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«El tiempo extraño»

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Apuntes memorialísticos de la Transición, de Pío Moa

Traemos a estas páginas digitales un texto del historiador, novelista  y publicista Pío Moa en el que entresaca sensaciones y fragmentos biográficos de los años de su abandono de la vida del activista revolucionario, previos a un cambio de rumbo radical, que le ha llevado a una valoración escandalosa (porque ha provocado escándalo, no porque lo sea en sí) del franquismo. El libro clave de Pío Moa es «De un tiempo y de un país», en el que detalla ese tránsito de un modo nítido, sin divagaciones ni justificaciones. Lo publicó en los primeros años de la década de los 80. Fue el primer paso de una carrera formidable hacia la recuperación de la «memoria histórica» vuelta del revés. Más de una decena de investigaciones en torno a la Segunda República y sus mitos, al franquismo y a los que se han creado en su contra y en su favor. Es la segunda vez que traemos a Pio Moa a esta revista, la primera fue una reseña de su novela Cuatro Perros Verdes.

De Pio, al que conozco desde hace cosa de cincuenta años, me interesa más su trabajo histórico y sus nítidas reflexiones sobre la novela, la literatura y el teatro que su trabajo como publicista político. Este texto lo ha publicado a trozos en su página «Más España y más democracia«, interesantísima y lúcida bitácora escrita en un lenguaje periodístico del que se vale para todos sus trabajos. Es posible que Pío continúe esta serie de recuerdos, es algo que le agradeceríamos muchos. El lector curioso podrá decidir por sí mismo si tenemos razón.

Un texto evocativo de Pío Moa

I

Encuentro en un estante algo polvoriento la Historia de la Antigua Grecia, de V. V. Struve, una interpretación que por materialista se dice científica. Y he aquí que de pronto me traslada al tiempo, hace 44 años, en que la leí estando en Alicante, después del fracaso de la Operación Cromo.

Al comenzar la transición, la Operación Cromo (OC), que combinó dos secuestros de personalidades, un choque sangriento con la policía e intentos de huelga general, tuvo al gobierno en la cuerda floja durante dos meses. Bromeando, decíamos que los ministros iban a tener que pasar a la clandestinidad. La más asustada era la oposición que llamábamos domesticada, pedigüeña de legalización y amnistía a la, según decían, brutal tiranía franquista, pues temía le achacasen la OC y la dejasen fuera del anunciado juego democrático: por ello clamaban que el PCE (r)-Grapo era un montaje de la policía franquista: ellos, comunistas, socialistas y separatistas, se habían civilizado, se habían vuelto pacíficos, conciliadores y legalistas, nada que ver con aquel “extraño GRAPO”. Lo he tratado en De un tiempo y de un país y no insistiré ahora.

El derrumbe de la OC, en parte por azar y en parte porque se creó el equívoco entre los jefes del Grapo de haber sido delatados unos por los otros, arrastró a gran parte del partido, hasta hacer creer que de este solo quedarían restos dispersos y en fuga. A pesar de todo, Cerdán, el jefe del Grapo, se portó bien y no “cantó” el piso desde el que la comisión política había dirigido la operación, y que era el mío. Se salvó así parte de la dirección y de las organizaciones locales. Acosados por la policía, que intentaba rematar su trabajo, nos reunimos el resto de la comisión para decidir cómo actuar. Una parte debía ocuparse de reorganizar el partido y otra ponerse a salvo para continuar la lucha si la primera caía también. El problema ya había surgido unos años antes, cuando unas caídas en Cádiz, Sevilla y Córdoba se habían propagado a Madrid, poniendo en peligro a todo el partido, que de aquella se llamaba OMLE (Organización de Marxistas-Leninistas Españoles). Entonces Arenas, el secretario general, y Cerdán se trasladaron a París, y para restablecer el aparato del partido en el interior quedamos Delgado de Codes, Sánchez Casas y yo, que fui a Madrid desde Bilbao, donde había trabajado en los astilleros.

