ALBERTO LLOPIS, INGENIERO AGRÍCOLA

TRES MEDIDAS SALUDABLES:

Penalizar la agroquímica, financiar la agroecología y fomentar el consumo bio.

Alberto Llopis pertenece a esas dos o tres promociones de ingenieros técnicos agrícolas que arrancaron el curso de la agroecología en Valencia. Nacido en Aspe, en la provincia de Alicante, vio a su abuelo trabajar la tierra, aunque su padre no se dedicó al campo. En el instituto de enseñanza media empezó a interesarse por los problemas del medio ambiente. Empezó a observar las prácticas agrícolas del momento, con agroquímicos y acciones intensivas, y descubrió los perjuicios que ocasionaba en alimentos y personas. El encuentro providencial con un veterano cultivador ecológico, Enrique, creador de Ecoiris, le animó a estudiar agronomía. Hoy Alberto Llopis vive en Lliria y se dedica al asesoramiento y a la formación de personas interesadas en Agricultura Ecológica: Consejos para mi Huerto. Esa es su dedicación profesional presente, después de haber trabajado en la Conselleria de Agricultura y de trabajar como formador de técnicas agrícolas en escuelas taller y de formación profesional. A la vez dedica la mitad de su tiempo a la asociación Llavors d’Ací de modo voluntario, al igual que un puñado de técnicos y aficionados, voluntarios como él.

Una entrevista y fotos realizada por Fernando Bellón

 

Alberto Llopis instruyendo. Foto Consejos para mi Huerto

Alberto Llopis instruyendo. Foto Consejos para mi Huerto

Alberto. Lo bueno es que tanto el trabajo del que vives, como el que haces de forma altruista, me apasionan. Todo empezó en Aspe, donde vivía y vive quien ahora es un amigo, Enrique, con un proyecto que se llama Ecoiris. Él hacía una agricultura diferente, que entonces no se llamaba ecológica. Yo tenía 18 años. Fue mi primera experiencia. Terminé en el instituto y me matriculé en Agronomía en Valencia. En segundo de carrera, los alumnos más inquietos como Alfons Domínguez y otros, montamos una asociación que llamamos ADAE, Asociación para el Desarrollo de la Agricultura Ecológica. La fundamos el 10 de febrero de 1990, y duró 10 años. El hecho de que nos fuéramos de la universidad y de empezar a trabajar cada uno por su lado complicó su continuación. En esa asociación es donde yo aprendí de verdad agricultura ecológica. Los profesores no nos enseñaban nada, nos hablaban mal de la agricultura ecológica; nos temían, porque siempre estábamos haciendo preguntas capciosas. Como no nos creíamos sus críticas, empezamos a investigar en la asociación. Hacíamos cursos de autoformación, traíamos a los expertos que conocíamos, visitábamos fincas… Y sin darte cuenta te acabas convirtiendo en una persona que puede asesorar y ayudar a los demás. Empecé a trabajar en escuelas taller, dando cursos de formación. Íbamos poniendo los granitos: temas forestales, medioambiente, repoblaciones con autóctonas, tratamientos ecológicos… También dirigí algunos módulos de formación profesional.

Una vez que acabé la universidad, nunca me he dedicado profesionalmente a la agricultura ecológica, si no es de forma voluntaria, como cuando se creó Llavors d’Ací, en defensa de la conservación de las semillas locales y la biodiversidad cultivada de modo orgánico. Solo en los últimos dos años  me estoy dedicando de forma profesional a la práctica de la agricultura ecológica.

 

Alberto Llopis, en el centro, de pie,durante unas jornadas agroecológicas en Agullent.

Alberto Llopis, en el centro, de pie,durante unas jornadas agroecológicas en Agullent.

¿Cómo has vivido tú el desarrollo de la Agricultura Ecológica en Valencia?

Al final de los años 80 y principios de los 90 la agricultura ecológica era mínima. Había que buscar con lupa las fincas que necesitábamos visitar para conocer la práctica del método. Era algo marciano encontrar a alguien que hiciera agricultura ecológica. Muy poca gente y muy dispersa. Los veteranos, Vicent Martí en Alboraia, Pep Tudela, Enrique en Aspe, la granja Mas de Noguera en Caudiel, La Peira en Benifaió, Serafín San Juan en Cataluña… Al principio estos agricultores no tenían más salida que la exportación, no había mercado interior.

