Tarde de sábado en la playa de Babel
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Todas las playas mediterráneas ha sido siempre un Babel de lenguas y culturas. Las Babeles de hoy tienen características nuevas, posmodernas y tal. El reportero presenta a continuación un paisaje con figuras.
Segismundo Bombardier
(Texto y fotos)
Animado por el editor de la revista, paso unos días en el horno valenciano. En Flandes hemos tenido nuestro propio horno hace unas semanas. Es lo que sucede en estos veranos sin piedad.
El sábado pasado, a eso de las ocho de la tarde, cogí un tranvía y me baje en la Malvarrosa de Valencia. El cielo estaba nublado y la calor no derrumbaba el cuerpo. Esto es lo que vi, y las reflexiones que me produjo.
El paseo de la playa estaba de bote en bote. Las terrazas, repletas. La orilla del mar con un montón de personas, pocas de ellas bañistas, después, una ancha franja poco habitada, y luego la franja más próxima al paseo llena de gente haciendo deporte. Es una playa ancha como pocas.
Lo primero que me llamó la atención fue una tupida concentración de negros, quiero decir subsaharianos. Sentados en el bordillo que separa la arena del paseo había al menos treinta metros de subsaharianos sentados en perfecto orden y concierto. Enseguida me di cuenta de qué hacían allí: eran espectadores de un partido de fútbol improvisado. Los jugadores eran jóvenes no mayores de veinte años, de Senegal y de Ghana, me dijeron. Hacían centros, regates y piruetas dignas del mundial. Tiene mucho mérito eso sobre suelo de arena.
Me pregunto si habría “ojeadores”, porque algunos de los chicos eran fenómenos.
Se notaba que se divertían de lo lindo. Ellos y los mirones.
Algo apartados del fútbol había media docena de ghaneses jugando a recuperar conos de la arena, en lo que parecía una competición de atletismo. Les pedí permiso para fotografiarles, y me dijeron “Feel free”, sin problemas. A los del fútbol les hice fotos de un modo también libre, sin permiso, y tampoco tuve problemas.



Esto de la fotografía de calle, la que más me gusta, tiene la pega de que alguno de los retratados puede molestarse. Es raro. Lo máximo es que te miren con un reproche mudo en las pupilas.
Las fotos que salieron no son las que imaginé, luz menguante y sujetos en movimiento, y encima de piel negra, que en las fotos pierden los detalles si no tienen iluminación especial, y la de la playa era la de un vulgar ocaso.
Me han dicho que entre los vecinos de Valencia existe la tradición de cenar en la playa, mejor dicho, en el paseo, que es más higiénico. Comprobé la veracidad de esta información. Había unas cuantas parcelas de acera ocupadas por mesas y sillas plegables y familias preparadas para cenar lo que traían de casa, regado con tinto de verano o sangría o cerveza a discreción. Algunas de estas familias habían salido a la arena con el mismo propósito.
Lo curioso de esta Babel playera es que la etnia menos representada era la española, quiero decir nacidos en España de padres autóctonos.




Por orden de presencia, la mayoría aplastante era de hispanoamericanos. Luego venían los subsaharianos y los magrebíes. Después un equilibrio entre españoles y eslavos, que se distinguen a la vista por su piel lechosa. Y ya está. No había chinos. Escasísimos turistas blancos y rubios, que se suelen quedarse en la zona de los restaurantes finos próximos al puerto, la playa de las Arenas.
El rasgo diferencial de la concurrencia es la familia. Los hispanoamericanos se recrean en familia, con frecuencia numerosa, incluidas las abuelas, y muy pocos abuelos. Los niños y mujeres subsaharianas son minoría, supongo que por razones obvias, los que llegan en pateras son mayoritariamente varones muy jóvenes. Y los magrebíes también suelen recrearse acompañados de la familia, debidamente cubiertas las mujeres.
Calculo que dentro de veinte o treinta años la población española será una Babel de razas, perdón, de etnias, con multitud de mestizos (no sé si la palabras es pecado). Pero no será igual que la sociedad francesa, que mantiene unas barreras de clase casi infranqueables. Los españoles nos hemos mezclado desde siempre. Solo dos minorías se mantienen firme y férreamente blanca y nacional, los catalanes y los vascos fanáticos, que son una minoría. En Francia hay guetos impenetrables. En España los hispanoamericanos se distribuyen por barrios “nacionales”. Pero yo no creo que se vayan a convertir en fortalezas como en la Galia.
Este fenómeno controvertido de la inmigración en España tiene mucha guasa. La corona de Castilla, y las demás también, pero algo menos, desde el siglo XV al XX ha sido una fuente de emigración, en especial a las Américas. Sólo Italia y Grecia con sus reinos, repúblicas, etc tuvieron algo parecido, pero a escala menor. En el caso de España es como si alguien hubiera dado la vuelta al reloj de arena. En una Europa asomada a la incertidumbre y al caos, el caso español es una fortuna. Nos devuelven la “invasión”, dicho en el mejor de los sentidos. En cierta forma volvemos a encontrarnos, en pacíficas condiciones.
La experiencia vivida en Francia es muy otra. Los quebequenses están muy a gusto en su tierra y no tienden a regresar a la Francia de la que salieron sus ancestros. Quienes cruzan el Mediterráneo para aposentarse en la Douce France son los plebeyos de las colonias, y se instalan en guetos insufribles, que producen miseria y delincuencia.


