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Agricultura y Naturaleza Entrevistas

VICENT GIL, DE “L’HORT SOSTENIBLE” DE NÁQUERA

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Queremos que nuestro trabajo sea nuestro sustento, pero digno.

L’ Hort Sostenible de Náquera son dos hectáreas de huerto muy fértil, propiedad de Vicent Gil Monrós, de 36 años, que funciona desde 2010. La experiencia adquirida por Vicent en la explotación familiar ha sido clave; su padre siempre ha vendido verdura en la casa de campo.

L’Hort Sostenible también cuenta con huertos de alquiler, monitorizados por Vicent, que proporciona aperos y apoyo logístico. El número de hortelanos aficionados ha descendido, porque la gente no persevera, y porque la finca está situada lejos de la capital; los que siguen en ellos suelen ser vecinos de las urbanizaciones de la zona. También se realizan allí cursos de horticultura realizados por Alberto Llopis. Ca l’Hortolà es una tienda virtual de efectos agrícolas, también mantenida por los socios de l’Hort Sostenible.

Con Vicent trabajan dos personas, Iván e Isabel. Ambos titulados en la Escuela de Capataces Agrícolas de Catarroja. Iván acabó una formación profesional de electricidad, pero después de trabajar en ese campo se ha ido al campo de verdad. Isabel ha hecho los dos ciclos de la Escuela de Capataces Agrícolas de Catarroja, el de Agricultura Intensiva y el de Gestión de Empresas Agrarias. Ayuda en la preparación de cajas, y lleva la contabilidad y la gestión. Rafa, un licenciado en publicidad y márquetin, acaba de entrar en L’Hort Sostenible, les está ayudando en las labores manuales.

No tienen certificación ecológica, pero sí forman parte de un Sistema Participativo de Garantía que gestiona Ecollaures.

Una entrevista y fotografías realizadas por Fernando Bellón

 

La agricultura directa, de la huerta a la casa, tiene costes altos.

Los labradores-distribuidores estamos creando el mercado agroecológico

Trabajamos una media de 50 horas a la semana

 

Yo me he formado en la agricultura gracias a la tradición familiar. Siempre he practicado la agricultura, me ha gustado hacerlo. Como no tengo formación reglada, podría decir que soy autodidacta. Los primeros conocimientos son espontáneos. Y luego, el interés por la agricultura ecológica en concreto viene por una manera de entender el mundo.

¿Has pasado por una etapa de agricultura convencional?

Antes de dedicarme a la agricultura ecológica ayudaba en la explotación familiar, pero no era agricultor. Durante diez años he sido técnico de iluminación en espectáculos, y al final acabé en Teatres de la Generalitat, hasta que Teatres se acabó y me quedé en la calle. Me vi obligado a realizar un cambio en mi vida. Pero la cosa agrícola siempre ha estado latente. Mi vinculación con el campo ha sido grande a través de la familia. Y las cosas de la vida hacen que esa reserva latente aparezca cuando interviene algo como una crisis económica, que en este caso más que económica es de valores, es una crisis social.

El cambio ocurre en el 2010. Apareció mi pasión por la agricultura ecológica, y desde entonces ha ido cogiendo fuerza. Mi trabajo privado en el campo familiar siempre ha sido ecológico. El cambio fue hacia la profesionalización. Ya he dicho que mi base es autodidacta, pero luego he hecho cursos de formación, algunos con la SEAE, de sesenta o cien horas, y otros por internet. Más que cursos, es una actividad para informarte cómo hacer las cosas.

Luego, están los otros socios del proyecto, Isabel e Iván, que son lo contrario que yo. No tienen experiencia campesina familiar, pero sí formación académica en la Escuela de Capataces Agrícolas de Catarroja. Isabel vino a hacer prácticas, y como tenía una buena actitud y aptitud, se ha quedado. Iván era compañero de estudios de Isabel, empezó por su cuenta su proyecto. Se llama Hortafutur. Y ahora, sin haber dejado ninguno su propio proyecto nominal, trabajamos juntos. Cuando Ivan reparte, incluye sus propias verduras de Hortafutur. Y yo reparto como Hort Sostenible. Pero la producción y la distribución de los productos hortícolas es conjunta. Ahora trabajamos en parcelas que son de mi propiedad, aunque Iván tiene una finca en Godelleta, pero es de secano. Funcionamos como socios, aunque ahora mismo no tenemos ningún paraguas legal, somos dos personas físicas que trabajamos juntas, cada una con su marca comercial, que ni siquiera está registrada.

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Isabel y Rafa al fondo. Iván, en primer plano

¿Habéis planificado de alguna forma vuestra evolución futura?

Nuestra perspectiva de futuro es buscar algún tipo de figura legal, ya veremos cual, cooperativa, comunidad de bienes. En este momento no tenemos miras muy largas porque hay que ir día a día, paso a paso.

Hay un problema con tener objetivos a medio o largo plazo. Si intentas hacer algo un poco más grande, una inversión, una sociedad mercantil, aunque sea agrícola, tiene unos costos de inscripción altos; y una cooperativa, todavía mayores. Lo más sencillo es una comunidad de bienes, pero como no nos hace falta… como podemos facturar como personas físicas…como no hay ninguna estructura de venta, una tienda, un local, va todo por internet… eso nos permite minimizar los costos.

