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El desafío de Darwin

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El jesuita José de Acosta, de cuyas investigaciones se valió Darwin.

La Botánica de Rafael Escrig

La lectura de este estudio de Rafael Escrig merece la pena hacerla en el formato PDF que contiene las ilustraciones pertinentes. Debido a la cantidad de información digital hemos tenido que dividir el texto ilustrado en dos capítulos, que se encuentran al final de la entrega.

Prácticamente, lo único que el gran público conoce sobre la contribución de Charles Darwin a la ciencia, es que escribió un libro sobre el origen de las especies donde venía a decir que descendemos de los simios, y la conocida historia sobre las observaciones que hizo de los pinzones en las Islas Galápagos. Observaciones que le afianzaron en su teoría sobre la Evolución y le valieron, al mismo tiempo, para ser la rechifla de la sociedad y convertirlo en poco menos que un hereje por discutir los axiomas cristianos imperantes. Dios había creado el mundo en siete días y eso era algo indiscutible. Cómo se atrevía el señor Darwin a poner en tela de juicio tal afirmación. Además, cómo que el hombre descendía del mono. Esto era algo inadmisible para aquella sociedad victoriana.

Así comienza la andadura científica de este gran naturalista.

Charles Darwin fue ridiculizado en periódicos, revistas, libros y hasta en publicidad. Para ilustrar el revuelo y las burlas que provocaron las ideas de Darwin sobre la evolución, les contaré la repercusión que tuvo también en España, donde por otra parte, ya se había prohibido su libro.

La historia comienza con los hermanos catalanes Bosch i Grau y la fabricación de un licor que llegó a ser reconocido mundialmente: el Anís del Mono. En las etiquetas y toda la publicidad de la marca, figura un mono antropomorfo con una cara parecida a la de Charles Darwin. Lo que deja claras las intenciones de los hermanos Bosch, supongo que enemigos del evolucionismo, que aprovecharon el tirón mediático para expandir la venta de su producto, al tiempo que ridiculizaban al autor de la teoría de la evolución. Estas prácticas contra las teorías de Darwin y el evolucionismo ya se venía haciendo en Estados Unidos y otras naciones europeas, pero la que tuvo más repercusión y duración en el tiempo fue la publicidad del licor Anís del Mono, la prueba de esto es que ha llegado hasta nuestros días con esa imagen intacta del mono antropomorfo. He de destacar que ya existían dos corrientes de opinión, contrarias y opuestas: el Evolucionismo y el Creacionismo. El Evolucionismo, tras los resultados científicos de Darwin quedó admitido y fijado por la ciencia, no obstante, el Creacionismo, lejos de descartarse, todavía colea y tiene en los Estados Unidos su clientela más obstinada.

Pero ahí se queda toda la biografía popular de Darwin, en el morbo que causó su Teoría de la Evolución. Sin embargo, son prácticamente desconocidos el resto de investigaciones y los importantísimos descubrimientos que hizo sobre el origen y la formación de los arrecifes de coral, así como el monumental trabajo de taxonomía sobre los cirrípedos, un tipo de crustáceos que incluye, entre otros, a los percebes. En la taxonomía de los cirrípedos, Darwin trabajó más de ocho años, tiempo en que estudió y clasificó 10.000 especímenes de todos los cirrípedos conocidos, tanto vivos como fósiles, lo que a la postre contribuyó a cimentar sus teorías evolutivas, por la gran gama de variaciones que podía presentar una sola especie y cómo cada especie se adaptaba a su medio. En suma, un trabajo de enorme importancia que apenas es conocido por la poca difusión que se le ha dado.

Pero igualmente desconocida son sus contribuciones a la botánica. El interés de Darwin por las plantas venía de su época de estudiante, pero cristalizó durante la expedición del “Beagle”. Las aportaciones más importantes de Darwin en el terreno de la Botánica fueron los movimientos de las plantas, la polinización cruzada y las plantas insectívoras. Descubrió que en las plantas trepadoras, los zarcillos poseen igual cantidad de vueltas o espiras a la derecha que a la izquierda, separadas por una o más porciones rectas, movimientos llamados de circumnutación, y demostró que los tallos volubles (los que se enrollan naturalmente en los objetos que encuentren en su camino) no son sensibles, como lo son los zarcillos. En cuanto a las plantas insectívoras, descubrió que las glándulas secretoras de las trampas no solo segregan enzimas que digieren proteínas sino que también tienen la capacidad de absorber nutrientes liberados durante la descomposición de sus presas. Pero, quizás, en la cumbre de sus descubrimientos botánicos se encuentra su estudio sobre la relación entre una orquídea de Madagascar (Angraecum sesquipedale) y su polinizador, que hasta entonces era desconocido. Adelantamos que esta flor tiene un espolón nectarífero de hasta 40 cm., de largo. Darwin escribió de ella lo siguiente:

