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Pío Baroja, la novela y yo General Series

Elogio de la “literatura menor” (Baroja, la novela y yo, 3)

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Pío Baroja, la novela y yo (3)

 

Fernando Bellón

Nueve

Una de las ventajas que tiene adentrarse en la obra (y en la vida, pero esto, menos) de un novelista, un poeta, un dramaturgo, un historiador no académico es que poco a poco vas construyendo la filosofía del tipo en cuestión. Baroja, comparado con Thomas Mann, con Marcel Proust, con James Joyce puede parecer un filósofo de segunda categoría. Esto es una deformación ideológica arraigada en la España post-franquista, sobre todo en la educación escolar y universitaria previa a las leyes woke; luego hemos llegado al paroxismo pedagógico.

Bucear con inteligencia y constancia en un autor equivale a la experiencia vivida y adquirida al lado de un padre, un hermano, un cónyuge. Te das cuenta de que cada ser humano tiene una forma particular, sugestiva, de entender y afrontar la vida. No hace falta leer de arriba abajo a Wittgenstein, a Ortega y Gasset, a Bertrand Russell para entenderlos, entre otras cosas porque si no lo precisas, imponérselo es una tortura innecesaria. Las “lecturas menores”, en especial las ficciones, el trato social y familiar, te hacen sabio con menos desgaste de neuronas.

Conocer bien el pensamiento de un creador a través de su obra enriquece muchísimo. Y Baroja es una mina de ideas y sensaciones.

Uno de los libros que más me han ayudado a esta tarea ha sido el de Francisco Flores Arroyuelo.

Le decía yo a Waltraud García en la introducción de esta serie que deseché la idea de escribir un ensayo sobre las Memorias de un hombre de acción de Pío Baroja porque en una feria de ocasión encontré ese libro insuperable: Pio Baroja y la Historia, de Francisco Flores Arroyuelo, su tesis doctoral en la Universidad de Murcia.

Es uno de los raros libros académicos escritos para que se entiendan. Flores Arroyuelo fue profesor en esa universidad. Dejó este mundo en 2020, y lo dejó enriqueciéndolo con varias obras dedicadas a los Baroja, en especial a don Pío. En la necrológica de “La Verdad” de Murcia se dice que fue uno de los autores murcianos más prolíficos, aunque nació y se crio en Bilbao. Esto testimonia la tonta voracidad regionalista de la España actual.

Si algún lector de esta serie quiere enterarse de cómo Baroja gestó, se documentó y redactó las veintidós novelas de Aviraneta, escritas entre 1912 y 1934, debe leer antes que nada la tesis doctoral de Flores Arroyuelo. A la serie hay que añadir Aviraneta o la vida de un conspirador, una biografía documentada del espía liberal, que se encuentra al final del tomo IV de las obras completas de don Pío. Este tomo y el anterior, el III, contienen las Memorias de un hombre de acción.

La colección fue publicada como tal por la Editorial Renacimiento, a medida que se iba escribiendo, y luego por la Fundación José Antonio Castro en varios tomos. También, en las Obras Completas de Biblioteca Nueva. Y finalmente, la edición de las Obras Completas de Pío Baroja a cargo de José Carlos Mainer. Hay ediciones sueltas anotadas de algunos de los libros. El lector curioso puede encontrar la primera, El aprendiz de conspirador, sin moverse de su casa en esta página de Proyecto Gutenberg.

Otra edición digital he encontrado en la red, en este caso de La nave de los locos, con introducción y notas de Flores Arroyuelo. Se trata de una iniciativa conjunta  de Caro Raggio y de  Cátedra, me figuro que gracias a alguna subvención administrativa, y por eso no se han preocupado de reclamar sus derechos en la Red.  Es importante este libro porque incluye un “Prólogo casi doctrinal sobre la novela”, que he citado en el capítulo 1 de esta serie.

Al buscar “Memorias de un hombre de acción” en Google, aparecen 63.400 resultados. Algunos contienen obras enteras referidas al tema, Por ejemplo La novelización en las “Memorias de un hombre de acción” de Pío Baroja, otra tesis doctoral, en este caso de María Ángeles Santiago Miras. Tiene 827 páginas y acaso algún día intente leerla.

