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Prisma informativo

Disparates y catástrofes

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RTVV, un cementerio de ideas e ilusiones. Foto F.B.

Un comentario de Fernando Bellón

El estado de cosas (laboral, profesional, económico) en RTVV es peor que catastrófico, es disparatado. La destrucción provocada por una catástrofe une a sus víctimas, que no tardan en reparar los daños. La destrucción provocada por las decisiones disparatadas de los seres humanos tiene como consecuencia la desunión, el recelo, la desconfianza, el resentimiento. Esto es muy difícil de reparar. Tanto, que a nadie extrañaría que RTVV se extinguiera en cosa de meses. Algo que alegraría a muchas personas, si etimamos los comentarios de determinados contertulios en medios de comunicación, y otros colgados por ciudadanos en la Red. ¿Muchas personas realmente? Es difícil calibrar una proporción, en especial porque los que no se oponen a la existencia de una televisión pública regional no suelen colgar comentarios, y hacen menis ruido en los medios.

La primera pregunta que cabe hacerse es quién, cómo y por qué han perpetrado tanto disparate en RTVV. La respuesta nos remontaría lejos, y molesta a la mayoría de los políticos en ejercicio, porque todos, sin excepción, comparten la idea aberrante de que un medio público de comunicación está al servicio de los políticos con mando en plaza. El triste estrambote es que, encima, tienen la desvergüenza de negar que este es su deseo y su convicción. Es decir, además de cínicos son hipócritas. Así nos va.

Pero lo más preocupante es el efecto de este pensamiento patrimonial de los políticos sobre el aparato del Estado en todo el Estado.

El verdadero problema es que RTVV no es una excepción en España. El disparate no se limita a los medios de comunicación públicos (también se da en los privados, pero se supone, estúpidamente, que los empresarios pueden hacer lo que les da la gana con sus inversiones), sino que se extiende al océano de empresas públicas que prestan servicio en ayuntamientos, comunidades autónomas y administración estatal. Lo habitual es que la gestión de estas instituciones se ponga en manos de personas de absoluta confianza de los gobernantes. Es decir, lo que preocupa a los políticos no es la buena gestión, sino que se acomode a sus cambiantes y variados intereses a lo largo de su legislatura.

Puede que algunos de los gestores de las empresas públicas sean excelentes profesionales (sería desolador averiguar el porcentaje). Da igual, si se les ocurre poner en práctica lo que les dicta su conciencia, su conocimiento y su observación de la realidad chocarán con quienes les han situado allí y les pagan, y tendrán que rectificar (hacerlo mal) o irse.

El efecto más dañino del disparate es la destrucción de la confianza. La desolación y la impotencia dominan en el personal de RTVV. La radio y la televisión pública valencianas cuentan con unas instalaciones amortizadas y que pueden explotarse todavía (necesitan actualizaciones y reparaciones, pero ahora ningún directivo presta importancia a tal cosa, convencidos todos de la desaparición de estos medios), y con una plantilla profesional tan cualificada como pueda estarlo RTVV, TV3 o la BBC. Es perfectamente salvable y susceptible de ser gestionada en beneficio de la población valenciana. Pero…

La gestión realizada de estos activos durante los últimos años ha sido un desastre. No hace falta argumentarlo, es un hecho autoevidente. Y se diría (por prudencia me abstengo de decir “afirmo”) que desde el anuncio del ERE, la gestión del día a día de RTVV sencillamente se ha abandonado, ha entrado en una rutina en manos de los cuadros más bajos (editores, responsables de sección y poco más, independientemente del sello ideológico que hayan imprimido a sus decisiones). De ahí para arriba, da la impresión de que se ha producido una estampida, una espantada. Imaginamos que acudirán a sus despachos. Lo que nos gustaría saber es en qué emplean el tiempo.

Para más inri la gestión del ERE, a la vista de todos está, ha sido un ejemplar desastre, algo que posiblemente se estudie en las universidades: cómo no ha de realizarse un ERE.

Se está dilapidando un patrimonio, se está machacando la posibilidad de reutilizar una fuerza de trabajo estupendamente cualificada, se les va a tirar a la basura, para que en ella se busquen la vida.

¿Nadie es capaz de detener tamaño disparate?

Una posibilidad sería, sueño, que los trabajadores de RTVV (los que vayan quedando) se planten y decidan auto organizarse. ¿Cómo? No haciendo huelga, no perpetrando sabotajes. No. Simplemente plantándose y diciendo, vamos a hacer el trabajo como sabemos y debemos hacerlo. Los periodistas y los operadores de cámara a informar de lo que realmente pasa. Los operadores de equipo a reflejar sin trampas lo que el material que reciben les muestra. Los administrativos, cumplir escrupulosamente con sus obligaciones, desoyendo consignas. Lo mismo, los productores, los realizadores, los grafistas, etc. En la radio, igual.

Es un sueño bien lejano. Suena incluso a provocación subversiva. Triste eco de algo que básicamente es un llamamiento a la responsabilidad. Imaginemos lo que ocurriría en España si una mayoría de empleados públicos decidieran trabajar de acuerdo con lo que se espera estatutariamente de ellos. Los políticos se quedarían sin nada que hacer, sobrarían. O tendrían que ponerse a trabajar como todo el mundo.

Pero esto no pasa de ser un mero sueño. Entre otras cosas porque los hábitos de mal funcionamiento están muy arraigados, y afectan a la moral y a la disciplina de todo un cuerpo de funcionarios y servidores públicos. ¿Qué podemos hacer nosotros por nuestra cuenta?, dicen. La respuesta da mucho miedo, sobre todo a quienes se aprovechan del disparate nacional.

Lo desconcertante es que el país siga funcionando. Se puede objetar que mis argumentos padecen son una generalización falseadora: no todos los políticos carecen de vergüenza, no todos los directivos de empresas publicas son incompetentes… Cierto. Pero lo obvio es que el porcentaje de individuos prescindibles ha alcanzado su masa crítica, y está sumiendo en la ruina a incontables empresas públicas, y en la desgracia personal y laboral a profesionales alta y medianamente capacitados. Un cuerpo físico o social enfermo, o se cura o perece. Una ojeada al panorama político español evoca más la segunda que la primera posibilidad. El disparate nacional nos conducirá a una catástrofe nacional no motivada por los “Elementos”, sino por los “elementos”.

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