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Del páramo a la vega zaragozana

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Del páramo a la vega zaragozana

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Un repotaje de Gaspar Oliver

A Miguel, un agricultor de la provincia de Zaragoza, le robaron en julio varios cientos de kilos de melocotón de una de sus huertas. Debieron de llegar de noche con una furgoneta, recogieron los frutos maduros, que habrían seleccionado durante el día, y se marcharon sin que nadie les molestara. La plantación está al lado de la antigua carretera Nacional II, entre Ateca y Bubierca, poco frecuentada, en la vega del río Jalón. Miguel también tiene huertas en la vega del río Piedra, que desemboca en el Jalón a la altura de Ateca. Cultiva melocotón, ciruela y cereza para su venta a mayoristas, y algunas verduras para consumo propio.

En las mismas fechas, un empleado de la oficina de Ibercaja en Ateca, fue asaltado en pleno día en la carretera de Castejón de las Armas a Godojos. Un tipo se plantó en medio del asfalto con una escopeta, le hizo bajar del coche en el que transportaba la paga de unos pocos jubilados de pueblos de la zona, y le desplumaron. La carretera es secundaria, pero tiene tráfico porque lleva al Monasterio de Piedra. Los bandidos debían ser tipos bragados, acaso con experiencia militar, quizá en zonas de conflicto. Pero esto es una suposición mía.

Unas semanas antes, otro empleado de Ibercaja fue atracado, esta vez en la carretera de Ateca a Moros, según el mismo procedimiento y con idéntico propósito, llevarse las pagas de pensionistas de esa otra zona de la comarca de Calatayud.

Una visión antropológica-turística

Estas noticias darían pie para un entretenido reportaje. Pero quiero hablar del escenario, no de los delitos. Esto es un borrador antropológico, turístico, en el que las truculencias sin contrastar quedan fuera.

Johnny y Miguel recogiendo melocotón.

Voy a hablar de Miguel, vecino de Castejón de las Armas, y de José Luís, de Cabolafuente. Representan a los labradores de los dos suelos de esa zona de Aragón. José Luís, el páramo, la tierra árida de cereal, y Miguel, la vega, la huerta hortofrutícola. Miguel, que ya no cumple los setenta, se va al campo sobre las siete de la mañana, a veces acompañado de Johnny, un joven de aspecto y hablar centroamericano que ha venido, vaya usted a saber cómo y por qué, a vivir al pueblo. Miguel hace esto durante la primavera, el verano y parte del otoño. Antes le acompañaba su mujer, Tere, que ahora no puede porque se cayó de una escalera mientras recogía fruta, y se lastimó una pierna. Miguel también cojea, pero no se rinde. Está ya jubilado y no necesita trabajar; aunque quizá sea más exacto decir que sí lo necesita, sentirse capaz y útil en sus huertas, fumigando, podando, labrando, abonando, cosechando y llevando la fruta a un almacén en Ateca, o a un mayorista de Ariza, de Calatayud o de Zaragoza.

A mediodía, para y come en casa. Luego, si no cae el sol a plomo, coge otra vez el tractor y va a acabar alguna faena pendiente, a regar, a asegurar algunas ramas. Si el calor es insoportable, emplea un rato en al almacenaje, clasificación, preparación de abonos o sulfatos.

Las antiguas bodegas de Castejón, donde hace decenios se cultivaba la vid.

Miguel es de los pocos labradores que quedan en las cuencas del Jalón, el Piedra, el Mesa o el Jiloca, que riegan el sureste de Zaragoza, antes de desaguar en el Ebro, unos sobre otros. Posee unas 400 hanegadas de tierra, unas doscientas sesenta hectáreas. Son todos hombres como él, curtidos, que empezaron a trabajar a los diez años con el azadón y las mulas de sus padres, y conducían rebaños de ovejas o cabras de barbecho en barbecho. En la madurez compraron maquinaria agrícola para explotar mejor y con menos esfuerzo una tierra humedecida por los ríos, pero que a los pocos metros de altitud se convierte en un árido secano sin posibilidades de explotación.

Bancales y paratas

A ambos lados de los ríos, los valles ascienden en una sucesión de bancales y paratas. Los más altos están abandonados. Crecen en ellos árboles de secano, sobre todo el almendro. Se les ve incultos, polvorientos, aunque el visitante urbano no repara en estos detalles y sólo ve árboles pelados y hierbajos. Únicamente la huerta al nivel de los ríos está verde. Primero, por los álamos que bordean la corriente, cercada también de moras muy tupidas, de carrizo y de juncales. Luego por las plantaciones de ciruela, pera, melocotón, cereza, y por las higueras que han crecido a lo salvaje, y las pequeñas huertas de hortalizas, tomates, cebollas, berenjenas, melones. Son la despensa del agricultor, que no gasta un céntimo en verdura.

La vía clásica del tren Madrid Barcelona, uno de los puentes de la N-II hoy autovía y al fondo, el puente del AVE. Por Castejón se pasa a toda velocidad.

Pero, queda dicho, los agricultores activos son muy pocos.

