CARGANDO

Escribir para buscar

La botánica de Rafael Escrig Series

Nuestros árboles

Compartir

La Botánica de Rafael Escrig

El Hábitat

La Península Ibérica contiene la variedad más grande de vegetación silvestre de toda Europa. Posee clima atlántico, mediterráneo, alpino, desértico, marjales, roquedos, cumbres nevadas y dunas litorales, por tanto la vegetación es tan diversa como sus variados ecosistemas. No obstante las especies más significativas y reconocibles son las propias del bosque templado de hoja perenne; las especies del género quercus como: Quercus ilex, Encina, Quercus robur, Roble y Quercus suber, Alcornoque y diferentes coníferas como: Pinus pinea, Pino piñonero, Pinus nigra, Pino negro y Pinus halepensis, Pino carrasco.

También son representativas y abundantes entre nosotros otras especies más “domésticas”, como el olivo, el algarrobo, el castaño, el madroño, el olivo, el laurel, el ciprés, el palmito, la palmera datilera y la palmera canaria.

España, debido a su situación geográfica y orográfica posee una flora aromática abundante y variadísima, formada por más de un millar de especies y variedades, muchas de ellas endémicas. Su orografía accidentada con desiguales climas, y grandes diferencias de altitud hacen posible la existencia de una vegetación tropical o alpina en zonas poco distantes entre sí. Sus regiones interiores, de clima continental, constituyen el hábitat ideal para las plantas aromáticas y medicinales. En este sentido podemos considerarnos como la farmacia de Europa.

Puede decirse que en España están representadas las especies medicinales más importantes de los países centroeuropeos y las de otros países de la cuenca mediterránea, europea y norteafricana. Destaca, dentro de esta flora singular e importante, la familia de las labiadas, con especies como: espliego, romero, tomillo, salvia o mejorana, que son tradicionalmente explotadas de sus asentamientos silvestres.

PLANTAS ANUALES

Las plantas anuales son aquellas que solo viven una temporada o periodo vegetativo. Nacen, crecen y florecen durante la primavera y producen sus frutos en el otoño. Contienen una gran cantidad de semillas que esparcen con facilidad gracias al viento, asegurando así su continuidad en el próximo año.

Las plantas anuales pueden ser silvestres, medicinales o cultivadas. Muchas de ellas son utilizadas en jardinería como plantas con flor y otras muchas son empleadas para el cultivo como verduras y hortalizas.

Existen también las llamadas plantas bianuales que son las que su periodo vegetativo dura dos temporadas: en la primera la planta crece y en la segunda florece. Y, en contraposición a éstas dos clases, están las plantas perennes que son todas las demás que ya hemos estudiado y que se reconocen por tener el tallo leñoso: matas, arbustos y árboles.

Muchas de las plantas anuales silvestres, también conocidas como hierbas silvestres o “malas hierbas”, son las plantas comunes que podemos encontrar en nuestros paseos por el campo o la ciudad. Son esas pequeñas plantas verdes con flores aisladas o en capítulo que también encontraremos entre los sembrados, en caminos, en  solares abandonados o entre las piedras de los edificios.

Las hierbas anuales o mal llamadas “malas hierbas” obtienen el éxito en su difusión por la gran cantidad de semillas que producen: a veces se encuentran miles de semillas en cada cápsula. (Cada fruto de amapola puede contener de 50 a 60.000 semillas). Aunque el viento es el factor más importante de dispersión, también están el agua y los animales (de forma externa o por ingesta). Se considera que existen unas 8.000 especies diferentes, lo que representa el 0´1% de la flora mundial.

La ciencia, relativamente moderna, que estudia este tipo de plantas y su control por parte de la agricultura, se llama Malherbología de lo que ya hablamos en un capítulo anterior.

En España existen 6 especies diferentes de amapolas rojas. La más común es la Papaver rhoeas. La amapola fue traída a la Península Ibérica por los fenicios, junto al trigo y la cebada almacenada en sus ánforas de barro. Así, de manera casual pero inevitable, las semillas de la amapola han ido recorriendo todo el mundo desde entonces.