Otro resultado sorprendente es una página china , que contiene Los recursos de la astucia. La astucia que se atribuye a los chinos puede ser la motivación de tan curiosa novedad.

Si dedico más tiempo a recorrer las sesenta y tantas mil páginas anunciadas por Google es seguro que me llevaré más sorpresas. Pero no es el objeto de este capítulo.

            He aquí el listado de las novelas, ordenado según su publicación en las Obras Completas.

Tomo III

El aprendiz de conspirador (1913)

El escuadrón del «Brigante» (1913)

Los caminos del mundo (1914)

Con la pluma y con el sable (1915)

Los recursos de la astucia (1915)

La ruta del aventurero (1916)

Los contrastes de la vida (1920)

La veleta de Gastizar (1918)

Los caudillos de 1830 (1918)

La Isabelina (1919)

El sabor de la venganza (1921)

Tomo IV

Las furias (1921)

El amor, el dandysmo y la intriga (1922)

Las figuras de cera (1924)

La nave de los locos (1925)

Las mascaradas sangrientas (1927)

Humano enigma (1928)

La senda dolorosa (1928)

Los confidentes audaces (1930)

La venta de Mirambel (1931)

Crónica escandalosa (1935)

Desde el principio hasta el fin (1935).

En el capítulo primero de Pío Baroja y la historia reflexiona Flores Arroyuelo sobre la Generación del 98. El libro está editado en 1972, de modo que es lógico pensar que lo escribió antes, probablemente en los años en los que yo estudiaba bachillerato superior. En aquella época la Generación del 98 era capítulo básico de la Literatura Española en la enseñanza. Hoy ha perdido prestigio, aunque no por sus defectos, sino por la atroz vuelta de calcetín que ha tenido la educación escolar y universitaria en España. Lo significativo es que sigue siendo motivo de debate.

Los componentes de la Generación del 98, escribe Flores Arroyuelo,  “pensaban que lo tradicional no era amoldarse a unos gustos, encadenarse a unas rutinas que proporcionaban una aparente seguridad; lo tradicional era el criterio independiente continuador de lo legado por la inteligencia anterior, ensanchándolo hasta fronteras y horizontes inéditos, completándolo. Por eso ninguno de ellos dudó de que la España nueva” […] “debía salir de la España vieja, de la España falsamente tradicional, por una evolución acelerada, pero fiel a sí misma”.

Yo fui educado en el interés por la España del Siglo de Oro, y el afecto a la Generación del 98. Me lo tomé en serio, y fueron mis primeras lecturas literarias deliberadas y conscientes. Hay otro tipo de lecturas no exclusivamente literarias. Podría llamarlas “lecturas de entretenimiento”, literatura menor. Es una división arbitraria y discutible, que no pretende menoscabar el trabajo profesional del creador, solo clasificarlo.

Diez

Creo posible que si Baroja no hubiera degustado en su adolescencia el folletín francés y español, su criterio literario y su estilo harían sido otros.

A mi formación contribuyeron eso que he llamado literatura menor.

Una con la que me deleité durante años fueron Las aventuras de Guillermo Brown, de la inglesa Richmal Crompton. Todavía las releo de tarde en tarde. Constituyeron una base para la construcción intuitiva de mi teoría literaria particular. Un personaje que ni cambia ni crece a lo largo de los años, una especie de Peter Pan sin propiedades antinaturales como volar. Cuando a los 19 años fui a Inglaterra a pasar el verano fregando platos, al atravesar la campiña inglesa, desde Dover a Londres, y luego de Londres a Chester, pasaba por los propios escenarios de Guillermo, con chavalitos vestidos igual que Guillermo en los parques innumerables, y otros personajes que Richmal Crompton recreó en sus libros.

