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Prisma informativo

Días de invierno en Mallorca

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Grupo 24 Turismo borroso
Restos arqueológicos de otros tiempos turísticos
Jubilatas españoles con guía foránea.

Apuntes de un viaje del Imserso, por F.B.

Un jubilata iracundo

El miércoles 15 de marzo rezongaba yo en la cama a las cuatro de la mañana, sin poder contener mi deseo de que cayera un rayo exterminador sobre la carpa de la falla de mi calle, de donde salían esos rugidos inhumanos con que los gringos torturaban a los prisioneros caldeos de Guantánamo.

A las dos y media despegaba el avión que nos llevaba a Mallorca.

Cerca de las cuatro llegábamos al hotel situado en Can Pastilla, de la que luego hablaré.

En recepción nos dirigieron al comedor, donde nos esperaba una comida fría.

—Gracias, no tenemos apetito. Preferimos tramitar la entrada y subir a la habitación.

—Tiene que esperarse a que terminen todos de comer.

— ¿¿¿???

Concluida la colación:

—Le agradecería que nos diera una habitación alejada de las diversiones nocturnas.

—Le tengo que dar la que tiene asignada.

—Pero estará lejos de la zona de ruidos nocturnos…

—No se preocupe. Las recreaciones están por allí —la izquierda—, y su habitación por allí —la derecha.

Subimos al primer piso. La habitación asignada se encuentra exactamente encima del escenario de las diversiones nocturnas y diurnas.

Bajo a recepción. Me dicen que no pueden hacer nada. Me enciendo. Le digo que vengo huyendo de las Fallas, y que no estoy dispuesto a soportar más ruido nocturno (normalmente, las fiestas para turistas no pasan de la medianoche, pero vengo airado y no estoy dispuesto a soportar ni esto, pulgar e índice unidos).

Me dice que me buscará otra habitación cuando se quede libre de las entradas.

Lo consigo. Me pregunto si habría llegado al mismo resultado sin ira.

Llueve sin piedad, y lo hará hasta el mediodía siguiente, ya en Palma.

Una pared en la ciudad de Palma. Tierra de jubilatas.
Turbio horizonte para la paz.
Paz en Ucrania, desde el ayuntamiento de Palma

Ecos de Ucrania

La tele del hotel sintoniza decenas de canales: españoles, italianos, franceses, alemanes (mutitud), ingleses, holandeses, ninguno portugués, y tres rusos. ¿O son ucranianos? Imposible averiguarlo para quien desconoce los idiomas eslavos. A veces hablan de la guerra (o la “operación militar”) en Ucrania, muestran imágenes de refugiados y de destrucción, y sale un tipo con uniforme militar haciendo declaraciones. Uno pensaba que Occidente había cortado las emisiones rusas. Debe ser un error mío de interpretación, porque gracias al wifi del hotel me conecto y entro en las páginas de Rusia Today y en Sputnik. Temo que los rusos no tendrán acceso a la BBC, a las cadenas francesas o alemanas.

Al pasear por la ciudad de Palma, por los pintorescos pueblos de la isla, por las playas se cruza uno con turistas convencionales que parecen hablar en ruso ¿o en ucraniano? Lástima no conocer la lengua de Dostoievski, para preguntarles por el lío en el que ha metido Putin y la OTAN a los eslavos y a los europeos en general.

Reivindicación homosexual heterodoxa.
Una calle de S'arenal, con nostalgia del antiguo turismo.
Turismo postmoderno.
Paisaje dramático desde Valldemosa, donde penaron Chopin y George Sand.

Una fachada intercambiable

Una tarde cenicienta, mi mujer y yo damos un paseo por la playa bajo un cielo gris ceniza. La primera y segunda líneas de edificaciones nos resultan conocidas. Hoteles, cafeterías y restaurantes, tiendas de chucherías turísticas, alquileres de coches y de bicicletas, negocios exóticos, como unas peceras para meter los pies y recibir un masaje de pescaditos, vituallas, moda estereotipada playera femenina y masculina… Ni un metro de fachada sin negocio. ¿Cómo sobrevivirán, haciéndose la competencia en masa?