Si Angraecum produjera tanto néctar que el espolón estuviera siempre lleno, las polillas pequeñas podrían obtener su parte, pero esto no beneficiaría  a la planta. Los polinios no serían retirados hasta que alguna polilla enorme con su probóscide maravillosamente larga tratase de vaciar la última gota. […] A medida que las probóscides [de ciertas polillas de Madagascar] fueran  alargándose por selección natural para obtener néctar de Angraecum y de otras flores tubulares profundas, aquellas plantas individuales de Angraecum   que tuvieran los mayores espolones y que, consecuentemente, obligasen a las polillas a insertar sus probóscides hasta el mismo fondo serían mejor fertilizadas. Estas plantas producirían las mayores cantidades de semillas y las plántulas en general heredarían nectarios largos; y así sería en sucesivas generaciones de la planta y de la polilla. Así parecería que hubiera habido una carrera en ganar longitud entre el nectario de Angraecum y la probóscide de ciertas polillas, podría haberse conseguido con más seguridad si las flores estuvieran completamente cerradas, pues así el polen no sería dañado por la lluvia o devorado por insectos, como frecuentemente sucede. De este modo, una cantidad muy pequeña de polen habría sido suficiente para la fertilización,  en lugar de los millones de granos que se producen. Pero el hecho de que las flores se abran y se produzca una cantidad grande de polen, en aparente    derroche, es necesario para la polinización cruzada.”

Darwin predijo que debía existir un insecto capaz de obtener néctar en lo profundo de ese prolongado espolón. En su momento la aseveración pareció ridícula, pues no se creía que un insecto pudiese tener una probóscide de 40 cm. Sin embargo, en fecha tan reciente como 1997 se descubrió el polinizador de la orquídea en cuestión. Se trataba de una polilla con el nombre de Xanthopan morganii, a la que se agregó más tarde el término praedicta en honor a la predicción hecha por Darwin muchos años antes.

Por no extendernos demasiado, vamos a dejar de hablar en este artículo de muchos otros temas con los que Darwin contribuyó al estudio de la botánica, sobre todo en cuanto a la polinización cruzada, pero también en cuanto al colorido de las flores, los aromas, las marcas de los pétalos, el crecimiento de las trepadoras, la intervención de los insectos y sus ventajas en la polinización cruzada…

He titulado este artículo “El desafío de Darwin”, porque eso es lo que significó para él cuando tuvo que incluir en su sistema evolutivo la súbita aparición de las plantas angiospermas. Esta repentina aparición y su gran diversidad en el registro fósil del período cretácico, no se ajustaba a su idea de gradualismo, al contrario, suponía un escollo que no tenía fácil cabida en su teoría general. Ese problema es lo que el propio Darwin llamó: “el abominable misterio”. Darwin concluyó apresuradamente y sin tener evidencias, que las angiospermas habrían aparecido y se habrían diversificado en algún territorio aislado del planeta, y que luego colonizaron el mundo mediante numerosos eventos de dispersión. Hoy en día, se tiene la certeza de que el origen y la diversificación de las plantas con flores fue un proceso rápido (dentro de la escala del tiempo geológico) y no gradual, donde la colaboración de los insectos ha tenido un papel fundamental tanto en la expansión como en la diversidad.

A pesar de que Darwin no encontrara la solución a este problema con las angiospermas, su contribución a la botánica fue mucho más valiosa de lo que supone el gran público y que la mayoría de los botánicos suele apreciar. Eso es lo que he querido resaltar.

No quisiera dejar de contar aquí, el papel que ejercieron otros científicos y su influencia sobre las investigaciones de Darwin. Detalle también muy poco conocido, si no desconocido del todo.