El campo se pierde, dice Miguel sin pena. Los labradores a tiempo completo de la cuenca del Piedra se cuentan con las dos manos. En la del Jalón, que es más ancha, cultivan panizo (maíz), que necesita poca mano de obra. Los campos los arriendan grupos de agricultores constituidos en empresa, que sólo tienen que preocuparse de regar, lo demás lo hacen las máquinas. Los frutales requieren trabajo humano para el sulfatado, el abono, la poda, la recolección. No se pueden meter grandes máquinas por entre los árboles, los caminos son para vehículos pequeños. Exigen mano de obra, no salen rentables. La extensión dedicada a frutales se limita cada año. Además, el cultivo de frutales requiere renovar la tierra, abonarla mucho, plantar nuevos árboles, y esto no lo puede afrontar ni siquiera un agricultor fuerte.

Todo esto se percibe al pasear por las huertas. Predomina el abandono, aunque los árboles se empeñan en dar fruto cada año, que nadie recoge, y los suelos se llenan de hierbas que sofocan los cultivos. La que recibe el agua es una tierra fértil o fertilizada a la fuerza. Todavía quedan las acequias, cada vez más deterioradas por el abandono.

En el plazo de veinte años, o se da por perdido el campo o llegan a él nuevos labradores, vengan de donde vengan. Quizá del extranjero. La presencia de rumanos en los pueblos del Jalón es evidente. En las calles de Calatayud se escucha a los vecinos hablar en una lengua no peninsular. Pero no trabajan mucho la tierra, sino en los almacenes hortofrutícolas y en otros menesteres.

La industrialización y mecanización de la agricultura al menos ha servido para que su extinción se aplace. ¿Es posible que una pequeña fracción de los millones de jóvenes parados que se aburren en las ciudades decida probar en estas vegas ricas?

Miguel lo ve difícil. De momento, quienes bajan a la vega son los corzos y los jabalíes, que hacen algún destrozo. En otro tiempo se diría que es una prueba de que el destino ha unido la ruina de la vieja agricultura con el instinto salvaje de los animales.

Cabolafuente desde el Solorio

La nueva agricultura cerealista

¿Hay una nueva agricultura?

Sí, pero también declina.

Se practica en el secano cerealista. Por ejemplo, en las tierras de Cabolafuente, que lindan con la provincia de Guadalajara.

Llegamos a ellas por el camino más largo desde Castejón. Vadeando Carenas, el pantano de la Tranquera, Ibdes, Jaraba, luego el desfiladero de Calmarza que sobrevuelan multitud de aves rapaces, el pueblo de Calmarza colgado de una joroba de roca, y después, la provincia de Guadalajara: Algar de Mesa y Villel de Mesa. Por aquí el riachuelo taja algunas peñas menores, pero ya se nota el secano y se vislumbran las extensiones de cereal. Entre Villel de Mesa y Sisamón, de nuevo en Zaragoza, está la Cabeza del Cabrón, cubierta de pinos. Después de Sisamón, la sierra del Solorio, que viene de Guadalajara y empalma con el Sistema Ibérico. Son tierras altas, de más de mil metros, aunque las de cultivo oscilan entre los 600 y los 900.

Cabolafuente se ve a lo lejos desde un ribazo del Solorio. La carretera se dirige al pueblo como una flecha entre campos de trigo cosechado. Aquí y allá hay pacas y rodillos de paja dorada, que se aprovechará para el ganado.

Cultivar aquí cereal con un tractor de hasta 200 caballos es cosa fácil, si se tiene la experiencia necesaria. La máquina lo hace todo, y además, la cabina tiene aire acondicionado y el agricultor no se sofoca. Pero está el riesgo del pedrisco y del agua que no llega cuando se necesita.

 

Cabolafuente es un pueblo con casas y corrales desmochados. En un arrabal están las bodegas. Pero si no se sabe que lo son, el visitante puede creer que se ha metido de cabeza en un túnel espaciotemporal, y se ha plantado en una kashba bereber. Véanse las fotos que acompañan estas líneas, son elocuentes. En lo más alto del pueblo, donde la iglesia, hay un jardincito con plantas aromáticas y unos bancos. A lo lejos, a unos 70 kilómetros a vuelo de pájaro, se divisa el Moncayo, el monte Padre de Aragón.

Parecen viviendas trogloditas, pero son las bodegas de Cabolafuente

Dos autóctonas y urbanitas en lo más alto de Cabolafuente. Al fondo a la derecha, el Moncayo

40 vecinos quedan en Cabolafuente en invierno. De ellos, cuatro son labradores efectivos, mayores, viejos según se decía antes. Cuatro también son los rebaños de ovejas que pastan por los eriales, a un lado y a otro del talud por el que viaja el AVE de Madrid a Barcelona. Lo que ya no hay son reatos de cabras. A José Luís su padre le sacó de la escuela a los diez años y le puso a pastorear cabras. Recuerda, a sus más de setenta años, que en realidad en la escuela ya no aprendía nada, porque los maestros, poco instruidos, se limitaban a repasar un curso tras otro la misma cartilla. Era más útil como pastor.

Labradores sin descendencia

También había viñas en Cabolafuente. En los inicios del siglo XX, el pueblo estaba en su cenit de población, pasaban de mil sus habitantes y era un pueblo relativamente próspero.