El entrenamiento intelectual lo adquirí en paralelo mediante los tebeos. Un compañero de clase, cuyo padre tenía un oficio manual, creo recordar, subvencionaba a su hijo para que comprara todas las semanas las aventuras de El Jabato, El guerrero del Antifaz, el Capitán Trueno y otras colecciones. El chico se apellidaba Carrión, a quien no sé por qué llamábamos “Gurriato”; y entre él, Paco Campos y yo, nos constituimos sin saberlo en un club de lectura. También leía el TBO, el Jaimito y el Pulgarcito. Mi padre me los compraba cuando estaba enfermo, para entretenerme con historias ligeras, pero él no era amigo de esas lecturas.

Algo más tarde, a mis catorce o quince años, me aficioné a las novelitas de kiosko. En las vacaciones de verano eran lecturas frenéticas, con visita diaria a la tienda de chucherías y tebeos para cambiarlas.

Recuerdo julios, agostos o septiembres (sólo un mes, las vacaciones de mi padre) en Alicante, en una pensión donde nos repartíamos mi hermano y yo en una habitación, y mis padres y mi hermana en otra, en los que iba a la Albufereta con mi familia, me sentaba debajo de un encañado, y me ponía a leer novelitas. Nunca me ha gustado bañarme, así que me limitaba a remojarme un ratito, y a volver a la lectura.

Me apasionaban las de historietas del FBI (yo pronunciaba “febeí”), en segundo lugar, las policíacas, las del Oeste me atraían menos. Las devoraba con tanta rapidez que me quedé sin repuesto, porque las que tenía el señor del kiosko las había leído todas. Un día me atreví con una novela para chicas. Debí de acabarlas también.

El verano siguiente ascendí la escala de la calidad. Empecé a ir a la biblioteca municipal de Alicante en lugar de a la playa. A mi padre le pareció algo paradójico, pero no puso objeción porque el ámbito no era desaconsejable.

Allí conocí a Azorín. No recuerdo cómo ni cuándo. Azorín era de Monóvar, estación por la que pasaba el tren de Madrid, y también la carretera cuando en la familia entró un Renault Gordini. La melancolía del pequeño filósofo me entusiasmó, y la identifiqué con la mía. Supongo que leí al azar los libros de Azorín de los que disponía la biblioteca. En alguno de ellos el alicantino hablaba de autores franceses. No se han borrado de mi memoria  Gérard de Nerval, Théophile Gautier y algún otro romántico. Encontré algún texto de aquellos y lo leí sin tener idea de lo que era el Romanticismo francés. Azorín también mencionaba a Montaigne, que me gustó poco y leí menos.

A la vuelta a Madrid empezaba sexto de Bachiller o segundo de Bachiller Superior. Ahí fue donde encontré a ese profesor magnífico de literatura de cuyo nombre no puedo acordarme.

Once

Flores Arroyuelo distingue tres tipos de novela en la producción barojiana entre 1913 y 1935: uno, novelas históricas propiamente dichas; dos, obras de ficción que se apoyan en los datos de una época pretérita obtenidos mediante un estudio documental y archivístico; y tres, las que remiten a los hombres y problemas de su tiempo.

En el primer grupo, incluye más o menos la mitad de las Memorias de un hombre de acción. Añade la trilogía La selva oscura (La familia de Errotacho, El cabo de las tormentas y Los visionarios), de 1932, y  Juan Van Halen, el oficial aventurero nacido en Cádiz,  teniente general del Ejército belga, mayor del Ejército ruso y mariscal de campo del Ejército español. (En esta página de la Real Academia de Historia se encuentra un resumen de su vida fascinante).

En el segundo apartado, ficción e historia, sitúa Flores, al menos nueve novelas, entre ellas siete de la serie de Aviraneta.

Y en el tercero, las demás, según constan en el listado de “Obras de Pío Baroja” elaborado por el propio Flores.

Advierte que los bloques primero y segundo están solapados, y sus obras caben en uno y otro de ellos.

“En todo momento de la lectura estamos sintiendo este flujo y reflujo de la realidad a la ficción, aunque en muy distintos grados”. A partir de determinado momento “se produce una distensión en la materia histórica para dar paso a los productos de la imaginación creadora”, de modo que estos últimos llegan a ser dominantes.

“En vez de contentarse con levantar un retablo más o menos rico en detalles y descripciones que fuesen arropando a lo historiado, él usó la tarea de crear todo un mundo de ficción, en el que tuvieran cabida desde los momentos de pasión hasta los momentos monocordes de lo cotidiano”.