Ahora, tras la OC, Arenas, el pequeño Stalin que surge espontáneamente en grupos de este tipo, propuso que nos trasladásemos a Argel, aprovechando los contactos con los servicios secretos argelinos. Yo me opuse en redondo, porque la comunicación desde allí era mucho más difícil que desde París, corríamos el riesgo de aislarnos psicológicamente de la realidad española –a decir verdad, ya lo estábamos sin necesidad de emigrar– y sobre todo me repelía la tutela de espías argelinos, por “progresistas” que fueran. Propuse irnos a Barcelona, una gran ciudad en la que era fácil moverse, en la que la vigilancia policial era mucho menor que en Madrid y que estaba mucho más cerca de la frontera.

Por fin, quedamos en una solución intermedia: nos trasladaríamos a Alicante, ciudad turística prácticamente sin agitación clandestina de ningún grupo y muy escasa presencia policial: allí no nos buscarían. Fui con mi compañera para explorar el terreno. Encontramos pronto un apartamento en la Albufereta, nos lo alquiló un holandés sin más papeles que los billetes del pago. Al poco vinieron Arenas y Brotons, con sus respectivas compañeras, que se buscaron otros pisos, quedando el nuestro como centro de reunión. Yo me ocuparía de la reorganización del partido, Brotons del Grapo en sustitución de Cerdán, y Arenas de jefe superior y propaganda. Algo después llegó Balmón Castells, que había salido de la cárcel por un error administrativo (estas cosas suceden, aunque muy raras).

Yo tenía entonces 29 años, y los otros algunos más, así que éramos jóvenes. Pero lo que me trajo a la mente la historia de Struve no fue tanto la política como el ambiente por así decir encantado en que vivimos cuatro meses, los más extraños y seguramente decisivos de mi vida.

II

Alicante resultó una elección muy acertada: en cuanto nos asentamos, entramos en una especie de limbo. La inquietud extrema de Madrid quedaba casi remota, seguíamos buscados por la policía, lo que causaba cierta inquietud, pero muy vaga, porque creíamos que muy difícilmente llegaría a nosotros. Nadie en el resto de la organización sabía donde estábamos, salvo si acaso una persona por cada responsabilidad en Madrid, y quizá ni eso, no recuerdo bien. Entre nosotros tampoco conocíamos el domicilio de los demás, excepto el mío, que volvía a funcionar algo así como sede del estado mayor. Arenas había alquilado un piso a alguna distancia de la Albufereta, en San Juan, donde diez años antes yo había pasado un verano trabajando en la bolera de un hotel, hotel Playa creo recordar que se llamaba.

El ambiente del lugar tenía el aire melancólico de los lugares turísticos fuera de la temporada, con muy pocos bares y comercios abiertos. Después de la comida, Brotons, su mujer, mi compañera y yo “dábamos una vuelta al calor suave del mediodía primaveral, por detrás de las edificaciones de la Albufereta. Las ranas croaban en los canalillos. Cruzábamos los rieles del tren, nos metíamos por entre los pinos, algarrobos, eucaliptos diseminados, paseábamos perezosamente sobre viejas tierras de labor abandonadas, cuyos surcos endurecidos se percibían bajo los matorrales. Sentados en algún tronco seco derribado, escuchábamos a las cigarras y saltamontes. Bromeábamos, aludíamos por encima a la política, a las novedades. Desandábamos hacia la costa, a tomar café en un bar prácticamente solitario. Cuando el agua dejó de estar fría, nos bañábamos en la playa” .