Las semillas de la amapola no germinan cuando se encuentran enterradas a unos centímetros del suelo, sin embargo, pueden permanecer allí en estado latente, durante más de dos años. Al removerse el terreno, las semillas salen a la superficie y es entonces cuando germinan y florecen. La densidad de amapolas en un paisaje decrece si se suprime el laboreo de la tierra. Es por ello que no veremos amapolas en barbechos, campos abandonados o en solares.

Durante el siglo XIX se observó en Europa algo sorprendente: las amapolas florecían en los campos de batalla. Allí donde había habido una gran mortandad, aparecían las amapolas como un recuerdo de la sangre derramada. (Sucedió después de la Primera y la Segunda Guerra Mundial y sucedió también en España). Los miles de bombas caídas salpicaron el terreno removiendo la tierra y con ella sacaron a la superficie las semillas enterradas.

La amapola es una de las plantas más resistentes a los herbicidas. Dado que cada fruto contiene más de 50.000 semillas, cada generación multiplica las probabilidades de producir mutaciones, algunas de ellas tan útiles como para aumentar la resistencia hacia sus enemigos químicos: insecticidas y herbicidas. Se ha comprobado que los cultivos donde se abusa de herbicidas, son proclives a la aparición de poblaciones de amapolas resistentes

ÁRBOLES DE CULTIVO

Hemos hablado antes de especies de árboles en la Península más “domésticos”, como la encina, el olivo, la palmera datilera y otros. Al decir domésticos o domesticados, me refiero, obviamente, a aquellos árboles que, gracias a la riqueza e importancia de sus frutos, hemos convertido en productos cultivados, tal como pasó en la antigüedad con el trigo. Estos árboles son los frutales.

Son muchos los árboles frutales cultivados en España desde la Antigüedad y les une el denominador común de que todos ellos fueron traídos en diferentes épocas y por diferentes pueblos para ser naturalizados aquí, desde el trigo hasta la palmera. En este punto surge la pregunta de: ¿qué había entonces en España?

Las fuentes antiguas nos dicen que la Península Ibérica era un bosque compacto de encinas, pinos y de bosque bajo. Los asentamientos humanos anteriores a las épocas históricas, se dedicaban a la caza y la recolección y no sería hasta la llegada de los pueblos del este cuando trajeran consigo desde el trigo hasta, prácticamente, todo lo que cultivamos. Los primeros pueblos que llegaron a la Península fueron los íberos, en el Neolítico, hace unos 4 ó 5.000 años, ellos trajeron el trigo y la cebada.

Existen dos hipótesis sobre la procedencia de los íberos: el este de Europa, concretamente de la actual Georgia, y el norte de África. De cualquier forma, llegaron desde el este. Quizá bajaran hasta Mesopotamia y vinieran bordeando el Mediterráneo por el sur, igual que hicieron los fenicios.

Así pues, al igual que el trigo, fueron llegando todos los árboles frutales y otros cultivos a la Península desde el S.E. de Asia, sobre todo, desde la zona conocida como el Creciente Fértil, espacio comprendido desde Mesopotamia hasta Egipto.

EL CRECIENTE FÉRTIL

Creciente fértil es el nombre que recibe la zona geográfica donde aparecieron por primera vez los signos de neolitización. El término proviene de su forma que recuerda a la Luna en cuarto creciente y de sus privilegiadas condiciones medioambientales.  En el Creciente Fértil se desarrollaron, antes que en ningún otro lugar, la agricultura, la ganadería y la cerámica, entre muchos otros logros culturales y tecnológicos. Desde allí la cultura de aquellos pueblos se irradió por todo el Mediterráneo y Europa central. De allí nos llegaron las herramientas y las técnicas para aumentar y mejorar las cosechas de cereales. Más tarde, con los griegos y los fenicios entró en la Península Ibérica el cultivo de la vid y del olivo.

A partir de ahí, todos los pueblos que se han asentado en la Península, han traído consigo su cultura y sus productos, sobre todo los árabes que trajeron el albaricoquero, el granado, las palmeras datileras, los limoneros, los naranjos, etc.