Trabajáis a pequeña escala.

Nuestra agricultura es muy directa, del campo a la mesa. Y eso implica unos costos altos, porque estás pendiente de la planta desde que nace hasta que llega a la cocina del que la consume. En una agricultura convencional este proceso supone una cadena larga en la que están implicadas muchas personas. En nuestra forma de cultivar, todo eso se concentra en las mismas personas. Llegamos incluso a conocer al consumidor. Producimos todo lo que consume una familia. Esto incrementa el precio del producto, es inevitable. Lo normal es que un agricultor convencional plante varias hectáreas de un producto. Pero piensa lo que supone plantar mucho menos, mil metros cuadrados de patatas, quinientos de cebolla, doscientos de zanahoria… Eso implica que todos los días tengo algo que hacer. O estoy pendiente de la zanahoria, o de regar la cebolla, o de entablar… La agricultura a esta escala tan pequeña abarca un proceso muy largo, que te ocupa todo el día.

¿Por qué no asociarse los pequeños, abaratar costes y reducir trabajo?

Sí, se podría. Es algo concebible. Es algo que yo y otros como yo tenemos presente. El hecho de que estemos unidas tres o cuatro personas es un paso en esa dirección. Pero es complicado cuando los proyectos son minifundistas. Si así te es difícil llegar a final de mes, no puedes plantearte “¿y si nos unimos y en lugar de hacer 20 productos hacemos 10?” Puede surgir algún problema fatal. Yo soy ahora amo y esclavo de mi producción y de mis clientes. Si me meto en un proyecto más grande, primero tenemos que tener la base de ese proyecto muy asumida por quienes lo integran, porque si falla por algún lugar, te quedas al descubierto. Y también ese individualismo está muy arraigado en la idiosincracia de la agricultura valenciana, la Huerta está llena de minifundistas. Por eso cuesta tanto dar ese paso hacia el trabajo en un conjunto mayor.

¿Es cosa de dinero?

No. Tampoco es tan problemático. El tema es participar en un proyecto en el que creas tú y las personas implicadas en él, todos trabajando en la misma dirección. Hasta ahora se ha hecho algún intento que no ha funcionado. Igual no era el momento. Lo intentamos con La Crisopa. Al principio entramos en cooperativa de trabajo asociado, algo que implica que todos trabajamos, todo va a una caja y de ahí se reparte. La realidad fue que había una diversidad demasiado grande como para hacer una cooperativa. Al final se quedaron unas personas, y otras salimos. Es una idea muy bonita, pero muy complicada.

Al final, todos tenemos que vivir y necesitamos vender. Si no vendo, da igual lo que esté haciendo; me hago un huerto para mí, y ya está. Pero lo que buscamos todos es vivir dignamente, que sea nuestro sustento. Eso significa tener un salario al final de mes, como el de cualquier otra persona. Todos estos problemas se acaban en el momento en el que el mercado absorba toda esta producción. Da igual una cooperativa o lo que quieras. Pero como partimos de cero, de un mercado que no está creado, tienes que hacerte canal de distribución, contactar con los clientes… Tienes que hacer de comercial, de productor, de administrador. Eso es lo que imposibilita que las cosas avancen más rápido. Además, al inversión la haces por tu cuenta. Por lo general somos personas jóvenes, al margen de la agricultura industrial, que se basa en la producción de grandes cantidades que permiten vender a un precio más económico. En esa agricultura, la mano de obra que recoge el producto es barata… Nuestro modelo es otro completamente distinto. Aquí estoy en mi campo, produzco estas cosas y te las vendo a ti.

Ser pionero tiene un coste.

En la península, sí. En otras partes de Europa llevan mucho tiempo haciendo esto. La gente busca producto ecológico, y no tiene problema.Pero entre la crisis, y que vivimos en el Mediterráneo, donde hay abundancia de productos frescos alimenticios… No digo que sea difícil llegar al público, pero no llegas con facilidad, o la gente no está tan dispuesta a gastarse ese plus de dinero, porque hay abundancia. Cuando te vas al norte de España o pasas los Pirineos, la cosa cambia. Es más fácil llegar al público, porque ya pagan un precio elevado por la verdura en circunstancias normales.

¿Cuáles son vuestras rutinas de trabajo?

Lunes y martes, recogemos. Martes por la tarde, confeccionamos las demandas, y el miércoles las repartimos. Jueves y viernes son los días que te quedan para hacer faenas del campo, incluso el sábado. Faenas de campo quiere decir rascar, plantar, regar, todo eso, aunque a veces coincide con los lunes o martes. Y luego, si tienes que ir a algún mercado, que no es nuestro caso, el sábado o el domingo.

¿Muchas horas?