Todo tenía un encanto especial. “Las playas, a poco que uno se alejara, estaban desiertas, quitando a algún pescador solitario en las rocas o algún corrillo de jubilados jugando a la petanca”. Nosotros mismos podríamos parecer jubilados, salvo por nuestra juventud. “Caminábamos por la ribera del divino mar de Teseo y Odiseo, el de Roma y Cartago…”, intentando captar su espíritu evanescente. “El mar, como el cielo estrellado, juega malas pasadas a la teoría”. A la férrea teoría con que explicábamos todo. Discutíamos poco de la situación política, de los preparativos para las próximas elecciones, efecto del referéndum “fascista” que habíamos querido sabotear y que no reconocía la oposición, pese a lo cual se presentaba a ellas. Pero discutíamos quizá más de asuntos filosóficos relacionados con el materialismo histórico y dialéctico. “Hicimos dos o tres excursiones en el trenecillo costero, que consigue identificarse con el paisaje, que no desentona de la serenidad de este. A Altea, a Ifach. Arenas pescaba, disfrutando tranquilo. Paseábamos relajados, con el permanente desasosiego anclado en el trasfondo, sin alborotar”. Raramente íbamos a Madrid

”Al atardecer solíamos citarnos en la cercana Alicante, adonde íbamos a poner conferencias a las comisiones de propaganda, organización y armada”. Recibíamos los informes y dábamos las instrucciones, en un lenguaje figurado, muy raramente íbamos a Madrid. Las conversaciones políticas solían ser someras, “intuíamos que ahondar sería dañino”. Según se acercaban las elecciones, previstas para el 15 de junio, cuando bajábamos a la ciudad veíamos, la propaganda de los partidos, “sus pintadas, carteles… que nos inspiraban comentarios sarcásticos… Hojear la prensa en una taberna cualquiera, tomar unas cervezas, dar vueltas, escuchar música, esas cosas simples, cotidianas, que todo el mundo hace; el sosiego de lo normal y trillado, la pequeña maravilla de lo vulgar y corriente, lo apreciaban nuestros corazones indebidamente inquietos… Las chicas, que, me parece recordar, ninguna estaba fichada por la policía, acudían asiduamente a la biblioteca municipal de Alicante a descubrir autores progresistas del pasado, a los que invocar en la propaganda. También hacían viajes con misiones del partido y se ocupaban en los preparativos del congreso próximo”.

”Aquella etapa me llega nublada a la memoria como una vivencia extraña, mágica. Tiempo después, su recuerdo me hería con una afilada añoranza, con una melancolía mareante por falta de objeto claro”. Los entrecomillados están escritos cinco años después de aquellos sucesos.

III

Fueron aquellos cuatro meses, al menos para mí, un tiempo encantado, como en otro mundo, por el contraste tan crudo con la vida que habíamos llevado hasta entonces y la que seguiría. Pero a los tres meses fui percibiendo movimientos extraños de Arenas, que se veía con unos y con otros sin informar a los demás, conversaba con Brotons a mis espaldas, y cuando llegó Balmón insistió en que fuese él quien se encargase de la reorganización del partido. A esto me opuse, y se creó hacia el final una tensión muy fuerte. Según Arenas, yo estaba cometiendo errores en mi tarea, cosa que sorprendió también a Balmón, pues las cosas iban tan bien que ya estábamos preparando un congreso para analizar la etapa pasada, la situación general en España y adoptar la línea política correspondiente. Había también otros problemas solo esbozados, y que en el congreso podrían dar lugar a disensiones. Por ejemplo, yo me oponía a los atentados contra policías y quería reservarlos a los “peces gordos”, y al mismo tiempo fomentar desde el partido y sus organizaciones “de masas” (masas muy poco espesas, realmente) una especie de revuelta permanente, parecida a lo que unos años después haría la ETA con la cale boroca. Él argumentaba que los policías eran los sicarios del fascismo y por eso eran odiados por el pueblo. Desde luego, apenas existía tal odio, como no lo había del pueblo contra el franquismo, aunque toda la oposición sostenía tal dogma. También yo lo decía sabiendo que era falso, pero convencido de que llegaría a ser verdad en el desarrollo de la lucha. Y había probablemente también el resquemor por mi oposición a ir a Argelia.