Días después, un familiar residente en Palma nos contará que los ingresos en temporada turística de algunos de esos negocios son astronómicos. Y el negocio del negocio no es moco de pavo. Traspasar un local cuesta un riñón. El caso es que el dinero se mueve, aunque no crea riqueza, sino incertidumbre. Pero son las cosas del mercado.

Vistos a media distancia, esta sucesión de comercios de todos los géneros y productos forman una fachada intercambiable en todo el Mediterráneo peninsular e insular. Desde el cabo de Creus hasta La Línea, pasando por Salou, Benicásim, Tavernes, Gandía, Denia, San Juan, Santa Pola, La Manga, Cabo de Gata y otras ciudades andaluzas, la fachada marítima es bastante homogénea. Y dicen que el mercado es libre, variado, ofrece oportunidades a la imaginación comercial, y falsedades semejantes. Los municipios turísticos del Mediterráneo español parecen un decorado de película.

Mininegocios en Palma: un retratista y manteros.
Cascada en Valldemosa.
Tranviario de Sóller-Puerto de Sóller
Bahía de Alcudia, ¿o acaso de Pollensa? Mala memoria.

La fábrica española del turismo

Las islas Baleares son la marca de fábrica española del turismo. Benidorm y Marbella también, pero ahora estamos en Mallorca y hay que ceñirse a ella.

Todo está concebido para el turismo exterior. Construcciones, hostelería, restauración, comercios de cosas innecesarias, horarios de comidas en los hoteles. Yo calculo que en este viaje de una semana de invierno despiadado habré visto en Mallorca una proporción equivalente de turistas españoles (la mayoría abuelos) y extranjeros de todas las edades, con un predominio de los guiris. Y entre estos, mayoría aplastante alemana. Mi hija, que vive en Nuremberga, dice que los alemanes consideran Mallorca el décimo octavo Land alemán, con una extensión medio tropical: Teneriffa.

Una derivación o efecto benéfico colateral es el negocio de la bicicleta. Vaya uno por donde vaya, las carreteras están llenas de ciclistas, sobre todo el fin de semana. Llenas quiere decir que hay ciclistas como setas. He oído que ciertos equipos internacionales van a la isla de Mallorca a entrenar a sus figuras y a su pelotón, por la cantidad de cuestas que hay en la sierra Tramuntana, un espinazo del sistema Ibérico o del Penibético, ahora no me acuerdo de cual y no tengo ganas de verificarlo en Wikipedia. Yo puedo hablar de cientos de ciclistas con los que me crucé o adelanté, sólo en dos días de desplazamientos en automóvil.

No es el invierno la mejor temporada para la hostelería mallorquina. La mayoría de los hoteles están cerrados o en reparación.

Todo negocio conlleva un porcentaje de venalidad, corruptela o corrupción, en especial el pelotazo inmobiliario. En Mallorca los casos llenan las hemerotecas. Todavía persisten. Una fuente bien informada me cuenta que una de las causas de las corruptelas es la incuria administrativa. El gobierno balear fijó en su día una Plan General de Urbanismo para toda la isla, que el 80 por ciento de los ayuntamientos ignoran. Así que los que necesitan licencias se vuelven locos o, para no volverse, actúan sin esperar los permisos que la burocracia concede con cuentagotas. A alguno parece que le ha costado un disgusto carcelario.

Paredón barbado
Estación del Puerto de Sóller.
Este iba retrasado de un grupo que le antecedía.

Identidad relativa

El bello paisaje mallorquín es una creación retórica. Quiero decir, las virtudes que se le atribuyen (reales) no son exclusivas, sino comunes a toda la región mediterránea. Si a un labrador valenciano se le tapan los ojos, se le teletransporta y se le suelta en medio de un bancal mallorquín, asegurándole que está en su tierra, no tendrá razones para dudarlo. Al revés, también sirve. Y lo mismo con un murciano, un andaluz oriental o un catalán. El paisaje es homogéneo en toda la cuenca. Yo he visto una película supuestamente rodada en Grecia, que se grabó en la Marina Alta de Alicante, y lo descubrí porque algunas curvas me resultaban familiares, no del Peloponeso, sino de la Costa Blanca. También cuando anduve en automóvil por los vericuetos griegos, me sentía en casa, exceptuando las capillas ortodoxas.