Como media unas diez horas de trabajo diarias. Cinco días a la semana, cincuenta horas seguras, no te las quita nadie. Por ejemplo, el martes, que es el día que más horas trabajamos, desde las ocho de la mañana a las dos en el campo, y por la tarde, de cuatro a ocho o nueve de la tarde, y me quedo corto. En verano baja el volumen, porque la gente está fuera. Cuando la gente se va de vacaciones no compra. Nuestro ritmo de trabajo acompaña la rutinas de las personas: trabajo durante la semana, necesito verduras, si estoy de vacaciones, en la playa, la rutina ha cambiado. Para nosotros baja el volumen de venta, aunque subirá allá donde la gente veranee.

Nuestras vacaciones son en verano, claro. Nos turnamos. Este año hemos pensado repartir la primera y la última semana de agosto, porque otros años hemos repartido verdura todo el mes de agosto, pero el trabajo era tan poco que no valía la pena, perdíamos dinero. Las dos semanas intermedias de agosto hay muy poca venta. Así que este año no repartiremos.

En invierno es cuando más venta hay. El problema es que los cultivos de primavera dan mucha faena, son muy tediosos de trabajar, sobre todo el tomate; y solo dan rendimientos si tienes salida, venta. Pero como normalmente no hay tanta, la compensación no es tan alta. En invierno, las verduras dan trabajo, pero no tanto. Es más rutinario. En verano es la faena más fuerte, que coincide con el descenso de las ventas. En nuestro caso, nuestro modelo de venta directa.

¿Qué evolución habéis tenido en los cuatro años de existencia?

Hemos conseguido consolidar un proyecto pequeñito de distribución local de verdura ecológica. El círculo de distribución es de cien kilómetros, más o menos, algo que entra en un modelo coherente con la agroecología. Menos las frutas, que las traemos de otros lugares de la península en palets, es decir, que no se hace un consumo de transporte ilógico.

Empezamos en un campito produciendo cuatro verduras, y cada año hemos multiplicado la cantidad y mejorado la calidad, hasta llegar a unos niveles de calidad comparables con la agricultura convencional. Visualmente, a veces, los productos no tienen el lustre que vemos en los mercados, porque nos hemos acostumbrado a que todos los productos sean perfectos, pero detrás de esa perfección hay una cantidad enorme de desecho, se tira, no se consume porque no es bonito.

En estos cuatro años nosotros hemos llegado a tener una calidad de producto muy buena, con una satisfacción del cliente muy alta. Estamos orgullosos de eso.

Tenemos claras las épocas de siembra. Pero no llevamos una planificación estricta. Lo que tenemos en cuenta es la cantidad de clientes. Al final del año podemos saber lo que han consumido los clientes. Sabemos cuántos kilos de patata hemos vendido, por ejemplo. Si hemos tenido cincuenta clientes a quienes hemos vendido mil kilos de patata, ya sabemos que al año siguiente tenemos que plantar mínimo eso.

¿En qué marcos organizativos funcionáis?

Básicamente, la Plataforma per la Sobirania Alimentària. Nace a través del movimiento de la Vía Campesina, la agricultura más local, por decirlo de alguna manera. Viene de Suramérica, donde los pequeños agricultores tienen una problemática muy grande con las grandes empresas, que lo arrasan todo. Y acaba llegando a Europa donde se transforma en la Plataforma por la Soberanía Alimentaria: el derecho que tenemos los pueblos a conocer lo que comemos, algo que no es muy común. Esa plataforma aglutina a los colectivos que queremos participar, individualmente, o en asociaciones… Se hacen encuentros anuales, se habla y se debate sobre cosas que creemos que son importantes, y nos sirve de referencia en el mundo, no ya de la agricultura ecológica, sino de la sostenibilidad.

Luego tenemos una asociación Ecollaures, que se creó como una asociación de productores, que hace un trabajo importante de consenso en precios mínimos de venta, para no hacernos competencia unos a otros. Ese debate costó muchas reuniones, en las que se proponían los precios más lógicos de venta. Y al final se llegó a una política de precios, que ha seguido mucha gente que no estaba asociada, como precios de referencia.

A raíz de la Plataforma para la Soberanía Alimentaria y Ecollaures, surge un proyecto de Sistema Participativo de Garantía. Es el SPG-Ecollaures. Se trata de crear confianza en la producción local de verduras ecológicas por pequeños productores que utilizan canales cortos de distribución. Lo que SPG Ecollaures quiere transmitir al consumidor es que la verdura que compra a un productor local es ecológica y con un respeto al paisaje. Compras a tu vecino, mantienes el entorno del que formas parte, es un apoyo mutuo.

¿Te queda tiempo para esas actividades?

Yo todavía no se nada de agricultura ecológica. Siempre te quedan cosas por aprender. Estás obligado a formarte sistemáticamente. Ahora estoy yendo a un curso de citricultura ecológica, que no implica una titulación académica, en la Vall de la Casella, entre Alzira y Carcaixent. Aquí en Hort Sostenible, Alberto Llopis está haciendo un curso de talleres en torno a la agricultura, control de plagas, plantones, etc, que lleva tres años funcionando, dirigido a aficionados que quieren tener su huerto. Aunque como profesional también puedes venir. Esto no se acaba nunca.

 

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