ÁRBOLES FRUTALES NATURALIZADOS EN ESPAÑA DESDE EL NEOLÍTICO

 ALBARICOQUERO.                  Prunus armeniaca.                 Centro y E. de Asia.

ALGARROBO.                          Ceratonia siliqua.                   E. del Mediterráneo.

ALMENDRO.                           Prunus dulcis.                         Irak e Irán.

AZUFAIFO.                              Ziziphus vulgaris.                    China.

CASTAÑO.                               Castanea sativa.                     Asia Menor, Cáucaso.

CEREZO.                                  Prunus avium.                         Cáucaso, Turquía.

CIRUELERO.                            Prunus domestica.                  Cáucaso, Turquía, Irán.

GRANADO:                             Punica granatum.                   Irán.

HIGUERA.                               Ficus carica.                            Asia Menor.

LIMONERO.                            Citrus limon.                           Asia (N. India).

MELOCOTONERO.                  Prunus persica.                       N. China.

MEMBRILLERO.                      Cydonia oblonga.                   Irán, Turquía.

MORERA BLANCA.                  Morus alba.                            E. Asia, China.

NARANJO.                               Citrus auriantium.                  S.E. Asia.

OLIVO.                                    Olea europea.                         E. Mediterráneo.

PALMERA DATILERA.              Phoenix dactylifera.                S.O. Asia.

VID.                                         Vitis vinifera.                          O. y Centro de Asia.

 LAS PLANTACIONES URBANAS

 Ya hemos hablado de la evolución del bosque a la ciudad, es decir, como se fue dominando el entorno salvaje, si se puede decir así, con la creación de los primeros jardines. Cómo el hombre ha estado tentado siempre de robar la belleza salvaje del mundo vegetal, dominándolo para su recreo. Vimos el progreso desde el mundo clásico hasta la Edad Media con sus pequeños huertos conventuales de hierbas medicinales, pasando por los jardines árabes inspirados en el Corán. Vamos a extendernos un poco más:

Los jardines siempre tuvieron un carácter privado y eran patrimonio de la aristocracia o de la Iglesia. El pueblo llano no tenía acceso a los jardines y el parque, tal como ahora lo conocemos, aún no se había inventado.

No es hasta el siglo XVI cuando comienzan a surgir tímidamente los primeros espacios públicos. En España, al igual que en otras partes de Europa, la Corona empieza a construir los primeros parques arbolados o alamedas, con árboles, bancos y fuentes. El más antiguo conservado es la Alameda de Hércules en Sevilla, que data de 1574 y está considerado el paseo público más antiguo de Europa. La Alameda de Valencia data de 1677.

A finales del siglo XVII Francia tiene el apogeo de sus jardines reales con Versalles a la cabeza. En España no será hasta el siglo XVIII cuando se desarrollen los principales jardines en las residencias reales. Nacen los jardines de La Granja y de Aranjuez entre 1721 y 1746 a imitación de la corte francesa y el encargado de su realización será el jardinero y botánico español Esteban Boutelou. Quien se encargaría de hacer traer de diferentes latitudes del mundo árboles para replantar en dichos jardines.

Según la información existente sobre el ajardinamiento de los palacios de Aranjuez y de La Granja, como ya hemos dicho, se encargó a la dinastía de jardineros Boutelou, que desde el año 1723 hasta el 1800 hicieron traer a Aranjuez, tilos de Holanda y de París, carpes para la formación de setos, castaños de Indias y arces moscones, abedules, hayas, fresnos, robles… En 1747 desde el alto Orinoco, llegaron varios Nogal de Brasil (Bertholletia excelsa) y otras especies tropicales. En 1779, procedentes de Francia, llegaron cien pies de plátano occidental y oriental. Se plantaron largas filas de naranjos, limoneros y cidros, ciprés común y olmos. Llegaron de Luisiana nogales cenicientos (Juglan cinerea) y una Acacia de tres puntas (Gleditsia triachantos). Desde 1784 se trajeron de Virginia arces rojos (Acer rubrum) y en 1786, llegó desde Inglaterra una partida de nogal negro (Juglans nigra). También se hicieron llegar desde Méjico semillas de Ahuehuete (Taxodium mucronatum). De todos aquellos árboles, aún podemos apreciar un apreciable número hoy en día, como los plátanos del paseo.