En Baroja, viene a decir el estudioso y transparente Flores, la historia se compone de verdad y de realidad ambigua, y es perder el tiempo querer distinguirlas.

Dada la oleada de novelas históricas publicadas en las últimas décadas en Europa y las Américas (prueba de que no es un fenómeno espontáneo, sino de interés editorial, por lo demás lícito) resulta curioso repasar las novedades y logros conseguidos por autores como Baroja o Galdós, cada uno en su estilo.

Baroja no consideraba buenas novelas aquellas que hablaban de un pasado lejano, porque es imposible ponerse en la piel y la mente de seres humanos que nos han precedido dos o tres siglos. En ese tiempo, la forma de entender la vida varía, aunque la psicología y la fisiología permanezcan.

“Yo suponía que entre el hombre del campo de una tierra áspera y arcaica, como la de Castilla la Vieja, poco poblada, y el hombre de 1809 de esas mismas tierras no habría apenas diferencia. Lo más lógico es que no la hubiera”, dice Baroja en sus memorias. Un siglo no cambia tanto a los hombres y a las mujeres.  Lo cierto es que el tiempo es elástico, y la sucesión de cambios tecnológicos que ha experimentado la sociedad europea y americana (las dos Américas), dan para tres o cuatro siglos de la Edad Moderna. Mi padre vio volar aviones en su niñez (de hecho hizo la mili en aviación, en Getafe), conoció la televisión en su juventud y madurez, y trabajó en la programación del servicio digital incipiente del banco Hispano Americano, llegó a pasmarse con Internet y los satélites de comunicaciones. Pero no dejó de ser él mismo. Recuerdo una información de la guerra de Somalia entre la guerrilla y el ejército gringo en 1993, cuando yo trabajaba en la sección de internacional de Canal 9. Una agencia envió una entrevista a una anciana somalí (quizá tuviera cuarenta años) diciendo que era necesario que la “opinión pública internacional” se enterara de lo que estaba sucediendo allí, que lo estaban pasando fatal y cosas así. Hablaba en su idioma, pero el guion de texto que enviaba la agencia lo traducía de este modo.

El doctorando Flores aventuraba sobre el “periodismo historiográfico”, que practicaba Baroja. En solo cincuenta años, la historia reciente se ha colado en el periodismo, en la novela, en el cine y en la televisión. ¡Y de qué modo! Biopics, docudramas, ficciones basadas-en-hechos-reales, etc. Sin embargo, lo peor son las narraciones en papel o en medio electrónico de episodios de la antigüedad, del medievo o del siglo XVI. Divagaciones surrealistas del presente proyectadas hacia detrás. Los nerones, ciros, aníbales, juliocésares, abderramanes, isabelesyfernandos, magallanes y elcanos son ciudadanos estereotipados de nuestros días encajados a martillazos en un mundo de cuyos detalles íntimos y personales, su forma de entender la vida, su moralidad, conocemos poco. Pero con un dedo de imaginación y unos millones de producción, reproducimos las naos que dieron la vuelta al mundo y las llenamos de chulitos, de sanchitos, de curas liberacionistas, de mentecatos y de gigantes de cartón piedra.

Valga como ejemplo las películas norteamericanas que se han hecho sobre algunas tragedias de Shakespeare. No tienen nada que ver con las puestas en escena en el “Globe” presente de Londres. Shakespeare, Calderón inventaban figuras de la historia basándose en hechos reales, pero dotándolas de un espíritu trágico auténtico, humano. Salvo de la quema a La vida de Brian y a Golfus de Roma (Miles Gloriosus, de Plauto. Quizá la comedia admita mejor la impostura.

Doce

Aunque carezco de una teoría de la novela, ni académica ni antiacadémica, he escrito algunas urdidas sobre episodios históricos. En ambos casos proveché la experiencia acumulada en visitas de trabajo a Suráfrica, Norteamérica, y también a las dos Alemanias. Las primeras me salieron gratis, porque volé a Nueva York y Washington, Johannesburgo y El Cabo en varias ocasiones como enviado especial de Canal 9 TVV. Mi conocimiento de das Wende, el giro, el cambio, también fue experimental, cuando derrumbaron el Muro, y la RFA absorbió como una esponja a la RDA ante la estupefacción del mundo, y el susto de Mitterrand, que temía más que a la peste una Alemania unida .