Me han contado personas que lo han visto que en pueblos (en realidad pequeñas ciudades) agrícolas de España, los peones viven de mala manera, en condiciones que también producen miseria y delincuencia. La única manera de impedir esto es organizar, ordenar y controlar la inmigración, sobre todo la magrebí y la subsahariana,
Yo veo a estos muchachos ghaneses, senegaleses, gambianos cómo disfrutan jugando al fútbol en la playa, y dudo que puedan ser pasto de mafias semejantes a las que les trajeron en pateras. Un señor del tranvía me decía, “los negros vienen a trabajar, los moros a aprovecharse de los servicios sociales”. Es una forma de ver el asunto.
Los que pasan por completo desapercibidos, y mira que son un montón y nada disimulados, son los chinos. Quizá sea porque vienen a trabajar y con trabajo asegurado. Llegan en avión en familias numerosas, incluyendo, tíos, abuelos y todo tipo de parientes. Les he visto en Barajas salir de un vuelo intercontinental cargados de fardos y maletas que no caben en un taxi. Les esperan en la puerta de Salida compatriotas suyos, se meten en furgonetas, y desaparecen en la geografía española.
Y el fenómeno de los paquistaníes es estupendo. Dicen que son mano de obra esclava para paquistaníes establecidos. No sé si es verdad, pero lo que veo en Valencia y alrededores es cantidad de fruterías regentadas por paquistaníes. Cuando te atienden lo hacen con simpatía y discreción, son musulmanes creyentes y practicantes, y a veces viven en familia, con niños y niñas.
Estos niños de tan diversas procedencias van a las escuela con los hijos de españoles “auténticos”, hablan y juegan con ellos. ¿Es esto integración? A lo que parece de las segundas generaciones de magrebíes no lo es. Lo veo todos los días en Francia, que se carga de pólvora poco a poco.
Voy acabando.
Regreso al apartamento turístico también en tranvía. La línea de la playa va mal, y el convoy se retrasa. Cuando llega, nos metemos Babel y yo a trompicones. Tengo suerte (y edad) y encuentro un asiento en la cola del coche, desde el que tengo una vista privilegiada.
De pronto me doy cuenta de que debo ser de los pocos españoles “auténticos” que viajan en el tranvía, yo, que vivo en el viejo Artois, en Lila, en la frontera de Francia y Bélgica.
Voy tomando nota mental de la multitud que me acompaña. Dominan las familias, y entre ellas las de hispanoamericanos. Se les ve relajados y felices y vestidos con limpieza y elegancia andina. Los padres y las abuelas juegan con los niños. Vuelven a una casa que posiblemente no tenga muchas comodidades. Se sacrifican porque esperan prosperar, y sin duda lo harán. Algunas familias son de eslavos, se nota en la envergadura de los papás y mamás, en sus caras redondas, y en el pelo rubio de los retoños. Algunos son bebés, los llevan en brazos, les acarician y les dan besitos. Familias magrebíes veo menos, las mamás cubiertas con un velo y vestido largo y con mangas, los papás en pantalón corto y camiseta, y también hacen bromas con las criaturas.
Luego viajan los jóvenes magrebíes y subsaharianos, ¿menas? Uno de ellos cede el asiento a una abuela hispanoamericana. Los morenos magrebíes, de rasgos muy definidos, charlan en sus lenguas aborígenes o adoptadas. Los subsaharianos bromean entre ellos; sus dientes blancos despiden confianza en el futuro.
Otro sector es el de las chicas nacionales y trasatlánticas, con sus vestidos de playa bien cortitos, descotados, jugando a seducir. No hay distinciones de clase o de color de piel. Se recogen, y pasado mañana irán al liceo o a hacer algo de más utilidad inmediata. Y hay quienes van solos sumidos en sus pensamientos y en sus cascos y en sus teléfonos móviles.
Esta tarde de sábado a nadie le preocupa la corrupción, los frentes de Ucrania, el calor en las ruinas de Gaza o de los petroleros del estrecho de Ormuz, las discusiones sobre la conveniencia o no de la inmigración. La preocupación resbala sobre las pieles polícromas, han llegado a Europa a cambiar de vida, y son conscientes del precio que han de pagar. El tranvía es un territorio Babel ocupado por personas satisfechas y pacíficas.
Pero el día a día de todos ellos debe ser complicadito.
Mis años juveniles de inmigrante en el Artois y en Flandes me acostumbraron a vivir rodeado de rebeurs (moros), de renoirs (negros) y de pieds noires, los colonos expulsados de Argelia; entonces nadie se molestaba por estas denominaciones, si no iban acompañadas de adjetivos insultantes, que también se usaban. Para mí, Babel es un escenario que dura décadas en Francia, y que allí se ha enquistado y embrutecido, y me han hecho casi insensible. Pero no tanto como para advertir a los ciudadanos españoles y a los que vienen de lejos a vivir aquí que, por favor, no se dejen llevar por la corriente del buenismo, del mal rollismo o de la frustración del que llega al paraíso y descubre que es un purgatorio.
Una sombra de duda. Pienso en los menas asilvestrados, retenidos en residencias donde aprenden la ley del más fuerte, y cuando salen, los más bárbaros la aplican. Pienso en las bandas de centroamericanos y de colombianos, en los negocios mafiosos que se infiltran como gusanos en la vida de los inmigrantes más menesterosos. Ojo con eso. Es preciso desmantelar la violencia antes de que se adueñe de la calle.
De momento, acudan las tardes de sábado a las playas de Babel, donde la convivencia es espontánea.