Supongo que el pequeño Stalin creería que yo estaba creando condiciones para disputarle el liderazgo, pero el caso es que ni era cierto ni yo intenté maniobrar a mi vez. En todos los partidos existe ese tipo de manejos, seguramente necesarios o inevitables pero que me repugnaban y para los que, en todo caso, yo no valía. Muchas veces obramos según las circunstancias, sin entender bien por qué hasta cierto tiempo después. Creo que, sin confesármelo, ya comenzaban mis dudas por una cuestión que discutíamos bastante por entonces: en China, Teng Siao-ping y los suyos se estaban imponiendo a los jefes de la Revolución cultural. En otras palabras, parecía que también China se estaba hundiendo en el pozo infecto del “revisionismo”, como había pasado en la URSS después de Stalin. Se estaba volviendo, como la URSS, un régimen “socialimperialista” y “socialfascista”. Claro que no queríamos creerlo, pero las sospechas eran inevitables: ¿cómo era que siempre pasaba lo mismo? Todo el sentido de nuestra actividad descansaba en la aplicación estricta de los dogmas del marxismo-leninismo, y éramos seguramente el partido español más teorizante. Quedaba la pequeña Albania, aunque con el defecto de que apoyaba al FRAP y se negaba a reconocernos. Es muy difícil mantener una lucha abnegada en pleno aislamiento, sin referentes poderosos a los que tomar por modelo y que siempre terminaban traicionando los principios.

El caso es que Arenas me tendió una encerrona bien preparada, en una reunión del comité central en Madrid. Creo que solo me apoyó Hierro, del GRAPO, y se me exigió una “rectificación” imposible de entender salvo como sumisión sin reservas a lo que dijera el pequeño Stalin en cada ocasión. Me negué y quedé expulsado. Fue para mi bien, aunque entonces me parecía lo contrario. Hay que percatarse de lo que aquello significaba: el partido, al que había dedicado tantos esfuerzos y por el que había corrido tantos peligros, era más que la familia, fuera de ella no parecía haber más que el mundo hostil del capitalismo, al que debíamos combatir y que nos combatía. En esas condiciones morales y materiales nos volvimos a Madrid mi compañera y yo.

Unos meses después era detenido el comité central en pleno, en Benidorm, si no recuerdo mal. Me hizo gracia que atribuyeran la caída a una traición de los argelinos. Yo creo que no hubo tal traición: simplemente el enlace entre los servicios de ese país y el GRAPO era un confidente de la policía española que ya había hecho algunas faenas al FRAP y a la UGT, como se dijo después. Parece que en él depositaban confianza tanto los argelinos como los chiflados del MPAIAC, que querían “liberar” las islas Canarias. Y dos o tres años después conocí el modo como habían resuelto los jefes del PCE(r) el crudo problema del “revisionismo”: este no había existido. Ni China ni la URSS habían dejado de ser potencias socialistas, correctas en lo esencial, aun si con algunos errores y problemillas menores… Era renegar de todo lo que se había hecho y dicho durante más de diez años, pero no dejaba de ser comprensible: no se podían perder todos los referentes, y supongo que esperaban contar con apoyo del KGB. Aunque para entonces yo ya estaba llegando a otras conclusiones por mi cuenta.

IV
Vueltos a Madrid, nos encontramos con el problema inmediato de la subsistencia. Al ir a Alicante nos habíamos adjudicado cada uno, si mal no recuerdo, unas doscientas mil pesetas –cortesía involuntaria de la banca–, cantidad no muy alta, pero considerable por entonces, que los otros habían gastado en aquellos meses, aunque mi compañera y yo, más ahorrativos, conservábamos un pequeño remanente. La ruptura me había desmoralizado bastante, pero al hacerse pública entendí que traía una ventaja: hasta entonces yo era una de las personas más buscadas por la policía, y en ese momento pasaba a ser un individuo casi insignificante y sin mayor interés. De todas maneras extremé algunas normas de seguridad. Vivir en la clandestinidad sin los medios y el respaldo del partido, ni poder buscar trabajo, era una perspectiva poco brillante.