Bula Matari, la primera novela mencionada, está escrita en 1993. Pasé mis vacaciones laborales en mayo de 1991 en El Cabo en casa de un antiguo compañero de colegio, que residía en Suráfrica desde tiempos del agonizante Apartheid, Fernando Tolosana, y luego estuve husmeando por Johannesburgo y Pretoria. Acababan de liberar a Nelson Mandela y de suprimir las leyes raciales. Aproveché para realizar una serie de reportajes periodísticos para un diario de Barcelona subvencionado con fondos de reptiles de la Generalitat, una de esas maniobras desconcertantes del entonces secesionismo larvado, con el sello espurio de Prenafeta. Se llamaba “El Observador.” Me sirvió para pagarme el viaje.

Entrevisté a un ministro del gobierno De Klerk, a diputados mestizos y blancos progresistas (es una forma de etiquetar),  a personas destacadas del African National Congress (algunos de ellos blancos más progresistas aún que los anteriores), y me subí a  microbuses de negros en El Cabo y en Johannesburgo, asistí a una concentración de nativos cantarines y ruidosos en un estadio próximo a El Cabo, viajé con Tolosana en su mercedes rojo descapotable por la zona de viñedos de Stellenbosch, luego hacia Port Elizabeth, y nos asomamos al Little Karoo, un desierto fascinante, en Graaff-Reinet, un pueblo “holandés” entre montañas, donde la segregación, ya caduca, se mantenía a rajatabla.

En Johannesburgo me di paseos por el centro de la ciudad, volviendo a la pensión (un alojamiento de YMCA) antes de las seis, según consejo serio y prudente de su administrador. De vez en cuando me dirigía a un negro y le preguntaba por una calle o algo así, tratándole de “sir” por si acaso. Visité Pretoria y el monumento a los boere que realizaron el Gran Trek en sus carretas bovinas, con la Biblia en una mano, en la otra las riendas y en el asiento una carabina.

En el YMCA compartí cuarto con un chaval afrikáner, esto es, blanco, que trabajaba de vigilante jurado en una pequeña industria. Las conversaciones que mantuve con él me instruyeron mucho sobre el país. Una noche volvió cariacontecido de su trabajo, y me dijo que había tenido que tirotear a un negro que había robado en la oficina. Vio salir corriendo de ella a un joven africano, y enseguida se asomó el director gritando que le acababa de asaltar. Dio el alto al fugitivo. Viendo que no se paraba, apuntó y disparó. “La tiré a las piernas”, decía el chico, “porque me daba pena matarlo”. Era buen tirador, porque había estado en la contraguerrilla en Angola y Botsuana, acertó, y se acercó a la carrera. Cuando llegó al cuerpo tendido, el negro se incorporó a medias apuntándole con un revólver. “Le dije, ‘chaval, podemos salir vivos los dos si bajas el arma. Si no, tú me matas, pero tú mueres en cuanto llegue la policía’”.

La escena la introduje en Bula Matari, porque tenía la fuerza de lo auténtico. También introduje en ella al chaval afrikáner. En esos días me acerqué al cuartel general del ANC y pedí una entrevista con Mandela. Rellené una solicitud, y me dijeron que me enviarían un fax con la respuesta a Canal 9 en Valencia. Tardaron un mes en hacerlo, pero me la concedieron. Canal 9, entonces en sus inicios, produjo el viaje, contrató a un equipo de cámara y sonidero en Johannesburgo, y me envió en avión a toda prisa, en primera clase, porque no había asientos en turista.

