Nápoles y el Diluvio
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Observaciones curiosas y comentarios espontáneos de una excursión turística
Por Fernando Bellón
Noviembre y diciembre suelen ser meses húmedos en la Campania. Pero este año de 2021 no ha parado de llover, en ocasiones de diluviar. Y sin embargo, nuestros cuatro días de lluvia casi ininterrumpida no han disminuido la sensación de maravilla que produce esa ciudad. Con diluvio o sin diluvio, Nápoles fascina.
Uno lleva puestos anteojos con estereotipos en casi todas las visitas turísticas, al menos en los lugares que uno no ha pisado antes. Los tópicos son inevitables, y son la base del conocimiento, que se construye sobre la experiencia y la atención refinada. Así que esta crónica no escapa de los estereotipos, aunque los empapa de dudas y preguntas.
Los que van adheridos a la idea de Nápoles son: indisciplina, desorden, camorra, inseguridad, pillería, escándalo, sol…
No ganamos mucho con descartarlos, pero todavía ganamos menos tomándolos al pie de la letra. Por ejemplo, un diluvio como el de este otoño en Nápoles no está registrado en la memoria de los ciudadanos.

A mi entender, los equívocos que suscita Nápoles no proceden de los estereotipos literarios o cinematográficos, sino del empeño en comparar lo que uno observa con lo que ha visto o ha acumulado en sus viajes a otras ciudades, o recuerda de su juventud o su infancia.
Nápoles es incomparable porque escapa a toda medida, no hay forma de encajonarla en ningún gavetero portátil. Esto es así porque casi todas las ciudades de cierta envergadura demográfica tienen una base común: se han adaptado a la modernidad y también a la post modernidad. París, Viena, Madrid o Lisboa tienen su sello propio, pero hay algo que las uniformiza: los negocios y los comercios transnacionales, globales, estampados como un calco en las calles céntricas. Aquí y allá uno se encuentra con las mismas marcas comerciales presentadas con idéntica escenografía.


La post modernidad consumista se ha abalanzado sobre las ciudades europeas, americanas, asiáticas, de Oceanía (me temo que muy poco de África), y se ha clonado en todas las latitudes y longitudes.
Sin embargo, Nápoles, ignoro por qué y cómo, ha escapado a semejante colonización. La modernidad napolitana aparece carcomida en sus fachadas, aparentemente a punto de desmoronarse. La post modernidad no existe, no ha entrado. Al menos en la ciudad vieja, en la histórica, que es bastante amplia. Nuestra visita no ha dado para explorar los barrios exteriores, y por tanto no sé si en ellos el consumismo postmoderno ha calado.
El mejor testimonio es que no hay centros comerciales ni grandes almacenes en ese inmenso cogollo, ni rastro de ellos, fuera de las viejas galerías con sus cúpulas de cristal, que son en sí mismas una formidable antigualla. No puedo hablar del extrarradio, no lo conozco. Pero quien lo haya visitado me puede ayudar, le invito a que comente al final del artículo su experiencia.


Y las fachadas no se desmoronan. Mirarlas es como dejarse engañar por un trampantojo. Son paredes de un metro de ancho. Están descuidadas, eso sí. Y la inercia del tópico le induce a uno a la siguiente reflexión: estos ciudadanos no miran más allá de su domicilio, la propiedad colectiva la dejan al cuidado anónimo. Sin embargo, la razón contradice este pronóstico; Nápoles no es una jungla. Este abandono de fachadas y calles debe tener más que ver con la eficacia municipal, la promoción de la restauración y, vaya usted a saber, los intereses espurios que retraen la iniciativa de los propietarios.
No obstante, el estado de las escaleras y de los portales es manifiestamente mejorable. ¿Por qué no se adecentan? Lo ignoro. Y tampoco causa mucha pena, la verdad, viene a ser una marca de fábrica de la anti-post-modernidad. Claro que, también es un peligro. En uno de nuestros paseos bajo la lluvia por la Via Foria tropecé con un bolardo tirado en la acera y me di tremendo batacazo. Debo de tener una buena constitución porque no me rompí nada, aunque anduve los dos días restantes a la velocidad de un nonagenario.