Buscamos habitaciones en pisos compartidos, que era lo más barato, cambiando de tiempo en tiempo. Las gestiones las hacía ella, como es natural. En una ocasión en que fuimos los dos a hablar con los dueños de un piso, yo permanecía callado, y al salir se burló riendo: “Podías haber hablado más. Parecías el clásico hermano tonto de la chica”. En uno de los pisos que compartimos, algo agrietado, vivían un sirio, estudiante de medicina, y un palestino que se relacionaba con la oficina de la OLP en Madrid. Los dos tenían novias españolas. Yo salía poco de mi habitación, donde leía y daba vueltas a aquellas cosas, y un día oí en la salita una voz peculiar, que me recordó la de un chaval con quien había coincidido trece años antes recogiendo lúpulo para la Guinness, en el sur de Inglaterra. Aquello sí era un peligro. Cuando el visitante se fue, procuré informarme del sirio: efectivamente, su amigo era la misma persona. Si llegamos a coincidir, yo me habría visto en serio peligro porque él me reconocería y, desde luego no compartía mis puntos de vista. Al poco nos mudamos y mi compañera encontró trabajo de asistenta, y algún tiempo después de profesora de literatura en un colegio. Yo di algunas clases particulares, nada más podía hacer.

Por supuesto, me puse al mismo tiempo a “reconstruir el partido” con algunos contactos que conservaba. Viéndolo ahora, me doy cuenta de que era realmente una estupidez, pero la teoría marxista-leninista es tan fuerte, permite en apariencia explicarlo todo tan bien, que no es fácil desembarazarse de ella. Ortega recordaba en un artículo que no entendemos la realidad solo a partir de los datos objetivos, sino que la razón les añade inmediatamente una interpretación. Como esa interpretación es la que da sentido a los hechos, tendemos a preferir la interpretación, porque los datos o hechos, por sí solos, nos producen una sensación angustiosa de caos. “Si los hechos no coinciden con la teoría, peor para los hechos”, o “ya terminarán coincidiendo”, es en realidad la actitud más común en todo el mundo.

Todas estas cosas ya las expuse en De un tiempo y de un país, memoria de aquellas actividades (el título aludía irónicamente a una canción de Raimon). Pero me interesa ahora hablar un poco del extraño ambiente social y político que se creó en el país durante la transición. Extraño porque no coincidía con la teoría o ideas generales de ningún partido.

V

En la teoría de la extrema izquierda, como el PCE(r)-GRAPO o la ETA, “la lucha popular” habría obligado al franquismo a “lavarse un poco la cara reconociendo ciertas libertades”, que podían usarse contra él hasta llegar al socialismo y la disgregación de España (no debe olvidarse que la ETA reunía la doble característica del Frente Popular: era al mismo tiempo comunistoide y separatista). En la izquierda un poco menos extrema, su oposición al referéndum del 76 había dejado paso a un intento de explotar también unas libertades que, en rigor y salvo al PCE, nada le debían, pues nunca había participado en la “lucha popular”. Lucha por demás exigua, pues, como demostró el referéndum, la inmensa mayoría nunca había combatido al régimen, en el cual se vivía con tranquilidad, prosperidad y una amplia libertad personal, aunque las libertades políticas estuvieran restringidas a comunistas o separatistas.