Lo que distingue el paisaje balear es la fisonomía vintage de los pueblos y la extraordinaria hermosura de las calas. De la primera pudimos disfrutar, a pesar de la climatología. De lo segundo, casi nada, porque hacía un viento de todos los demonios y el cielo era una losa de cemento.

En honor a la verdad, también es legítimo reconocer que la isla de Mallorca goza de unas montañas que fomentan la humedad, los cultivos medran bien y dan al paisaje un tono más verde oliva que el de otras costas mediterráneas, al menos invierno.

Una de las excursiones para jubilatas nos llevó a Valldemosa, el Valle de Muza, según el guía, que tenía cierta tendencia a la fabulación. Aseguró que los árabes “descubrieron” los torrentes y los pozos de agua para el suministro de los habitantes, como si fenicios, judíos, romanos, bizantinos y cristianos en general que habitaron la isla bebieran agua salada o vino.

Los molinos de viento sí son una identidad paisajística. Los hay a centenares, la mayoría en ruinas. Los más antiguos eran para moler el grano, y tienen no más de quinientos años. Los que más abundan eran para extraer agua subterránea, que florecieron en el siglo XIX, cuando la tierra empezó a explotarse con más ciencia que fuerza.

Nos paseo el guía citado por el antiguo monasterio cartujo, deteniéndonos en las habitaciones que ocuparon Chopin y George Sand, músico polaco y escritora francesa. La visita incluía un ratito en un salón de actos para escuchar tres o cuatro piezas para piano de Chopin.

El molino grande probablemente sería para producir harina, y el pequeño de detrás, para extraer agua.
Grupo de jubilatas con guía
El faro de Capdepera.
Oscuro horizonte en Can Pastilla

Un hiver à Majorque

Uno de los temas de información era el libro escrito por George Sand (Aurore Lucile Dupin de Dudevant) titulado Un invierno en Mallorca. Lo vendían en el monasterio y en todas las librerías y tiendas turísticas de la ciudad. Lo compré. Por la tarde, en la habitación del hotel, me puse a leerlo. Me quedé de piedra, porque es una muestra formidable de la leyenda negra antiespañola. No daba crédito a que los valldemosanos promuevan la propaganda anti mallorquina de George Sand, una burguesita-pija-progre-engreída y antropóloga aficionada. Debe ser que pocos han leído el panfleto, porque no creo que hagan mucho negocio con él. Es como vender un folleto antitaurino en una plaza de toros.

Pediré al amigo Segismundo Bombardier que nos haga una reseña de Un invierno en Mallorca. Escrito y publicado en la década de los 50 del siglo XIX, se ensaña con el pueblo llano, con los hidalgos y con los nobles mallorquines, y nos pone a todos los españoles de bárbaros, sucios, ignorantes y bastantes cosas más.

Se sorprende de lo antipáticos que fueron con ella. Para un español de la época descubrir a una francesa engreída desembarcando en su isla en diciembre de 1838 debió de ser cuando menos un atrevimiento. Veinte años atrás, el ejército napoleónico había recorrido la península a sangre y fueron hasta que fue expulsado por los bárbaros y cochinos españoles. Y catorce años antes, 1823, los Cien Mil Hijos de San Luis regresaron a territorio español. La sorpresa de Sand se hace parecida a la de un ruso, dentro de 20 años, de turista en Ucrania.

Admito que Aurora Lucila Dupin de Dudevant tenía oficio, sobre todo de periodista difamatorio, y que su prosa es contundente y bien construida, pero cuando se mete a antropóloga se pone en evidencia.

Un invierno en Mallorca es un ejemplo de la vil memoria histórica o leyenda negra antiespañola. Pero se diría que a los mallorquines se les da una higa, por todo lo que la ensalzan de cara al turismo. El libro no será una fuente de divisas, pero la fama de la pareja de presumidos artistas es propaganda gratuita.

Cocidio de animales
Calle próxima a la Plaza Mayor de Palma.
Un hotel ultramoderno en Can Pastilla
La ventana indiscreta en un callejón de Pollensa. ¿O era de Sóller? Muy mala memoria.

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