Cámara y sonidero eran negros, y del ANC. Sin ellos no habría podido entrar en Soweto en un momento en el que empezaban los atentados en vagones del metro y en los llamados hostels de trabajadores africanos en los townships, Soweto y Alexandra. Un blanco solo allí se arriesgaba a no salir ileso. Hice varios reportajes y tomé material para ilustrar la entrevista. Viaje fascinante para mí, que no daba crédito. Debí ser uno de los primeros periodistas españoles que entrevistó a Mandela, excluido John Carlin, de madre española, que entonces vivía en Suráfrica y conocía bien a Mandela, fue a esperarle a la puerta de la cárcel de Robben Island.

Mi entrevista con la figura legendaria fue muy corta y decepcionante. Es algo muy distinto conocer el país como Carlin (enviaba crónicas al “Guardian”), tener correspondencia con Mandela y haberle recibido en sus primeros pasos en libertad, y yo, que aunque había tenido tiempo para documentarme, era un desconocido corresponsal de una televisión de provincias. Mandela fue amable pero expeditivo, contestó con estereotipos a mis preguntas (estereotipadas) y a las de otro periodista serbio, que no tenía ni idea de lo que pasaba en Suráfrica, y posiblemente no le interesada nada, porque Yugoslavia acababa de partirse, y unos y otros la emprendían a tiros entre ellos.

Tico Medina, periodista popular en mi juventud, pretendió adquirir fama de haber “entrevistado” a Indira Ghandi. Lo que hizo. Y parece que él lo contaba con un descaro algo cínico, fue ponerse en la fila de los que le daban la mano, y al llegar su turno decirle que era periodista español. Eso fue todo.

Es sabido el caso de otro famoso periodista español todavía en activo a quien pilló la primera guerra de Irak en Bagdad. Determinado periódico publicó casi a diario crónicas suyas que hacía llegar a Madrid, vía Amman, entregando varios folios escritos a máquina a un taxista que los llevaba a la frontera con Jordania, desde donde los enviaban por fax a Madrid. Era mentira. Se dice que las crónicas las escribían en la redacción, donde estaban más enterados que él de lo que sucedía en Bagdad, gracias a la CNN. El corresponsal de Canal 9 en Bruselas, Josep López, también quedó atrapado en la capital de Irak, hasta que un autobús fletado por la ONU o algún organismo similar se llevó a todos los periodistas occidentales a Jordania. Contó Josep que uno de los pocos que se quedó fue el periodista falsificador, que solía emborracharse y salir a la calle donde estaba el hotel y levantar los brazos al cielo lanzando injurias contra los aviones yanquis (ausentes, claro), y pidiendo a gritos que le bombardearan, que él no se movía de allí porque era muy chulo.

Pero estaba hablando de mis “novelas históricas”.

Bula Matari, que el lector puede encontrar en este enlace en PDF y en Epub, la resumo así: “Los nativos africanos llamaron a Henry Morton Stanley Bula Matari, que quiere decir el que rompe las piedras, porque el explorador por antonomasia empleaba la dinamita para abrirse paso por el alto Congo, que navegaba con un yate desmontable. Cuando Stanley llegó al Atlántico y estableció contacto con su civilización se enteró de que su novia le había dejado por otro. A Baltasar Quesada, empresario de la construcción, tan formal que sus colegas le toman por calvinista, le deja su mujer para irse con un aventurero que fue compañero suyo de colegio y emigró a Sudáfrica en busca de fortuna. En cierta forma es la historia de Stanley al revés. Emprende su búsqueda, dando tumbos por el Congo Brazaville, el Zaire, Angola y finalmente Nueva York. Sin enterarse se convierte en actor pasivo de un episodio de tráfico de diamantes. La historia se desarrolla en escenarios reales y con episodios reales, convenientemente disimulados. Se sitúa en el mundo que acababa de ser bipolar y se había convertido en esquizofrénico”.

Igual que Baroja utilizaba a personas reales para encarnar a sus personajes, me valí del mismo mecanismo, que usan tantos novelistas. Mi amigo Tolosana, el chaval afrikáner, y otras personas que fui conociendo o que ya conocía, me sirvieron de modelo, urdiendo yo una historia que no tenía nada que ver con ellos.