Lógicamente, todos esperaban, yo también incluso al quedar fuera del partido, que las libertades generasen un ambiente popular de lucha “políticamente consciente” y de cierta elevación moral, por así decirlo. ¡La dulcificación o salida de una tiranía horrorosa, con su páramo cultural, deberían crear una sociedad esplendorosa! Los socialistas, que habían vivido muy bien en el franquismo, llegaban presumiendo de su “honradez y firmeza”; el PCE, único que podía presumir de lucha antifranquista desde el principio hasta el final del régimen, se jactaba de no mentir y “cumplir lo que decía”; todos adoraban “la libertad”, etc. No iban a salir así del todo las cosas. Los comunistas esperaban que su larga lucha fuera premiada por una masa de votos que les acercasen por lo menos al poder y, para su terrible sorpresa, el premio se lo birlaba un PSOE insignificante, pero protegido por el propio franquismo en sus últimos años y rápidamente inflado con dinero alemán y de otras fuentes. Por ello, los comunistas entrarían en una prolongada crisis y el propio Carrillo llegaría a ser expulsado de su partido. Luego, la honradez y altura moral e intelectual del PSOE se demostraría sin dejar lugar a dudas. Los dos mayores grupos maoístas o marxistas-leninistas (ORT y PT) se unieron… como paso previo a su hundimiento, demostrando que no siempre la unión hace la fuerza. Muchos de sus “cuadros” pasaron a reforzar a un PSOE en que veían más futuro político y personal… Los separatistas no osaban decir su nombre: parecían contentarse con una vaga autonomía.

Por lo demás, todos unieron fuerzas para desacreditar al PCE(r)-GRAPO e impedir que arraigara. Lo cual no podían hacer ya con la ETA, con la que, desde el comienzo de sus asesinatos en 1968, habían colaborado de muchas formas, especialmente desde una prensa legal en el franquismo. Colaboraba también la oposición meliflua y consentida por el régimen, cuya prensa demostró lo que entendía por democracia cuando, recién muerto Franco, Solzhenitsin explicó lo que era una dictadura de verdad. Todos tomaban a los etarras por unos jóvenes ingenuos que les hacían el trabajo sucio para, cuando llegase la democracia, retirarse y cederles el paso al poder: no eran por cierto unos linces aquellos “antifranquistas”, desde el PSOE a los del “Grupo 16″. No debe olvidarse que la ETA reunía la doble cara del Frente Popular: era al mismo tiempo comunistoide y separatista. Si a alguien le extraña la actual colaboración y homenajes a la ETA por parte del PSOE, comunistas, separatistas y demás, debe conocer esta larga complicidad, que he expuesto en mis libros sobre el separatismo vasco y catalán. En cambio el GRAPO había empezado sus atentados demasiado tarde, cuando todos se aprestaban a utilizar aquellas libertades políticas que tan poco les debían.

Las expectativas de la oposición, por tanto, estaban saliendo mal, excepto, en un plano meramente utilitario, al PSOE. En la derecha, en sentido amplio y que incluía a los separatistas vascos y catalanes, de momento cautelosos, había un sector que creía posible continuar un franquismo –que no entendían– empleando también alguna violencia, desde luego insignificante al lado de la ETA o el GRAPO. Y entre su falta de comprensión del referéndum y esa violencia residual, se iban desacreditando rápidamente. Otro sector trataba de desenvolverse y desenvolver la democracia asentándola en los logros del franquismo, encontrándose en un fuego cruzado desde la oposición izquierdista-separatista y de la derecha autodenominada centrista, la UCD impulsada por el rey y Suárez con ideología democristiana apoyada, paradójicamente, en el aparato del Movimiento franquista, es decir, falangista. La conjunción se reveló exitosa, pero el partido terminaría saltando por los aires solo cinco años después de formado.

Basten estos breves rasgos para tener una idea del peculiar ambiente político creado por entonces. Pero creo que es aún más interesante examinar el extraño ambiente popular creado al compás de los acontecimientos políticos.