En los últimos siete u ocho años se nota un crecimiento impresionante, multiplicado por cien. Ya no solo hay más productores, y más consumidores. La gente de la calle ya habla de agricultura ecológica por muchos sitios, aunque algunos sean reacios a ella, pero la comentan; saben lo que es, se preocupan por argumentar en su contra; no es la ignorancia y el desprecio de hace décadas. Y otra cosa importante es el desarrollo del mercado interior. No todos los agricultores que empiezan se tienen que dedicar a la exportación. Eso es un cambio bueno. Desde el principio, los interesados veíamos que era clave en la agricultura ecológica su relación con los mercados locales.

También se están creando las figuras de los Sistemas Participativos de Garantía, y está llevando a un contacto directo entre consumidores y productores. El momento actual es muy bueno. Pero si hablamos de porcentajes, sigue siendo bajo.

¿Cómo te explicas esa explosión de jóvenes agricultores ecológicos?

Yo haría una separación cronológica. Entre los últimos ocho y cuatro años hay un grupo de gente que se está metiendo por el empujón de la demanda. Las personas cercanas a la tierra interesadas por este sistema productivo se animan y empiezan a cultivar. Son personas muy concienciadas en la filosofía agroecológica. Y la mayoría de ellos acaban en los mercado locales, no en los de exportación. Pero en los últimos cuatro años observo que hay mucha gente que se está metiendo sin tener formación, solo porque no tienen otro trabajo y hay tierra disponible. Lo digo con conocimiento de causa, porque yo trabajo como asesor de personas en estas condiciones. Veo proyectos elaborados por grupos sin mucha preparación, y con una sensibilidad relativa por este tema. No tienen una tradición agrícola en su familia, algo que era común en los que les precedieron hace siete u ocho años. Actúan por intuición.

Quizá una de las razones es que se encuentran con mucha tierra disponible, aunque la demanda sea todavía baja. Una situación inversa a la del País Vasco, por ejemplo, donde hay poca tierra y mucha demanda.

Es evidente que en Euskadi hay poca producción, y es más fácil que la demanda supere a la oferta. Aquí, los agricultores en general, los convencionales, han dejado de producir para los mercados cercanos. La agricultura ha perdido su vieja relación con el pueblo donde se cultivaba. Las huertas de Valencia capital y pueblos circundantes estaban para suministrar producto a los habitantes que vivían allí. Eso se ha perdido. Han intervenido los comerciantes, intermediarios, que han roto ese proceso, para controlar los mercados de las ciudades y traer los productos que a ellos les interesa comprar o vender. El agricultor en este momento se encuentra separado de esa dinámica de trabajo de vender a sus vecinos. Por eso, ahora que empieza a haber personas que piden determinados productos, los agricultores ecológicos no pueden dar una respuesta inmediata, sino progresiva. Les está costando. Acabarán sacándolo para delante, a pesar de que algunos de los que empiezan abandonan al cabo de uno o dos años.

¿Qué responsabilidad tiene la Administración en las dificultades que encuentra un sistema de cultivo beneficioso para todos?

Si hubiese un apoyo institucional, las cosas mejorarían. No le estamos pidiendo nada a nadie. Es nuestro dinero. Si esos recursos que hay ahí se utilizaran para promocionar un consumo de calidad, salud para las personas, para promocionar una agricultura respetuosa con el medio ambiente, se potenciaría, y la gente consumiría más. Un ejemplo es el ayuntamiento de Roma. Ha decidido que en los colegios públicos solo se pueden consumir productos ecológicos de la comarca. Una decisión tan simple como esa ha multiplicado el número de productores ecológicos alrededor de Roma. En Valencia se podría hacer perfectamente; y tenemos mejores huertas que las que tiene Roma.

¿Qué medidas tomarías si fueras conseller de agricultura?

Lo primero, fiscalizar el uso de productos químicos, algo que sospecho que no es competencia de los gobiernos autonómicos. Al agricultor que quisiera hacer agricultura química, puesto que ese método contamina el suelo, el agua, los alimentos y genera problemas de salud, tiene que pagar impuestos mayores. Es decir, dificultaría la producción agrícola química. Pondría en una situación especial de competencia a los agricultores ecológicos, fiscalizando ese coste ambiental que no se contabiliza nunca.

Otra medida sería apoyo formativo. Centros de formación, de difusión. Una verdadera Extensión Agraria, porque la que existe ahora es un desastre; funciona para rellenar subvenciones, documentación… Y el origen de la Extensión Agraria era muy bueno: apoyar a los agricultores a poner en marcha técnicas nuevas. En este caso, proclamar que es insostenible mantener una agricultura química y promover la ecológica; pero claro para eso el agricultor necesita formarse. Así como apoyar el paso de la agricultura química a la biológica, con subvenciones durante ciertos años… Habría que estudiarlo.

