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La botánica de Rafael Escrig General Series

La riqueza botánica de la Península Ibérica y en especial de Valencia

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La Botánica de Rafael Escrig

El texto que tiene el lector ante sus ojos es una síntesis accesible y didáctica del desarrollo y evolución de la flora en el planeta, con un recorrido especial por tierras españolas y finalmente valencianas.

Se trata de la introducción de un informe elaborado por nuestro botánico de cabecera sobre la flora de la localidad valenciana de Puzol (Puçol), tal y como estaba en 1985. 

El lector encontrará al final de esta introducción un enlace al PDF que contiene la totalidad del informe de Rafael Escrig. Lo titula “Puçol. Aproximación a su mundo vegetal. Pasado y presente”. En él desmenuza de modo prolijo y documentado ese mundo vegetal a la altura de 1985, que es la fecha del trabajo. Se trata de un valioso documento que los interesados sabrán apreciar en toda su calidad y extensión, pues consta de 42 páginas, a su vez resumen del texto original que ocupa el doble de espacio.

LA PREHISTORIA.

La vida vegetal comienza en nuestro planeta, hace ahora aproximadamente 400 millones de años. No vamos a repasar aquí todos los periodos de que consta ese gran espacio de tiempo, ni todas las especies vegetales que desde entonces aparecieron, primero en el agua y después en tierra firme, pues sería tarea harto complicada y extensa para ser tratada aquí. Baste con pensar que desde la Era Paleozoica, con la aparición de los pterófidos (primitivas especies como el alga o el helecho) hasta llegar al periodo Terciario, hace aproximadamente 70 millones de años, a las modernas y especializadas angiospermas y desde la reproducción por esporas, a la reproducción por semillas, ha pasado todo un gran periodo de tiempo en que la Tierra ha visto desarrollar un sinnúmero de especies, la mayoría ya desaparecidas, siendo en el último periodo de su desarrollo cuando con el concierto de los insectos se produce el enorme progreso que significó la aparición de las flores y a continuación su transformación y variación, hasta nuestros días.

A lo largo de todo ese gran camino que han recorrido las plantas, cuyo momento culminante de esplendor fue el periodo Carbonífero, cuando se produjo el desarrollo de los grandes bosques, han habido algunas especies que además de sobrevivir, han llegado hasta nosotros, casi sin cambios patentes y éstas son la gimnospermas arboriformes, divididas en: Conferales, Taxales y Ginkgoales.

Actualmente clasificamos las plantas en dos grandes grupos: Gimnospermas, plantas sin flor, con reproducción por esporas que el viento se encarga de dispersar (anemófilas) y Angiospermas, con reproducción sexual y además cruzada con la inestimable ayuda de los insectos.

Los árboles en concreto se encuentran divididos además entre familias, órdenes y clases. Como ya se ha dicho antes, las angiospermas son las plantas más modernas y especializadas y las gimnospermas las más primitivas. Dentro de estas dos clases se pueden distinguir varios órdenes e infinidad de familias, entre las que son interesantes destacar por sus características y diferencias con las demás plantas, las Cycas, primitiva espacie del orden Cycadales, las Casuarináceas extensa y primitiva familia, cuyas especies están todas ellas confinadas en el continente australiano y las Taxáceas cuyo óvulo solitario rodeado por una cápsula cuando está maduro, recuerda una baya, pero que representa por su desnudez un estado muy primitivo de reproducción.

Otra especie a considerar es el Ginkgo Biloba del orden Ginkgoales. Es ésta la única especie existente de este orden que se diferencia en muchos aspectos de las demás plantas arbóreas y es muy importante el desarrollo que alcanzó en el periodo Jurásico, hace ahora unos 150 millones de años, conservándose restos fósiles que así lo atestiguan y pudiéndose apreciar la igualdad de rasgos con los individuos actuales, por lo que se suele decir al hablar de esta especie, que se trata de un fósil viviente. En su estado silvestre, existe una pequeña colonia en unos valles del Chekiang, en China.