VI

Como decía, era un lugar común en la oposición antifranquista la elevación moral y cultural que experimentaría la sociedad cuando, por fin hubiera llegado la libertad o lo que llamaban libertad, tras el fin de “la dictadura”. Sin embargo recuerdo bien los años de la transición, cuando vivía en la clandestinidad pero atento a los fenómenos sociales en marcha. Bien pronto se empezó a hablar del “desencanto” ante aquellas expectativas. Los jóvenes se volvían “pasotas” y las retóricas políticas “les resbalaban”. Antes, aunque fuera por curiosidad, bastantes personas recogían los “panfletos” que tiraban los partidos en el metro, las calles o las puertas de las fábricas, y ahora quedaban en el suelo, pisoteadas con indiferencia. Se intentaba crear una “épica de la libertad por fin conquistada”, pero realmente la democracia llegaba por evolución, sin conquista de ninguna clase; y era imposible ver nada épico en aquellos políticos y partidos que, salvo en parte los comunistas, se habían dedicado a prosperar y trepar en el franquismo, incluso en su aparato de estado… Saltaba a la vista que simplemente se proponían hacer lo mismo en la nueva situación declarando su aversión al régimen anterior, del que tantos beneficios habían extraído. Esta “jeta” era particularmente cómica entre los cómicos, es decir, entre gentes del teatro, del cine, intelectuales, etc. promovidas y premiadas abundantemente en aquellos horribles años de tiranía y páramo cultural. Y los que habían luchado, pocos, sugerían una historia más bien algo sórdida que épica. En fin, más que de épica liberadora eran tiempos de farsa generalizada, en la que casi todo el mundo hacía su papel alegremente.

Típica también fue la vasta difusión de la droga, desde el porro o la cocaína a la más dañina, la heroína. No conozco ningún estudio al respecto, pero puede afirmarse que miles de jóvenes murieron y muchos más quedaron más o menos idiotizados por sus efectos. El PCE no era partidario, pero el PSOE fomentaba la nueva tendencia de “libertad”. En la prensa se preguntaba al respecto a los líderes de las juventudes de los partidos, y también los de derecha se mostraban comprensivos, “¿quién no se ha fumado algún porro?”. También la pornografía subió en flecha, a menudo mezclada con la política “democrática”. La revista pornopolítica Interviú alcanzó una tirada de un millón de ejemplares, absolutamente insólita. Y también subió en flecha la delincuencia común, con revueltas en las cárceles y asesinatos entre presos, creo recordar que llegaron a jugar al balón con la cabeza de alguno. En el lenguaje corriente se introducían muchos términos del caló carcelario, e iba infantilizándose

El negocio de las alarmas, puertas blindadas y empresas de seguridad, antes prácticamente inexistentes, se fue convirtiendo en un pilar no desdeñable de la economía.ecuerdo aquel tiempo también por las estridentes sirenas policiales a cualquier hora y en cualquier sitio, y también por el sonido de las alarmas de los coches, que te despertaban a cualquier hora de la noche.

También aparecieron las fiestas con mucho ruido en pisos o simplemente los “botellones” (esta cutre palabra vino más tarde) en la calle y en los bares hasta altas horas de la noche, que no dejaban descansar a los vecinos que debían levantarse pronto para ir al trabajo, de quienes se burlaban abiertamente, también en prensa como en El País. España había entrado en un jolgorio de libertad, hedonismo, decibelios y cachondeo a todo trapo. Parecía que “la democracia es así”, o bien que había que tolerar una etapa pasajera de tales alegrías como desahogo por la brutal represión antes sufrida. En la prensa se extendía el chismorreo sexual de unos y de otros… Hay que decir que los comunistas explicábamos estos fenómenos “culturales” como manejos de la burguesía para apartar a los obreros y los jóvenes de la lucha y disolver su “conciencia de clase” o “revolucionaria”. Otros creo que los atribuían a la masonería o al propio comunismo, o al sionismo. En realidad, creo que eran fenómenos espontáneos, solo en parte dirigidos desde la prensa y los medios, donde iban asentándose “los putos y las putas”, como decía un comentarista.

