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Pozos de Pensamiento (Think Tank) contra Conspiranoicos

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Un artículo de Gaspar Oliver

Un singular artículo en Spiegel. “La inexorable expansión de Qanon fuera de los Estados Unidos”. Es un resumen crítico de argumentos contra las supuestas teorías conspiratorias. Lo más divertido es que todas las teorías conspiratorias que menciona son verdades evidentes. Y encima se cachondean de las personas a las que han entrevistado, como si fueran dementes. Otra cosa es que esas teorías conspiratorias respondan o no a la caricatura de los diez redactores (¡diez!) que han compuesto la información: chorradas, barbaridades, fantasías.

Uno de los testigos de este cargo abrumador es un joven alemán que representa mal a los teóricos de la conspiración. Se ve que le han escogido por lo tonto que parece. Cree que a la gente se le está engañando sistemáticamente, en lo que se muestra poco tonto. Dice Schmidt, el paranoico, Esta elite… hay varios hombres y mujeres que trabajan en Wall Street, dueños de los bancos, toda esta gente… Cree que hombres de negocios como George Soros, Bill Gates y Mark Zuckerberg están entre ellos, así como los Rochefellers y los Rothschilds.

El empeño que ha puesto la revista en desacreditar a los conspiracionistas o conspiranoicos es la prueba evidente de que tienen mucho interés en hacerlo, porque si la hipótesis que denuncian fuera una tontería imposible, no habría de qué preocuparse, en el mundo hay muchas sectas que predican las cosas más peregrinas, y no se les persigue como si fueran locos peligrosos, se les deja vivir mientras no atenten contra el orden social o personal.

«No es exagerar decir que Qanon es una amenaza potencial a la seguridad nacional», dice la investigadora de extremistas Julia Ebner, del Pozo de Pensamiento (Think Tank) de Londres, el Instituto para el Diálogo Estratégico. Ebner, aseguran los diez redactores del informe, ha estado investigando en la radicalización de la red durante años, y observa con preocupación cómo el movimiento Q se hace cada vez más independiente y trata de reclutar seguidores.

De estas afirmaciones cabe deducir varias cosas, una, que los Pozos de Pensamiento (financiados por, digamos, entidades abnegadas y generosas) tienen mucho más crédito que los conspiracionistas (¡quién los financiará!) sólo porque sí; y otra, que los conspiracionistas del movimiento Q están organizados internacionalmente de modo oscuro y perverso, y que la rama alemana se está desgajando y adquiriendo cara de tío del bigote.

Aluden los diez articulistas a casos de violencia, tipos que se lían a tiros en Alemania o en Estados Unidos, y atribuyen la campaña de acusaciones a los poderosos y a los políticos a un grupo de individuos anónimos. La cosa tiene gracia, los conspiranoicos, que aparecen con nombres y apellidos en todas las redes, son conspiradores anónimos, y se les hace responsables de barbaridades dispersas por el mundo, como si estuvieran a las órdenes de esos seres anónimos y todopoderosos que desnudan. Pues si son todopoderosos, anónimos y conspiradores, ya está, son los mismos a los que ellos denuncian, son ellos mismos, es una campaña de desinformación.

No me explico cómo diez redactores hechos y derechos han compuesto un reportaje tan tópico e incongruente. Si son idiotas, vale, pero no lo serán; si han escrito al dictado, son agentes de la conspiración. ¡Qué follón!

El problema de las teorías conspiradoras es que son indemostrables por la falta fehaciente de datos. Y menos en nuestra sociedad que flota a la deriva en un océano de mentiras y medias verdades.

Un reciente artículo de El Catoblepas, revista de Nudo Materialista, va sobre el tema, solo mencionándolo, es decir, sin mojarse. Lo firma Fernando Rodríguez Genovés, un profesor valenciano de Filosofía. El título es “Nueva guerra y fenómeno viral“. De un modo algo difuso afirma que la Tercera Guerra mundial empezó nada más acabar la Segunda, y que no se libra en escenarios físicos (salvo las numerosas guerras locales que se han dado y se dan, y que vienen a ser sucedáneos de la guerra gorda), sino en un mundo interconectado, globalizado y plagado de redes financieras sin patria, en concreto en territorio Internet, y la llama «guerra civil mundial».