Si estudiamos ahora la distribución natural de las especies, estaremos comprobando la desaparición en masa de enormes familias enteras, o de la confinación de otras en pequeño número de individuos, así como otras que han proliferado por todo el planeta. Podemos observar por ejemplo, que el enebro (Juniperus communis) se extiende por los cinco continentes, sin modificación sustancial. Sin embargo, existen muchas otras que bien corresponden a Eurasia, o bien a América. Muchos géneros tienen una o dos especies y están confinados a pequeñas áreas particularmente inaccesibles, (por lo menos en términos globales, ya que ahora es ridículo hablar de un lugar inaccesible) como Japón, Formosa, Nueva Zelanda, o Tasmania.

Existe también un curioso paralelismo entre especies alejadas geográficamente, pero que en un remoto pasado se demuestra que estaban físicamente unidas. (Pensemos en la teoría de la deriva de los continentes) Es el caso de especies del S.E. de los Estados Unidos y del S.E. de Asia, ejemplo claro es el Tulipero de Virginia (Liriodendron tulipifera), faltando en toda Europa. Lo que demuestra que antes de la última glaciación, sus hábitats estaban unidos.

Todo este estudio de los diferentes aspectos de las especies, su variación y modificación según el medio, nos fue legado por las investigaciones del Dr. Charles Darwin, arriesgadas observaciones en aquella época, pero que abrieron la luz a ese aspecto tan primordial del estudio vegetal.

Así pues vamos viendo ejemplos de reducción, de confinamientos y aun de desapariciones de grandes especies y hasta de familias y esto se produce de manera más llamativa a partir de la última glaciación, en el periodo Cuaternario, hace tan solo de 70 a 1´5 millones de años. Esta glaciación provocó una auténtica migración, o desaparición en su caso, de las plantas menos adaptadas, quedando como hemos visto pequeñas colonias, de supervivientes confinadas en valles protegidos, concretamente coníferas, como la Pícea de Servia el Pino insigne de Monterrey o el caso más cercano a nosotros de la especie abetácea  Pinsapo (Abies pinsapo), abeto español que sólo se le puede encontrar de forma silvestre en el valle de Grazalema en la serranía de Ronda (Granada). Especie ésta de la que podemos estar orgullosos de albergar en nuestro territorio y luchar por conseguir que siga gozando de buena salud.

PENINSULA IBÉRICA. VEGETACIÓN Y CULTIVOS.

 Hace aproximadamente 3 ó 4 millones de años, España aún conservaba, con mínimas diferencias, la misma orografía que tiene actualmente. El dibujo de sus costas apenas difería del actual y dentro de la propia sequedad de la tierra que le confería su situación en algunas zonas, propiciada posteriormente por los vientos del cercano desierto del Sahara, una vegetación exuberante lo llenaba todo y la humedad por tanto era mucho mayor. Esta situación se alargó hasta bien entrado el periodo histórico, no obstante, en época anterior a los fenicios, aseguran grandes historiadores antiguos, entre ellos Estrabón, diciéndonos: “Y hubo una gran sequía que duró 26 años, tiempo durante el cual, toda vegetación murió en la Península y no quedó rastro de plantas ni árboles. Vientos huracanados arrasaron la quemada tierra y cauces de grandes ríos secáronse. Hubo una gran mortandad y total emigración. Al cabo de dicho tiempo le continuaron tres años de abundantes y feroces lluvias, lo que trajo de nuevo la vida y a los nuevos pobladores”. “Los pueblos fenicios, tartesos y griegos”.

En cuanto a la agricultura en época íbera, los cultivos eran principalmente el mijo y el trigo, el cual era de propiedad común y se reglamentaba para tal fin, aunque se alimentaban también de pan de bellotas, leche, queso, carnes y frutos. En pueblos del interior de los valles de ríos como el Ebro, el Júcar o el mismo Turia, sus pobladores íberos se untaban el cuerpo con aceite de oliva, lo que revela el conocimiento del olivo y su cultivo y nos lleva a considerar que fue indígena de nuestro país.