CLAUDIO Y ESTEBAN BOUTELOU

 La familia Boutelou constituye una larga saga de jardineros suizos que fue llamada a España por Felipe V. Desde su llegada a nuestro país estuvo vinculada a los Jardines Reales de Aranjuez y de La Granja, siendo los responsables de la aclimatación de plantas exóticas como la sófora del Japón (Sophora japonica) o el mole (Schinus molle). Los personajes más importantes de la familia fueron Claudio y Esteban Boutelou. Estudiaron, pensionados por la Casa Real española, en París y Londres, donde trabajaron en los Jardines de dichas ciudades.

Claudio Boutelou, nació en Aranjuez (1774-1842), a su regreso a España, tras su estancia europea, junto a su hermano Esteban, destinado en Aranjuez, comenzó a desempeñar distintas labores en el Jardín Botánico de Madrid. Ocupó la plaza de jardinero mayor y, a la muerte de Cavanilles, fue nombrado subdirector y segundo profesor de botánica de Agricultura y Botánica Agrícola.

Claudio Boutelou evitó la destrucción del Jardín Botánico de Madrid a manos de los franceses que querían destinarlo a fortificaciones. En 1816 ocupa la cátedra de agricultura de Alicante. En ese año llega a Sevilla como director de los Establecimientos de Agricultura de la Compañía del Guadalquivir, para planificar la desecación de las marismas del Guadalquivir. En 1832 obtuvo la dirección y la cátedra de Sevilla. Diseñó nuevos jardines como el Paseo de las Delicias y Gran Salón de Cristina. También realizó trabajos sobre la aclimatación del tabaco en esa ciudad, los estudios sobre el arroz de secano y, en el Jardín Botánico de Málaga, la aclimatación del cacao durante los años 1830-1832.

(De: “Breve nota biográfica de Esteban y Claudio Boutelou”, escrito por Daniel Guillot Ortiz).

 PRINCIPALES PARQUES PÚBLICOS ESPAÑOLES ENTRE LOS SIGLOS XVI, XVII, XVIII

 PRADO VIEJO, de Madrid.  Año 1570 (Destruido)

ALAMEDA DE HÉRCULES, de Sevilla.  Año 1574

ALAMEDA DE ÉCIJA, de Sevilla.  Año 1578  (Desaparecida)

ALAMEDA CENTRAL, de Méjico.  Año 1592

ALAMEDA DE MOORFIELDS, de Londres.  Año 1605  (Desaparecida)

ALAMEDA DE LOS DESCALZOS, de Lima.  Año 1611

CAMPOS ELISEOS, de París.  Año 1640

LA ALAMEDA, de Valencia.  Año 1677

HYDE PARK, de Londres.  Año 1728

PASEO DEL PRADO, de Madrid.  Año 1763

PASEO DE RECOLETOS, de Madrid.  Año 1763

JARDÍN DE FLORIDABLANCA, de Murcia.  Año 1786

CAMPO GRANDE, de Valladolid.  Año 1787

 

En la primera mitad del ochocientos las ciudades disponían de los paseos y jardines que habían sido creados en el periodo final de la Ilustración y de otros nuevos que se iban constituyendo de acuerdo con las nuevas modas. Con la instauración del régimen liberal, la organización de los nuevos ayuntamientos y el aumento del poder de la burguesía, los concejos se preocuparon por la construcción de estos equipamientos públicos. A partir de la década de 1830 estas obras municipales aumentan de forma clara, cobrando una importante relevancia en la vida social.

A mediados del siglo XIX unas 259 ciudades españolas poseían paseos o jardines. Estas ciudades tenían en total 565 paseos arbolados, de los cuales 487 eran alamedas y paseos. En las plazas de las ciudades empiezan igualmente a plantar árboles en la década de 1840 y poco después, a mediados del siglo XIX, al menos unas 80 plazas de ciudades españolas estaban dotadas de alamedas o glorietas.

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.