Tampoco fue grave inconveniente, porque me obligó a moverme con más precaución y a fijarme en el decorado. Decorado fastuoso, mejor dicho, fabuloso. Las calles principales, que coinciden con las más anchas (y no mucho), son un mosaico de pequeños negocios. Y las estrechas, que pueden ser millares, bastantes poseen también su propio mosaico.
En coherencia con el espíritu anti-post-moderno, pequeño negocio significa veinte metros cuadrados de cacharrería, de electrodomésticos al pormenor, de herramientas, de carpintería, de mercería, de peluquería de señora y caballero, de ferretería, de pescadería, de casquería, de pizzería, de perfumería… y así todos los gremios viejos y modernos. A continuación vienen las trattorías y restaurantes de consumo en interior, algo más grandes, aunque no mucho, a veces con varios pisos. Y lo sorprendente, los espacios más anchos pertenecen a las librerías de compraventa. A gran distancia en metros cuadrados, las iglesias, la mayoría monumentales y cada una con su tradición y su parroquia. Complemento callejero de estas, los altarcitos en rincones, en hornacinas, dedicados a todos los santos censados y a todas las vírgenes del calendario. En fin, los tramos de pared no habitados por vivos o por difuntos consagrados están cubiertos de pintadas de todo género y advocación. Las paredes son la voz silenciosa de los napolitanos, donde proclaman sus iras y sus ocurrencias, y donde anuncian los funerales de vecinos fallecidos la víspera.








Para acabar esta mención de lo diminuto pero no efímero: un rasgo napolitano son los bassi o los baschi, los bajos. Tras una fachada de como mucho cuatro metros, con puerta y ventana estrechas, una cocinita, una mesa, unas sillas y un lecho para dormir. Al fijarme en el primero, pensé que sería un área de inmigrantes sin recursos. Luego nos explicaron que era una forma de habitación común en la ciudad desde antaño. La información nos la dio un estupendo guía de los subterráneos de Nápoles, visita encantada por los bajos fondos literalmente hablando, que a veces transcurrían ayuso (giù) de domicilios como los mencionados, que a su vez se construyeron sobre las gradas de un teatro o de un templo pagano. Ven ustedes cómo son edificios sólidos, no los derriban ni los terremotos. Por eso he escrito antes “diminuto pero no efímero”.
El otro subterráneo de Nápoles son las dos líneas del Metropolitano. Hay otras en construcción, lo que se advierte en los solares vallados en lugares estratégicos para el turismo, que afean el escenario e impiden el disfrute de los monumentos a los que dará acceso el transporte. El Metropolitano es el subterráneo del subterráneo, y tiene dimensiones faraónicas. Se llega a él en largos tramos de escaleras rodantes que deben de alcanzar una profundidad cercana a los cien metros, o más. Esto es debido a la sucesión de ciudades y civilizaciones que han ocupado el solar napolitano desde la Antigüedad. Imagino que las escaleras atraviesan la Nápoles moderna, la medieval, la romana, la Magna Grecia, y la de las tribus itálicas que se asentaron por allí antes del siglo menos VIII. El acceso a las estaciones se hace bajando por amplios pozos, un par de ellos bien decorados, y los demás con aspecto de mina abandonada.