José Luis, de Cabolafuente, con las urbanitas

Sopla bochornera de poniente, y José Luís va contando lo que sabe de Cabolafuente, donde sólo vive en primavera, verano y algo de otoño, y cultiva una pequeña huerta de verduras en un corral que mira hacia el norte, al Moncayo.

Los pueblos más próximos a Cabolafuente son Ariza, Cetina y Alhama de Aragón, más poblados porque se encuentran en la antigua carretera nacional II, y tienen desvíos desde la autovía. Allí viven los pocos agricultores que se ganan la vida en este oficio. Cultivan grandes extensiones cerealistas que rentan a sus propietarios. Poseen la maquinaria precisa, que intercambian para explotarla mejor. Con ella remueven la tierra, la labran, plantan trigo, lo mantienen, lo cosechan y lo separan de la paja, lo almacenan… Esos tractores gigantescos, como carros de combate en un desierto, relucientes, limpios, mantenidos con mimo, se mueven a decenas de kilómetros de distancia, realizan trabajos en toda la comarca y también en las aledañas de Guadalajara. Es preciso rentabilizar la maquinaria.

José Luís dice que en toda esta zona hay cuatro labradores prósperos que no paran de trabajar. Están solteros. Cuenta que en cierta reunión profesional celebrada no hace mucho, se juntaron hasta veinte labradores de por allí. Sólo cuatro estaban casados. Esto señala con contundencia el futuro de esa tierra en la próxima generación. Si no ocurre un milagro o un cataclismo urbano, se quedará vacía por completo, se convertirá en un desierto despoblado.

Una generación de intelectuales

Cabolafuente, como muchos pueblos de la España rural auténtica, es decir, distante de las grandes urbes, se puebla en verano de familias jóvenes con hijos de entre cero y quince años, depende de la edad de los progenitores. Viven en Zaragoza, en Barcelona, en Madrid, algunos en Valencia. Y en estas ciudades ejercen de médicos, de profesores de instituto o de universidad, de abogados, de arquitectos, de pequeños industriales.

Se han beneficiado de la voluntad de sus padres, los José Luís que habitaban en su juventud estos campos, de que sus hijos tuvieran una vida mejor. El precio era abandonar la tierra. Los pocos jóvenes de los años 70 y 80 que se quedaron, bien porque sus padres no pudieron enviarles a estudiar a la capital o bien porque por una serie de variadas circunstancia no quisieron hacerlo, son quienes ahora cultivan esta tierra. Alguna es suya, la otra la rentan a sus propietarios “absentistas”. Uno de los pastores de Cabolafuente se acercó a la casa de la amiga que nos había invitado y le entregó 50 euros. Ella, médico y profesora en la universidad de Zaragoza, nos contó luego que era la anualidad debida a cambio de que las ovejas pastaran en su campo heredado e inculto.

El río Mesa a su paso por el balneario de Jaraba

A esta generación de intelectuales urbanitas ni se les pasa por la cabeza regresar al pueblo, aunque sea por temporadas, para dedicarse a la agricultura. ¿Quizá a sus hijos, si no encuentran empleo? La idea no es un disparate, más de la mitad de la juventud española carece de trabajo. En otro tiempo este problema se solucionaba con una magnífica guerra: se reducía la población, sobre todo la joven, y se disponía de un escenario arruinado que necesitaba reconstruirse. Espero que no se dé ese caso hoy, pero el problema tendrá que encontrar alguna solución. Por ejemplo, el regreso al campo.

Una atmósfera más limpia

Si regresaran estos jóvenes encontrarían una atmósfera muy distinta a la que respiraron sus abuelos y bisabuelos. Hace cien, cincuenta años, los pueblos de la España auténticamente rural eran nidos de prejuicios, de rencores, de envidias, de ambiciones frustradas entre seres humanos con poca hacienda que, además, eran casi todos familia con cuentas pendientes, y que habitaban edificios tenebrosos y mezquinos. Por eso prendió en ellos inmediatamente la mecha de la guerra civil. Hoy, de aquel escenario podrido sólo queda el ruido de fondo, un eco oscuro pero, de momento, inofensivo.

La Kashba de Cabolafuente

¿De momento? Sí. Fui testigo de un discurso anodino sobre la presencia o no presencia de una banda de música en las fiestas de tal pueblo. Entre quien lo emitía y el que lo recibía en silencio estábamos mi mujer y yo, a quienes supuestamente se nos estaba informando. Pero el verdadero receptor era un labrador, sentado a nuestro lado en la terraza del bar, opuesto a los que ahora mandan en el ayuntamiento. Escuchaba sin darse por aludido. La otra persona hablaba para que el enemigo entendiera. Si en las próximas elecciones el ayuntamiento da la vuelta, será al contrario. Lo más terrible es que las dos posiciones se apoyaban en sendas ideologías. Da lo mismo cual corresponda a cual. No es la razón la que define la vida, sino los afectos. En los pueblos, el odio y el amor incendian las pasiones.

¿Y en la ciudad?

De eso hablaremos otro día 

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