La teoría de la evolución que él mismo estudió y desentrañó (salvo en lo referente a las gimnospermas, se ha de decir), también podríamos aplicarla al pensamiento, a las ideas. Las ideas, como las especies, no surgen de manera repentina. Han tenido un principio y una evolución. Darwin, como todos los investigadores, bebió de unas fuentes anteriores a él, en ocasiones muy anteriores, y para llegar a las conclusiones a las que llegó, se valió de las que ya habían expuesto otros científicos como fueron: Malthus, con sus teorías sobre el aumento de la población y la consecuente lucha por la existencia (publicado en 1796), Lamarck, con sus teorías sobre la herencia y la evolución (publicado en 1809), el mismo abuelo paterno de Darwin, Erasmus Darwin, entregado evolucionista, que le influyó con sus teorías donde ya anunciaba que la evolución animal venía de un antepasado común (publicado en 1794). Pensemos que Charles Darwin publicó El origen de las especies en 1859.

Y una sorpresa curiosa, otro científico, también británico, Alfred Russel Wallace, por su parte, había llegado a las mismas conclusiones que Darwin. Ambos presentaron sus trabajos al mismo tiempo, ante la Linear Society de Londres, aunque fue Darwin quien publicó al año siguiente “El origen de las especies”. Esto demuestra que a lo largo del siglo XIX, la ciencia ya estaba en el camino de aceptar por convicción las ideas evolucionistas, y que la sociedad demandaba unas explicaciones acordes con unos tiempos que estaban dejando atrás el conservadurismo y las creencias religiosas.

Pero aún hay otra sorpresa en cuanto a esas influencias que venimos hablando. Si se tuviera que hacer una relación de todos los científicos y estudiosos que han contribuido de una u otra forma a fijar las ideas sobre el origen común de las especies y su evolución, tendríamos que dejar un lugar importante a dos españoles que con sus ideas y trabajo de campo, inspiraron a Charles Darwin. Estos fueron: José de Acosta y Félix de Azara.

José de Acosta. (Medina del Campo 1560 – 1600)

José de Acosta fue un antropólogo y jesuita español que desempeñó importantes misiones en América a finales del siglo XVI. Realizó observaciones antropológicas y biológicas en Méjico y Perú sobre hombres, botánica, fauna, mareas, corrientes marinas, vientos, las interrelaciones entre volcanes y terremotos y hasta acertadas observaciones geofísicas sobre las variaciones de la declinación magnética. Por todo ello fue considerado como el precursor de la antropología cultural moderna. Adelantó que los indios y los animales habrían llegado a América a través del estrecho de Bering, adaptándose al medio ambiente, por lo que también fue precursor de la evolución natural de las especies, anticipándose con sus teorías a Alexander von Humboldt y a Charles Darwin nada menos que tres siglos.

Félix de Azara. (Barbuñales, Huesca 1742 – 1821)

El Militar español Félix de Azara fue destinado a la Argentina y Uruguay donde después de 20 años, describió más de 200 nuevas especies, sobre todo de aves. En sus clasificaciones taxonómicas corrigió docenas de errores en especies clasificadas con anterioridad por el naturalista francés Georges Louis Leclerc, Conde de Buffon. Y lo más importante, sugirió la existencia de mecanismos de adaptación de los animales al medio, admitiendo que las especies pueden extinguirse, lo que estaba en contra de las ideas religiosas imperantes.

Nadie sabe si Darwin llevaba encima la obra más importante del militar español, Viajes por la América Meridional (1809), en su travesía por el mundo a bordo del “Beagle”. Pero ya hemos dicho que sus teorías no surgieron por generación espontánea. En su Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, Darwin cita a Félix de Azara quince veces. En “El origen de las especies”, dos. Y en “El origen del hombre”, una.

Veamos para terminar la opinión al respecto del director del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva de la Universidad de Valencia, Andrés Moya, cuando reivindica el papel de Félix de Azara, dice: “Me irrita el desconocimiento de este gran naturalista, porque la Historia siempre la escriben los vencedores. En este caso, los anglosajones sostienen que Darwin inventó el mecanismo básico de la evolución por selección natural, como si nadie hubiera aportado nada en otros países”.

Y yo, sin pretender caer en el victimismo, digo que la verdadera lástima, es que en España no ha habido verdaderos historiadores que hayan podido colocar a nuestros grandes hombres donde se merecían. Historiadores con la relevancia y la difusión que hubiera sido deseable. En su lugar hemos tenido grandes detractores, y así nos ha ido. Sería necesario poner un monumento en cada esquina para perpetuar el nombre de tantos grandes hombres como ha dado España, y sin embargo, lo que hacemos es olvidarlos. Sirva este humilde artículo para despertar el interés por nuestra historia y por esos hombres que la hicieron posible.

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