El trabajo realizado con la novela me resultó útil años después. Tuve que apresurarme para convalidar mis estudios en la Escuela Oficial de Periodismo por la licenciatura en Periodismo de la nueva facultad. Se acababa el plazo, y redacté a toda prisa una tesina, en realidad una tesis. Se titulaba “La Transición en Suráfrica”. Había hecho acopio de material, libros y periódicos ingleses y norteamericanos, y un semanario de Johannesburgo al que me suscribí. Me dieron un sobresaliente, y eso que era un ensayo más periodístico que académico. Creo que fue merecido.

La última parte de la novela se desarrolla en Nueva York. Aproveché varios viajes como enviado especial en aquel mundo tortuoso y violento de los primeros noventa, para tomar nota literal de escenarios, episodios y tipos. Me serví de casi todos los apuntes.

Trece

De Baroja he tomado el gusto por el detalle, la anécdota, el retrato natural y la desmitificación del personaje, el aspecto folclórico de las relaciones humanas, la búsqueda de seres con sentimientos, con biografía particular, el menosprecio de la morosidad en las descripciones personales y del paisaje. La psicología es algo más que el psicoanálisis, instrumento usado en numerosas novelas de un modo que horrorizaría a Freud. Me pregunto si el psiquiatra austriaco tuvo en cuenta a Dostoievski en sus estudios sobre la psique humana; sospecho que lo leyó atentamente.

Mi novela La rendición de Lenin intenta reflejar la psicología de los alemanes del Este. Escrita entre 2009 y 2011, he aquí el resumen que consta en la página que alberga la novela en Perinquiets-Libros donde está colgada en PDF y enEpub: “La rendición de Lenin narra los efectos de la demolición del Muro de Berlín sobre unos imaginarios personajes españoles y alemanes. Los hechos narrados parten de diciembre de 1988, y llegan hasta otoño de 1991, y cubren todo el período de die Wende, el cambio, que terminó con la absorción de la República Democrática Alemana por la República Federal. Los protagonistas son seres atrapados en una red de buenas intenciones e intereses espurios, tejida con sus propias manos. De súbito esa malla protectora se descose, quedan expuestos, y ridículamente vulnerables. Intervienen de un modo fatídico en los episodios históricos que acabaron con la caída del Muro, y que aparecen como contrapunto de la novela. Las peripecias cruzadas son relatadas por sus propias voces, seis en total”.

La historia la cuentan seis personajes de un modo alternativo y ordenado. Como en casi todas mis novelas antes del inicio de la historia se imprime un Dramatis Personae, algo muy útil, pero que ha dejado de hacerse, para mayor confusión de los lectores.

La documentación fue profusa, y la “memoria histórica” es en su mayoría experimentada. Pasé un mes del verano de 1976 en Berlín Este, alumno de un curso de alemán en la Humbolt Universität. Me dio tiempo de conocer el sistema. Antes había trabajado como redactor en una revista para la emigración de la llamada Prensa del Movimiento (mi vida laboral empezó en “La Mañana” de Lérida en 1973), con sede en Colonia del Rin.

Pero lo que mejor contribuyó a mi cabal entendimiento de las Alemanias fue el trabajo para la biografía José Renau. La abrumadora responsabilidad del arte publicada en 2009 por la Fundació Alfons el Magnànim de la Diputación de Valencia. También accesible en Epub aquí.

Pasé tres años recopilando material en Valencia y en Berlín Este ya reunificado. Mantuve conversaciones con familiares, camaradas y amigos del pintor comunista, que suman treinta cintas de grabadora y más de cien páginas de transcripciones. Leí todas las notas editadas y no editadas de Renau, libros en inglés y en español sobre la historia de la RDA, el Muro y los trabajos de Renau en aquel país magnífico a pesar de su gobierno. Revisé la información generada por la caída del Muro en 1989, paseé por los escenarios sobrecogedores de Berlín Oriental, algunos de los cuales conocía de treinta años antes, gracias a Marta Hofmann, alumna de Renau, establecí contacto con muchos de quienes trabajaron con él y para él. Los hijos de Renau Ruy y Teresa y otros familiares directos me proporcionaron desde anécdotas reveladoras hasta cartas y documentos.