Las señales de la dudosa eficiencia municipal se encuentran ya en los torniquetes de entrada. Uno de cada dos no funciona, y no estoy exagerando. Ocurre lo mismo en los ascensos por funicular a las numerosas colinas. ¿No hay fondos europeos para la restauración de servicios públicos fundamentales? De nuevo uno queda perplejo por ver cómo las cosas funcionan a medias, pero funcionan. Y si no, se recurre al ingenio. Cierta mañana al entrar en el metro de Dante para comprar el billete giornalero, la única máquina existente estaba estropeada. Un cartelito indicaba que los billetes se vendían en la cafetería subterránea de al lado, que estaba cerrada, y eran más de las diez. Subimos a la superficie, y preguntamos a un poliziotto, un municipal, que dónde adquiríamos el billete. Ni él ni su compañero tenían ni idea. Nos sugirieron un kiosko de prensa. Otro cartelito visible en él indicaba que no vendía billetes de transportes. No tuvimos más remedio que colarnos, sin consecuencias para nosotros ni para el peculio del metro, porque compramos el giornalero en otra estación.


Los tópicos se basan en realidades, es decir, son exageraciones, hipérboles. El español es un señor bajito, con bigote y cabreado. El italiano es un señor que habla muy alto, también con bigote, que gesticula mucho y con espontánea astucia. El napolitano es un hombre artero, que se queja mucho, pero improvisa soluciones a la velocidad del rayo y sin perder el humor, que se encuentra a gusto en su ciudad sin acabar, porque aquello que tiene pinta de ser nuevo y definitivo sólo es una añagaza para atraparte en los engranajes limpios y devastadores de la post modernidad. El napolitano está acostumbrado a desconfiar, porque ha sufrido el dominio de sucesivos poderes extraños, entre ellos y de modo señalado, el español.
La juventud presente se empapa desde hace décadas de la cultura anglosajona que es dueña de los medios, y de un modo inerte se identifica con ella. En mi juventud (hace sesenta años) la cultura dominante en los medios era la latina: hispanoamericana, italiana, francesa y, algo menos, portuguesa. Esta educación latina es lo mejor que hemos tenido los nacidos antes de 1965. La compartíamos, era (sigue siendo) la nuestra. Francia ha resistido un poco la invasión, pero Italia (al menos la Italia meridional) y Portugal en su conjunto, mantienen su identidad, su independencia. Esto es lo primero que se nota cuando uno desembarca en Nápoles. Una virtud que en esta España fracturada e idiotizada es cada vez más escasa.
Entiéndase que la cultura anglosajona es tan rica y respetable como todas las demás, pero no es la mía, y cuando viene impuesta de forma insidiosa y nos la tragamos como jarabe, se vuelve idiota.
Por cierto, los italianos, los franceses y los hispanoamericanos emigrados a Estados Unidos son bastante responsables de la exportación de la cultura anglosajona, la buena y la desestimable.
Viva Nápoles. Viva lo antiguo. Viva lo que está a medias. Y viva San Genaro.











Las imágenes tienen tu sello personal, Fernando. Enhorabuena
Los cuatro días que pasamos en Nápoles estuvimos alojados en el Bed & Breakfast Soriano 44, en la via Domenico soriano, 44-46. Su propietario es Giulio, un hostelero muy cualificado, atento y simpático. Lo curioso de los alojamientos económicos en Nápoles es que se encuentran en callejuelas con aspecto de abandono, como comento en el artículo, pero el interior es limpio, ordenado y en el caso de Soriano 44 amueblado con estilo de mediados del siglo XX y decorado con gusto. Esto es lo que me ha dicho Giulio del artículo sobre Nápoles: «hola Fernando te agradezco mucho tu artículo sobre el viaje a Nápoles, tienes una forma de escribir muy original, me alegro que apreciaras mi ciudad, si vengo a Andalucía te llamo para tomar un café juntos. Un saludo a su esposa ,me complació mucho recibirme en mi hotel Ciao Giulio». Uno de las virtudes de Nápoles es que sus vecinos, en términos generales, son encantadores. En el caso de Giulio se convertían en amistades. Así que yo recomiendo a quien visite Nápoles B&B Soriano 44, dormirá muy a gusto y desayunará mejor que en uno hotel de cinco estrellas.