Especies arbóreas silvestres que como el olivo poblaron nuestras tierras en sus primeros tiempos prehistóricos, fueron: el roble, la encina, el alcornoque, el pino y el olivo o acebuche, en su forma silvestre.

Esta es la panorámica entonces de toda la Península, no pudiéndonos extrañar por tanto, los comentarios que al respecto nos dejó escritos Plinio, haciendo alusión a sus interminables masas arbóreas, cuando decía que una ardilla podía ir sin poner pie en tierra desde Gibraltar hasta los Pirineos. Este pasaje de las Historias de Plinio, aunque quizá desorbitado, nos puede dar una idea del bosque ibérico en tiempos de la dominación romana.

Otros historiadores, incluso más recientes, han hecho comentarios acerca del aroma que exhalaban nuestros montes, pues era tal, que un navegante antes de acercarse a nuestras costas, podía adivinar que se trataba de España, por los perfumes de mil matices provenientes de nuestros montes. Perfumes que surgían de miles de especies de plantas aromáticas y medicinales, que tanta fama nos dieron en otros tiempos y que aún hoy conservan nuestras tierras, siendo una de las regiones más ricas de todo el mundo en este tipo de plantas. Y dentro de España, concretamente la Sierra Mariola en Alicante, que se llamó el “Jardín botánico del mundo” precisamente por sus muchas especies de plantas medicinales, con mucho más que en ninguna otra parte. Allí acudían para herborizar con sus discípulos sabios valencianos como el insigne Juan Plaza y Melchor de Villena, todo esto antes de crear el primitivo jardín botánico existente en el Huerto del Hospital de San Lázaro, situado en la calle Sagunto de Valencia.

Fenicios, celtas, griegos y más tarde romanos, arribaron a nuestras costas y vieron eso, un paisaje boscoso y lleno de vida, verde por todas partes y de gran riqueza vegetal, así mismo en el subsuelo, con grandes minas de oro, plata y otros minerales preciosos, que todos explotaron hasta diezmar las minas que abrían, unas veces bajo tierra y otras en superficie. Estrabón nos sigue contando: “Era frecuente en Galicia, al labrar la tierra, enredarse el arado con gruesos pedazos de oro” y en otra parte: “ríos que arrastraban arenas de oro, como el Tajo”

Hemos de suponer que la vegetación debió sufrir una fuerte explotación y por tanto un importante retroceso, ya por causas naturales como el fuego, ya por motivos de nuevos asentamientos de población.

VALENCIA. VEGETACIÓN Y CULTIVOS.

Cuando a consecuencia de la Segunda Guerra Púnica, después de la caída de Sagunto, los romanos arribaron a nuestras costas, lo que ahora conocemos como la ciudad de Valencia, era una zona totalmente palustre y pantanosa, donde el río Turia cargado de agua por la mayor cantidad de lluvia que se recogía, se desbordaba periódicamente y anegaba hasta la playa, en medio de un paisaje de cañas, juncos y pequeñas colinas sembradas de matorrales y palmitos, dunas de arena y otras de guijarros que traía el río en sus crecidas.

En aquellas tierras, el año 138 a.c, fue fundada la ciudad con el nombre de Valencia, por el Cónsul romano Junio Bruto, entregándola a los valientes combatientes de las campañas lusitánicas y asentándose en ellas paralelamente los legionarios veteranos de aquellas luchas.

Pusiéronse  pues a edificar la ciudad sobre un pequeño promontorio existente entre dos brazos del río Turia, que formaban una atractiva y estratégica isla fluvial, tan apta para la defensa, como para el establecimiento continuado de una colonia independiente y próspera. Fue en ese punto donde ahora se pueden ver las ruinas donde nació nuestra ciudad.

Así asentados en esta tierra, tuvieron que comenzar por dominar el río y civilizar su entorno para comenzar a cultivar y como buenos agricultores que eran, comenzaron a construir valiéndose de los canales naturales que el río les abría hasta su desembocadura, lo que después fue continuado por el pueblo árabe, nuestra famosa red de acequias, que más tarde daría a Valencia toda su riqueza y gran poder económico, transformándola en una de las ciudades más ricas del Mediterráneo.