A Renau le había entrevistado yo en 1976, durante mi estancia en Berlín, de ahí que me pareciera estimulante hacer una biografía que nadie había intentado hasta esa fecha, salvo tesis doctorales, artículos y breves ensayos.

En La redición de Lenin aparecen muchas de las personas que conocí gracias a mi trabajo como biógrafo, a veces con nombre y apellidos, otras disfrazadas. Conocía los hechos, las psicologías, las consecuencias de sus actos. Construí un melodrama policíaco y de espionaje. No me quedó mal, y lo afirmo sin vanidad al comparar La rendición de Lenin con muchas de las novelas de género que he leído. Si se hubiera publicado y promovido, habría dado rentabilidad al editor. Pero no lo encontré. Para ser exacto alguien se interesó por el texto, y después de leerlo me dijo que tenía que corregir varios episodios que no encajaba en la trama. Lo cierto es que me dio a entender que tenía que escribir la mitad de la novela de nuevo.

Me acordé de los editores anglosajones que facilitan el trabajo de los autores, sobre todo en temas de género, que son los que más venden. La persona que me hacía sugerencias descomunales no me prometía nada, el riesgo de publicarlo y de promoverlo era mío. Le di las gracias del modo más sarcástico posible, y me olvidé de ella.

Otra de mis “novelas históricas” es una visión de la llamada Transición española desde fuera. Me puse en la piel de quien pude haber sido yo si en 1974 hubiera volado de Colonia del Rin a Quebec, la provincia francófona de Canadá, algo que me propuse sin llegar a realizarlo. Se titula Bombardier en Alphaville, y vienen a ser los recuerdos de un sosias mío. Se presenta así en Perinquiets-Libros: “Considerarla una autobiografía enmendada es una tentación, pero su autor lo niega. Es cierto que el protagonista (Marcelino) comparte con el autor sus estudios en Lille, al noroeste de Francia. Pero el verdadero Bombardier no ha estado nunca en Canadá ni ha tenido un hijo en una pareja de tres. Segismundo asegura que es una novela sobre la Transición desde el punto de vista de un marciano. La acción está enmarcada entre 1970 y 1984. Marcelino, un joven nada interesado por la política, es observador singular de los cambios que se producen en su conservadora familia y en sus compatriotas. Los ve desde el otro lado del océano y ocasionalmente desde cerca en sus cortas visitas a la Patria. También es observador perplejo del enredo de la provincia de Quebec por separase de Canadá.”

Nunca he estado en Québec. Tuve que valerme de una amplia bibliografía tomada del Institut Français de Valencia, de películas y documentales de Internet, y de los consejos y revisiones del texto de una amiga québécoise, Denise Blaise. Lo que menos trabajo me costó, claro, fueron los episodios de la Transición vividos por el protagonista en sus visitas a España, y las noticias recogidas por él de la correspondencia de su familia.

También me serví de mi experiencia laboral en el Public Service australiano, no muy distinto del canadiense, y coloqué en la narración personas conocidas por mí en aquella época, incluso con nombre y apellidos.

La Transición es también el fondo turbio de uno de los relatos de Harbour Bridge, titulado “La sombra de una mirada”, en la que un anodino personaje, viajante de comercio sin ambiciones, se sube al tren del éxito comercial gracias a sus relaciones inesperadas con personas importantes. No relata la peripecia “externa” o la transformación del flojo individuo en un cargazo inmoral, sino la peripecia interna de un tipo mediocre, que nunca pasa de subalterno.

En realidad, seis de las siete narraciones de Harbour Bridge recorren episodios históricos vividos por mí como espectador o como personaje secundario inventado. Mis héroes no son desgraciados y lumpen, abundantes en el tiempo Baroja. Desde 1960 la miseria fue retirándose de la geografía urbana y rural española. Hay novelas que la reflejan y la recrean. Salvo La vida como es de Juan Antonio Zunzunegui, ningún relato sobre el hampa me ha interesado. Valga decir que las novelas negras, de intriga y de conspiraciones constituyen un género propio digno, pero apartado por completo de la realidad, sometidas a esquemas y tramas estereotipadas de la que no se puede escapar sin cargarse el género.

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