Cualquier protesta era tachada de “represora”, “conservadora”, “puritana”, adjetivos de intención negativa… o de “nostalgia del franquismo”, aquel páramo cultural y social donde nadie se divertía bajo un yugo oscurantista de terror policial. Lo del “páramo cultural” fue tomando cuerpo de la pluma de unos intelectuales que hoy han pasado en su mayoría a un merecido olvido, aunque no sin dejar su huella.

Este ambiente no muy paradisíaco se completaba con oleadas de huelgas nunca vistas, que hacían quebrar a numerosas empresas; un desempleo tampoco visto anteriormente; y una abundancia de mendigos, que habían prácticamente desaparecido bajo la brutal tiranía del régimen pasado. Y por supuesto estaba el terrorismo en ascenso, sobre todo el de la ETA. Llamar a todo esto democracia, cultura, elevación moral o cosa parecida… se puede hacer, por supuesto, por qué no, ¿no estamos en un país libre? Pero es interesante recordar también que cuando el PSOE llegó al poder lo hizo con la consigna del “cambio”, un cambio solo posible con la “honradez y firmeza de cien años” demostrada por aquel partido. Recuerdo que salieron incluso adivinos pronosticando para España, bajo los socialistas, un período de florecimiento económico, cultura y política como nuna se había soñado. Por eso ahora las lumbreras de la “memoria histórica” dicen que la etapa anterior no había sido de “verdadera democracia”, sino de “crímenes franquistas”.

Debo decir que el PSOE siempre me produjo especial repugnancia, aunque por razones distintas. Entonces porque percibía claramente su desvergonzada usurpación de una lucha antifranquista que no realizó, y su demagogia social no menos desvergonzada. Posteriormente, por razones de más peso.

VII

En aquellos años en que la sociedad cambió de un modo inesperable para cualquier partido o profeta, yo me encontré, como digo, viviendo en la clandestinidad y lo bastante obcecado para persistir en la reconstrucción del partido marxista “auténtico”. Frustración permanente, hasta quedar reducido el núcleo a tres personas, incluyéndome a mí, más una multicopista manual con la que tirábamos una revista titulada Contracorriente. La crisis del marxismo asomaba por todas partes, en particular en China, como dije, y fue el examen de las nuevas teorías chinas de “los tres mundos”, que también resultaron “revisionistas” y de otras cuestiones básicas del marxismo, lo que finalmente me hizo comprender que el establecimiento de sociedades despóticas, de pesadilla, eran la consecuencia lógica de la propia doctrina, y no de una mala aplicación de ella.

De todos modos, la frustración no venía solo de los problemas teóricos sino, sobre todo, de aquel tiempo y sociedad extraña, y me hacía más intratable de lo que normalmente había sido. No sé cómo mi compañera pudo soportarme tanto tiempo porque, además, el estilo comunista excluía la manifestación de sentimientos amorosos naturales, todo el sentimiento debía supeditarse a la causa, supuestamente emancipadora de la humanidad. No sé quién decía que las mujeres nos humanizan. Puede ser. Cambiamos bastantes veces de piso pero no recuerdo ya bien la sucesión de los cambios. Los meses que vivimos con el sirio y el palestino que ya mencioné, cuando ella venía de su trabajo de asistenta, sabía hacer comidas muy sabrosas con los ingredientes más baratos. Después nos íbamos a tomar café en un bar cercano, que ha desaparecido o, sugería ella, “vamos a tomar el solecito” a un parquecillo de aire primitivo, como de pueblo, cerca del Canal de Isabel II. Hoy lo han reformado, ampliado y mejorado, pero ha perdido su anterior encanto. Un 1 de mayo, después de que ella casi se desmayara agobiada por la concentración de gente en la Puerta de Alcalá, fuimos a comer a un restaurante chino, en la paralela calle Álvarez de Castro… Me vienen al recuerdo estas insignificancias asociadas a la desaparición de tantas cosas. Creo que aún no había llegado la movida madrileña, con sus ruidos, drogas, borracheras y canciones mediocres…

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