Dice, no tengo respuestas rotundas ni puedo aportar aquí y ahora ninguna que sea irrefutable, mas sí me propongo compartir con el lector algunas cogitaciones sobre el tema de nuestro tiempo, es decir, la crisis mundial desatada a propósito de la pandemia COVID-19 (en apariencia, de ámbito sanitario) y su correlato, el pandemónium (brusca alteración del orden mundial en el «poscapitalismo»), al objeto de situarla en su contexto y en perspectiva.

En definitiva Genovés emplea la razón para concluir que si los conflictos, guerras, rivalidades que se han sucedido en la historia han tenido causas no siempre nítidas, en estos momentos el lío de intereses se ha saltado todas las fronteras y no se puede encajar el modelo moderno en el antiguo.

Esta tesis se aparta de la doctrina del Materialismo Filosófico, que sostiene que no hay otro escenario que el estado o el imperio en los conflictos internacionales, y que de momento no ha variado la premisa.

No desdeña Genovés que haya quien se proponga crear un gobierno mundial para dominar de una vez por todas al rebaño humano, pero advierte que eso es tan difícil por una maraña de razones políticas y económicas y que falta mucho para que se llegue a presentar la posibilidad, vuelta a la ortodoxia.

Genovés habla implícitamente de un gobierno mundial: Quienes mueven las piezas en el tablero global, quienes tienen la capacidad y la fuerza de «comerse el Rey» y ganar la partida son los «amos del mundo»; si bien, teniendo toda la fuerza en sus manos, no han hecho efectivo todo su potencial. No han logrado congeniar poder y gestión, plan y planificación, proyecto y resultado, porque las piezas son más grandes que las casillas del tablero y las jugadas, enrevesadas y amplias en grado sumo. Por otra parte, las reglas de juego vigentes, provenientes del mundo de ayer, impiden determinados movimientos que harían mucho más rápida la Operación Triunfo, a riesgo de perder la ocasión y dar ventaja a otras fuerzas; principalmente, las empeñadas en mantener el antiguo orden, es decir, la dominación a escala nacional, comunitaria, local.

Yo «creo» en esta hipótesis. No puedo hacer otra cosa que «creer», porque no encuentro pruebas ni testimonios.

La experiencia de la historia enseña que todo lo que se ha convertido en guerra, revolución o conflicto violento, se ha urdido entre bambalinas. Aquellos líos históricos que se han documentado se han podido revisar. Por ejemplo, el libro de Christopher Clark Sonámbulos, cómo Europa fue a la guerra en 1814, es un trabajo exhaustivo de revisión de archivos gubernamentales, cartas, memorias publicadas y sin publicar, y una inmensa bibliografía que revela que la Gran Guerra pudo ser evitada, que casi nadie la quería, que el asesinato del heredero del Imperio Austrohúngaro en Sarajevo pasó inadvertido para la mayoría de la población, que los gobiernos se miraban con recelo y miedo unos a otros para ver quién tiraba la primera piedra, y que si se desencadenó fue porque Inglaterra, experta en maniobras y en hipocresía, manipuló a sus aliados para que estallara, con la vista puesta en la salud de su imperio.

También da detalles Clark de cómo el ejército inglés desplazado al continente se mantuvo distante e indiferente al mando operativo francés (que era bastante torpe), mientras el ejército alemán atravesaba Bélgica e invadía el norte de Francia como si se paseara.

No le salió bien el negocio al león británico, porque preparó los cimientos al rojo de la Segunda Guerra (que no fue sola obra de la locura de un dictador ambicioso, sino de una sucesión de acciones meditadas por unos y por otros), que acabó con ese Imperio.