Los cultivos en esos primeros tiempos de colonización fueron los propios para autoabastecerse: trigo, cebada, cáñamo, frutales y vid, y que ésta última más tarde el Imperio haría eliminar de toda la Península, para nuestra dependencia hacia Roma, como también nosotros en el transcurso de los siglos hicimos con respecto a las colonias americanas y por los mismos motivos políticos y económicos que indujeron a los romanos.

En cuanto a los árboles silvestres o espontáneos en nuestras tierras, dado su carácter pantanoso y de aluvión no podía haberlos, sino trasplantados, pero en la zona alta de secano abundaba la encina y el alcornoque y con ellos la coscoja y el espino albar. El pino y el mirto abundaban en la franja costera donde la tierra se había asentado. Resto testimonial de aquel entorno son la Murta de Alcira y La Dehesa de la Albufera de Valencia, la cual, en época de la Reconquista llegaba hasta el actual Ruzafa, entonces zona residencial de ricos señores árabes. Junto con la murta y la dehesa, el Grau de Castellón reflejan en conjunto, lo que fue el primitivo paisaje de nuestra huerta y anexa costa.

Como ya se dijo, en el periodo árabe se aumentó y mejoró de manera sustancial, la red de acequias del río Turia, al que ellos llamaban Wādī al-Abyaḍ (río blanco), fue cruzando toda la huerta, dando vida a nuestros campos y nuevos poblados, desde Catarroja hasta Puçol y desde Ribarroja hasta el mar.

Se atribuye al reinado de Abderraman III y posteriormente de su hijo Alhakem II, la institución del “Tribunal de los Acequieros” después llamado Tribunal de las Aguas, modelo en su género y al que después el rey Jaime I hizo perpetuar por su comprobado beneficio e irreprochable función. Y siendo también hasta hoy en día motivo de admiración en todo el mundo.

Historiadores como el musulmán Cacim Acenhegi que alaba la ciudad de Játiva por fértil y certifica que en su tiempo se labraba en ella el más fino papel blanco del mundo, producto éste derivado del cáñamo de sus huertas.

Los cultivos que es lo más importante de reseñar aquí, refiriéndonos al periodo cristiano, fueron principalmente en sus primeros tiempos, el trigo y la alfalfa y en las zonas altas de Castellón y Valencia el olivo y el algarrobo, junto con la higuera y posteriormente la morera (Morus Alba) que fue de gran interés económico por la crianza del gusano de seda. No olvidemos el arroz, cultivo que fue introducido por el pueblo árabe, ni tampoco olvidemos la chufa, clasificada por Linneo como (Juncia Avellaneda) y que conjuntamente con otros productos autóctonos fueron conformando un principio de economía agraria.

Podríamos destacar también por su enorme importancia el lino y el cáñamo de Játiva, a la que más tarde le seguiría Montanejos en importancia por sus cultivos de lino.

El regaliz u orozuz (Glycyrrhiza glabra) que es una planta espontánea de los campos de Gandía, Cartagena y Valencia y que marca el límite entre las plantas de tierra y las litorales.

Especial mención se ha de hacer al referirnos a los extensos palmerales de Palmera datilera (Phoenix Dactylifera) de Elche y de Orihuela. En ésta zona junto con la palmera, también se destacó el trigo, la seda el lino, el cáñamo y el esparto.

En éste punto quiero hacer una incursión a tierras murcianas, para destacar un producto de extrema importancia, el cual tuvo una directa participación en nuestras tierras del sur, como fue el famoso esparto de Cartagena, campo éste que bien se le denominó “Campo esparterio” precisamente por la gran producción de esta planta. Refiriéndonos de nuevo al historiador romano Plinio, cuanta que: “se podía confiar con que de sus hilos pendía la vida humana”, tal era su importancia económica entonces. Esta planta se le manufacturaba seca o mojada. Como seca hacían: esteras, espuertas, serones, maromas, sogas y soguillas de mil maneras. Como mojada: las alpargatas, cuyo producto en bruto, se cargaba en Valencia y al decir de Escolano: “… para las naciones extranjeras”, pues era tenido por materia de gran calidad, por el largo y la fortaleza de sus fibras.

