Relatos patéticos sobre lo que se nos viene encima
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Los titulares de la prensa son patéticos. Los hechos que los provocan no son para menos. Elecciones en noviembre, tropelías del gobierno saliente que se resiste a salir, Sánchez caminando sobre el filo de la navaja, con ademanes de Tirano Banderas, huelga general de perroflautas, y perroflautas durmiendo en las plazas por la muerte de una inquilina que no cayó en la cuenta de que se estaban aprovechando de ella.
Fernando Bellón
(La ilustración de portada es “Pero, ¿qué dices?”, un grabado de Francisco Campos Lozano)
En realidad la prensa escrita digitalizada se encuentra en un estado de profundo patetismo. Como a muchos suscriptores, lo que me interesa leer son los artículos y las tomas de partido. Las noticias han quedado reducidas al mínimo, entre otras cosas porque noticias de verdad hay muy pocas, lo que abunda es la interpretación, las elucubraciones, las sospechas, las conjeturas, los disparates y los excesos, hacer de un hecho secundario, relativo o minúsculo algo decisivo.
¿Qué papel y beneficio ofrecen a la sociedad los medios de comunicación en todos los formatos? En su mayor parte, imprimir en la ciudadanía la sensación de que habita un escenario semoviente, como el de los rebaños. Lo que se mueve suele ser lo truculento, por eso la información se ha vuelto truculenta, y está llena de vaciedades y de especulaciones.
Sólo los pesos pesados de los medios manifiestan a diario sus hallazgos, sus denuncias y sus convicciones. El séquito de interpretadores sigue su rastro, a veces con más fortuna que otras, que son la mayoría, las otras.
Ahora bien, los excesos y los juegos verbales inciden en nuestros ánimos sin que nos demos cuenta. Uno acaba creyendo que vive una película de aventuras o de intriga, o de policías y criminales del futuro. Los guionistas de series se nutren de la realidad, y la realidad, de los guionistas de series. Es una retroalimentación parasitaria que nos divierte mucho, la de las series y la de los políticos actuando como estereotipos. La democracia virtual o la democracia impostada.
Existe una simbiosis mediática. Según mi experiencia en C-9, los medios audiovisuales repasan cada mañana los diarios escritos, se nutren de ellos y organizan sus escaletas (el esquema del telediario) sobre la armazón en papel. Como mi vieja experiencia no incluye la información digital, quizá ahora haya cambiado algo, aunque sospecho que no mucho. Es innegable que la opinión pública se forma con la prensa escrita (poco), con la radio, la televisión y ahora ya las redes. La prensa escrita pierde tirón, pero sólo entre la opinión pública que lee sólo los resúmenes de estos medios en las redes. Hace bien, es inteligente. He abierto esta reflexión con los medios impresos en papel o en pantalla porque son los que usamos los del oficio. Entre otras cosas porque no hay horas en el día para escuchar lo que opinan los buenos retóricos y los sofistas de ocasión. El objetivo es construirnos un relato los unos a los otros.
Los medios de comunicación de hoy se dedican a construir relatos, algo que los políticos en ejercicio han copiado con gran provecho. Las historias de la antigüedad griega y romana muestran que el hábito de los relatos es viejo como el Estado. Los historiadores de antaño, a sueldo siempre de alguien importante, equivalen a los periodistas célebres de hogaño. En ambos casos los comunicadores, una etiqueta comodín, son relatores y notarios. Los cronistas medievales españoles son ejemplos del oficio. El periodismo presente ejerce ese influencia ideológica en la sociedad que nos permite convivir. Pero también los relatos pueden enconarse y llevarnos a las manos. En España estamos ahora mismo a un paso de liarnos a garrotazos y, como suele ocurrir desde hace doscientos y pico años en Occidente, por el fanatismo de una izquierda que lleva dos siglos creando sus propios dogmas destructores, a falta de una religión moderadora.
A mí, el trabajo en los medios de comunicación me ha interesado poco. He estado empleado en prensa y en televisión. Al principio de cada etapa en uno o en otro, la novedad profesional y las técnicas mediáticas eran atractivas, absorbentes. Pero al cabo de poco tiempo uno empezaba a descubrir la trama. Esto es una verdadera humillación, porque ves las entretelas, los huesos, los cartílagos y los músculos como el de esos maniquíes descarnados de ciertas consultas, que sólo sirven para enseñar a los estudiantes la topología fisiológica del oficio. El descubrimiento te deja pocas opciones. O te rindes a ellos e intentas hacer carrera de obstáculos, o aceptas un sueldo, que hasta hace poco no estaba mal, a cambio de ser un robot.
El funcionamiento de los medios se basa en la presencia directiva en ellos de profesionales competentes, destacables, con recursos y habilidades a la altura de sus ambiciones. Por regla general son personas de edad media, o algo más, gente que ha pasado por casi todos los engranajes, cultos, formados en batallas y hasta en guerras intestinas, y que han aprendido a sobresalir y a sobrevivir. Son muy pocos.
Luego está la estructura jerárquica y ejecutiva, los contramaestres y los curritos que hacen funcionar la máquina, cuyo trabajo es un mecanismo basado en el espectáculo, sin dificultades, un copia pega aburrido, que puede hacer un bachiller superior o como se diga ahora. Yo he dejado de ir a aulas en las que compañeros míos enseñan periodismo. Como hubo una época en la que viajaba como reportero a lugares exóticos, querían que contara anécdotas, la salsa del periodismo, no los ingredientes.
El oficio de periodista se aprende con la práctica, y nunca se puede enseñar. Los que enseñan vierten melaza sobre las cabezas de los pretendientes a periodistas. Mi discurso ponía en evidencia a mis colegas, porque yo intentaba disuadir a los chavales en su loco empeño de hacerse reporteros, y les daba razones: podéis llegar arriba si os comportáis con inteligencia, habilidad y despiadadamente. Pero la mayoría seréis meros engranajes.
Periodista puede ser cualquiera, y no es rebajar el oficio, es describir su escaso fundamento. Un avión no lo puede pilotar cualquiera, la responsabilidad de construir un sistema informático, un puente, un edificio, una clínica, no se le puede entregar a cualquier persona. Pero ser periodista o artista en el siglo XXI está al alcance de todo hijo de vecino con ideas claras, constancia, ambición y cultura media.
Emilio Romero, periodista eminente, se hizo cargo de la Escuela Oficial de Periodismo cuando yo estudiaba en ella. Nos incitaba a estudiar y a trabajar, aunque daba pocos consejos. Uno de ellos muy divertido era que aprendiéramos idiomas. “Un buen periodista debe saber idiomas”, decía con toda la razón del mundo. Y añadía, “aunque hay buenos periodistas que no saben inglés, como yo”.
Y a todo esto, la bélica electoral está en marcha a toda mecha, y Ceuta sigue llena de invasores que vagan, vagabundean y vaguean por las calles.