Lo mismo puede decirse de la famosa Revolución Soviética. Hay historiadores atrevidos que se preguntan qué habría ingeniado Lenin y sus bolcheviques si el gobierno alemán no hubiera puesto un tren blindado a su disposición para pasar de Suiza a Rusia, y le hubiera proporcionado fondos para hundir al gobierno menchevique. En otras palabras, si la conspiración no hubiera intervenido, quizá la revolución bolchevique se habría quedado en menchevique.

Otros ejemplos son el bombardeo japonés de Pearl Harbour, que muchos historiadores atribuyen a un despiste deliberado de Roosevelt, y a un exceso de confianza del alto mando japonés, que encima no destruyó la flota norteamericana en el Pacífico, sino una fracción de ella, al hundimiento de un barco estadounidense en el golfo de Tonkín que precipitó a Washington a la guerra de Vietnam, al hundimiento del Maine en Cuba, que desencadenó la expansión imperialista de los Estados Unidos por el mundo entero…

Y podíamos continuar, sondeando Wikipedia, con una infinidad de casos en los que las catástrofes bélicas no son una casualidad, obra de chiflados, sino de intereses con nombres y apellidos.

Por ejemplo la familia Foster Dulles, entre los que se incluyen políticos, como Allan Dulles, primer director de la CIA, y que durante los años cincuenta y sesenta diseñó la estrategia de los norteamericanos en el resto del continente mediante intervenciones y golpes de estado que, técnicamente, no son conspiraciones, ¿o sí lo son? Por cierto, Foster Dulles sentía una atracción indefinida por el Nazismo.

Por ejemplo, el asesinato de Carrero Blanco por un comando de ETA con extrañas conexiones con la CIA, que acabarán probándose. Por ejemplo, el Mayo francés, una rebelión estudiantil demasiado violenta y continuada con consecuencias devastadoras para Francia como para ser espontánea.

Recomiendo varios libros documentados y escritos por personas solventes.

Rise and Kill First. The Secret History of Israel’s Targeted Assassinations, de Ronen Bergman, John Murray Publishers, Londres 2018. Se dan detalles de las maniobras, acciones y complicidades de sucesivos gobiernos del estado de Israel sobre todo Washington, la CIA y el Pentágono. Véase una reseña de él en Agroicultura-Perinquiets, Levántate y Mátale primero.

Bridge of Spies, de Gilles Whittell. Hay una película con el mismo nombre, de Steven Spielberg, a quien Whittell acusó de plagio. Cuenta la historia del espionaje soviético en los Estados Unidos (que él califica de desastroso), y viceversa, que también fue una calamidad, por ejemplo el famoso vuelo de un avión espía U 2 sobre la URSS, que fue derribado. Los detalles documentados no dejan lugar a dudas, conspiraban todos, pero fatal, como en una película del inspector Clouseau. También hay un artículo sobre este libro en Agroicultura-Perinquiets.

Y por último recomiendo A Spy Among Friends: Kim Philby and the Great Betrayal, de Ben Macintyre. Se pasa revista a la actividad del servicio secreto británico, que tuvo a Philby como topo, y cuyo mejor amigo, uno de los directivos de la CIA, le protegió, ignorante de su fidelidad a la URSS. Salen a la luz multitud de conspiraciones grandes y pequeñas, millonarios, políticos, y toda la ralea de que los anticonspiracionistas protegen, obedeciendo sin saberlo o sabiéndolo, a los oscuros manipuladores de la verdad.

Vamos a parar aquí para no aburrir al lector.

Si el Covid 19 es obra de conspiradores sin escrúpulos decididos a establecer un gobierno mundial se terminará sabiendo, tanto si lo consiguen como si no. Y cuanto más esfuerzo hagan los agentes mediáticos al servicio de … ¿de quién?… Ah, no me voy a mojar, no creo en las brujas pero las hay… cuantos más redactores colaboren en libros e informes desacreditadores, más evidente se hará al servicio de quién están.

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