La chufa que era cultivada desde los muros de la ciudad hasta el mar, en una legua de ancho y largo.

La barrilla que Carolo Clasiu en su libro Plantas de España nombra como (Antillis valenciana) clasificación que también compartió el valenciano Juan Plaza y que ya clasificara Dioscorides como: Anthillis, es ésta una hierba cuyas cenizas son la sosa, ingrediente con el que se forma el afamado vidrio veneciano y que desde aquí exportábamos junto con la también afamada alga de Puçol, conocida alga mucho más frecuente antes en nuestros litorales, cuyo nombre botánico es (Posidonia oceánica) alga angiosperma, conocida entonces como alga de vidriers” la cual servía después de seca para el embalaje del vidrio, que una vez manufacturado se reexpedía de nuevo hacia tantas partes del mundo.

En cuanto a las especies arbóreas en la ciudad, tuvieron que ser éstas introducidas poco a poco por el hombre, bien para ornamento de jardines particulares y en zonas públicas, como sombra o en plena huerta como señalización de las alquerías y barracas. En la huerta también se utilizaron para el mantenimiento de los márgenes de las acequias y para la crianza del gusano de seda, como ya se ha dicho antes.

En el caso de los árboles con fines ornamentales, es de destacar el jardín que se hizo plantar el Patriarca Juan de Ribera, señor de Burjassot en el año 1602 en los alrededores de su palacio en esa ciudad. Dicho jardín hecho con gran variedad de plantas e incluso de animales exóticos, tenía en el centro una gran encina con catorce brazos tan grandes y pesados que eran mantenidos por otras tantas columnas, formando el conjunto a modo de un claustro conventual.

Los primeros grandes jardines públicos y que actualmente aun disfrutamos en Valencia, datan del siglo XVIII buenas muestras de ello, aunque algo diezmados por riadas y alguna helada, son: el Jardín de Monforte (antes llamado Jardín de Romero) el Jardín Botánico, los jardines del Real y la Alameda, antes unidos como coto de caza del Palacio Real, los jardines de la Glorieta y el Parterre, donde se pueden admirar unos enormes (Ficus macrophylla) y por último el Jardín del Palacio Arzobispal de Puçol, que es el motivo principal de nuestro estudio.

Para generalizar Escolano nos da una panorámica de nuestra población arbórea, tiempo antes de la implantación de los jardines urbanos: Álamos blancos, álamos negros, chopos, acebuches, alcornoques, arrayanes, cipreses, cornicabras, hayas, enebros, bojes, encinas, abetos, fresnos, sauces, laureles, robles, pinos, almeces y sobre todo moreras. Todos ellos repartidos según sus hábitats naturales.

Como señalización en la huerta la palmera canaria (Phoenix canariensis) la higuera (Ficus carica) el pino (Pinus halepensis) y el olivo (Olea europea) cada uno con su significado y su sentido, todos han servido y se emplean aun para ese fin de marcar la situación de una vivienda en el campo, amén de dar sombra y el placer natural de su compañía.

Como utilización para mantener ribazos en acequias y márgenes fluviales, generalmente se ha usado el Chopo negro (Populus nigra). En las zonas altas de los valles de Ayora y Cofrentes se ha usado en mayor medida el olmo (Ulmus campestris) y el almez (Celtis australis) que se ha empleado también para la fabricación de horcas, garrotes, etc. Se corta el tronco a un pié del suelo, de manera que no haga sombra al campo y se dejan crecer renuevos que se les va moldeando hasta tener la medida y la forma deseada. Todavía se hacen estas prácticas en muchos pueblos y son conocidos los del valle de Segorbe.

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