obstante, si tan difícil es hallar una identidad nueva para quienes pretendemos conservar y perfeccionar el Estado español, pues, nada, seamos de derechas, pero seámoslo consecuentemente, fomentando una cultura española, una visión de nuestro pasado libre de obsesiones y estereotipos, favoreciendo las iniciativas particulares y públicas que enriquezcan la nación al completo, y no fragmentándola. Si esto es fascismo, seamos fascistas. Hay cantidad de españoles que no se avergüenzan de serlo, pero no se identifican con la “derecha y la ultraderecha”, tienen miedo de que les consideren fascistas. Pues, muy bien, abajo las caretas. Hablemos claro todos, y empezaremos a descubrir en qué podemos entendernos.
En eso se basa mi optimismo a medio plazo.
Pero no es un optimismo radical, porque yo observo, como cualquier persona con criterio, que los problemas de los españoles son exactamente los mismos que los de los portugueses, italianos, franceses, alemanes, ingleses, etc. La democracia parlamentaria se ha atascado, es un caparazón de galápago doméstico que impide el crecimiento de alternativas políticas. ¿Qué alternativas? Muy fácil, pongámonos a discutir a los ciudadanos sobre ellas, eso que llaman la sociedad civil, que no son los equipos deportivos, las fallas, las ferias, sino los que cultivan la solidaridad, el entendimiento, el diálogo, la cultura en todas sus formas. No sé si somos mayoría, pero por algún sitio hay que empezar antes de que el futuro se nos eche encima de modo catastrófico. Eso sí sería una canallada filosófica.