Y para acabar, una apuesta muy fuerte en la distribución y comercialización de los productos ecológicos, que estén presentes en las tiendas y en los mercados. Abriría en los municipios mercados de producto eminentemente ecológico; como se hacen baremos de puntuación a los puestos, el que tenga agricultura química, estaría gravado y situado en otra parte.

Con esas tres medidas, apoyar el consumo, la formación del agricultor ecológico y no beneficiar a la agricultura química, sería un gran paso. Hay que tener en cuenta que los productos químicos que se utilizan están subvencionados, no se paga lo que cuestan. Y tampoco se paga el daño que están produciendo; así que se trata de hacerles pagar todo eso a los que cultiven químico. A partir de ese momento ya no van a decir más, “Es que el producto ecológico es caro”. No, el de ellos se va a salir del mercado.

¿Qué te parecen los Sistemas Participativos de Garantía, como modelo alternativo a la Certificación?

Son dos formas de actuar distintas. Los dos sistemas pretenden dar confianza al cliente. El sistema oficial me permite comprar sin preocupaciones un producto de un agricultor al que yo no conozco; alguien me tiene que garantizar que el producto es ecológico. El sello es un aval de garantía. Claro que puede haber fraudes, en todo puede haber fraudes. El sistema de certificación tiene sentido cuando el productor y el consumidor no se conocen. La confianza es la esencia, y viene garantizada por el sistema de certificación oficial. Tiene problemas, claro: la normativa que regula el sistema es un poco light, no tiene en cuenta cuestiones muy importantes en agricultura ecológica como el respeto al productor, el respeto de los derechos humanos, alguien que haga agricultura ecológica puede tener trabajando a gente sin dar de alta. No se mete en las cuestiones sociales. Y también hay otros detalles técnicos que pueden ser motivo de debate. Es una legislación hecha para que valga para toda Europa.

Los SPG se crean por diversos motivos. Hay agricultores ecológicos que tienen el sello y además emplean el SPG, lo consideran un aval extra. El oficial es frío, técnico, no se preocupa por problemas ambientales como la contaminación atmosférica, ni de los problemas sociales. Por eso hay agricultores que dicen, “además del oficial, me atengo a estas nuevas características”, porque quieren darles a sus clientes más garantías. Hay otros que lo que no quieren es ningún control oficial, y prefieren organizarse en sistemas de control participativo. No hay que olvidar lo anterior, que también estos sistemas pretenden dar confianza a los consumidores, y por ello tienen que conocerse bien. Por eso la mayor condición del SPG es que se establezca una rutina de visita a las fincas por parte de los consumidores.

Parece que esa rutina cuesta trabajo.

Claro, eso tiene un límite territorial. No se puede crear un SPG del País Valencià, eso es imposible. El ámbito es más comarcal, de un barrio y las huertas circundantes… Ese es el sentido. Es cierto que se pueden establecer alianzas y colaboraciones entre dos sistemas no próximos, uno de l’Horta de València y otro de la Vall d’Albaida, por ejemplo. Los consumidores de una comarca confían en los productos de la otra porque han hecho de vez en cuando jornadas para compartir metodología. Sigue siendo venta directa. Pero una tienda donde los que compran no conocen al productor, veo los SPG problemáticas. Cada uno tiene su sitio.

¿Qué efecto está produciendo vuestro trabajo en Llavors d’Ací?

Está dando resultado. No llevamos todavía nueve años, y cuando empezamos en el País Valencià estaba Cesáreo, en la Asociación Albar del Rincón de Ademuz, la primera que se constituyó. Ahora somos diecisiete colectivos. Eso no es gracias a Llavors d’Ací, aunque hemos hecho mucho trabajo de difusión, charlas, encuentros en diferentes localidades, hemos ayudado a muchos grupos a empezar, por ejemplo, Germina la Vall, de la Vall d’Albaida, nos pidieron asesoramiento, hicimos cursos formativos… Hemos organizado intercambios de semillas en pueblos, a los que hemos dejado que siguieran su camino, que lo han hecho bien. Estamos contentos con nuestro trabajo realizado. Vemos que se hacen cada vez más intercambios de semillas, a veces, sin que nos enteremos. Nos parece fenomenal.

 

 

 

 

 

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